Volvió el “crimen pasional”, o quizás nunca se fue. Esta vez aparece con gusto a decepción. El jueves por la mañana amaneció el universo mediático con un crimen a plena luz del día a escasos metros del Congreso Nacional, un funcionario y un diputado eran las víctimas. Lxs periodistas y lxs altos cargos del Gobierno apuntaron a construir el acontecimiento como un hecho de violencia política o del crimen organizado, todas las alarmas se encendieron en twitter, el presidente emitió un breve mensaje de condolencia y afán de solidez en la persecución del delito. Pero no. Con las horas el rumor llegó a las tapas, se trataba solo de “un crimen pasional”.

 

Las hipótesis que se manejan en torno al móvil del crimen hablan de un ajusticiamento. El hombre robusto que se ve en el video sería el padre de una joven que sería pareja del difunto. Se baraja bien que la había engañado y entonces el padre la vengó, bien que ella tenía un novio dentro de la comunidad gitana y Yadón, que no era gitano, era su amante y al padre correspondía eliminarlo, entre otras variables de un mismo esquema: “te maté porque era mía”.

Son muchas las definiciones de patriarcado, pero en general todas coinciden en que se trata de un pacto interclasista entre varones, en el que se apropian del cuerpo de las mujeres, como propiedad privada. La base de este sistema es el control de los hombres sobre las mujeres mediante un contrato sexual de jerarquía, un pacto que no exime a los hombres de tener jerarquías entre ellos, siempre conflictivas. La mujer, en el medio de la disputa, queda desprovista de voz y voto, son los varones que declaman el poder sobre su cuerpo quienes definen el destino de ella.

Esto que la teoría feminista define como un problema de poder, donde se lleva adelante una contienda política, el periodismo de hoy y de siempre lo explica, una vez más, como una motivación espuria, pasional, noticiable dentro de las secciones prometidas a la miscelánea policial, lejos de la centralidad de la violencia política. Para nosotras un crimen como el que nos mantiene en vilo, aunque sean dos hombres las víctimas y sean hombres los victimarios, es un crimen asociado al género. Si el padre salió a matar es porque cree que es su derecho como propietario del cuerpo de su hija, está actuando un mandato. Sale a matar para conservar el cuerpo de la hija en las condiciones que exige su paso entre dueños: que no tenga amantes, que guarde una moral respetuosa de lo que le indica el pater familiae, que no desee fuera de ese esquema.

 

 

Con el avance del movimiento feminista en el país, especialmente en la última década, comenzaron procesos de deconstrucción del machismo también en los propios medios de comunicación. Para aggiornarse a los nuevos aires bastaba tachar “crimen pasional” y estampar encima la palabra aprendida gracias a Ni Una Menos: femicidio. En esa corrección de estilo el medio salvaba su reputación porque ya no consideraba que el crimen fuera definido principalmente por la pasión, el amor, los sentimientos sino que se trataba de un crimen de poder de un varón sobre una mujer. La simplificación llevó al extremo de que periodistas (y quién no) repitieran como mantra “la mató por el solo hecho de ser mujer”, como si este odio de género fuera un desequilibrio asocial de un varón sacado. Lo que se escatima en esta reducción es qué significa socialmente ser mujer, qué significa ser varón, y qué el vínculo sexoafectivo entre ambos.

La perspectiva del perpetrador, presente en la noción de “crimen pasional”, lo coloca como un ser aislado de lo social, sin conexión con el medio donde vive, que se mueve únicamente por su pasión individual. Nosotras nos preguntamos, ¿qué carácter tiene el mandato que impulsó al victimario? Es necesario, otra vez, restituir la ligazón con un conjunto de sentidos sociales que circulan en nuestra sociedad y que podemos calificar de machistas, de patriarcales.

 

El regreso del “crimen pasional” de la mano de un crimen entre varones enciende todas las alertas. En realidad nadie había entendido nada, el supuesto avance de la perspectiva de género sobre los discurso públicos y mediáticos no era tal, se trató apenas de un cambio de términos. Quizás ahora que el terror disminuyó (hasta se habló de un retorno de la violencia política de los 70) las tintas se carguen contra la ministra que aprovechó la ocasión para llamar la atención y mostró el video del crimen mientras el cuerpo de Yadón estaba aún caliente. Un editorial de Clarín del viernes 10 termina así:

“De entrada parecía un ataque mafioso con sicarios. Demasiado complejo. Más tarde, una venganza personal por una relación de pareja. Demasiado simple. Entre los extremos, sin embargo, pareció crujir el mecanismo de trabajo conjunto, prudente y coordinado entre los funcionarios de Seguridad”.

Nosotras queremos enfocar el “demasiado simple” que nadie termina de dimensionar. No fue terrorismo, qué pena, era una venganza personal, ¿profundizarán ahora los medios en esa intimidad política que opera como estructura de dominación sobre los cuerpos? ¿se profundizará en la escasa protección estatal que tienen las víctimas de violencias machistas, tanta desprotección como la que suponían tenía un diputado que hace footing en la Plaza del Congreso al acecho de sicarios? Si es cierto que a Yadón lo mataron por tener un vínculo con la hija del presunto asesino, la pasión tiene otra explicación, ¿se trata de un crimen patriarcal cuya víctima es un varón?