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No enfrentar la violencia aisladas. Hacerlo juntas, desde donde las mujeres se conocen y son comunidad. Trabajar en nuestra autovaloración y autoestima, en nuestra seguridad. Construir sistemas de alerta y formarse en autodefensa feminista. Hoy somos testigos de una nueva fase de acumulación originaria que se está haciendo permanente con despojo de tierras en las comunidades. El capitalismo está continuamente expulsando. Nuestra lucha debe ser anticapitalista, por reapropiarnos del control de la reproducción de la vida.

Pasó del calor brasileño al frío húmedo montevideano. Hospedada en una casa comunitaria que habita el colectivo uruguayo Minervas, Silvia Federici, sentada en una silla de plástico blanca, se aleja un poco de la estufa a gas de garrafa. “Me estoy cocinando”, aclara. Soltamos unas risas breves, casi incómodas, por la paradójica situación.

Federici encabezó la campaña por el salario para el trabajo doméstico y supo recuperar imágenes, documentos y testimonios para historizar la caza de brujas como método de persecución, represión y matanza de mujeres. Hace pocos días estuvo en Montevideo, invitada por el colectivo Minervas para participar del seminario Ni caza de brujas, ni brujas en las casas. Tiempos de luchas feministas”,  sintetizó su obra más conocida (Calibán y la bruja) y reflexionó sobre cómo se da la caza de brujas en el presente. Un rato antes que comenzara el Seminario que brindó el 25 y 26 de julio dialogó con Latfem.

¿Cúal es tu opinión del  Sistema Nacional de Cuidados que se comenzó a implementar con experiencias piloto en algunos puntos de Uruguay?

Durante los años ´70 pedíamos salario por trabajo doméstico para poner fin al trabajo no pago, decir basta de dar más ganancia al capital, descubrir todo un territorio de explotación y empezar una campaña para combatir la desvalorización del trabajo doméstico. Sobre el trabajo de las mujeres se ha acumulado demasiada riqueza para los capitalistas, en base a una infraestructura productiva de explotación. Es una ilusión pensar que el Estado va a eliminar con este sistema el trabajo de cuidados con niños, enfermos, ancianos, cuando se sabe que este es un trabajo que no tiene límites.

Personalmente tengo experiencia de lo que significa este sistema público, cuando llegan a tu casa y ayudan con ciertas tareas. Te pueden ayudar pero de un modo limitado. La gran parte del trabajo queda igual en manos de los familiares. Y he verificado que, cuando estos trabajos se organizan desde el Estado, siguen reproduciendo una lógica de mercado.

Mi madre tenía una enfermedad por la que sus huesos eran muy frágiles, y todos los días cambiaban los cuidadores que llegaban a la casa. Tuvimos que luchar para lograr que mandaran siempre a la misma persona para que se generara confianza. La respuesta era que esto no era ‘eficaz’.

¿Se pueden pensar alternativas por fuera del Estado para terminar con esta desigualdad?

El trabajo de reproducción necesita afectividad, respeto, confianza. No es un solo material. Es un trabajo complicado. No es como limpiar un coche. Este sistema tendrá límites. Te da ayuda pero no se corresponde con las necesidades reales. Igual debemos tener en cuenta a las personas que no tienen familiares y deben ser cuidados, o quienes tienen familiares, pero están lejos o no las pueden cuidar. Este sistema no se puede aceptar ni rechazar. Una solución es pensar que se cree como un sistema común, comunitario, desde el barrio. Que vecinos y vecinas se junten con quienes van a dar el servicio y coordinen, porque así pueden intervenir e impulsar otras formas de llevarlo adelante.

El castigo a las mujeres

Por estos días, Federici lee documentos sobre la caza de brujas en la región andina, en Brasil y en México y cómo esta práctica se renueva y profundiza en el presente. Entierros de mujeres vivas en distintos países de África, campos de concentración donde encierran a brujas en Ghana, femicidas que publicitan sus crímenes por las redes sociales, asesinatos de mujeres indias para obtener más dote marital. El castigo está vigente contra mujeres no hegemónicas, rebeldes, subversivas, que revitalizan el poder femenino de lo comunitario. Que se cuestionan las crianzas aisladas y buscan volver a la tribu sin idealizar el concepto. Esas que quieren volver a dialogar con el vecino, recuperar redes de solidaridad desde lo más cercano, porque saben que allí se teje lo poderoso. Las que construyen con orgullo los pasos de sus cuerpos disidentes.

 

En  los países de la región hay leyes que han tipificado o están por tipificar la figura de femicidio como en Uruguay, ¿cuál es tu opinión sobre esa figura?

Luchar para conseguir leyes que ya existen es contraproducente. Un ejemplo es la lucha de ciertas feministas por leyes contra la trata, que han acabado siendo utilizadas contra los migrantes, por ejemplo. Las feministas no deben luchar porque los gobiernos introduzcan leyes más represivas. Esas leyes ya están y la violencia se ha incrementado. Y pedirle a esos gobiernos que ya ejercen violencia, es pedir que nos sigan dividiendo. Entiendo que a veces haya que llamar a la policía, porque no se ven otras salidas, pero muchas veces esa misma policía es la que las mata después.

Colmado el salón de la Escuela de Formación Popular Elena Quinteros -nombre de una maestra uruguaya desaparecida en la última dictadura cívico militar-, mujeres y varones se sientan hasta en el piso para escucharla. “Los distintos tipos de violencia (no sólo la doméstica, o el femicidio como punto más extremo, sino también la institucional y otras) son la respuesta que da el patriarcado a la búsqueda por parte de las mujeres de querer ser protagonistas de nuestras vidas”, dice Federici.

Recuperando el concepto de la antropóloga feminista Rita Segato sobre la pedagogía de la crueldad, enfatiza que estamos en un momento de recrudecimiento de la violencia contra las mujeres, como respuesta a nuestra búsqueda de autonomía: “Matar a una mujer y publicitar estos crímenes es una forma eficaz de decirle a la sociedad: ‘No puedes resistir porque te enfrentas a fuerzas invencibles’”.

La trampa de estar en el mercado de trabajo precarizado y capitalista es, para las mujeres, la doble o triple jornada laboral y, para los hombres ha representado pérdidas de puestos y reducción de salario. Por eso, ellos buscarán otras formas de control: irán por el cuerpo de las mujeres. El famoso territorio en disputa. Y querrán controlarlo hasta la muerte.

¿Cuál es el camino?

No enfrentar la violencia aisladas. Hacerlo juntas, desde donde las mujeres se conocen y son comunidad. Trabajar en nuestra autovaloración y autoestima, en nuestra seguridad. Construir sistemas de alerta y formarse en autodefensa feminista. Hoy somos testigos de una nueva fase de acumulación originaria que se está haciendo permanente con despojo de tierras en las comunidades. El capitalismo está continuamente expulsando. Nuestra lucha debe ser anticapitalista, por reapropiarnos del control de la reproducción de la vida.

Si bien “aisladas estamos derrotadas”, también es importante no caer en buscar una suerte de representatividad global o de “unificar luchas”: “Aprendí del movimiento feminista y del Black Power que, tras 500 años de construcción de jerarquías, de diferencias, no se puede pensar que la igualdad existe. Hemos visto que la unificación, bajo un sistema político -por ejemplo-, significa la dominación bajo los que tienen más poder y determinan en la agenda política qué es importante y qué no lo es. Esto no quita que se puedan identificar momentos de lucha conjuntos. Pero no tener subordinación política total. Tu voz debe ser escuchada.

Federici lo sabe por todas las asambleas en las que a las feministas le han dicho algo como: la revolución viene primero, tu demanda será después.

De allí que sostenga que “es necesario considerar el principio de autonomía organizativa, sabiendo que no somos todos iguales y que blancos, negros, mujeres, hombres, tenemos distintas demandas y reivindicaciones. Solamente en estos espacios seguros, en los que se construye confianza, puedes analizar tu situación, condición indispensable para luchar contra la explotación e identificar las formas de lucha necesarias. Como hicimos las feministas. Nunca hubiera sido posible en reuniones mixtas donde nos ridiculizaban y nos tapaban la boca”.

Por último, remarca que no le gusta el concepto de representatividad. “El feminismo de Naciones Unidas pretende hablar por otras, representar a todas. Y, como dice María Galindo: lo que te representa, te reemplaza. Nosotras no representamos a ninguna: hablamos en primera persona”.