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De Amalia Jamilis me interesa recuperar que es una escritora nacida en 1936 en La Plata de la que jamás escuché hablar hasta que el año pasado me crucé con El reconocimiento y otros cuentos, publicado por Eduvim en 2015, en la colección “Narradoras argentinas”. El volumen reúne un relato inédito (“El reconocimiento”) y dos antologías de cuentos: Detrás de las columnas (Losada, 1967) y Los días de la suerte (Emecé, 1969), con un prólogo muy lindo de Elvio Gandolfo, amigo personal de la autora.

En Detrás de las columnas un puñado de personajes salta de relato en relato, al punto de que terminan conformando una novela a la manera en que Los siete locos, de Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942): con capítulos que pueden ser leídos con la autonomía de relatos, según observó R. Carbone en su Imperio de las obsesiones (UNQ, 2007). A este formato interesante, no demasiado transitado, se suma la cantidad de “sucedidos” que sostienen la literatura de Jamilis: violaciones, suicidios, asesinatos, sexo, traiciones. Lejos estamos de una literatura achatada, “de interior”, ombliguista, en la que no pasa nada. Estos cuentos generan vértigo, que la autora dosifica con pericia. Los golpes se orquestan según una particular doctrina del shock que termina naturalizando todo. Solo queda seguir mirando, expectantes, su acto de prestidigitación y contener la respiración: algo terrible está por suceder.

Cada palabra importa en la escritura de Amalia Jamilis. Es una literatura intensiva y bella, en la que no se puede entrar destraíde. La escena de un suicidado en la playa puede, por el mero expediente de un “ahora” pasar a otra, muy distante en el tiempo, con los mismos protagonistas, u otros. A la manera de vasos comunicantes, Jamilis usa los significados, los sonidos, las tonalidades para unir lo que no está cerca, de modo que leerla es viajar en un poderoso autito chocador sin cinturón de seguridad ni casco.

Detrás de las columnas es un libro muy bien pensado, de construcción sólida, en el que cada uno de los cuentos echa haces de luz –desde distintas ópticas y puntos de vista– sobre (siempre) el mismo puñado de historias. Es como si los cuentos acecharan a sus personajes, les giraran en torno como hienas, a distintas alturas, como aves carroñeras. Cada relato es pieza de un rompecabezas en el que los bordes encajan sin errores. No se enciman, por lo tanto, y a veces cuesta ver dónde va la pieza, cuáles le quedan vecinas, qué contorno deja vacío para las que están por venir. La lectura avanza a tientas, insuflando un sentimiento de desafío constante. Faltan datos, vendrán luego. No se puede dormir, ni dejar de prestar atención. El final resignifica, permite tejer todo de vuelta, atrapar los puntos sueltos, pide a gritos una nueva lectura para que la comprensión sea cabal. Detrás de las columnas es un volumen de relatos que hará las delicias de la crítica literaria, cuando la crítica literaria salga a encontrar a Amalia Jamilis.

Amalia en su juventud. Murió en 1999 en Bahía Blanca.

Historias de mujeres pueblan los relatos de este libro: desde costureras despechadas que se lanzan al vacío a artistas de vodevil extraordinariamente pulcras, madres sufrientes que sueñan con poder tocar el piano, hermosas jóvenes violadas por sirvientes tucumanos, o asesinadas a palazos en la playa por patotas de la facultad de Medicina. Tiene también suicidados por angustia existencial, bon vivants asesinados con bombones de licor (tema que Cortázar explotó con gran éxito en su cuento “Circe”, publicado en Bestiario, 1951), hijos que no entienden a sus madres (y las abandonan a los golpes feroces de sus parejas). También madres capaces de asesinar a sus hijos para conseguir un par de horas que dedicar a su vocación. Detrás de las columnas tiene todo y avanza en espiral, sumando un bloque y en seguida fugando hacia un nuevo punto de mira, colocando a su autora en el lugar de una francotiradora inquieta.

Me evade cómo es que recién ahora descubro a Amalia Jamilis. Me pregunto si su maestría, en el cuerpo de un varón, le hubieran valido tantos años de oscuridad en el veleidoso ojo del público general.