Multiplicar los puertos no disminuye el mar

Es la tarde del martes 21 de agosto. En el rectorado de la Universidad de La Plata se congrega una muchedumbre de gente. Jóvenes, adultes, mayores. Se juntan a recordar, a aplaudir, abrazarse, a llorar. Chicha Mariani se fue; se fue sin encontrar a su nieta, se fue dejando más de lo que una sola vida puede dejar: organización, tradición, persistencia. Chicha Mariani, mujer y lucha. Que fundó Madres, que fundó la Asociación Clara Anahí, que fundó escuela. A Chicha la velan en la Universidad porque fue, entre otras cosas, Doctora Honoris causa. Eso quiere decir que el lugar benemérito que la academia le reconoce, lo ganó por razones de honor. Y ahí está, la muchedumbre, en las escalinatas del rectorado de la Universidad de La Plata, rindiendo homenaje.

Esa tarde del 21 de agosto, hay también otras peleas llevándose a cabo. Las trabajadoras y los trabajadores del Astillero Río Santiago vienen movilizándose desde Ensenada a la gobernación para defender más que sus puestos de trabajo. Están allí, reunides, para defender un proyecto de país soberano. Para defender el derecho de navegar nuestras costas en barcos que hayan hecho manos nuestras. Para defender la entereza, la dignidad.

Y entonces, lo de siempre. Cuando la gente se organiza alrededor de  un proyecto colectivo, la respuesta del poder es la violencia. La policía bonaerense de María Eugenia Vidal reprime. Un patrullero se mete dentro de la columna a toda velocidad, y empiezan a llover los gases lacrimógenos y las balas de goma. Corridas, desarme, repliegue. Las escalinatas de la Universidad de La Plata, que estaban abrazando el cajón que llevaba el cuerpo de Chicha, son interrumpidas. Nadie duda, porque Chicha no hubiera dudado. El velorio se une a la protesta y a su defensa. El velorio se solidariza con los reprimidos y las reprimidas. Los velantes cantan que “a donde vayan los iremos a buscar.”

Carolina dice que “hay cosas que estremecen el alma”. Es delegada del astillero. Tiene la voz gruesa, el pelo morocho. Carolina dice que el astillero es una gran familia. Dice, y recuerda, y un poco se ríe: “los compañeros son muy sensibles, vamos a decir como es. Uno a veces piensa: una fábrica con tantos compañeros hombres, 350 mujeres… es una pelea cotidiana y lo ha sido durante mucho tiempo, pero los compañeros han aprendido a querernos, nosotras nos hemos sabido ganar nuestro lugar”.

Habla de la represión, de las maneras que asume el cuidado: “la represión se dio como se dio y nosotros actuamos defendiendonos de las balas de goma y las balas de plomo y había una actitud de los compañeros de decir `bueno, quedate atrás, no te metas’, y muchas de las compañeras que estábamos ahí dijimos esta pelea la damos codo a codo, laburando todos los días a la par, cuando debatimos en las asambleas y también en las calles si es necesario. Al otro día los compañeros venían a pedir disculpas: ‘no yo no quería’… está bien, una sabe que lo hacen para cuidarnos, lo sabe porque compartimos mucho tiempo de nuestras vidas, pero creo que ellos van entendiendo que en todo caso las mujeres decidimos qué rol queremos jugar en cada momento y nos respetan en esa posición”.

Esa noche, velantes, familiares de Chicha, militantes de derechos humanos, trabajadores y trabajadoras del astillero, estudiantes de la Universidad de La Plata aguantaban la noche y el frío frente a la fiscalía esperando a que liberen a les compañeres. La escena conmovía. “En la puerta de la fiscalía fueron momentos de mucha emoción también. No sólo porque había sido un día largo con todo lo que trajo ese día sino porque ver a los 5 compañeros que nos habían detenido, que además los habían golpeado brutalmente dentro de la comisaría, era como ver salir a nuestros hermanos. Los compañeros llorando contaban qué había pasado adentro. Quizás para afuera se ve la dureza, pero nosotros sabemos que son sensibles.”

Un barco llevándome

Hay luchas que son símbolos. Si sabremos de eso las feministas cuando, por ejemplo, nos colgamos al cuello el pañuelo verde: no es sólo la conquista material del derecho al aborto, es otra cosa, un signo rebalsado de reivindicaciones, batallas, sentires. Algo así pasa con el astillero. Es el más grande de Latinoamérica, fue fundado en 1953 en pleno gobierno peronista. Carolina, hija y nieta de astilleros, sabe de eso: “Nuestros viejos nos enseñaron lo que significa tener el Astillero cien por ciento estatal y produciendo para lo que fue creado. En su momento Perón lo creó para tener una flota mercante propia, para tener construcciones para la defensa y hoy vivimos una política en la cual construir para la defensa no les preocupa porque no les preocupa la soberanía, donde no tenemos flota mercante propia, de hecho se pagan más de siete mil millones de dólares en fletes. La intención del gobierno es poder hacer lo que no pudieron hacer en los 90 con el astillero”, analiza.

Astillero es la historia de la Argentina del siglo veinte, el emblema de un proyecto de país.  Desde siempre dinamizó la vida social de la comunidad, una Ensenada proletaria y combativa de la que surgieron muchxs militantes revolucionaries en los 60’. Este Astillero es, sin ir más lejos, la empresa estatal con mayor cantidad de desaparecidas y desaparecidos en la última dictadura militar. El astillero es también un símbolo de soberanía. Soberanía también de cuerpos en clave histórica, de les que no están pero siguen latiendo en sueños y proyectos, como Chicha, que acompañará siempre con la fuerza de lo que no se extingue. Cuerpos que hoy son otres y están en movimiento, porque saben que quedarse quietxs es ahogarse en el mar de la noche neoliberal. “Tenemos paralizado el trabajo. A nosotros nos tildan de vagos, nos tildan de que cobramos un montón y la realidad es que nosotros tenemos hace dos años y medio paralizados los trabajos porque el gobierno de la provincia de Buenos Aires no nos destina el presupuesto que necesitamos para los insumos. Les trabajadores están, la mano de obra está calificada, más que reconocida en la Argentina y en el mundo entero, pero lo que no tenemos son los elementos para poder trabajar”.  En ese corredor histórico que va desde los años 50 hasta hoy, se inscriben en la batalla que les toca: “con mucho orgullo cuando decimos que vamos a dejar el cuero en el alambrado realmente es así”.

Es así: la ganancia de la mirada del mundo a través de las gafas violetas es también el poder reconocer las historias de los cuerpos que construyen redes de familia, diversas, como resguardo y sostén y parte de cualquier otra lucha. Carolina lo sabe bien. Ella es hija y nieta de astilleros, “de chiquita me tocó vivir la historia de lucha que tiene el astillero, la dictadura, los 90 y además desde los familiares, cuando se tomó la fábrica, desde ir a llevar la comida a los compañeros, o cuando despidieron a los 13 delegados, ir a instalarme en la carpa con mi vieja”. Se trata de registrar los signos de angustia frente a la incertidumbre por el trabajo: “En los 90 hubo compañeros que llegaron al suicidio. Hoy no estamos en esa situación pero sí empezamos a ver cómo esto afecta a la situación de los compañeros. Empiezan con problemas de presión, con ataques de panico y ansiedad”.

Mar adentro

Es una mañana gris de agosto y fría, ventosa. Al costado del río en la sede de ATE Ensenada, durante horas, transcurre el plenario abierto al que convocaron les astillerxs. Es viernes y entre intervenciones variadas pero no diversas, el  clima es de laburantes decidides, queriendo expresarse, entre mates y paquetes de galletitas que circulan. Hay solidaridad y clima de unidad indiscutible, estratégica. Se respira fortaleza. Mixtura en el público, estamos todes. Las voces que se alzan son de una mayoría masculina abrumadora. Nada que no sepamos, las fotos que ya conocemos son así en el sindicalismo argentino y en otros lugares de la política.  Varones, dirigentes. Un mundo recortado. Bien diferente al proceso real.

Habla la primer mujer en toda la mañana -es casi el mediodía-: Gisela es la presidenta de la FULP ( Federación Universitaria de La Plata). El trabajador que coordina la anuncia y hace referencia a que es la primera oradora mujer y agrega: “ tenemos que reflexionar, compañeros”. Ella se planta y habla de la unidad y de cómo derrotar a Macri, de que el conflicto educativo también es parte de esta lucha. En ese plenario, Gisela es disruptiva. Es mujer, organizada, dirigente.

Entre cerca de 80 intervenciones, las voces femeninas fueron menos de 10. Ninguna feminista se asusta. Sabemos de la hegemonía de la palabra en las organizaciones, de cuando no se llega hablar,de cuando se queda afuera de los discursos, de cuando hay cosas para decir que nadie dijo, de la autoexigencia de no repetir argumentos, consignas, de hacer intervenciones valiosas.

“Nosotras nos hemos sabido ganar nuestro lugar dentro de la fábrica, producto de una pelea de muchos años. El trato cotidiano fue todo un trabajo.En primer lugar en ponernos a laburar a la par de los compañeros y del respeto mutuo. En las asambleas generales, el respeto a que te escuchen; es difícil plantarse delante de una asamblea general de dos mil compañeros una mujer y que te escuchen con respeto y que cuando es justo te aplaudan”, cuenta Carolina, que transita ese lugar como muchas otras y sabe que lo conquistado es colectivo, que el protagonismo es colectivo, y que se construye en plenarios pero también en calles, en puestos de trabajo, en gestos diarios. En el astillero son 350 mujeres sobre 2000 compañeros contribuyendo a  la organización, que es la fuente de la resistencia y siempre la forma de empoderarse ante todas y cada una de las opresiones. “Yo soy delegada del sector, mi sector es un sector mixto, somo más o menos 50/50% que laburan en el comedor de la fábrica y nosotros las problemáticas las discutimos en el sector.”

El plenario es una escena más, las voces que aún faltan allí son las que hablan en la obra completa. “Las mujeres le ponemos esa garra y ese optimismo que siempre le ponemos a las situaciones porque podríamos decir que no nos queda otra en esta sociedad. Somos las que paramos la olla, las que sabemos cuánto gastamos”. Las mujeres del astillero son lo extraordinario de esta lucha y lo ordinario de cada batalla.

Navegar es preciso

Quizás la pregunta que recorre este texto sea si hay lugar para el feminismo en el Astillero Río Santiago y, a juzgar por los espacios recorridos y la voz, entre otras la de Carolina, hay una respuesta certera y en construcción: sí. Los lugares  que las compañeras, que las mujeres trabajadoras de esta gran fábrica de barcos fueron ocupando, hicieron caminar al conjunto. La creación del jardín maternal, de la guardería, la recuperaciòn del comedor, significaron avances concretos para que más mujeres ingresaran al astillero y se sumaran a las que ya trabajaban fundamentalmente en las tareas administrativas. De a poco y con el tiempo, otros trabajos comenzaron a ser ejercidos por compañeras: ella narra que el proceso en que las mujeres empezaron a incorporarse también a las áreas de producción es lento. “Esta ha sido una batalla dura. La realidad que nos fuimos encontrando a medida que las mujeres nos fuimos incorporando al trabajo y la producción es por ejemplo que no teníamos baño a donde ir en el sector de producción, porque todos los baños eran de varones -todos con mingitorios- hasta la cotidianeidad de aprender mutuamente a trabajar todos los días juntos, a que te acepten, sobre todo en los lugares de producción que es donde son mayoritariamente hombres. Fuimos dando la pelea por nuestras propias reivindicaciones como el jardín maternal, el día femenino, el pago de la guardería, y parte de esa pelea fue conquistar la delegada de género. Nosotros tenemos delegados por sector (cada sector elige sus delegados cada dos años) y en el marco de esa pelea conquistamos que podamos tener compañeras que se ocupen más de lo que significa ser una mujer trabajadora en una fábrica en donde somos 350 mujeres con 2900 compañeros, que fue creada para hombres”.

De los 65 años que tiene de vida el astillero, Carolina pueda dar cuenta de los de su propia infancia y de los que la tienen como trabajadora. Hace seis años está en Río Santiago. Entre las reflexiones que narra agrega: “dentro de la fábrica tenemos la ETARS, que es La escuela técnica donde los chicos hacen la secundaria y se preparan en los talleres con la práctica concreta, donde les van enseñando los oficios. Hace algunos años logramos que se incorporen mujeres a la escuela técnica, y de hecho la primera egresada, Valeria Hernández, fue también la primer mujer en entrar a laburar en el sector de producción, hace 10 o 12 años. En la última elección de delegados salió como delegada de género de la fábrica”.

En Astillero Río Santiago hay lucha. Hay mujeres luchando. Hay barcos por fabricar.