Por: Fotos: Mariana Leder Kremer Hernández

“El daño no se lo hacen solo a Milagro Sala. Se lo hacen a mis hijos, a muchos tupaqueros y a muchos sectores que tenían esperanza de seguir construyendo, como los trabajadores de Ingenio La Esperanza, como los taxistas”, dice ella.

La tierra tiene la boca abierta. Un grupo de personas que vinieron de distintos lugares rodea ese pozo seco, tapado con maderas y hojas de coca. Dos amautas (sabixs) de Bolivia, un hombre y una mujer, dirigen la ceremonia de ofrenda a la Pachamama con vasijas en sus manos. “Al momento de votar a sus gobernantes piensen en quiénes, no nos dejemos engañar. Milagro Sala supo sacar al pueblo de la pobreza y la metieron presa. Que no nos engañen”, dice ella de espaldas al templo de Kalasasaya, una réplica del original que la organización levantó en el Cantri de Alto Comedero, en las afueras de San Salvador de Jujuy. Una réplica exacta del que está en Tiwanaku, Bolivia.

El paisaje es el de un barrio en pausa, un predio destruido y abandonado a quince minutos del penal donde está detenida la diputada del Parlasur. Con ella y lxs otrxs 6 presxs de la Tupac Amaru solo en Jujuy, está encerrada una vida comunitaria, un tejido social que se hilvanaba con ceremonias, festejos multitudinarios del día del niñx, marchas del Orgullo y trabajo diario. La organización social que Milagro lidera creó 8.000 viviendas en la provincia, cuatro escuelas y centros de salud y recreación. Y dio fuentes de trabajo para 4.600 personas. Hoy el emblemático balneario del “cantri” está arrasado, los vidrios de las salas del complejo deportivo estallados, las focas que aludían a Mar del Plata y la posibilidad de conocer el mar que muchxs jujeñxs jamás tuvieron, destartaladas, junto con las bombas hidráulidas que hacían correr el agua. Además de la judicialización de lxs tupaquerxs y de las cooperativas, el Estado dejó marcas del mando autoritario y una extraña forma de clausura de la memoria, que consiste en construir ruinas, una suerte de nuevo monumento a la represión: sobre lo construido, se exhibe hasta dónde el poder destruyó, qué cosas, qué obras, no deben repetirse, no están más permitidas.

“¡Jallalla Milagro Sala!”, dice la amauta. El resto de la ronda repite con los brazos en alto y las palmas de cara al cielo. Participan más foránexs que locales: algunas vinimos desde Buenos Aires, otros desde Mendoza. En otro círculo, a unos pocos metros, lxs amautas dejaron frutas, hojas de coca, botellas de gaseosas, empanadas, milanesas, ¡hasta un feto de yama! y más frutas como ofrenda a la tierra.

De la construcción comunitaria de la Tupac Amaru quedan escombros pero también muchos tupaquerxs que cada miércoles, sábado y domingo la visitan, se organizan en los Comités por su libertad y sostienen con mucho esfuerzo los lugares emblemáticos de la organización. En la sede de San Salvador, las militantes organizaron un buffet popular que funciona a la vez como ámbito de trabajo y de encuentro para quienes todavía se acercan a la sede con la necesidad de ver compañerxs, de sentir que los lazos siguen vigentes y que hay un lugar a donde ir a charlar con los suyos.

“A muchos el miedo les fue más fuerte que la experiencia política que teníamos en la calle”, dice Milagro en una mesa en el patio del penal de Alto Comedero. Cerca de ella están sentados su marido, Raúl Noro, periodistas y otros referentes que vinieron a visitarla, entre ellxs una comitiva del colectivo Ni Una Menos. Atrás del grupo, los nietos y de las otras detenidas de la Tupac juegan con unas reposeras. En el penal no hay juguetes. Cuando la llaman, los nenes no le dicen Flaca, como la apodan en Jujuy, le dicen “Lela”.

La diputada del Parlasur viste una camisa de jean y pantalón. Es un día soleado y en el patio del penal no se siente el frío de agosto. Ella está inquieta. Le pide a su marido que tome nota de uno de los conflictos que le cuentan los visitantes: trabajadores de jardines maternales que estaban en asamblea y los reprimieron y un pueblo entero que fue a pedir ayuda tras un alud que destruyó sus casas.

Milagro quiere pronunciarse de cara a las elecciones. “A la gente hay que decirle quién está con Morales y quién con Massa. A mi me dicen que soy dura pero esta realidad nos obliga a ser duros, decir lo que tenemos para decir. Y ahora estamos mejor que en la década del `90 cuando no teníamos dirigentes. Ahora los tenemos”, dice. En su discurso también hay lugar para la autocrítica: “nos faltó estrategia a largo plazo”, “nunca nos imaginamos que iban a ser tan feroces”. “En esta provincia se formó una nueva oligarquía de nuevos ricos, jueces, funcionarios. Esos son los que me mantienen encerrada”, agrega. Su marido asiente con la cabeza.

A Milagro se la llevaron detenida de manera arbitraria el 26 de enero de 2016, cuando lideraba un acampe, una protesta contra el flamante gobernador de la provincia, Gerardo Morales. Después del encierro vinieron múltiples causas para mantenerla privada de su libertad. El 21 de octubre del año pasado el Grupo de Trabajo de Detenciones Arbitrarias de Naciones Unidas dijo que el gobierno debía liberarla “de inmediato”. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) también pidió una respuesta urgente. El Gobierno hizo caso omiso de las resoluciones internacionales que tiene obligación de cumplir. La primera cautelar por libertad de la CIDH fue a favor de Milagro Sala hace 15 días y puso el eje en los riesgos de salud que sufre la dirigente. La medida había sido solicitada por Amnistía Internacional, Andhes y el CELS. Este fin de semana se cumplió el plazo que tenía el Estado argentino para explicar qué hizo para cumplir con esa cautelar. La dirigente social sigue presa.

“El daño no se lo hacen solo a Milagro Sala. Se lo hacen a mis hijos, a muchos tupaqueros y a muchos sectores que tenían esperanza de seguir construyendo, como los trabajadores de Ingenio La Esperanza, como los taxistas”, dice ella.

¿Qué es lo primero que vas a hacer cuando salgas en libertad?

Seguir militando. Estaré dos o tres semanas con mis nietos y mi familia. La mayor presión desde que estoy acá la recibí de mi hija que quería que terminara con todo esto. Hasta que en un momento se dio cuenta que mi vida era la política, y entonces ella pasó a decirme que ni se me ocurra dejar de militar.

¿Cómo ves tu futuro como dirigente?

Quiero ser gobernadora de Jujuy. Es mi sueño…

¿Cómo pensás que debería articularse la oposición al gobierno?

Hay que detener esto, si no los paramos el nivel de destrucción de nuestro país puede ser incalculable. Tenemos que ser muy clarxs en la unidad.

La visita termina. Una de las mujeres que vino a verla le pregunta qué necesita. Milagro le pide unas camisetas de manga larga. Las celadoras la llaman por su apellido. Uno de sus nietos imita la voz de las carceleras y todos ríen. Milagro lo agarra, lo abraza y caen al piso riendo. Cuando se levanta saluda con un beso a su marido y al resto con abrazos cortos. Nos abrazamos dos veces, nos declaramos un afecto que con las visitas y las charlas se fue forjando, entre mujeres, militantes, periodistas. Los últimos saludos son del otro lado de la reja. Milagro y el resto de las presas agitan sus manos. Mañana es domingo y será un nuevo día de visita.