Llegamos, otra vez, a ese momento. El momento en que parece que un nuevo divorcio es inminente. Para ser honestas, nunca estuvimos muy felices con la idea de matrimonio, porque es una institución que siempre nos trajo dolores de cabeza. Que consuma la explotación y nos deja en desventaja a las mujeres*. Pero al menos intentamos un noviazgo. Chonguear un poco. Un vínculo sexoafectivo. Encontrarnos. Entendernos. Algo, alguito. Mínimo.

Sin embargo, a veces parece que de nada sirvió que en la primera ola digamos: compañeros, hicimos la revolución tanto o más que ustedes, no nos dejen afuera de los derechos conquistados. Parece que no nos escucharon al decir: la mujer es el proletario del proletario. Parece que tampoco sirvió que digamos que el 8 de marzo es nuestro día porque somos las más explotadas entre lxs explotadxs.

En la segunda ola, quisimos discutir que todo sexo es político. Que la violencia hacia nosotras no era sólo una cuestión del capitalismo atroz. Que lo más parecido a las tareas de la mujer en la derecha eran las tareas de la mujer en las organizaciones de la nueva izquierda. Nos fuimos de sus espacios. Armamos los propios. Acuñamos términos para nombrar nuestras opresiones: patriarcado, dijimos, es un sistema. Machismo, es una cultura. Nos acusaron de dividir la clase, nos dijeron que el feminismo era un fenómeno burgués. Teníamos que hablar de clase obrera, porque el género separa. Otra vez nos dejaron solas, mientras tomábamos las calles.

Años después, nos seguimos organizando. Mujer no es una sola. Mujer no sólo se hace, sino que se hace también en función de su raza, de su orientación sexual, de su clase, por supuesto. Nosotras nunca nos olvidamos de estar bancando todas las luchas. Fuimos y somos la retaguardia cuidadora de cualquier despliegue callejero. Nos encantaría decir que estamos a la cabeza de esas luchas, pero la realidad es que en las fotos siempre salen otros. Nosotras, en cambio, nunca defraudamos a nuestrxs compañerxs.

Hoy, en plena cuarta ola feminista, la que surgió desde bien abajo, desde nuestro sur agrietado, alzado por el grito “Ni Una Menos”, nuevamente parece que no han (hemos) aprendido nada.

En Rosario, en plena gesta organizativa del paro internacional de mujeres del 8M, nos encontramos discutiendo, por enésima vez, muchas de las mismas cosas que ya esperábamos haber resuelto. Va aquí un -enojado- repaso de algunas

  1. Ante todo y como corresponde, es fundamental empezar con un análisis del contexto nacional. Aquí la izquierda tradicional, con su “radical” propuesta de hacer un paro de “todos” el 8m, comete un garrafal error de lectura en torno al movimiento de mujeres y feminista. Este movimiento, que en su gran mayoría hace del antimacrismo un piso, no sólo ya está radicalizado, sino que dá el ejemplo a otros sectores. Logró lo que ningún otro movimiento pudo: superar la grieta del campo popular, dejar de dividir aguas en términos de kirchernismo o antikircherismo y mostrarse abierta y aguerridamente antimacrista. Por eso, al movimiento hay que dejarlo expresarse en sus propios términos y necesidades, en las propuestas que construye y que nadie puede representar. Por ahí se escuchaba en las multitudinarias asambleas: “que organizadas que se nos ve: que las mujeres dirijan la CGT, ole, ole”.
  2. Un segundo problema radica en que parece que nunca aprendieron que la forma de dar los debates también hace al contenido. Repetir mil veces la misma idea, intervenir durante largos minutos desde las mismas posiciones, incluso gritar o patotear a las compañeras en las asambleas no es ninguna garantía de ganar las discusiones. Aprendimos a hacer política en esquemas e instituciones patriarcales, como son nuestras organizaciones. Aprendimos a imponer definiciones valorando el tono de voz. Es hora de romper con eso y reinventarnos: estamos a tiempo. El feminismo es una manera de habitar el mundo, y también los espacios de discusión.
  3. Una tercera dificultad que aparece en sus discursos es el reduccionismo de “lo político” a la consigna, al slogan, a las banderas o insignias de las organizaciones partidarias. Político es decir Macri, reforma previsional, pacto fiscal, despidos. Como si la demanda por aborto legal, la visibilización de la desigualdad social entre varones y mujeres, fueran menos políticos. El feminismo dijo hace mucho que lo personal es político y con eso denunció que la violencia que sufrimos no es individual, sino que responde a un sistema. Tomar el espacio público, marchar, parar con las tareas productivas y reproductivas son actos eminentemente políticos. Político es también garantizar el sonido para el festival, la impresión de las barredoras, escribir un documento unitario. Político es el encuentro, la discusión, la construcción colectiva. El paro es de todas y requiere mucho trabajo. Apropiémonos de la política que hacemos con el cuerpo.
  4. Cuarto punto de discusión: ¿la clase o el género? Como si la clase no tuviera sexo. Como si los problemas de los trabajadores fueran los mismos que los de las trabajadoras. Como si todas las mujeres, además, fuésemos iguales y no nos configuraran nuestro lugar en el mundo productivo, nuestra edad, nuestra orientación sexual. La clase es lo importante, pero ¿qué es la clase? ¿Acaso no decimos que todo sexo es político?.  Si entre varones y mujeres hay opresores y oprimidas, ¿no somos acaso una clase las mujeres apropiadas por los varones en el patriarcado? Si las condiciones materiales de la existencia determinan nuestra posición en la sociedad, tengamos una visión ampliada de la “materialidad”. ¿Hay algo más material que la violencia? ¿Que una brecha salarial del 27%? ¿Que cumplamos casi 6 hs diarias de trabajo no remunerado contra 2 de los varones?. La falsa dicotomía entre clase y género se cae a pedazos cuando asumimos que la lucha feminista es la lucha contra todas las opresiones
  5. Último, pero no menos importante. Nuestro paro de mujeres es contra el patriarcado como sistema, sí. Es contra un gobierno como el de Cambiemos que nos hambrea y violenta, también. Pero el patriarcado no es un monstruo lejano y deforme encarnado por funcionarios y burgueses. El patriarcado también crió a nuestros compañeros, y a ellos también les hacemos el paro. Sabemos que es difícil  asumir el machismo nuestro de cada día: organizaciones, sindicatos y estructuras partidarias atravesadas por micro (y no tan micro) machismos y violencias que generan exclusión y desigualdad. El enemigo no está sólo fuera y por eso es importante que entre compañeras construyamos las herramientas para fortalecernos en el combate diario contra las violencias sexistas en todos nuestros espacios.

 

Ya va siendo hora de dejar miserias atrás y dejarnos conmover y sacudir por esta ola que hace temblar la tierra. Las organizaciones no podemos pretender ser vanguardia de este movimiento: debemos esforzarnos en ser su retaguardia estratégica, cuidarlo para que crezca, llenarlo de rostros nuevos, de mujeres e identidades feminizadas que quieran ser parte de esta pelea por un mundo más justo y feliz. Para eso, es imprescindible que dejemos atrás estos debates retardatarios y las formas arcaicas de hacer política mientras intentamos, humildemente, que las izquierdas y los feminismos puedan compartir habitación.

 

*Estamos haciendo referencia aquí a un texto imprescindible del feminismo de los años 70. Heidi Hartmann. Un matrimonio mal avenido. Hacia una unión más progresiva entre feminismo y marxismo. Ahí, Hartmann sostenía: “El “matrimonio” entre marxismo y feminismo ha sido como el matrimonio según el derecho consuetudinario inglés: marxismo y feminismo son una sola cosa, y esta cosa es el marxismo . Los recientes intentos de integrar marxismo y feminismo son insatisfactorios para nosotras como feministas porque en ellos la lucha feminista queda subsumida en la lucha “más amplia” contra el capital. Prosiguiendo con nuestro símil, es preciso un matrimonio más saludable o el divorcio.”