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Hace 9 años Laura fue a buscar preservativos al sindicato para sus compañeras que trabajan en Flores y se quedó para siempre. AMMAR es una casa, una familia para las trabajadoras sexuales pero también muchos de sus hijos e hijas que ven un entramado de cuidados y afectos que pasan por allí. De hecho Lucía, además de participar de las actividades y eventos más importantes de la organización marcha con ellas cuando hay manifestaciones por Ni Una Menos u otras convocatorias feministas.

Si le preguntaban a qué se dedicaba su mamá, la pequeña Lucía decía que era enfermera o que cuidaba a personas mayores. No era totalmente mentira pero tampoco cien por ciento verdad. Su mamá había trabajado ocupándose de los viejos y viejas que necesitaban cuidados. También había trabajado como enfermera en el Hospital Alvarez. Lo cierto es que la plata para los útiles, la comida, la ropa y el alquiler del hotel familiar en el que vivían Lucía y sus dos hermanas su mamá lo pagaba con los servicios que prestaba como trabajadora sexual. Lucía era (y es) una verdadera hija de puta.

Hace 9 años Laura fue a buscar preservativos al sindicato para sus compañeras que trabajan en Flores y se quedó para siempre. AMMAR es una casa, una familia para las trabajadoras sexuales pero también muchos de sus hijos e hijas que ven un entramado de cuidados y afectos que pasan por allí. De hecho Lucía, además de participar de las actividades y eventos más importantes de la organización marcha con ellas cuando hay manifestaciones por Ni Una Menos u otras convocatorias feministas.

Ella no tenía (ni tiene) problemas morales con el trabajo de su madre pero cuando era chica sacaba esa respuesta como un escudo, una forma de protegerse de los prejuicios y estigmas que sus compañeros y compañeras del colegio le querían pegar en la frente. También era una estrategia para evitar sentirse en la intemperie en la que la dejaban las maestras y profesoras frente a sus compañeras que la amenazaban. Aunque no lo dijera, algunas sabían que su mamá era puta: la mujer hacía esquina a unas pocas cuadras de la escuela Provincia de La Pampa, en Caracas y Gaona, en el barrio porteño de Flores, a la que iba Lucía. Allí llegó a ser abanderada y mejor promedio.

—Vamos a sacarle fotos a tu mamá y las vamos a pegar en todo el colegio— la amenazaban sus compañeras de colegio cuando se enojaban por cualquier otra cosa.

—Callate tonta—apenas contestaba Lucía. Sin embargo las maestras la retaban a ella por contestar.

“Nunca hubo un momento en el que se habló o mi mamá me dijo qué hacía. De alguna manera yo sola lo sabía y nunca lo cuestioné ni lo charlé. Lo respetaba. Nunca lo ví como algo malo pero sí como algo que usaban para hacerme daño. Yo sabía que por su trabajo nosotras comíamos y vivíamos”, dice Lucía dos décadas después de esos recuerdos de infancia. Además de las anécdotas escolares también recuerda que la mamá de unas nenas, con las que al día de hoy conserva la amistad, no la dejaban juntarse con ella. “Si su mamá es una puta, ella va a ser igual”, le decían con desprecio e ignorancia. Hoy esos estigmas son menos y ella puede hablar en primera persona de su propia historia como hija de puta.

Lucía es Lucía Salas, tiene 26 años y es la hija de Laura Meza que trabaja de puta desde que la nena era chica y es una de las referentas de AMMAR, el sindicato de lxs trabajadorxs sexuales de la Argentina. La edad de Laura es un misterio pero todavía está lejos de colgar la bombacha. Sigue ofreciendo sus servicios y, al mismo tiempo, activando por tener los mismos derechos laborales que cualquiera otra trabajadora. También lucha contra la violencia institucional que conoce de cerca porque pasó varios días en un calabozo. 

Hace 9 años Laura fue a buscar preservativos al sindicato para sus compañeras que trabajan en Flores y se quedó para siempre. AMMAR es una casa, una familia para las trabajadoras sexuales pero también muchos de sus hijos e hijas que ven un entramado de cuidados y afectos que pasan por allí. De hecho Lucía, además de participar de las actividades y eventos más importantes de la organización marcha con ellas cuando hay manifestaciones por Ni Una Menos u otras convocatorias feministas.

En el último 8 de marzo, Día del Paro Internacional Feminista, Lucía pudo salir antes de su trabajo de administrativa en la obra social en pleno centro porteño. Iba a marchar con las chicas con las que trabaja pero empezaron a caerle mensajes y tuvo que decirles: “Me voy con las putas”. En las imágenes que dejaron registro de esa jornada se la puede ver sosteniendo la bandera del sindicato.

Cuando tenía 14 o 15 años tuvo una conversación con su mamá. Le preguntó si no quería tener un trabajo más regular, con horarios fijos. También se propuso ella para traer un ingreso al hogar que compartía con sus dos hermanas.

Lucía no le cuestionó nunca el trabajo a su madre bajo la lupa de la moral. Desde chica le preocupa la exposición que vive habitando la calle

“Me hace sentir mal que ella esté en la calle porque no sabés quién pasa, a veces el día está feo, hace frío”, dice Lucía a LATFEM. Hace poco, un día de bajas temperaturas, Lucía volvió a su casa en el barrio de Caballito y le mandó un mensaje de WhatsApp a su mamá:

—¿Dónde estás?

—Estoy acá trabajando.

La chica la convenció para que fuera hasta su casa y se quedaron hasta la madrugada compartiendo unas cervezas y escuchando música. “Es algo que siento que me pasaría si fuera volantera, por ejemplo, saber que está en la calle con frío”, dice.

Desde que su mamá se conectó con AMMAR Lucía está a disposición de las putas. Hace poco se dio cuenta que hasta hace un año ese apoyo y acompañamiento iba más a la organización que a su propia madre. Eso cambió cuando Laura volvió de vivir en Europa por un tiempo. Se conectaron de otra manera. 

Lucía hoy estudia administración en la Facultad de Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Está cursando dos materias del primer año de la carrera que le dan tiempo solo para jugar un torneo de fútbol. El año pasado tenía más tiempo hacía más actividades, como percusión y escalada. Si surge el tema de los trabajos de padres y madres, ella dice trabajadora sexual sin ningún problema. Se siente mucho menos hostigada que cuando era una niña.

Antes de estudiar administración quiso probar con psicopedagogía. Le fascinan los y las niñes. Por eso, piensa que es fundamental pensar e impulsar espacios para los hijos y las hijas de las putas. El último Día del Niño y la Niña en la Casa Roja de Constitución Lucía dio un taller de pinturas y otros juegos.

“Me quedó pendiente desde muy chica cuando mi mamá ingresó a AMMAR yo tenía 20 años y estaba trabajando en un colegio. Siempre me gustaron les pequeñes. Así que le propuse armar un espacio para los hijos y las hijas de las trabajadoras sexuales porque se mezcla mucho la prostitución con lo que es delincuencia y el niñe que es un niñe se confunde. Toma la voz del otro y piensa ´Soy eso´. Pero los prejuicios son del otro no del niñe”, reflexiona la joven.

Lucía se considera en deconstrucción. Todavía no se asume feminista porque cree que nombrarse así es “una falta de respeto para las verdaderas feministas”. Siente que está aprendiendo y creciendo. Dice: “Me sigo deconstruyendo para ser una verdadera hija de puta feminista”