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Maníaca, brillante, enigmática, ingeniosa, retraída, vanidosa, pesimista, cultísima, Virginia Woolf fue una escritora de una imaginación desbordante, que pensó su vida y el mundo a través de su literatura. Escribir fue para ella una manera de conocerse, de saber, de construirse como individuo y de observar su capacidad para seguir escribiendo sin descanso, sin comida casi, sin aliento. Y desde su lugar privilegiado de mujer culta, escribir también representó la posibilidad de preguntarse acerca de los roles que la mayoría de mujeres asumían por definición.

¿Quién es una mujer si además de ser de un modo predeterminado en relación con otros es en soledad un individuo que reflexiona? ¿Dónde está socialmente el individuo que reflexiona si es mujer? ¿Cómo construyen su identidad las mujeres? Es decir: ¿cómo se construye una identidad que abarque aspectos que parecen irreconciliables como, por ejemplo, garantizar la conservación de la especie —reproducción, maternidad y sostenimiento de lazos familiares— y ser una misma en un mundo en el que solo ellos tienen una habitación y la privacidad para ocupar su mente en lo que sea, desarrollando de ese modo la seguridad que luego les permitirá actuar con destreza en los espacios públicos?

Estas son algunas de las cosas que Virginia Woolf se preguntó en su larga serie de novelas y de ensayos. Nació —un día como hoy, en 1882— en una familia inglesa con antecedentes, conexiones y una biblioteca en la que ella y su hermana dedicaron a la lectura horas que sustituyeron con creces los cursos universitarios que por ser mujeres no podían tomar. Y escribió siempre, y mucho. Y desde casi siempre sufrió síntomas que la llevaron a alternar estados de júbilo y depresión. Pero se casó bien: con un hombre que supo apreciar su talento y junto al cual montó una editorial. Con él vivió en una localidad tranquila hasta que, mientras la guerra incluso ahí era un horizonte gris, se ahogó voluntariamente en el río, asegurándole a su esposo en una nota que le debía toda su felicidad. Un mes antes había completado Entre actos.

Hogarth Press, la editorial que empezó como un pasatiempo y fue creciendo hasta convertirse en un negocio rentable, publicó —junto a libros de Dostoyevski, de T. S. Eliot— la obra de Virginia: La habitación de JacobLa señora DallowayAl faroLas olasFlushLos añosOrlando. Este último, su libro más experimental, está dedicado a su amiga Vita Sackville-West, modelo para el personaje principal que empieza como cortesana isabelina y al final es un hombre joven y moderno. El libro es una especie de parodia de las biografías más convencionales pero a otro nivel, es una fantasía erótica en la que se intenta huir humorísticamente de la predeterminación biológica del género. Virginia nos sugiere allí que la identidad femenina tiene muchas facetas, y nos insta a ampliar la conciencia de estas múltiples facetas de la propia identidad y a buscarnos fuera de los límites de los roles socialmente asignados, para salir al propio encuentro de un modo vital, sensible, inteligente, valeroso. Por eso la amamos tanto.