El Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti aloja en estos días la primera muestra del Archivo de la Memoria Trans, un trabajo iniciado en 2012 por María Belén Correa y Claudia Pía Baudracco y que en estos años fue alimentado por distintos aportes de la comunidad. El archivo incluye una importantísima colección de memorias fotográficas, fílmicas, periodísticas y de diversas piezas museográficas: dnis, pasaportes, cartas, notas, diarios personales, objetos, ropa. La muestra abarca un extenso período que va de comienzos del siglo XX hasta los años ´90. También con reminiscencias del siglo XIX trans indígena, para investigar y recordarnos que la sinuosa historia de las comunidades trans en Argentina no comenzó con la modernidad democrática ni en los núcleos urbanos.

La historia de las violencias institucionales y mediáticas que la muestra logra guionar, tiene cortes y continuidades: la interrupción de las trayectorias movidas al exilio en los ´70, los ´80, los ´90, la crisis del 2001 y la continuidad de la voluntad de protegerse, de hacerse comunidad entre las trans perseguidas, expulsadas del sistema educativo y familiar para reconfigurar nuevas tramas comunitarias de cuidado. El baile, la aventura encontrada en la errancia, fotos colectivas y sonrisas fuertes, intensas de rojo rouge: la cadena semántica que las curadoras eligieron para mostrar el Archivo murmura que ellas, de alguna forma, están con nosotras, y que el acto de la memoria rescata partes de sus biografías pero también el delta de violencias y desigualdades que interrumpieron las vidas de las que no sobrevivieron a ser trans en la Argentina. Casi como una conjura que hace contrapunto con el título que le dieron a la muestra, Esta se fue, a esta la mataron, esta se murió. El amucharse y el exhibirse como actos de alegría y resistencia que recorren la muestra con texturas que mixturan lo cálido y lo precario serían el deseo de cualquier fotógrafx buscón de avantgarde gastada, pero la muestra carece de algo fundamental que es a la vez su mayor fortaleza: en ella no hay burguesía. No hay estética “subcultural” desde una mirada superior(ista) ni hay camp. La trans-estética, transfeminista por venir, está siendo creada en experiencias como esta. En el cruce entre memoria, resistencias, escrituras y nervio óptico comunitario.

Si las estéticas sub-culturales del Siglo XX habían hecho de la subalternidad un acontecimiento de investigación, producción pero finalmente de consumo cuasi irónico, la trans- estética del Archivo basa sus operaciones en el rescate de a quienes el sistema descartó; pero este rescate no se da a los fines de la reconciliación, sino con la claridad del saber los íntimos lazos de las violencias que perduran, con una carga de disidencia que no quiere ser neutralizada ni, sobre todo, neutralizar a quienes honra.

“Para nosotras fue muy fuerte, tuvimos mucho trayecto para llegar a tener la muestra en un lugar como el Conti, un espacio de la memoria, lo cual es muy fuerte”, dice María Belén Correa a LATFEM a propósito de la importancia de que el archivo sea exhibido en un espacio por el que fluye una parte sustancial de la memoria del exterminio, pero también de la justicia que vino después y que seguimos discutiendo. Entre estética, memoria y política, la muestra organizada por María Belén Correa, Cecilia Estalles, Carlos Ibarra, Ivana Bordei, Carla Pericles, Florencia Aletta, Catalina Bartolomé, Magalí Muñiz, Cecilia Saurí y Carolina Figueredo se reparte entre películas con frescos de carnavales norteños en movimiento, vitrinas y fotos que van y vienen entre pasado anterior, pasado y presente, con la seña también de las migraciones internas y los exilios.

“Al Archivo y después a la muestra los fuimos diagramando durante mucho tiempo. Nosotras siempre juntábamos boletos, pasaportes, tickets aéreos… Cuando Pia muere en el 2012 heredo sus cenizas, el colgante y la biblioteca con los cuadros y una caja de fotos. Lo primero que se hizo con eso fue el documental de Claudia Pia Baudracco, con un director y Marta Aversa, una amiga e historiadora que figura en el documental ‘Si te viera tu madre, huellas de una leona’. A partir de ahí surge la idea de armar el archivo: su cometido era volver a juntar a las exiliadas, a las que estaban perdidas, volver a tener una comunicación interna, compartir fotos”.

Con precisión estratégica, Correa suma: “El cometido de la reunión se cumplió en los primeros dos años. Después nos encontramos con Cecilia Estalles, que estaba buscando material para una exposición. Colaboré con ella y le presenté algunos casos de chicas asesinadas. Cecilia tomó entonces el caso de Gina Vivanco, que fue asesinada en 1991 por la Policía. Para ello entrevistó a su hermana y a una amiga íntima, que también está en la muestra, para un documental llamado ‘De la misma especie’. Así Cecilia se empezó a enamorar de las fotos que nosotras subíamos y junto a ella empezamos a profesionalizar el archivo, a escanearlo con la calidad que ahora tiene. De las cinco mil imágenes, pasamos por dos curadurías, de donde quedaron 1500 y luego las 500 que ahora están exhibidas”.

En la historia del archivo se interseccionan el devenir trans como performatividad identitaria, con las fotos que exponen las infancias trans, urbanas y rurales, y devenires sociales donde se ponen en juego la violencia policial, la expulsión familiar, estatal y educativa que empujó a muchas a la precariedad económica y habitacional donde no necesariamente se inscribían sus familias de origen. Las comunidades trans a lo largo de la historia tornaron esta realidad en focos de resistencia. “El travesti” que fue noticia por votar “vestido de mujer” en los 90, en un recorte de periódico exhibido en una de las vitrinas, es la seña y figura retórica de las violencias mediáticas que históricamente nombraron y fueron cómplices de razzias y sustracción de derechos.

El Siglo largo de la opresión y las resistencias trans comunitarias que el Archivo y la muestra guionan, es también la historia de la organización transfeminista y de derechos humanos en Argentina. El Archivo de la Memoria Trans discute en este sentido con los relatos del arte de memoria y derechos humanos. Donde las intervenciones contemporáneas rastrean los núcleos discursivos nacionales fundadores, ya sea en la identificación con ellos o la disidencia, el Archivo tiene tiene la potencia de ir más allá. La memoria trans es una memoria deconstructiva y no sólo de oposición al relato nacional. Dice que incluso en las disidencias a la cerradura del territorio y las subjetivaciones nacionales, queda aún un largo camino por recorrer. Y ese camino no puede reducirse a la mera suma aritmética de nomenclaturas y clasificaciones (como fuera en su momento el ensanchamiento de las sigla LGBTIQ), sino que implica una apuesta radical en términos estéticos y políticos, con un nuevo régimen óptico que no requiera de la observación superior(ista) o cis- binaria de la diferencia, y que no puede ser imaginado si no es en términos feministas. La estrategia construcción y exhibición del Archivo, en ese sentido, apuesta a lo colectivo y comunal, a sus formas del cuidado y del placer, e incluso a sus desbordes y jaranas sin cálculo político. El Archivo no sólo muestra, sino que está comprometido con aquello que investiga y muestra. No lo hace mero rejunte de objetos sino que le da vida a las voces de quienes ya no están y de las que sobrevivieron para hacerse presentes, por ejemplo, en la histórica inauguración que tuvo lugar en un Conti a sala llena.

Correa periodiza: “En este momento estamos en la primera etapa en relación a los grupos de Derechos Humanos, en cuanto a la construcción de una idea de Memoria, Verdad y Justicia: estamos armando nuestra memoria, tratando de reconstruir y armar una memoria colectiva para poder mostrarla y decir que es una verdad, o al menos creerla, afirmarla como tal, para poder empezar a pedir justicia”.

“Estamos como los grupos de derechos humanos en el 83. Ahí volvió la democracia en términos formales, pero para nosotras la democracia vino en el 2012 cuando tuvimos una Ley de Identidad de Género. Hasta el 2012 nosotras votábamos en una fila de hombres y los chicos trans en una fila de mujeres. Como los demás grupos de derechos humanos empezaron a trabajar la memoria a partir de la democracia, nosotras también empezamos a construir nuestra memoria a partir de nuestra democracia, cuando nos llegó a nosotras”.

Asistir a la muestra vuelve participativo el hecho político fundamental de estas inscripciones y del reclamo que ya es realidad: memoria para todas, entre todas.

Ésta se fue, ésta se murió, ésta ya no está puede visitarse hasta marzo en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, Av. del Libertador 8151 Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Asistir a la muestra vuelve participativo el hecho político fundamental de estas inscripciones y del reclamo que ya es realidad: memoria para todas, entre todas. Ésta se fue, ésta se murió, ésta ya no está puede visitarse hasta marzo en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, Av. del Libertador 8151 Ciudad Autónoma de Buenos Aires.