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La primera vez que vi una verruga en mi vulva no pensé en todo lo que desencadenaría. Cuando comprendí que estaba atravesando una enfermedad de transmisión sexual, lo asumí como un hecho aislado en mi vida. Con el pasar de los meses y en la búsqueda de una cura inalcanzable, comprendí que no: debía escuchar qué carajo me estaba gritando mi concha para poder sanar. Tengo 21 y me pesqué el Virus del Papiloma Humano hace más de un año. Tengo, también, una carta astral complicada: Chirón en Escorpio en casa 8. Chirón representa la herida, Escorpio, la sexualidad. La casa 8 es la casa de Escorpio: doble Escorpio. Tal vez este aspecto de mi carta me condicionó. No es la primera vez que tengo problemas con mi sexualidad y mis genitales, pero sostengo que todas las mujeres en esta sociedad tuvimos trabas para desenvolvernos libremente en nuestra sexualidad. Desde chica me criaron sin tabúes en cuanto a la masturbación, sin embargo, en esa libertad no pude encontrar mi propio deseo en soledad y las veces que intenté tocarme fueron forzadas y mecánicas. Quizá porque en mis primeras vinculaciones sexoafectivas me encontré cómoda en mi rol de objeto de deseo, apoyada en mi hegemonía corporal y el deslindarme de la búsqueda de mi propio goce. A mis 18 años me tocó un novio machirulo que bajo la bandera del amor romántico me aisló y estableció una relación de opresión y control muy fuerte.

Ahí fue cuando mi concha me empezó a hablar. Al principio picaba mucho, se inflamaba, y el flujo era cada vez más abundante y espeso: candidiasis. Los hongos volvían cada ciclo menstruovulatorio por más óvulos o pastillas que tomase. Se calmaban cuando llegaba la menstruación y remontaban su reino fungi en la ovulación. Probé todo tipo de métodos alternativos: ajo, vinagre, tintura madre de equinácea y plata coloidal. Solo pude aplacarlos cuando reduje drásticamente harinas, azúcares y lácteos de mi dieta, ¡alabada sea la homeopatía!; y, claro, cuando empecé a desvincularme de ese novio tóxico. Hay que escuchar a nuestra concha.

Pero la cronicidad de problemas en mis genitales no terminó ahí. Mi vínculo tóxico tampoco. A las pocas semanas de haber superado ese tema, apareció la bendita verruga. Al principio no le di bola, y al mes, al ver que ya no era una sino tres, fui a la guardia ginecológica. Un simple vistazo y me diagnosticaron: HPV. Pero ¿qué es el HPV? Una enfermedad híbrida*: es una infección de transmisión sexual y a la vez un potencial cáncer de cuello uterino. Es decir, hay muchísimas cepas de este virus, algunas cancerígenas y otras no. Algunas presentan lesiones, algunas de estas lesiones pueden ser verrugas, otras pueden ser manchas, etc. Las lesiones pueden aparecer tanto dentro de la vagina, internas, como en la vulva o pene y en la zona perianal, o sea externas. El contagio es de lesión a piel: mientras haya lesión le infectade es viral, como el herpes. Pero, a diferencia del herpes, la estigmatización social es símil al HIV, ¿quizá por su nombre en siglas? ¿por ser una enfermedad incurable? La mayoría de las personas en algún momento de su vida tienen HPV, pero este dato no es algo que esté en la conciencia colectiva: decir que tenés el virus asusta. Muches no presentan lesiones y no se enteran que lo tienen. El virus afecta más a personas con vagina que a personas con pene. Es por esto, y porque si no hay útera no hay posibilidad de desarrollar cáncer uterino, que los hombres (cis) suelen despreocuparse de las verrugas y su viralidad.

Como las lesiones eran externas, el preservativo no cumplía su función de barrera ni significaba protección alguna ¿de cuántes pude haberme contagiado? ¿a cuántes contagié? Tuve que avisar a todas las personas con las que me había relacionado esos meses para que se chequearan. Me dio mucha vergüenza y lo sentí como un escrache social. Por suerte reaccionaron mejor que mi pareja de ese momento.

 Acababa de salir de la guardia en mi primera consulta y ahí nomás lo llamé: tengo HPV. En lugar de contenerme me dijo que fuera a su casa. Obedecí. Cuando llegué, estaba sentado a la computadora, googleando los efectos del virus. Sos una sucia, una rancia. ¿Con quién estuviste? Ya en ese momento no éramos novios monógamos y yo había cogido con varies. Las únicas personas con las que no había usado preservativo eran una chica y él. Qué tema de mierda, su posesión me asfixiaba y lo último que me faltaba era tener que recordarle que yo era bisexual, como para que me celara más aún con mis amigas. Me miró, con esa cara que me hacía callar, y me dijo que era mi culpa. Él, según él, se había cuidado las veces que estuvo con otras. Estábamos en su cuarto, un espacio muy chico, y nos invadía el olor a meo de su bañito. No lo limpiaba nunca y a mí me daba cosa sentarme en ese inodoro. Nos contagiaste a los dos. Me mostró su verruga y me puse a llorar. Siguió googleando. Riesgos en hombres: nulos, simples portadores. Riesgos en mujeres: potencial cáncer. 

Él se fue a descargar su bronca al gimnasio y yo me quedé en su cuarto. Nunca fue al médico. Nos distanciamos.


* No es una definición de diccionario, es una interpretación sobre mi vivencia con esta enfermedad.

 

Ilustración: Juana Mariasch