I

Parece que la historia no estaba terminada: estaba escondida.

Escondida detrás de los relatos que estallaron.

En astillas.

En pedazos.

Que la historia había llegado a su fin, que la forma de ser con lxs otrxs estaba acordada, dispuesta, impuesta, no era más que (neoliberal) relato.

Pero cuidado: el relato no es un mero ruido o simple etiqueta. 

El relato configura.

El relato es criterio de realidad.

Por eso, no es que se corra un velo que obstaculizaba la vista cuando cae un relato: 

sino que una capa de la dermis social se desprende y quedamos en carne viva.

Duele, arde, incomoda el relato descascarado.

Y no solo a quienes de él más se han beneficiado: sino a todxs nosotrxs como personajes de un guión ahora cancelado.

Son los modos mismos de nuestra coexistencia los que se quiebran.

No como un iceberg, sino como una pierna.

Y sin embargo hay muchxs que igualmente son liberadxs, porque el relato-estructura se afianzaba, se sostenía, sobre sus fracturas existenciales expuestas.

Cuerpos que nunca, nunca estuvieron a salvo.

Cuerpos que sufren con y sin relato.

Lxs que nunca disfrutaron ni siquiera del dulce sabor de las promesas individuales de ese neoliberalismo que hoy se resquebraja.

Ellxs que son el fracaso del sistema: su imposibilidad de alojarlxs que en realidad es funcionalidad de su exclusión.

Es que todo relato, para coherentizar, excluye: para enfrentar deseo a ley, para producir  intriga, jerarquiza, asigna funciones, relega algo al detalle de la descripción o quizás ni eso: destierra subjetividades a las sombras.

Decía Hayden White que cuando la creencia en la adecuación del relato a la realidad cae, el entero edificio cultural entra en crisis -porque es en esa adecuación donde se cifra la condición misma de posibilidad de la creencia social.

Y yo me pregunto: ¿cuándo la cultura no está en crisis?

Si su edificio está hecho del tejido de un relato que para homogeneizar, expulsa, 

si lxs expulsadxs crean sus propios inframundos bajo una cotidiana guerra de baja intensidad contra su diferencia, entonces: 

¿No es esa la marca misma de la crisis? 

¿No es esa producción de crisis el modo de operar de nuestra cultura,

asfixiando,

no dejando ver la luz a todas esas otras formas humanas de florecer? 

¿No es nuestra crisis permanente el núcleo oscuro, duro, mineral de la cultura que solo con el constante golpear del agua de la diferencia se agrieta?

¿Es la crisis un evento-problema o es el resto de su gesto fundador? 

Porque donde hay una cultura hay un chivo expiatorio.

Porque la identificación reprime no solo algunos deseos sino específicos estilos subjetivos.

¿O no funcionamos sobre la base del silencio generalizado, la aislación del ruido, en que la unicidad aparente de “lo normal” se sostiene?

Si la cultura no es sin oculta grieta, ¿cómo hacer de esta la oportunidad de un carácter más vegetal de la existencia, como la de esos mismos obstinados brotes de ser que contra todo y todxs ocupan donde pueden algún lugar? 

Mejor hacer de la cultura un asunto de fotosíntesis, de florecimiento, de todos los tonos vivaces que a cada vida se le quiera dar.

Dice Helen Longino que el feminismo es muchas cosas para mucha gente, pero que en su núcleo se trata de la expansión de la potencialidad humana.

Por eso estoy con bell hooks: el feminismo es para todo el mundo -cuando comprendiste en tu propia experiencia el dolor de la opresión, es solo un paso más comprender también que estar contra una de sus formas no es verdaderamente posible sin estar en contra de todas. 

Esto olvidan las feministas transexcluyentes: ser trans es un modo más en que la potencia de nuestra humanidad se despliega, cruza una barrera y germina como floración nueva.

Porque, como decía Lemebel, la militancia que debe ser, la que importa, la que hace falta, 

es la que no permitirá que nazcan niñxs con una alita rota, 

la que entregará su bandera para que cualquiera la borde

hasta que seamos el arcoíris inesperado de colores para los que aún no tenemos nombre.

Abortemos la policía de las clasificaciones, las categorías y las clases,

las reglas y las medidas,

las falsas mesuras que solo a pocxs les calzan.

Pan y flores: una cultura que no acapare, sino que distribuya el pan y las flores.

Alimentos, aventura, curiosidad, creatividad:

creaturas que son las azarosas mutaciones con que buscan su mejor libertad.

Es que al aflojarse la sujeción a la creencia de que somos una reunión contractual de individuos entra en erupción la incendiaria multiplicidad que nos habita.

Se abre esta rosa de carne y tiempo que somos cuya única individualidad está dada por el peculiar modo en que sus gajos se forman, uno entrelazado a otro, de distintos, irregulares tamaños y formas. 

Es solo su común yuxtaponerse lo que nos constituye a partir de un verde tallo-resabio que nos recuerda que de la tierra venimos, de alguna semilla viajera o arrojada, que se estira hacia la luz y el agua que la alimentan y rodean. 

No huella de huella, no máscara, sino semilla y pétalos.

Cuando la idea fría, atómica, puntual, mental, insípida de individuo estalla, se abre el sabor y el calor, la densidad y sonoridad de nuestros orgánicos, eróticos, potentes, expuestos, asustados cuerpos. 

Por eso a los impulsos de revolución que hoy nos rodean los acompañan no solo los enardecidos, enfurecidos, excitados, vibrantes cuerpos que siempre han tomado las calles 

-esa tradición rupturista manifestante que nos hace parte de una historia subterránea que persiste aunque la entierren, que brota aunque la sequen, que resurge aunque intenten siempre sus raíces arrancar-

sino también la fiesta del duelo de los propios relatos sobre el cuerpo que nos han intentado apresar -el sexo, el género, la clase, la raza.

Nos han sujetado, sí, pero al su(b)jet(iv)arnos nos permiten la delicia de la traición, la transgresión, la transición hacia no sabemos qué, pero esto ya no.

Son las de hoy revoluciones de lo más sabroso de la vida:

se reb/velan las zonas erógenas,

se reb/velan las caricias sin miedo ni vergüenza,

se reb/vela el amor en las mil y una formas que ninguna gramática podrá legislar.

Pero si se reb/velan contra la cultura de la opresión y la muerte, lo hacen en el modo de la autoinmolación que es el abrazo.

Nadie puede abrazarse solo: me abrazo a otrx y otrx me abraza.

Una reflexividad, una transitividad también, anteriores a toda identidad.

“Abrazame hasta que…”

El abrazo es también una forma de la espera.

Esperar en el abrazo es ya no estar quietos: es saber que no somos sin lxs otrxs y que lo que todxs juntxs, iguales pero diferentes, podemos es lo único que vale la pena.

Hasta que vivir valga la pena.

Hasta que la dignidad se haga costumbre.

 

II

¡A la mierda la meritocracia que deviene anteojeras para no mirar la injusticia que nos rodea!

¿Qué vida surge a solas?

¿Qué biografía es posible sin lxs otrxs?

¿Quién me acunó, quién me alimentó, quien me vistió y dio calor, 

quién se desveló ante mi fiebre?

No hay vida humana posible sin las redes de cuidado, soporte, promoción, potenciación, estimulación y desafío que nos hicieron ser.

Por si no quedó claro: no solo subsistir sino también florecer debe ser un derecho.

¿Quién me tocó por primera vez para inaugurarme como ser sintiente?

¿Quién me despertó al sonido con incomprensibles ruidos que acompañaron gestos y sonrisas?

¿Quién le enseñó a mis ojos el mundo que existía?

¿Quién, como dice Luisa Muraro, pegó por primera vez para mí las palabras a las cosas?

¿Quién me mostró el espejo en el que recorté el difuso límite de mi existencia y mi futura precaria autonomía?

¿Quién jugó conmigo, quién me enseñó la alegría?

¿Quién quitó mis dedos del tentador enchufe para que aprenda que no todo lo que me rodea me hará permanecer viva?

¿Quién me mostró los peligros a temer y las sorpresas a disfrutar?

¿Cuántos que nunca fueron parte de mis recuerdos pasados nutren cotidianamente en silencio la posibilidad misma de mi vida?

¿Cuántos acalladxs, aplastadxs, condenadxs al yugo de la explotación he aprendido -antojeras mediante- a ignorar y despreciar, mientras doy por sentado el plusvalor que han traído, que siguen trayendo, constantemente a mis más básicas actividades cotidianas?

 

III

La revolución no puede sino ser sexual porque allí se cifra la riqueza de la vida.

No hablo de la literal procreación, sino de lo que junto a ella, rodéandola, acompañándola pero también contradiciéndola y cuestionándola, aparece como la energética que pulsa todo lo que podemos llegar a ser:

los modos de amar con el cuerpo,

las formas impredecibles del deseo,

la permanente improvisación del erotismo que es ciego no porque no puede ver,

sino porque prefiere conocer el mundo con la piel.

Por eso ya no podemos ser hombres o mujeres. Tampoco hombres y mujeres.

bell hooks, de nuevo: “Ni las mujeres son aliadas naturales del feminismo, ni el feminismo es un movimiento antihombres”.

Porque el reduccionismo visual que nos ha querido confinar a la mezquina clasificación del “pene, sí”, “pene, no” ha entrado en crisis como la misma cultura que lo ungió.

Ya no podemos ser 2 porque nunca fuimos 1 + 1.

Tantas certeras delicias y dudas exquisitas aparecen cuando lo visual-genital explota y descubrimos la continuidad sinuosa de las distintas siluetas y paisajes carnales que podemos devenir.

Una humanidad de manos que se recorren como leyéndose en un autodidacta braile: 

un lenguaje para lxs sin ojos que han despertado.

 

IV

¿Y qué vamos a hacer con esa piedra que subimos con esfuerzo a la cima de la montaña de la emancipación para encontrar que ha caído de nuevo, por su propio peso-sedimentado-de-cultura una y otra vez, en el mismo lugar?

¿Qué haremos con ese saber de que lo que hemos aprendido, no lo podemos olvidar?

¿Qué recaudo tomar para esa constricción constitutiva, ese límite interno, esa sombra del yo conservadora, que se ha pegado a las paredes de nuestras células morales?

¿Cómo haremos para no repetir el androcéntrico error de creer que podemos distinguirnos, seccionarnos de nuestros contingentes inicios necesarios, desligarnos hacia el nuevo hombre sin traficar en él lo peor del pasado?

¿Cómo llevar de otro modo con nosotrxs lo que se nos ha impregnado hasta las fibras, cómo sin neciamente negarlo ni torpemente reinstalarlo?

¿Cómo puede nuestra idea misma de historicidad albergar la realidad inevitable de lo que nos trajo hasta aquí sin que le regalemos el presente, sin que nos confisque el futuro en el modo de permanente amenaza de repetición?

“La catástrofe que temes ya sucedió”, decía Barthes y acertaba.

Repensar la historia como esa oportunidad que se abre, ese sismo en la tierra social, ese movimiento que nos pare de nuevo, donde la catástrofe ya sucedió, es verdad, pero igual evadir, saltar, desafiar el límite de lo posible: 

para hacer del futuro lo más parecido a este ahora de puños levantados, 

de gritos que son cantos, 

de avances y repliegues que son danza, 

performance en la calle donde nos abrazamos, 

porque estábamos perdidxs pero nos hemos encontrado.

Ahora que estamos juntxs. Ahora que sí nos ven.

Si nos ven es porque en la plaza, en la marcha,

fuimos primero nosotrxs los que nos vimos las caras.

Nosotrxs que nos creíamos extrañxs

pero todo lo contrario:

éramos ya sin saberlo 

ciudadanxs del mundo nuevo que deseamos.