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Agustina Panissa cree que las sindicalistas feministas tienen el desafío de ejercer el poder de otra manera. Si no tienden puentes, si no generan redes van a reproducir lo que les tocó padecer.

Ya habían pasado muchas horas arriba del micro. Todavía quedaba un trecho hasta llegar desde Buenos Aires a la provincia de Chubut, la sede del Encuentro PluriNacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans argentino del año 2018. Agustina Panissa, que en ese viaje había cumplido 30 años, charlaba con las compañeras de su agrupación. Lejos de la solemnidad, las chicas empezaron a hacerse bromas. Agustina había debutado en su lugar de trabajo, la Defensoría del Pueblo de la Ciudad, como delegada sindical.

—Imaginate que tuviéramos que crear a la muñeca Barbie pero sindical—disparó una entre risas.

—¿Cuál sería su kit? ¿Con qué vendría?—remató otra.

—La Barbie sindical vendría con su bombo, su bandera, un choripán—disparó Agustina y terminó llevándose ese apodo entre risas.

El chiste de asociar a una Barbie—la tradicional muñeca que suele ser emblema de la belleza hegemónica y heteronormativa—con la práctica sindical esconde un simbolismo muy fuerte. Existe un estereotipo del sindicalista que se parece a un varón-rudo-con campera de cuero-dispuesto a dirimir lo que sea a los golpes,  ¿y el estereotipo de una mujer sindicalista cuál es? ¿Lo hay? ¿Se puede ir a una marcha en tacos? ¿Cómo es hablar en una asamblea con un jean ajustado, con las uñas pintadas, toda maquillada? ¿Las miradas de los otros son limitaciones a la hora de sentarse a discutir la paritaria?

Agustina Panissa, como muchas otras sindicalistas jóvenes, no se hizo esas preguntas ni pensó en camuflarse entre los varones como estrategia. El sindicalismo derivó de sus militancias en el colegio secundario, la Facultad de Derecho y el feminismo. 

Joven, mujer, feminista: triple irreverencia para el mundo sindical. Ella misma se define con esa palabra. Y cree que fue esa irreverencia la que la empujó a la  fórmula junto a Daniel “Tano” Catalano para las próximas elecciones de ATE Capital. Sumado al respeto y el acompañamiento de sus propixs compañerxs de trabajo. Lo que unx buenx sindicalista debe asegurarse siempre. Tal es así que su labor como delegada la llevaron a duplicar la cantidad de afiliadxs y le dio la llave para entablar un vínculo de diálogo permanente con Catalano, un sindicalista que también rompe con ciertas barreras estructurales que impiden que las referentas crezcan. Suena raro, pero que un dirigente sindical—o político— “escuche” a una feminista y joven, no suele verse de manera cotidiana.

A punto de comenzar la campaña que espera la consagre como Secretaria Adjunta el próximo 7 de agosto, Agustina dialogó con LATFEM.

—¿Qué lectura haces de tu lugar en la lista como secretaria adjunta?

—Creo que no se puede leer mi candidatura por fuera de la oleada feminista y de que es momento de que los feminismos ocupemos los lugares de poder. Pero sobre todo creo no hubiera sido posible sin la decisión política fuerte del Tano Catalano. Porque no todos los sindicatos, ni los referentes sindicales asumen ese compromiso. Hoy hay alrededor de veinte compañeras en la comisión directiva, muy por encima del cupo. Entonces que el actual secretario adjunto, Manolo Sueiro, haya dicho que se corría de su lugar para dármelo a mí, diciendo que “esto no se trata de personalismos” no pasa muy seguido.

—Sería la primera vez que una mujer ocupe el segundo lugar de mayor poder en ATE Capital

—Sí. Al principio cuando me lo ofrecieron me quede callada dura y lo primero que dije es que agradecía mucho el reconocimiento y pregunté por qué no eran otras compañeras que quizás tenían más trayectoria que yo. De ahí me fui a un bar con mis compañeros y uno, que tiene sesenta años me dijo: estos trenes pasan una sola vez en la vida, ponete los cortos y anda a jugar en primera.

—¿Sentiste discriminación por ser mujer dentro del sindicato?

—Creo que mirando para atrás puedo entender que muchas situaciones que viví cuando militaba en la universidad o en la secundaria tuvieron algo de machistas. Pero todo ese bagaje me posicionaron en otro lugar en el sindicato y ese recorrido me permitió pararme de otra manera en el sindicalismo. Hay una cosa muy vertical en el sindicalismo y yo en ese sentido soy un poco irreverente de insistir en lo que pienso. Y en ese sentido yo siento reciprocidad del otro lado, porque es verdad nosotras tenemos que hacernos el camino pero si del otro lado los compañeros no te dan el lugar es difícil. Creo que en mi caso se conjugaron ambas cosas. A la juventud nos enseñaron que hay que esperar, pero también es cierto que somos los más precarizados, somos los que estamos contratados. Entonces ¿cómo cambiamos eso si no estamos en los lugares de conducción?

—¿Creés que el feminismo y las juventudes son los que van a dinamizar al sindicalismo?

—Totalmente. La juventud y los feminismo tenemos un rol trascendental.

Es fundamental pero tenemos el desafío de ejercer el poder de otra manera. Si no tendemos puentes, si no generamos redes vamos a reproducir lo que nos tocó padecer.  Una compañera me decía que si alguna de nosotras llega, que en este caso sería yo, le abre paso a otras. Hay una responsabilidad política de ocupar este rol.

Agustina Panissa cree que las sindicalistas feministas tienen el desafío de ejercer el poder de otra manera. Si no tienden puentes, si no generan redes van a reproducir lo que les tocó padecer.

A mí el feminismo me enseñó a construir de otra manera, que tiene que ver con tender redes, potenciar referencias en las compañeras, no hacer todo en soledad, la escucha atenta, el compromiso, no vender humo y de dar las batallas con mucho compromiso, poniendo el cuerpo y cuidándonos entre todas. Hay algo de la política y el sindicalismo que pueden llegar a ser una picadora de carne. Por eso creo en las redes y en cuidarnos entre nosotras. La sororidad no equivale a que somos todas amigas, tenemos diferencias políticas, pero sororidad sí implica cambiar la lógica construcción.