En la vida de Ana María Martínez Sagi -La Sagi- parece que caben infinitas vidas, una dentro de otra, como mamushkas que mientras se abren, la construyen y la nombran. Las fotos la revelan: de corbata y camisa cuadrillé mirando fijo a la cámara; de remera y short hasta las rodillas, con los ojos en el cielo proyectando la línea que trazará la jabalina que está a punto de lanzar; de pie junto a una ventana y un jardín de fondo como esperando algo o a alguien, en una peluquería entrevistando a dos mujeres; concentrada mirando fijo la pelota de tenis que sostiene en su mano izquierda mientras levanta la raqueta de tenis con la otra; posando con mano en la cintura contra un Volkswagen.

Su imagen se multiplica en internet y en los medios. Su nombre se replica en las noticias. No es azaroso. En 2020 se cumplirán veinte años de su muerte. Y fueron veinte los años que ella le pidió al escritor Juan Manuel de Prada, cuando le dio toda su obra inédita, que dejara pasar para hacer públicos los escritos y así también, su vida. La Sagi, que fue muy conocida en España durante la Segunda República -en la década del treinta-, murió silenciosa y solitaria en una residencia de ancianxs en Moià, un pueblo de Cataluña a sus noventa y tres años. “¿Por qué quiere usted resucitar a una muerta?”, dice el escritor que le dijo La Sagi, a sus noventa años, cuando finalmente le respondió el teléfono. Poco tiempo antes, De Prada la había buscado, la había encontrado y había empezado a escribir una novela ficcionando su vida. El día que “Las esquinas del aire” salió de la editorial en el 2000, ella murió. Y De Prada comenzó entonces lo que él mismo dice fue el trabajo más intenso de su carrera: la edición de “La voz sola”, una recopilación de seiscientas páginas de textos poéticos y periodísticos de La Sagi que se acaba de publicar. 

Dirigencia y resistencia

Actualmente, el club de fútbol Barcelona tiene 327 trabajadoras, que representan un 25 por ciento del total de trabajadorxs. Dos de ellas, María Teixidor y Marta Plana son las dos únicas en la junta directiva del club. Desde  la misma institución advierten que Teixidor podría incluso llegar a convertirse en la presidenta del Barcelona en 2021, cuando finaliza el mandato de Josep María Bartomeu. Pero hace ochenta y cinco años, hubo una primera vez. En 1934 y con veintiséis años, La Sagi, que había nacido siete años después de la fundación del club y que había caminado sus pasillos desde chiquita porque su padre era uno de los fundadores y el tesorero del Barcelona, se convirtió en la primera mujer en ser parte de la dirigencia de un club de fútbol. La Sagi quebraba aún más el estatuto del club, firmado en 1911, que decía que sólo se permitía el ingreso a varones. Edelmira Calvetó, la primera socia azulgrana, lo había roto ya en 1913 y La Sagi ahora iba más allá: no sólo ingresaba al club sino al consejo directivo a tomar decisiones sobre la entidad. Sin embargo, duró poco al frente de la comisión de cultura que le habían asignado porque sus ideas eran desestimadas por el resto de los miembros de la junta. “A esta gente no le interesa la cultura”, había dicho antes de dejar la institución. 

Cuando La Sagi llegó a ser dirigenta del club, ya tenía muchos años de carrera deportiva. En su infancia, su padre, preocupado por un posible desequilibrio hormonal que la hacía aumentar de peso, la había llevado a un médico. “Tintura de yodo, dieta y deporte”, había dicho el doctor. Y La Sagi, siguió estrictamente las indicaciones: se paró en la cancha, en la montaña y en las pistas de atletismo. Para 1934, ya había jugado al básket, había nadado, había esquiado, había hecho lanzamiento de disco, había disputado la final del campeonato de tenis español en 1929 y había obtenido la medalla dorada en lanzamiento de jabalina en 1931. Y afuera de las pistas y de las canchas, La Sagi, también promovía el deporte. Fundó el club femenino del Barcelona, la primera asociación de mujeres trabajadoras que fomentaba el deporte y  las actividades culturales, y en la que se alfabetizaba a las mujeres. Pero no encontró apoyo suficiente aunque sí mucha burla y sarcasmo. Ajena a eso, ella viajaba entre Barcelona y Madrid para dar conferencias sobre el rol de la mujer en la sociedad. Había que pelear el espacio público y ella entendía el deporte y el cuerpo como territorio de disputa. 

El mismo año en que asumió la dirigencia del Barcelona, La Sagi fue a una de las tantas charlas a las que iba para formarse políticamente. Pero esa no sería cualquier reunión. Esa tarde de 1934, en el Palacio de Pedralbes, donde hasta 1931 la familia de la realeza española se alojaba en sus viajes a Barcelona, La Sagi escuchó hablar a Buenaventura Durruti y no dudó. Desde aquel momento se sumó a las filas del anarquista. “Tenemos de nuestro lado a la aristocracia”, recuerda La Sagi que decía el sindicalista entre risas. Porque ella, que era la tercera de cuatro hermanos, había nacido en una familia de la burguesía catalana, donde nunca terminó de encajar. Mientras practicaba deportes y daba charlas, también ejercía como periodista y publicaba artículos en las secciones de mujeres de las revistas nacionales Crónica y Estampa, donde se focalizó en reportajes a mujeres trabajadoras y en notas sobre el voto femenino. Con esa experiencia periodística se sumó a la Columna Durruti como reportera durante la Guerra Civil desde el frente de Aragón, siguiendo los pasos de Colombina, la primera reportera de guerra española. Y pocos meses antes de que el franquismo se impusiera en España, La Sagi se exilió a Francia, donde se sumó a la resistencia contra los nazis. 

Una mujer que canta, entre tanta mujer que grita

En el exilio, fue pescadora, perfumista, artista callejera, decoradora. Cambió, mutó de oficio y profesión. Pero en España, Francia o Estados Unidos, donde ejerció como docente de castellano en la universidad de Illinois, nunca dejó de escribir. Entre 1929 y 1969, publicó nueve libros de poesía. La crítica española la considera la heredera de Rosalía de Castro, reconocida poeta española del siglo diecinueve y y señala que su poética está influenciada por las latinoamericanas Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni y Gabriela Mistral.  Lo cierto es que La Sagi nunca dejó de escribir y tampoco de molestar. Molestó su activismo deportivo, molestó su compromiso social y también molestó su lesbianismo, ese que aparecía ya en sus primeros poemas. “No te acerques pues, hombre. Tú estás hecho / de carne y de deseo. El aliento que sale de tu boca / abrasa. / Me asquean tus caricias. Cuando besas, / me dejas en los labios una mancha”, publicaba en Caminos, su primer libro. Molestó aún más cuando comenzó una relación clandestina en 1931 con la escritora Elisabeth Mulder, a la que había conocido en una de las charlas que daba. Mulder escribió una reseña sobre su poesía donde la describía a La Sagi como “la irrupción de una mujer que canta entre tanta mujer que grita”. Intercambiaban cartas y se dedicaban poemas hasta que la madre de La Sagi amenazó a Elizabeth con hacer un escándalo público si no abandonaba a su hija. El vínculo terminó, nunca más volvieron a cartearse ni a verse. Sin embargo, La Sagi le dedicó innumerables poemas.

Cuando volvió del exilio en los años ‘70, aquellas personas que antes la reconocían por la calle, ya la habían olvidado. Con su familia ya no tenía relación y de su obra quedaba poco rastro, apenas algunos ejemplares en las bibliotecas públicas de Cataluña. Entonces, La Sagi, decidió mudarse fuera de Barcelona, a Moià donde la encontró finalmente Juan Manuel de Prada. 

¿Cuántas vidas caben en una vida? ¿A dónde van las vidas que se olvidan?

Acá, un breve rescate de la historia de La Sagi.