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Si por primera vez en la historia hay dos empresarios con condena por delitos de lesa humanidad es gracias, en gran parte, a estas mujeres que lucharon y guardaron en su memoria las piezas de un rompecabezas que lograron unir para obtener justicia.

Barrio de Beccar, Zona Norte, provincia de Buenos Aires. Elisa Charlin de Troiani, ama de casa, tres hijos, casada con Pedro Troiani trabajador en la planta de montaje, en la sección de reparación final y delegado de la empresa Ford, lleva a su madre al médico. Mientras camina con ella del brazo la increpa un primo, que también trabaja en Ford. Es el martes 13 de abril de 1976.

—Te tengo que decir algo, a Pedro se lo llevaron.

—¿Quiénes se lo llevaron?

—Los militares

—¿A dónde?

—No se sabe.

Elisa sabe que hace menos de veinte días los militares tomaron el poder. Se lo contó Pedro que es peronista y le interesa mucho la política. Ella no le dio demasiada importancia. Con tres chicos y las tareas del hogar no había tiempo para preocuparse por los militares. Además, Elisa es hija de un policía por lo que no le escandaliza lo que pasa en el país. Cuando se lo llevan a Pedro recapitula alguna de las conversaciones que había tenido con él, cuando le contaba que ya se habían llevado a alguno de sus compañeros en la fábrica. Elisa tiene que llevar si o si a su mamá al médico. No entiende qué pasa. A la tarde vuelve a lo de su primo. No saben qué hacer. Creen que a Pedro lo tienen secuestrado en unos barcos en el puerto de Buenos Aires. Se rumorea que ahí tenían secuestrados a los “gremialistas”.  

Ciudad de Mercedes, provincia de Corrientes. Arcelia Ortiz de Portillos, alias Lulú, empleada de una fábrica, está de visita a su familia en su provincia natal. El sábado siguiente llegaría su marido, Ismael Portillos, trabajador en la planta de estampado de la fábrica Ford, porque empezaría su carrera como cantante y guitarrista. 

Arcelia recibe el llamado de su hermano, que trabajaba junto a su marido. Es el martes 13 de abril de 1976.

—Gorda, tenés que volver como puedas porque a Portillos se lo llevaron los militares.

—Sí, dale, los militares se lo llevaron—Lulú comenzó a reír a carcajadas—contame otro chiste, dale.

—No te rías, tomatelo en serio y fíjate cómo podés hacer para venir lo antes posible.

—¿Lo mataron? ¿Tuvo un accidente? No entiendo nada

—Se lo llevaron, escúchame bien. Tenés que venir porque tenemos que buscarlo para saber dónde está.

Lulú va directamente a la estación de ómnibus junto a su padre y logra subirse a un micro. Lulú no tiene idea que el 24 de marzo había habido un golpe de Estado en la Argentina.

Cuando llega a Buenos Aires la recibe su hermano en la terminal y le cuenta todo. Él había visto cómo un capataz de la empresa, junto a un militar, se habían llevado a su marido en su lugar de trabajo.

Pedro Troiani e Ismael Portillo son parte de los 3.000 empleados que tiene la empresa Ford en la planta de General Pacheco, en Tigre para abril de 1976. Troinai había entrado a trabajar en 1964—llevaba trece años de trabajo cuando se lo llevaron—; Portillo, en 1971. Nunca se cruzaron ni escucharon el nombre el uno del otro. Ese martes 13 de marzo de 1976 cuando los sacaron las Fuerzas Armadas de sus puestos de trabajo y con su mameluco puesto, los llevaron a los quinchos a pocos metros de la planta. Los encapucharon con sus propias ropas. Llegaron a balbucear sus apellidos como podían, bajito, casi susurrando: Troiani, Portillos, Propato, Conti, Traverso. Son cinco. Los torturaron. No sabían dónde estaban ni qué iban a hacer con ellos. Cuando se hizo de noche, los subeieron a una camioneta F100, propiedad de la empresa. El primer destino—después se van a enterar—era la comisaría de Tigre. Detrás de sus desapariciones hubo mujeres que empujaron por volverlos aparecidos. Lo consiguieron. Más de 40 años después siguen peleando por la búsqueda de justicia: que la empresa responda el daño que les causó.

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Cuando Elisa tenía 7 años con su familia se fueron a vivir a Beccar. Allí también vivía Pedro que entonces tenía 12. Se veían, se saludaba, jugaban juntos. Cuando fueron un poquito más grandes, Pedro le dijo que le tenía que decir algo, que otro día volvería, pero Elisa lo corrió.

—¿Qué tenés que decirme?

—Si querés andar conmigo.

Era el año 1959 y así empezaban los noviazgos.

Elisa terminó la escuela y empezó a trabajar en una librería de San Isidro. Quería estudiar abogacía. Pero su padre—policía de la provincia—le dijo que no podía hacer las dos cosas: tenía novio o estudiaba. Elisa eligió tener novio. Además, su padre le había dicho que no estaba bien que ella tuviera esas ambiciones porque Pedro trabajaba en un taller de chapa y pintura. “¿A vos te parece menospreciar a un hombre de esa manera?”, le decía. Cuando cumplió los 17 se casaron. En la luna de miel quedó embarazada, así que ya no volvió a trabajar. Había mucho que hacer en la casa porque después del primer embarazo vinieron dos más. En ese año Pedro ingresó a la Ford por un contacto de su suegro: era su sueño para poder progresar, ampliar su chalecito, vivir bien. Eran, sin dudas una familia feliz.

Arcelia nació en en el campo. Cuando cumplió 18 y terminó la escuela quiso venir a Buenos Aires para estudiar ingeniería agrónoma. Acá ya vivía un hermano en la casa de unos tíos en la zona de Don Torcuato, provincia de Buenos Aires. El día que Lulú llegó a la casa, una vecina que era delegada y trabajadora en una empresa textil le preguntó si no quería entrar a trabajar, que estaban buscando chicas. No tenía nada que perder así que fue. Al mes siguiente probó suerte en una metalúrgica y finalmente, de la mano de su hermano llegó a otra metalúrgica en la que confeccionaban radios. Ahí se quedó. Con tanto trabajo se postergaba el ingreso a la universidad y tantos cambios la hicieron tener una angina constante. Después de ir a muchos médicos, uno dio en la tecla y le dijo que era emocional, que lo mejor que podía hacer para curarse era fortalecer las cuerdas vocales, que tenía que tomar clases de canto. Consiguió un lugar aunque nunca se imaginó que allí un carnicero morochón que no le gustó nada apenas lo vio, la iba a enamorar cuando agarrara la guitarra y entonara Media Vuelta, de Javier Solís. A los nueve meses de noviazgo, Arcelia de 20 años e Ismael Potrillo de 25, se casaron. Ismael entró a trabajar a Ford, feliz porque también implicaba un ascenso social. A él, lo único que le interesaba era trabajar para juntar la plata que no le daba la música. Su verdadera pasión era cantar. Así que apenas terminaba su jornada laboral huía de la fábrica a los ensayos. No se quedaba a ninguna asamblea ni estaba al tanto de las cuestiones gremiales. Arcelia y Portillos no podían tener hijos. Fuera de eso, la vida les sonreía.

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Elisa y Arcelia no se conocían. No recuerdan haberse visto ni hablado en aquel mes en el que sus maridos estuvieron secuestrados en la comisaría de Tigre. Allí no podían verlos, pero todos los días les llevaban comida y abrigo. Durante ese primer mes no tenían ninguna respuesta oficial. La desorientación también estaba al servicio de los hechos: la empresa Ford les había mandado el telegrama de despido a sus maridos porque “no se habían presentado a trabajar”. La poca información que circulaba era entre las esposas u otros familiares cuando alguno de adentro lograba enviar algún mensaje hacia afuera. No eran consientes de lo que significaba la dictadura, no sabían de otrxs desaparecidxs ni de los campos de concentración que funcionaban de manera clandestina. Elisa y Arcelia iban de la comisaría, a la regional, incluso a Campo de Mayo, donde lograron entrevistarse—varias veces—con el teniente coronel, segundo Jefe del operativo del corredor Zona Norte, Antonio Francisco Molinari. Aún no dimensionaban la importancia de su militancia y sobre todo, del registro en su propia memoria, para dar con el paradero de sus maridos.

El 19 de mayo de 1976, cuando fueron como todos los días a llevarles comida, les avisaron que ya no estaban más. Otra vez la incertidumbre. Otra vez la desesperación. Y nuevamente la búsqueda. Los habían llevado a la cárcel de Devoto. Y ahí sí, ambas recuerdan haberse visto. Porque además, esa fue la primera vez que pudieron ver a sus maridos. Una vez por semana hacían una larga fila—incluso pernoctaban—para poder entrar a verlos. Después de innumerables requisas a las que eran sometidas cada vez que entraban: las desnudaban e incluso cuando estaban indispuestas les hacían mostrar que ahí adentro no hubiera otra cosa que sangre. Luego de subir cinco pisos por escalera sin luz, llegaban a la celda a la que podían ver a sus maridos en medio de una marea de mujeres, llantos, gritos. Antes de entrar, las mujeres de los presos se juntaban en el bar de la esquina. En ese lugar fue que las bautizaron con el apodo que hoy se las conoce: “las mujeres de Ford”. Aunque era para identificarlas porque cada una, si bien tenían vínculos entre ellas, no conformaban un grupo homogéneo. Cada una peleaba por su cuenta. En Devoto, sus maridos estuvieron cinco meses. Y luego, otra vez, sin previo aviso, cinco meses después los trasladaron a la unidad 9 de La Plata siempre bajo el Poder Ejecutivo Nacional (PEN).

Tanto Elisa como Lulú persistían en la búsqueda por saber cuál era el motivo por el cual se habían llevado a sus maridos y sobre todo quiénes eran los responsables. Ambas, en esas insistentes entrevistas que habían logrado tener con Molinari, vieron algo que en ese momento no registraron la magnitud. El militar, ante la insistencia de las mujeres que no se conformaban con su respuesta de que él solo “solo cumplía órdenes de más arriba” les mostró algo que quedaría marcado en su memoria: el listado con el logotipo de la empresa Ford en donde manualmente estaban anotados todos los trabajadores que estaban detenidos desaparecidos. La prueba cabal de la complicidad empresarial en la dictadura militar.

A finales de marzo de 1977, cuando estaba pronto a cumplirse un año de su desaparición, sus maridos fueron liberados. Habían sobrevivido. ¿Habían sobrevivido?

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Los primeros tiempos después del secuestro, la tortura y la desaparición fueron duros. No solo por las secuelas físicas que les dejó—Ismael Portillos quedó ciego producto de un glaucoma que tenía y al que no le permitieron tratarse durante el secuestro—sino porque durante diez años, hasta 1987, ambos recibieron continuas visitas del ejército, de la comisaría local aduciendo que venían a “controlarlos”. Los monitoreaban, veían con quiénes se juntaban. Como supieron tiempo después, estaban en “libertad vigilada”. Hubo que aprender a vivir nuevamente. Y en ese aprendizaje, volver a reconectarse con la familia. Los Troiani veían crecer a sus tres hijos—después de un disgusto con el mayor, que tuvo problemas severos de salud—y los Portillos adoptaron un hijo y luego tuvieron una biológica. Pero cuanto más querían olvidar aquella traumática experiencia, más se hacía carne y se volvía presente. En esos años varios, por cuenta propia, iniciaron juicios laborales, con el objetivo de cobrar la indemnización. En ese trajín de papeles, abogados y caminar juzgados, Pedro tuvo una revelación: tenía que buscar justicia por él y por el resto de sus 24 compañeros con los que había estado desaparecido. Uno de sus clientes del taller de chapa y pintura era un abogado vinculado a causas de lesa humanidad. En esas conversaciones informales que solo suceden en los talleres mecánicos, Pedro le había contado su historia. Rodolfo Ojea lo escuchó con atención y le dijo que cuando quisiera, lo fuera a ver. Cuando llegaron a su estudio, a mediados de los 2000, su hijo Tomás se hizo cargo del proceso y ahí comienza la otra historia.

Pedro y Elisa comenzaron a rastrear a los sobrevivientes. Con algunos habían quedado en contacto pero con otros no habían vuelto a tener vínculo desde aquel marzo del ´77.

Decidieron presentarse en grupo y litigar no solo contra quienes habían sido sus torturadores materiales sino, principalmente sobre quienes fueron los responsables intelectuales de su desaparición: los directivos de Ford. Una tarea titánica: se sabe que demostrar la complicidad civil y encima con una de las empresas multinacionales más importantes del mundo, no sería una misión sencilla. Fueron muchos años de reunir testimonios, papeles, de recordar y recordarse. De testimoniar, de sentarse en el banquillo, de recorrer tribunales, comodoro Py. Y nuevamente ahí, sin darse cuenta, las esposas de las víctimas se convirtieron en el engranaje fundamental. Porque fueron los testimonios de Elisa y Lulú, quienes habían visto con sus propios ojos el listado con el logotipo de la empresa: la prueba fundamental para alcanzar finalmente, a finales de 2018, la histórica condena en un juicio que había comenzado en 2012.

Pedro Müller, ex gerente de Manufactura y ex miembro del directorio de Ford durante los hechos, y a Héctor Jesús Sibilla, ex jefe de Seguridad fueron condenados 10 y 12 años de prisión común por ser partícipes necesarios de los secuestros y torturas de las 24 víctimas. A Santiago Omar Riveros, entonces comandante del Comando de Institutos Militares en Campo de Mayo, lo declararon coautor en los hechos y le tocaron 15 años. Según relató Alejandro Jasinski en una crónica publicada en El Cohete a la Luna “El tribunal los condenó porque comprendió que no se trató de delitos comunes, sino crímenes contra la humanidad, que son imprescriptibles”.

Según Tiempo Argentino, “la condena a dos ex directivos de Ford por crímenes contra la humanidad se hizo noticia de inmediato en todas partes del mundo. Los portales del Washington Post, New York Times, Reuters, France Press, The Guardian, El Financiero de México, entre los más importantes medios del mundo, dieron a conocer lo que los medios locales deciden deliberada y obscenamente callar. El compromiso político con el silencio, la censura de empresa y la autocensura han jugado localmente con mucha fuerza”.

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Es mayo de 2019. La casa de Elisa, la misma en la que vive desde el día que se casó, funciona como el bunker del grupo de Ford. Es una casa de puertas abiertas. Al lado, Pedro está trabajando en el taller de chapa y pintura que tiene junto a su hermano y en el que trabajan sus hijos y sobrinos. Lulú vino con su nieta, Malena, y en la casa ronda Brisa, la nieta de Elisa. Todos se saludan y se vinculan con una familiaridad que solo se da cuando una tragedia es compartida. Malena y Brisa charlan un ratito, se cuentan que estudian administración de de empresas y derecho. Sus abuelas las miran embobadas y dicen que son las universitarias que les hubiera gustado ser. Cuando sus nietas escuchan alguna parte de la historia dicen que “qué machistas” eran los varones en esa época. En algunos momentos del relato a ambas se les quiebra la voz, pero se hacen cargo del lugar que ocupan. Cuentan todo con una precisión quirúrgica, como si el tiempo no hubiera pasado, como si el entrenamiento y el ejercicio de no olvidar siguiera intacto pese al paso del tiempo. Todavía no son tan conscientes del lugar que ocuparon y de la importancia de sus testimonios en el juicio. Fueron otras dos mujeres, la abogada Elizabeth Gómez Alcorta y la historiadora Victoria Basualdo—ambas claves durante el juicio de Ford—, quienes las convirtieron de “esposas de” a verdaderas protagonistas y testigos de la historia reciente. Si por primera vez en la historia hay dos empresarios con condena por delitos de lesa humanidad es gracias, en gran parte, a estas mujeres que lucharon y guardaron en su memoria las piezas de un rompecabezas que lograron unir para obtener justicia.

Si por primera vez en la historia hay dos empresarios con condena por delitos de lesa humanidad es gracias, en gran parte, a estas mujeres que lucharon y guardaron en su memoria las piezas de un rompecabezas que lograron unir para obtener justicia.

—Nos hicimos camino al andar sin proponérnoslo— dice Lulú mientras sorbe el mate—Nuestra única arma fue la memoria. Todo está guardado ahí.