1.

A las 14:45 del sábado 3 de agosto de 2019, en una cama del Hospital General de Agudos Dr. Carlos Bocalandro, murió Patricia. En el certificado de defunción provisorio se registró que falleció a causa de un shock séptico. Hacía varios meses que necesitaba tratamiento por un problema de vesícula, pero el traslado al hospital tardó demasiado y la infección avanzó. En las redes sociales sus compañeras del colectivo Yo No Fui agregaron que murió esposada a los barrotes de la cama del hospital después de varios días de agonía y de tres operaciones de vesícula. Así, a sus 40 años, Patricia murió presa. Presa por haber sufrido una emergencia obstétrica. Presa por haber desconocido que estaba embarazada. Presa porque nadie le creyó que no sabía. Presa por sufrir un estigma tan grande que llevó a que la justicia rechace sus pedidos de arresto domiciliario, a pesar de que estaba a cargo del cuidado de su hija y de su hijo con discapacidad. Presa por el panóptico obstétrico de un Estado que impone maternidades forzadas, obliga a abortos clandestinos y condena a penas de prisión a las mujeres pobres que tienen emergencias obstétricas en sus casas. Patricia, por todo eso, murió presa.

2.

Una oficial penitenciaria me pide que espere a Patricia en una salita. El espacio es muy reducido. Hay una mesa, dos sillas, muchos biblioratos y una cartelera de corcho. Se nota que es una oficina del personal penitenciario, donde hay visibles machetes que hacen de ayuda memoria y recuerdan datos tan rígidos como arbitrarios.

‘Electrodomésticos. Marzo, Mayo, Julio, Septiembre y Noviembre’.
‘Perfumes (1 unidad). Febrero, Abril, Junio, Agosto, Octubre y Diciembre’.
‘Visitas de viernes. Pabellón 1 y 4. Visitas de sábado y domingo. Pabellón 2 y 3’.
‘Cancha. De 9 a 12 y de 15:30 a 17:30 hs’.
‘Fútbol Femenino Miércoles 9 a 11 hs. Espartanas Viernes 9 a 11 hs’.

Esas normas en Arial 14, con anotaciones en lapicera, tan inocentes como lucen en el papel manchado con gotitas de mate, son en los hechos inapelables y definen gran parte de la vida de las mujeres que están en los cuatro pabellones de la Unidad N°47 del Servicio Penitenciario Bonaerense, en José León Suárez, provincia de Buenos Aires. Por esas disposiciones, si la familiar de una detenida alojada en el Pabellón 2 se presenta para la visita un viernes, en vez de un domingo, no va a poder verla, sin importar que para llegar hasta allá haya viajado tres o cuatro horas. Lo mismo sucederá si alguien lleva un ventilador en abril en vez de en mayo. El guión performático nos devela que estamos en una cárcel de mujeres. Probablemente por eso, alguien eligió que la puerta, el marco de la ventanita con barrotes y hasta las cortinas que los cubren sean color rosa bebé.

Es viernes 10 de mayo de 2019. Después de casi tres horas de viaje, dos subtes, un tren y un remis estoy en una improvisada sala de visitas con Patricia. Llegar a la Unidad N°47 no es fácil ni barato. Desde la estación de tren de José León Suárez no hay transporte público que llegue a la Unidad. Cuando le conté al remisero que había pensado ir caminando por la ruta hasta el penal me miró preocupado y me advirtió ‘ni se te ocurra, es tierra de nadie’. Del medio libre nos separan, además, unas 6 rejas y puertas con llaves ridículamente grandes y oficiales cuya función es consultar sobre la pertinencia o no de su apertura.

–Perdoná que te recibo con los pelos así, ¡no me avisaron que era hoy que venías!

Patricia, ni muy alta ni muy baja, con un abrigo gris y luchando con sus rulos para terminar de domarlos, entra a la salita. Ella sabe que yo estoy investigando casos de mujeres condenadas por homicidios agravados por el vínculo, porque fue así como me presenté ante la oficina de prensa del Servicio Penitenciario Bonaerense hace varios meses cuando pedí entrevistarla. Lo que no les dije en ese momento es que la investigación se circunscribía a aquellos casos en los que sujetos pasivos de aquellos homicidios -por los que fueron condenadas- eran fetos, embriones, nasciturus. Es decir, mujeres presas por eventos obstétricos detrás de la carátula de homicidio agravado por el vínculo. Otro de los rasgos comunes de los casos es tan central como invisible para la justicia: esas mujeres desconocían que estaban cursando un embarazo.

Me disculpo por no haber llevado nada para comer, le cuento que cerca de la estación estaba todo cerrado. Con un gesto me indica que no me preocupe y agrega:

–Ahora tengo problemas de estómago. Hace poquito me empezaron. Voy a la universidad, pico cosas, pero no es que como. Después vengo acá, como y, a la hora, automáticamente vomito. A la noche no duermo de los dolores hasta que vomito. Es como que el estómago no me quiere. Es horrible. Tomo Omeprazol. Llegué ayer y dije ‘bueno, voy a andar una hora y no voy a comer’.

–¿Pediste médico?

–No tenemos atención muy… este… de sanidad. Es mala. Y no hay nada.

–Claro, pero si te sentís muy mal te tendrían que llevar a un hospital extramuros.

–Sí, a veces te sacan a la calle pero tenés que tener mucha suerte.

–¿Y no tenés hambre?

–No. Me viene después el hambre. Me está llamando la atención, antes no me pasaba esto. Por ahí los nervios, la ansiedad de que me puede llegar el beneficio ya ahora. Ya ni le digo a mi familia cuando lo pido. Porque ya perdí la cuenta y perdí todas las expectativas. Le digo a las chicas ‘ojalá que para mi cumpleaños, en septiembre, esté en la calle’. Porque me dijeron que me van a contestar en julio o agosto.

3.

El 13 de septiembre Patricia hubiese cumplido 41 años y 5 años y 10 meses detenida. En ninguno de sus planes estaba morir. Sí estaba, en cambio, la idea de seguir vinculada con Centro Universitario San Martín (CUSAM), dependiente de la Universidad de San Martín, donde estudiaba Trabajo Social y había comenzado a cursar la Diplomatura en Gestión Cultural y Comunitaria. Ahí, además de estudiar, formaba parte -en palabras de Patricia- ‘nada menos que de un centro de estudiantes de gente privada de su libertad’. Cuando se imaginaba del otro lado de la reja, viviendo en su casa de Quilmes, dudaba sobre el viaje a San Martín y pensaba dónde podría seguir cursando, si en la Universidad de Quilmes o en alguna otra de zona sur. De cualquier modo, de algo estaba segura: iba a seguir estudiando.

Sus planes urgentes en libertad incluían, indefectiblemente, a Yo No Fui, la lucha de los derechos de las personas privadas de su libertad, las marchas del feminismo que conoció en la cárcel y que logró conmoverla por su potencia. Se había entusiasmado con el Encuentro Plurinacional Nº34 de La Plata y tenía ganas de ya estar en octubre en la calle para ‘trabajar ayudando a otra gente’. Por eso, el día de la entrevista le pregunté qué pensaba del feminismo.

–Sobre el feminismo bueno, que a pesar de que estoy acá, siempre sigo y estoy pendiente de lo que pasa. Les pregunto a las chicas de Yo No Fui. Porque cuando salga voy a trabajar con ellas. O ir yo a una cárcel me gustaría. Si no es con las de rugby, es con las de Yo No Fui, o es hablándoles de Dios. Mi proyecto es seguir trabajando con las de Yo No Fui, que ya me conocen como soy. En alguna organización me gustaría trabajar. No me importaría viajar, porque si alguien lo hizo por mí, yo tengo que hacerlo. Algo voy a hacer, no sé qué.

Las chicas de Yo No Fui, como las nombra Patricia, son un colectivo feminista de mujeres cis, lesbianas, trans y travestis que estuvieron o están privadas de su libertad. También forman parte personas que no estuvieron detenidas pero se sumaron a la organización. Ellas son quienes están a cargo del taller de diseño textil en la Unidad N°47 y a través de quienes Patricia y muchísimas más conocieron al movimiento feminista. Además, son quienes llevan la voz de las detenidas a las asambleas de Ni Una Menos y ponen en palabras los costos que tiene la política punitivista en los cuerpos de las mujeres, lesbianas, travestis, trans y no binaries. Con la consigna ‘no estamos todas, faltan las presas’, esta colectiva apunta a correr el velo de invisibilidad con el que el sistema intenta olvidar y ocultar a las personas privadas de su libertad. Lejos de ser un universo separado, la cárcel forma parte esencial en los dispositivos disciplinarios y de control. Por eso su estructura impacta tanto adentro como afuera de los muros. La tarea de atacar al aislamiento al que pretenden someter a las personas detenidas forma parte de esa lucha. Por eso, también colaboran con las actividades sociales y familiares cotidianas de esas mujeres.

–Es el día de hoy que llega Pascuas y yo organicé el día, armamos una torta con un conejito de Pascuas, trajeron golosinas las de Yo No Fui, nos trajeron de otro lado otras cosas, y armamos un día de Pascuas con los chicos. Como que eso no se te va. Eso te queda, el ayudar a los demás, por más que esto te haga dura.

En la calle, Patricia había vivido experiencias de organización de luchas colectivas. Fue parte del movimiento piquetero que protagonizó las jornadas históricas del 2001 y 2002. Llegó a la organización piquetera después de tener a Alejandro, su primer hijo, porque la abogada para quien trabajaba como cadeta le dijo que tenía que renunciar, porque sino qué iba a hacer con ese bebé. Entonces, Patricia renunció. Pero no se quedó quieta.

–Justo había encontrado trabajo en las cooperativas. Yo trabajaba en los planes trabajar. Me vino bien la cooperativa, yo estuve en la de Teresa Rodríguez. Marchaba, iba a los piquetes. Es otra cosa ir a los piquetes. Yo estoy haciendo en la universidad un trabajo sobre marchar. Un texto que hablaba de la toma de un terreno en Avellaneda. Que hablaba de Kosteki y Santillán.

Cuando le pregunté qué me podía decir de las marchas a las que iba, Patricia las definió como ‘un ritual’. De la participación en los comedores populares repitió con una sonrisa ‘era otra cosa’. Y me explica:

–Ahí te sentís más contenida porque era ya comida, un gasto menos, un plan, la mercadería que te daban. Mis hermanas estuvieron en lo de Kosteki y Santillán, estuvieron ese día, se volvieron más temprano. De Avellaneda a mi casa hay un par de estaciones. Mis hermanas siempre estuvieron marchando, también con Aníbal Verón, en un comedor cerca de casa, copa de leche. Yo también militaba, daba cursos a veces. Di un curso de mecanografía para enseñar a escribir con la máquina. En la universidad teníamos una pared con los nombres de todos los desaparecidos y bueno, estaban los nombres de Kosteki y Santillán ahí. Y yo estuve tan cerca. A la estación de Avellaneda me contó mi hermana que le cambiaron el nombre.

Así, la historia de Patricia se inscribe en la de las miles de mujeres que formaron parte y pusieron sus cuerpos a disposición de la lucha piquetera contra el hambre. La trayectoria vital de Patricia, desde su infancia marcada por la pobreza hasta su muerte en una unidad penitenciaria, transcurrió en el conurbano bonaerense. En la cuna del movimiento piquetero, con Kosteki y Santillán y en el país del Ni Una Menos. Su criminalización, aunque suena similar a las historias que leemos de El Salvador, pasó a pocos kilómetros de la Plaza de los Dos Congresos. Esa plaza en la que en agosto de 2018, miles nos encontramos y escuchamos como un puñado de senadorxs votaba en contra de la legalización de la ley de interrupción voluntaria del embarazo porque, entre otras cosas, decían que no había presas por abortos.

4.

La infancia de Patricia estuvo marcada por la violencia, con un padre alcohólico que le pegaba ‘con todo lo que tenía a mano: mangueras, varillas, ramas de árboles’. Según ella, ser la más grande de cuatro hermanas la volvió el blanco predilecto de un padre golpeador: ‘antes que les pegue a ellas, siempre yo’. Un día, a la edad de 9 años, Patricia llegó a su casa con un boletín que indicaba que había repetido. Entonces, él decidió que iba a matarla. Para eso tomó una piola y la agarró de un tablón del techo. Luego, la obligó a subirse a un tacho grande de albañil, le puso la soga en el cuello y la colgó. Mientras se zamarreaba, ahorcada, alguien tocó la puerta. Era un amigo, también borracho, que venía a tomar con el padre. Gracias a su intervención, descolgaron a Patricia y sobrevivió. Ese episodio, según sus propias palabras, la marcaría toda su vida.

En esas condiciones pasó Patricia su infancia y su adolescencia. ‘Si eran heridas superficiales las curábamos en casa, si eran heridas grandes íbamos a un hospital a que nos cosan’. Así, inventando historias para obtener ayuda médica, fue creciendo y su cuerpo entendió que para seguir adelante había que disociarse y bloquear el dolor. Porque lo que era seguro es que había que seguir.

–Llegué a sentir que el dolor en mi cuerpo no me dolía. Él me pegaba tanto que por adentro mío había algo que decía ‘pegame que no me va a doler’. Pude llegar a hacer eso con mi cuerpo.

Con el paso del tiempo, Patricia creció y quedó embarazada. El padre de la criatura nunca apareció y ella no supo su estado de gravidez hasta el momento del parto. Estaba en casa con su mamá y se sintió descompuesta. De aquel día, Patricia recuerda el diálogo que tuvieron:

–Y le digo ‘Ma, me duele la panza’. No son dolores de panza tipo contracciones como las mujeres. Yo no tengo contracciones. Y le digo ‘mami, tengo una bola. Una bola mami me está saliendo de ahí’. Y me dice ‘ay gorda, vos estás embarazada. Vos vas a tener un bebé’. Yo  le dije ‘no mami, nada que ver, ¿cómo voy a tener un bebé?’. ‘Sí gorda, esa es la cabeza del bebé’ me dijo. ‘Es una cabeza, algo’, porque ella me tocaba. Me metía la mano y era la cabeza de mi hijo.

Entonces, se tomaron un remis que las dejó en la puerta de la salita de su barrio. Allí, en la puerta, nació su primer hijo, Alejandro. Con Victoria, su tercera hija, le pasó algo parecido. Le agarraron dolores de panza en el camino al trabajo. Entonces se desvió y pasó por el hospital.

–Me empecé a sentir mal porque como que las piernas se me ablandaban. Estaba en el hospital y me dicen ‘señora usted está por tener un bebé’, ‘¿Cómo?’ ‘¿No se hizo ningún estudio?’ ‘No. No estoy por tener nada’ ‘Sí, usted está por tener, ¿Largó el tapón mucoso?’ ‘No, no sé qué es eso’. Y me dice ‘acuéstese’. Me acuesto, me empezó a tocar la panza, me la movió para todos lados y grita que ya venía el bebé.

Patricia recuerda una serie de elementos comunes en todos sus embarazos: a ella la panza no le crece. Por eso ni ella ni nadie notó nunca, en ninguno de los casos, que estaba embarazada. Por eso no existen registros de que haya ido a hacerse controles obstétricos previos, porque Patricia nunca en su vida fue a unx ginecólogx ni a unx obstetra. En realidad, nunca había ido a unx médicx para que la atiendan a ella: no tenía tiempo y su prioridad eran sus hijes. El otro rasgo en común de todos estos episodios son los golpes. La sensación de Patricia cuando tuvo a Victoria fue esa: otra vez lo mismo, esta vez me va a matar.

–Ya en el embarazo de Alejandro, que yo no sabía, mi papá me pegaba mucho. Como si supiera que estaba. Todos los días y a cada rato. Cada rato y cada vez más, más y más. Estaba terminando el secundario. Había tenido relaciones ocasionales. Yo nunca me junté. Siempre prioricé mi familia. Nunca llevé un hombre a mi casa.

5.

Luego de varias horas de entrevista le pregunto qué pasó ese día, el día por el cual la justicia decidió condenarla por homicidio agravado por el vínculo. Según una entrevista realizada en un portal web, el feto que expulsó Patricia tenía cinco meses. Ella desconoce la edad gestacional de ese ser, porque hasta de eso la privaron. De los hechos que le cambiaron la vida se acuerda muy poco.

–De lo que recuerde yo es que era domingo. A la noche. Me sentí con ganas de ir al baño. No eran muchos dolores. Eran apenas, poquitos. Entonces, había un tacho y orino en el tacho. Porque nosotros en mi casa no teníamos baño, teníamos en el patio. O sea, cuando era de noche ya hacíamos en un tacho. Sentí que me orinaba más de lo que me tendría que haber orinado. Me acuerdo que empecé a ver como una nube. Me senté y no podía pararme porque la nube toda ahí. Era lo único que había alrededor. Y mis pies. Allá, abajo, todos mis pies y todo alrededor nubes. Estaba sola. No podía llamar a nadie. No podía hablar. Mi cuerpo no me reaccionó. No pude hacer nada. Me desmayé, pero despierta. El 6 de noviembre de 2013 tocan la puerta. Un allanamiento en mi casa, que me venían a buscar a mí. Me llevan presa.

Patricia repite que ella no sabía que estaba embarazada y que de haberlo sabido hubiera sido muy feliz criando a ese nuevo miembro de su familia. Del aborto se despacha diciendo que ‘nunca se me pasó por la mente abortar’, que ‘hay mucha gente que te puede ayudar para criar a un hijo’ porque ‘los pañales están caros, pero mi mamá nos ponía trapos de chiripá’. Patricia, entonces, no murió presa por hacerse un aborto. Tampoco murió presa por homicida. Murió presa por el panóptico obstétrico al que nos somete una sociedad de maternidades forzadas y abortos clandestinos. Murió presa porque el Estado no concibió que una mujer sola, en un tacho de una casilla de Ezpeleta, no tenga ni la menor idea que no era descompostura sino una emergencia obstétrica.

6.

–Hola Nati. Estuve contándole a todos mis compañeros de la universidad y estaban contentos de que había tenido la entrevista con vos. Espero salir pronto y poder ir a la marcha esa que me dijiste. Al día internacional de la feminista. Así que bueno. Estuve con problemas estomacales pero dentro de todo bien. Falta poco. Cuando me voy en libertad lo primero que hago es avisarte. Así nos encontramos y empezamos con algún proyecto y muchas cosas que tengo programadas para seguir haciendo, ¿dale? Te mando muchos besos. Gracias Nati.

A los pocos días de la entrevista en la Unidad N°47 recibí un mensaje de Patricia. Era mayo y seguía con vómitos. Y seguiría así hasta agosto, cuando la llevaran agonizante al Hospital de Agudos Dr. Carlos Bocalandro. La misma semana de su fallecimiento, Natalia Martínez y Rodrigo Miño, otras dos personas detenidas en el mismo complejo, fallecieron por causas evitables. ‘El último mes, además de Patricia, fallecieron otras cuatro personas en el penal, también por desatención sanitaria’ denunciaron las docentes del CUSAM y la Colectiva IDAES en un comunicado. ‘Vemos diariamente que la desatención médica y la vulneración sistemática de derechos son una forma deliberada de dar muerte a personas detenidas, una pena de muerte encubierta, que realiza el deseo de quienes piensan que ‘hay que matarlos a todos’. Agravado, en este caso, porque ser mujer y estar presa implica el doble de opresiones e injusticias’ le dijo a Tiempo Argentino Marcos Perearnau, Coordinador del área de Arte y Cultura del CUSAM.

Las políticas punitivistas de encierro masivo tienen como saldo la superpoblación carcelaria, el hacinamiento y la violación de los derechos humanos más básicos de las personas privadas de su libertad. Según denuncian las docentes del CUSAM, en el Complejo Penitenciario Conurbano Norte ‘en los últimos tres años y medio la población de esta cárcel creció un 200% y supera el doble de su capacidad, con condiciones de hacinamiento, propicia para la propagación de enfermedades. Escuchamos de operaciones que no suceden en los tiempos necesarios, medicamentos que no llegan, tratamientos y estudios que no se realizan, falta de controles básicos’.

Los costos de la razón punitiva se cuentan en muertos de masacres en comisarías y récords de personas muertas en complejos penitenciarios. La provincia de Buenos Aires encabeza esos números: 50.500 personas privadas de su libertad, sobrepoblación del 113% en unidades penitenciarias y de 310% en comisarías. Según el Informe Anual de 2019 de la Comisión Provincial por la Memoria, directamente todos los complejos penitenciarios bonaerenses están superpoblados. Esto repercute directamente sobre la esperanza de vida de las personas detenidas: de todos los fallecimientos registrados en la Provincia, el 72% fueron a raíz de problemas de salud no asistidos. De ellxs, el 62% tenía menos de 55 años y el 44% menos de 45. La muerte de Patricia será parte de ese último porcentaje de injusticia extrema.

Patricia no iba a morir. Tenía planes para todo. Tenía planes para todxs: para sus compañeras de Yo No Fui, para sus pares y sus profesorxs del CUSAM, para las chicas de rugby, para las mujeres que había conocido en la Unidad de Magdalena y en la Unidad N°47 a las que ya anticipaba que iba a ayudar. Tenía planes con sus hijes, con sus hermanas, con su mamá. Tenía planes con el feminismo y también con lo que ella llamaba ‘la palabra de Dios’. Tenía planes para su cumpleaños. La muerte de Patricia puso de relieve en la agenda pública una innumerable cantidad de problemas. Este perfil trata, entonces, de reconstruir la palabra de una luchadora de la vida y de colaborar con sus proyectos. Proyectos que, no lo olvidaremos jamás, le fueron arrebatados por el mismo Estado que no apareció cuando sufría violencia, pero que no dudó en condenarla por un homicidio que no ocurrió.