Por: Fotos: Gala Abramovich

La unidad de las dos principales centrales sindicales nacionales puede leerse en esta clave como una estrategia defensiva, y no únicamente como respaldo y ofrenda para la hegemonía del próximo gobierno.

La decisión de la CTA de los Trabajadores de fusionarse con la CGT es sin duda un dato de enorme relevancia para el conjunto de la clase trabajadora y los sectores populares en la etapa que se abre en la Argentina del 2020. Por delante se divisa, en lo inmediato, la pelea por la recomposición de los salarios que llevan años de licuación ininterrumpida. 

Detrás, una disputa más estructural y peligrosa que organismos internacionales como el Banco Mundial, la OCDE, el FMI o el BID gustan llamar “futuro del trabajo”, una locomotora que arrastra vagones con recetas conocidas, algunas debidamente renovadas para la ocasión. Un “tsunami tecnológico” provocado por la revolución 4.0 (básicamente digitalización e inteligencia artificial) daría lugar a un proceso de automatización y reemplazo masivo del trabajo humano por máquinas y una expansión geométrica del trabajo a cuenta propia en servicios gracias a la economía de plataformas. 

En 2016 el Banco Mundial en un cuestionable estudio proyectó tasas de “automatización” del trabajo para América Latina por encima del 60%. Un escenario catastrófico con índices de desempleo desorbitantes. Paralelamente, un proceso de envejecimiento acelerado en la región provocaría la quiebra de los sistemas jubilatorios, a su vez afectados por la merma de aportantes debido a la rápida expansión del empredurismo digital. El Banco Interamericano de Desarrollo llama la atención acerca del  fuerte aumento de la población mayor de 65 años en la región, que pasaría de un 7% a un 20% entre 2017 y 2050. Las recetas para salir de este atolladero son viejas conocidas: flexibilización de las normas laborales, sistemas jubilatorios “sustentables” (entiéndase privatizados y de capitalización individual) y una exigencia a los individuos: desarrollar nuevas habilidades para adaptarse a los cambios. La ofensiva está pleno desarrollo. La respuesta debe ser amplia y urgente.

La unidad de las dos principales centrales sindicales nacionales puede leerse en esta clave como una estrategia defensiva, y no únicamente como respaldo y ofrenda para la hegemonía del próximo gobierno.

La unidad de las dos principales centrales sindicales nacionales puede leerse en esta clave como una estrategia defensiva, y no únicamente como respaldo y ofrenda para la hegemonía del próximo gobierno. El éxito de esta empresa dependerá de la estrategia de construcción de poder popular que movilizará la nueva CGT, engrosada fundamentalmente (aunque ciertamente no solo) con la columna de los gremios docentes ramificada en todo el territorio nacional. Si se mantiene en los cauces limitados y excluyentes de la CGT tradicional, que pone el centro de gravedad en los salarios del trabajador registrado definidos en negociaciones por rama de actividad y en ocupar sillas en el ya icónico Acuerdo Económico y Social, el resultado seguramente será un pueblo desguarnecido, una película de terror.

En cambio, si la nueva CGT recoge los frutos maduros de la resistencia a la ofensiva neoliberal conservadora de la segunda década del siglo, obtendremos un resultado tan incierto como esperanzador. Tenemos una lista tan necesaria como incompleta. El proceso de unidad de la CGT con la CTA-T es una oportunidad para:

  1. La nueva CGT tiene que democratizarse. Esto significa participación y representación efectiva para las mujeres, la juventud, lxs precarizadxs, con toda su su diversidad. Implementar la paridad de género en los órganos de conducción de las organizaciones sindicales, empezando por la misma CGT e incluyendo el Consejo del Salario.
  2. Afiliar a la CGT a las Confederaciones de la Economía Popular.
  3. Un Salario Mínimo por encima de la canasta básica es prioridad. 
  4. El hambre y el desempleo son un problema de primer orden para el movimiento sindical organizado. Soberanía alimentaria y economía popular son las respuestas más avanzadas y contundentes que aportan los movimientos populares. 
  5. Una nueva CGT tiene que estar firmemente comprometida con las demandas de las mayorías: el derecho a la salud reproductiva, la educación sexual integral y el fin de la violencia contra las mujeres trabajadoras.
  6. La CGT del futuro tiene que reconocer, afiliar y organizar a lxs precarios, informales o que trabajan por su propia cuenta: urbanxs y rurales, privadxs y estatales, argentinxs o migrantes.
  7. Eso que llamamos amor, es además trabajo. El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que recae fundamentalmente sobre las mujeres es imprescindible para producción del vivir en los hogares, los barrios y las comunidades, donde se descarga los peores impactos de las políticas de ajuste. Necesitamos sindicatos que impulsen políticas públicas integrales, universales y redistributivas de los cuidados, que incluyan infraestructura y servicios en condiciones dignas, tanto para lxs trabajadorxs del cuidado como para las personas dependientes de los mismos. 
  8. La crisis socioambiental y el cambio climático amenazan a la clase trabajadora. Las políticas que proponen los organismos internacionales y las empresas transnacionales son inviables, generan mayor dependencia y primarización, promueven la privatización de los recursos estratégicos y son fundamentalmente injustas. En consonancia con las demandas del movimiento sindical a nivel global, una nueva CGT deberá promover transiciones justas para lxs trabajadorxs y territorios afectados.  
  9. El movimiento obrero argentino debe involucrarse con más fuerza en los espacios de articulación en el plano regional y global. En la actual coyuntura puede cumplir un rol determinante movilizando redes de solidaridad continental e internacional, en defensa de la paz, democracia y los derechos humanos, hoy amenazada en todo el continente.
  10. Los derechos laborales son más importantes que las oportunidades de negocios. Lxs dirigentes sindicales no pueden convertirse en empresarios de su rubro.