Sara Hebe: pasado y presente, convicción y enojo

Se cumplieron diez años del lanzamiento de Colectivo vacío, el tercer disco de Sara Hebe que, aquí junto a Ramiro Jota, vibró al ritmo de un trap germinal. Hoy, la memoria musical nos deja ver el paso de la historia como una espiral en la que se repiten nombres en el poder, batallas y demandas. Pero la fuerza de la voz y el pogo también nos dejan pensar que a ese colectivo podemos subir muchxs, llenarlo y conducirlo a un futuro.

Fotos: Mariana Ferreyra

Hace diez años era el 2015. Vivíamos el último año del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. El primero de enero de ese año, cuando brindamos a las 12, no lo sabíamos, pero doce meses después Mauricio Macri asumiría la presidencia e inauguraría un nuevo ciclo político, económico y cultural en la Argentina que todavía ordena —y desordena— nuestro presente.

En el 2015, Messi ganaba su quinto balón de oro, Intensamente se estrenaba en los cines, Ricky Martin lanzaba la canción “La mordidita”, y Lali Espósito hacía Esperanza Mía en la televisión abierta, mientras tenía un amorío con Mariano Martínez. En la música argentina todavía no existía el trap tal como lo conocemos hoy, un género, en su mayoría, comercial-exportable, absolutamente acompañado por los mercados. Existía el rap y otras formas de abrirse el camino. Existía, por ejemplo, el Quinto Escalón. No el de los grandes estadios, sino el de unos pibes jugando a la batalla de rimas en las plazas públicas mientras otros tantos agitaban al grito de wo wo wo wo. Hace 10 años, en ese ritual, no se encontraban tantas mujeres.

En la Argentina de 2015, también, millones de personas se reunieron en plazas de todo el país unidas por una misma injusticia: el femicidio de Chiara Páez. Ese dolor colectivo produjo una conmoción popular que desembocó en la primera movilización del colectivo Ni Una Menos y desató una nueva ola feminista. Aunque  2015 todavía no era 2018. Suena raro, pero es exactamente eso lo que quiero decir: la gran marea verde que terminaría empujando, entre muchas cosas, la legalización del aborto aún no había ocurrido.

Ese mismo año, también, se publicó Colectivo vacío, el tercer disco de Sara Hebe, con Ramiro Jota como coautor en los beats, y se volvió una referencia transversal para más de una generación. Colectivo vacío no vino a subirse a la ola porque la marea todavía no se había agitado lo suficiente. Sin embargo, desde la superficie, se ocupó de agitar algunas cabezas. 

Foto: Mariana Ferreyra

Si nos alejamos de la poesía acuática, podemos decir que las letras de Colectivo vacío trabajan con categorías políticas claras, pero no se agotan en la consigna. Se detienen en escenas, en cuerpos específicos, en situaciones reconocibles de la experiencia popular. Ella misma lo dice en el primer tema del disco, “El juego de luna”: “Las mareas no me hacen marear / Siempre me acuerdo del pueblo”.

En las canciones de Sara Hebe conviven muchas voces. Está la autora, pero también una serie de personajes cotidianos que toman la palabra; y aún cuando habla en primera persona, esa voz nunca es estrictamente individual. El yo funciona como un espacio poroso, habitado por conflictos propios y ajenos, en sus letras la frontera entre lo público y lo privado pierde nitidez. No se trata de hablar en nombre de otros, sino de dejar que distintas experiencias atraviesen la voz. Así aparecen las pibas y pibes del barrio, el recuerdo de un pibe asesinado por la policía, un grupo de personas amenazadas de desalojo, los trabajadorxs precarizadxs.

Que Sara Hebe sea de Trelew importa menos como dato biográfico que como perspectiva. Colectivo Vacío no mira la Argentina desde el centro que ordena y explica, sino desde un lugar donde el poder se percibe antes de teorizarse. La canción 15 del disco, “Por favor”, insiste: “ay por favor cuánta contaminación / me voy a un lugar mejor sin tanta gente alrededor”. No hay un destino claro ni una promesa de paraíso. Hay, más bien, un gesto de corrimiento: salirse del ruido, tomar distancia, cambiar el punto de vista.

Colectivo vacío cruza rap y hip-hop con cumbia, hardcore y funk brasilero por obra de arte y manija de Ramiro Jota. Son combinaciones que hoy resultan familiares, pero que en su momento eran disruptivas. Ahí aparece, también, el talento de Sara Hebe para poder subirse, no a la ola por conveniencia, pero sí al flow particular de cada propuesta de su compañero.

Foto: Mariana Ferreyra

Escuchado hoy, a diez años de su publicación, Colectivo vacío no suena a archivo. No envejeció aunque envejecimos nosotrxs. Al contrario: suena triste e incómodamente actual. Triste, porque las historias que cuentan esas canciones no son ficción y el sufrimiento y la injusticia persisten. Hoy somos muchxs lxs que querríamos hablar con algún dios para pedirle laburo para gente querida y desconocida, como dice “El pedido”, la séptima canción del disco. Incómodo, porque pasaron diez años y poco logramos modificar el estado de las cosas.

Cuando conocí a Sara Hebe tenía 15 años: me la mostró un amigo por YouTube. Era una chica de pelo larguísimo, que casi disparaba con su cabellera. Mi amigo me estaba presentando a una mujer rapera, con una voz gruesa, que cantaba distinto a las chicas que sonaban en la radio. Era hipnotizante verla. A Sara Hebe después la escuché en marchas, en encuentros nacionales y en festivales.

Supongo que crecer diez años —¿sobre todo de los 18 a los 28?— también es aprender esto: que muchas cosas cambian de nombre, de forma o de estética, pero no necesariamente de fondo. Que la historia insiste, que los conflictos vuelven o, peor, se instalan (o intensifican). Que hay cosas que no se modificarán. Que la línea del tiempo que nos enseñaban en la escuela primaria debería dibujarse como un espiral. Que se cumplirán veinticinco años de la crisis del 2001, cuando el pueblo organizado echó a los gobernantes, y que, sin embargo, algunos nombres —Patricia Bullrich entre ellos— siguen orbitando el poder.

Diez años después volví a escuchar Colectivo vacío en Niceto, el mismo lugar donde se presentó por primera vez. En ese festejo de aniversario, por un momento, las certezas solidificadas por el tiempo se desarmaron. De pronto, a todxs nos unía el mismo espanto y la misma energía. El pogo —cuerpos saltando, sudor, alguna remera perdida—, las imágenes de Pablo Grillo en la pantalla, los barrios como protagonistas de los videoclips, las marchas, los cánticos y las letras sonando fuerte: todo eso junto fue una forma concreta de esperanza. 

Sara canta con una convicción y un enojo que empujan, que agitan, arrastran, que hacen creer —aunque sea por un rato— que todavía es posible mover las placas tectónicas del mundo. Todavía queda una fecha. Es una oportunidad para escuchar el pasado y el presente en un mismo lugar, y para comprobar que a ese colectivo, si queremos, podemos llenarlo.