Esta es tu pena: un recorrido político por el malestar

Desde la medicación hasta el coaching o la autoayuda, se ofrecen métodos casi inmediatos para salir del malestar emocional y mental, y continuar con la vida funcional y productiva. Renata Prati, autora de Esta es tu pena (Siglo XXI) plantea una mirada política de la depresión, la piensa, la historiza. En esta entrevista, como en su libro, propone no matar a palazos al perro negro de la melancolía. Al contrario: se pregunta qué pasa si le ofrecemos un espacio y tratamos de escuchar y entender qué tiene para decirnos.

Foto de portada: Marcos Prati.

Hace ya unos años que activistas por la salud mental vienen haciéndole preguntas incómodas a los dispositivos médicos, y a la sociedad en general, exigiendo una escucha de las experiencias de malestar psíquico que no se obture en el paternalismo de la mirada médica. En nuestra ciudad, estas preguntas y reflexiones tienen voces en primera persona, que nutren un debate abierto sobre la salud mental. En diciembre de 2025, Siglo XXI publicó Esta es tu pena de Renata Prati, un libro que se suma a la conversación sobre la salud mental haciendo un recorrido por la historia de la depresión.

En este ensayo filosófico, Renata Prati (Buenos Aires, 1989) se aventura por la historia de la depresión desde una mirada que no le teme a la complejidad del problema, sino que se lanza a desenredar los nudos históricos, biomédicos, y culturales de este malestar contemporáneo. En esta entrevista a la autora indagamos en algunos de esos nudos que pueden ser coordenadas de reflexión sobre cómo nuestros malestares están imbricados con el mundo que vivimos.

Una de las frases del libro que sintetiza muy bien el espíritu del texto es “la depresión podría darnos un mapa del malestar del presente”. ¿Podrías contarnos un poco más sobre esta relación entre malestares, bordes y el mundo que nos duele?

Si tuviera que destilar una sola idea, una sola nota que me gustaría que quedara resonando después de leer este libro creo que efectivamente sería algo en esa línea. Que entiendo que nos asuste sentirnos mal, pero que si pudiéramos darnos el espacio para escuchar lo que puede estar diciéndonos el dolor sobre el mundo que nos rodea tal vez aprenderíamos algo valioso, y también tal vez nos dolería un poquitito menos, que, cuando una se siente muy mal, ya es un montón. Reponiéndole el contexto a esa idea, creo que un hilo clave de mi investigación sobre la categoría de depresión, como las demás categorías más difundidas de salud mental hoy en día, tiene la tendencia a cerrarnos. Cuando nos acostumbramos a entender los malestares desde la lente de la salud mental, se nos instala la tendencia de pensarlos como problemas personales, que nos pasan adentro de alguna manera y que tenemos que resolver soles, a lo sumo con algún profesional. Por ahí vemos cómo el mundo los afecta, toda la historia de los “determinantes sociales” de la salud, pero lo prioritario en este marco es cómo una se las ingenia para dar abasto, o cómo una falla, más bien. El problema está en vos y el mundo pasa a un segundo plano. Pero lo que sentimos puede enseñarnos a reconocer mejor la forma del mundo, lo que nos enoja o nos angustia puede servirnos de brújula, para reconocer el terreno donde estamos y para entender a dónde queremos ir. Incluso si es de forma confusa, difusa. El vocabulario de la salud mental, al fomentar esa interiorización de lo que sentimos, suma a la confusión, porque son escalas inconmensurables, el individuo y el mundo, y no vemos cómo conectarlas, así que lo que sentimos de esa conexión es borroso. Pero ese mismo carácter borroso me parece que nos habla del mundo de hoy, en el que pareciera que necesitamos apelar a diagnósticos en cada vez más contextos de la vida para poder hacerle lugar al malestar o la diferencia.

Publicidad de Serax, 1967. Gentileza Siglo XXI.

Comentás que recién hacia finales de los años 70 aparece la depresión como categoría diagnóstica, y que se debe al interés por crear un idioma para el malestar. Este idioma sirve, a su vez, para universalizar el malestar, desde el norte hacia el sur. ¿Podrías contarnos más sobre por qué es importante saber la historia de los conceptos con los que nombramos el malestar?

Tal vez esto sea pura deformación profesional (y por partida doble como filósofa y como traductora, y hasta podríamos sumar mi afición por la historia, otra carrera que casi estudié), pero creo que siempre es bueno saber la historia de los conceptos. En particular con los conceptos para los sentimientos de malestar, creo que es valioso de por sí conocernos mejor con esas herramientas íntimas y cotidianas que son las palabras. Los conceptos se acuñan para muchas cosas. En concreto, la categoría diagnóstica de depresión se forjó en un cruce de muchos intereses, entre ellos tener un idioma para el malestar, sí, pero también tener un idioma útil para la investigación farmacológica, para los seguros médicos, para la práctica clínica, para la epidemiología, con criterios que fueran fáciles de manejar y de exportar. Es una listita incompleta y diversa, lo que quiero decir es que la categoría tomó la forma y la proyección que tiene hoy por lo bien que sirvió para usos e intereses tan distintos. Pero lo que hacemos con las palabras las va cargando de matices. Y no sé si lo que le da eficacia a un concepto en un contexto clínico necesariamente va a ser una ventaja por fuera, en la vida cotidiana, en nuestros vínculos y nuestra experiencia encarnada del malestar. Poder conocer mejor las palabras que usamos, que al fin y al cabo van poblando y moldeando el mundo que nos rodea, nos permite al menos preguntarnos qué es lo que queremos hacer con ellas y si nos están sirviendo para eso.

Explicás que la depresión se diagnostica el doble en mujeres que en varones, pero que esta estadística “dice más sobre la depresión que sobre las mujeres, más sobre la historia de su definición que sobre una supuesta naturaleza femenina universal del malestar”. ¿A qué te referís con esto?

La feminización de estos malestares fue una de las primeras cuestiones que me intrigaron, tanto intelectual como afectivamente, digamos. Creo que porque me ponía en alerta: por un lado lo sentía en carne propia, lo reconocía, y por el otro me hacía sonar todas las alarmas feministas antiesencialistas. Y fue bueno seguir esa intuición de que había algo que desentrañar ahí, porque me llevó a uno de los argumentos centrales de libro, que es esta idea que aparece en la cita que traés de que nuestra noción de depresión, con su marca de género, tiene una historia llena de azares e intereses. Por ejemplo, cómo las herramientas diagnósticas (los índices y cuestionarios, los criterios que se siguen usando hoy) se diseñaron y probaron al principio sobre grupos mayoritariamente femeninos, por una serie de motivos contingentes de la época. No es que las mujeres seamos naturalmente y universalmente más propensas a la depresión, sino que la categoría de depresión tal como la conocemos se fue moldeando sobre la base de los malestares contingentes de las mujeres, en enorme medida por supuesto definidos por fuerzas sociales. Así que pensar que las mujeres se deprimen el doble por algo del cerebro femenino o de las hormonas o de lo que quieras encontrar adentro de las mujeres es invisibilizar esa opresión, no solo la contingencia de la categoría psiquiátrica. Pero además me interesaba subrayar que eso a su vez nos moldea en nuestros modos de ser, de sentir y de relacionarnos con lo que sentimos. Las mujeres que hemos llegado a ser, en este mundo en el que vivimos, moldeado en parte por la psiquiatría, se ve que nos deprimimos más, sí. Nuestros malestares toman más esa forma pública que otras. Quizás reconociéndolo podamos hacer algo con eso.

Smile therapy, 1930. Gentileza Siglo XXI.

En Esta es tu pena alertás que a partir de los años 80, la consigna de “lo personal es político” permitió revertir la operación, abriendo paso a un movimiento de reducción de lo político al ámbito personal. ¿Crees que esta alerta puede ser una herramienta para los feminismos en la actualidad? ¿Qué ejemplo ilustra este gesto de reversión?

Este es un punto complejo y súper sensible, que a la vez me encantó y me costó muchísimo trabajar. Creo que hay mucha potencia en estas discusiones, pero también me incomodan algunas de sus derivas. Habría una crítica un poco fácil de ese movimiento de reversión, como si dijéramos que antes el feminismo era más propiamente político y ahora se limita a hablar de cosas personales y tacharlas de políticas, un poco como en el meme del perro grande y el chiquito. La cosa es bastante clara en el campo de la salud mental, donde levantás una piedra y hay una coach o un libro o una cuenta de autoayuda feminista. Y bueno, esto encima se mezcla de formas complejas con discusiones sobre la mercantilización y la cooptación masiva del feminismo. Traté de resistirme un poco a esta crítica, no por hacer de cuenta que no hay nada problemático o criticable ahí, sino porque creo que me gustaría que más bien pudiéramos aprender de todo esto. La consigna de “lo personal es político” es intrínsecamente un nudo, me parece, un embrollo, no hay una dirección correcta de leerla, no hay una forma pura de hacer política en un mundo tan complejo. Es lo que quería rescatar de la noción de “público íntimo” de Lauren Berlant, o con la historia de Sylvia Plath escribiendo su novela sobre sus intentos de suicidio para hacer su catarsis personal, para pagar las cuentas o hacerse rica o famosa y sí, también para tejer comunidad donde no la había, todo a la vez. Con el caso de los diagnósticos en particular necesitamos mucho esta paciencia para el embrollo. Porque sí, estos idiomas del malestar en muchos sentidos privatizan los problemas, pero a la vez son formas de llevarlos a lo público de alguna manera, en esto tenemos mucho que aprender de los activismos en torno a la discapacidad. Si nos ponemos puristas vamos a desaprovechar esa posibilidad de usarlos como palanca para encontrarnos y para hacer demandas. En fin, en vez de rasgarnos las vestiduras buscando esa pureza perfecta, que no va a llegar, tal vez podríamos tratar de aprovechar ese nudo.