Lucas Fauno: ser puto ayer y hoy

Nadie te enseña a ser puto es el primer libro de Lucas Fauno, escritor, periodista, performer y activista argentino en respuesta al HIV+. El libro, editado por Astronauta Ruso, es un repaso por su vida en el que cuestiona la masculinidad hegemónica, las crianzas tradicionales, propone el brillo de ser gay y despliega una identidad sociopolítica.

Foto de portada: Pablo Gómez Salamela

Conocí a Lucas en la marcha del orgullo de 2018 cuando lo vi con un cartel que decía “VIH+ y orgullose”. A mí me habían diagnosticado vih+ hacía unos meses y fue la primera vez que me sentí acompañado. Él no me conocía, pero puedo asegurar que su presencia en la marcha, con ese cartel, fue un abrazo para muchxs.

Lucas Fauno es periodista, escritor, activista y una larga lista de etcéteras. Recientemente publicó su nuevo libro Nadie te enseña a ser puto editado por Astronauta Ruso. Mitad ensayo, mitad manifiesto y diario íntimo, Lucas disecciona – entre la herida y la celebración –  la cartografía del puto. Salud mental, activismo, belleza hegemónica, apps de citas, amor y consumo: Fauno abarca todos esos universos con datos, anécdotas y mirada propia.

Capricorniano acérrimo, logra estructurar un relato que, como el dice, vomita información, queja, esperanza, odio, malestar, amor y muchas cosas más. Y lo hace desde un punto de vista tan preciso que es imposible no trazar un puente con nuestras propias historias. 

Nadie te enseña a ser puto nace en un año difícil, con aumentos en los crímenes de odio a la comunidad lgbtiq+, con un sistema de salud que da cada vez menos respuestas y una sensación de desamparo absoluta. En este contexto, su publicación se vuelve aún más necesaria. 

Infancias queer

“¿Quién me va a asesinar hoy?”, se pregunta Lucas en uno de sus viajes narrativos al pasado, ¿la madre quitándole los juguetes rosas o la maestra corrigiendo sus juegos? La infancia puto – dice – no fue sólo una etapa de aprendizaje: fue una etapa de supervivencia. 

“Si todavía no terminaron de matarte el alma es porque tenés a tus primeros años aún reclamando lo que les corresponde: la concreción de sus deseos”, dice Lucas sobre todo lo que debimos omitir y esconder para asegurarnos nuestra integridad psicofísica. Y en línea con Fauno, al escribir esta nota, mi muñeca de Elsa de Frozen me observa desde la biblioteca mientras se me hace tarde para la clase de baile a la que tardé veinte años en animarme a ir. 

¿Cuándo sentiste que tu niño puto pudo expresarse libremente?

Creo que la primera vez que pudo expresarse, es medio irónico, porque fue cuando no tuve que darle cuentas a nadie. Cuando pude hacerlo conmigo mismo. Todas, todos, todes fuimos educades para la aprobación, para la validación; entonces todo tiene algo performático. Creo que la verdadera expresión, la más genuina de esa infancia, de esa niñez, apareció cuando quedamos solos. Y ni siquiera somos “los dos”: hay tantos Lucas en mí que fue casi una convención de Lucas. Ahí pude expresarme. De eso nace el libro y todo lo demás. Pero es algo muy interno, muy íntimo. Si hubiese sido siempre público, habría perdido ese foco tan propio del que nace lo demás. 

Por otro lado, Lucas, también hace foco en el pop como un territorio de resistencia para muchas infancias queer. Un espacio de libertad para seguir corriendo los límites identitarios, y que frente a la ausencia de un entorno seguro donde desplegar nuestra personalidad, las divas pop también son nuestras madres: Madonna, Cher, Britney, Beyoncé, entre otras, construyen una pedagogía emocional para la sobrevivencia queer: “Cuando tu religión es Cher, entendés qué hacer con tu edad, con tus edades. Cuando Madonna es tu biblia adoptas el ser camaleónico como un sacramento”.  

Y mirá si Lucas tendrá razón, que todavía me acuerdo, a mis once años, escuchar a Avril Lavigne decir que usaba corbata y andaba en skate porque tenía ganas y que nadie podía decirle cómo vestirse ni qué tenía que gustarle. Ese día mi cerebro explotó, para mí existían cosas de chicos y cosas de chicas. Fue ahí que entendí que defender mis gustos también era defenderme a mí mismo. 

Foto: Jonatan Olmedo

¿Qué respuestas o preguntas creés que encontramos los putos en el pop?

Creo que es una asociación ilícita, una alianza natural, orgánica. No es que nos validamos: nos potenciamos. Las divas, los trolos y las amigas de los trolos generamos uniones que, sin alguna de esas patas, serían imposibles. En el pop encontramos fuerza, redención y creatividad para seguir luchando y conquistando.

¿Quiénes serían “las madres” argentinas?

Creo que “las madres” tienen algo anti-territorial. No importa si Madonna nació en Estados Unidos o Björk en Islandia: las divas del pop son universales. Eso no quita que tengamos nuestros orgullos, obviamente: el rol sociopolítico de Lali, por ejemplo. Repensar las divas que hemos tenido históricamente, para mí, es más un ejercicio de la memoria que un ejercicio de pasaporte. Lo queer, en este caso, nos pide ampliar esa mirada. 

Si bien no existe información específica y reciente sobre infancias queer en Argentina, es sabido que enfrentan altos niveles de violencia y discriminación. Ya en 2017, cuando se realizó la Primera Encuesta Nacional de Clima Escolar para Jóvenes LGBT, siete de cada diez estudiantes lgtbiq+ aseguraron ser acosados en la escuela secundaria por su orientación sexual. Hoy, ocho años después, ni siquiera tenemos datos para saber cuál es la situación, sin embargo mi intuición me dice que no cree que estemos muchísimo mejor.

El amor, el ego y las dinámicas del deseo

Lucas hace una radiografía de nuestras dinámicas del deseo. Se sumerge en ese universo trolo de chats, roles y siglas donde la “conexión” parece una utopía pixelada. “¿Activo, pasivo, rol, lugar, fotos, álbum, vicio, merca, morbo?”, enumera, mostrando cómo el lenguaje de las apps reduce el cuerpo y el deseo a un cuestionario psicotécnico. “La concreción es la muerte del deseo”, dice, sobre el punto máximo de la calentura digital desprovista de cualquier emoción.

En su narrativa, plantea cómo las pantallas reemplazan la ternura por la búsqueda constante de dopamina. “Ya ni necesito salir de casa para masturbarme mentalmente, me alcanza con subir una foto estereotipadamente hegemónica y cosechar los likes que me soben el ego al palo”. Fauno observa el ritual puto 2.0 y lo abraza, a sabiendas de que en cualquier ego-trip también hay un intento torpe de vincularse. “Lo maravilloso del ego es descubrir la posibilidad de masturbarte estando adentro de una persona”, escribe, sobre esa frontera entre el placer y el narcisismo. 

¿Cómo se sobrevive al ego cuando la validación se volvió parte del erotismo?

Erotizando la mismidad. Desafiando el erotismo como mandato. El otro día hablaba con un amigo y le decía: “Vos sos hermoso, pero no por la gente que gusta de vos. Sos hermoso por lo que proponés”. Si la validación nos convierte en deseables, nos convertimos automáticamente en un reflejo de quien nos valida. Y yo no quiero construir mi imagen o mi capital erótico desde una despersonalización. No quiero desaparecer en la entrega a la validación. Si la validación me construye en el otro, ¿dónde quedo yo? Por eso me parece interesante jugar con todo esto, jugar al Grindr, a la validación, a todo, pero sin que eso disipe lo identitario.

¿Creés que la tensión entre conexión emocional y consumo que generan las apps de citas deriva en nuevas formas de vincularse?

No creo que sean formas de vinculación: creo que son maneras de supervivencia. No nos estamos vinculando: nos estamos consumiendo. Lo que se genera son sobrevivientes. Y, con los restos que quedan de esas guerras, podemos rearmar nuevas alianzas y nuevas maneras de encontrarnos.

Si bien socialmente se asocia un puente “natural” entre el amor y el deseo, Lucas los ubica bien lejos uno del otro. “El amor me puso en el espejo de todo aquello de lo que había huido”, dice. Para Fauno, el amor no es una finalidad sino una herramienta, un laboratorio donde ensayar lo que hacemos con nuestra parte más rota. Incluso cuando duele él prefiere esa exposición a la anestesia del scroll infinito. 

En un momento donde constantemente confundimos deseo con escape, atención con afecto y nos perdemos entre algoritmos y versiones editadas de nosotrxs mismxs, Lucas allana un camino tan simple como complejo: “No quiero educar, solamente quiero volver a gozar”.

Foto: Niebisky

El hackeo al capitalismo

Lucas habla del “puto” como cuerpo político y su relato se ubica muy lejos de la victimización. Él no solo acentúa la opresión patriarcal sino que se nombra traidor de la heteronorma:  “rechacé el privilegio de la masculinidad heterosexual teñido de dureza”.

En un mundo movilizado por el dinero y las estéticas hegemónicas, Lucas nos propone vengarnos a través del consumo pero no como rendición, sino como hackeo: “Toma tu mugroso dinero y dame mi pequeño pony!”. Fauno se reposiciona frente al capitalismo y exige no sólo una disculpa, sino una redención: “Siempre fuimos su mejor público, entonces ¿Cómo no somos los protagonistas de sus series y sus películas?” 

En un contexto donde lo queer también es marca, ¿cómo se reclama sin caer en las lógicas de mercado?

Personalmente. y es algo muy personal, no digo que lo otro esté bien o mal, a mí me interesa inmolarme en las lógicas del mercado. No para destrozarlas, porque no las voy a destrozar, pero sí para comprenderlas y hackear lo que se pueda. Sería utópico hablar de una manera no capitalista de hacer activismo. El activismo muchas veces nos quita la posibilidad de ser banales, y la banalidad también es un derecho. Que nos guste una boludez, comprarnos algo, también lo merecemos. La pregunta es: ¿qué estamos consumiendo? ¿Un objeto? ¿Una identidad? ¿Un cuerpo? ¿Un pueblo? Para eso, hay que hackear esas lógicas. Y las nuevas alianzas son la única manera de hacerlo,  porque no se van a destrozar pero podemos hackearlas si logramos comprenderlas, re armarlas y buscando respuestas en nuevas alianzas. 

Orgullo positivo

Fauno narra sobre vivir con vih con una firmeza y ternura que desarma cualquier discurso higienista o caritativo. Su orgullo positivo no es una consigna, es una forma de estar vivo:  El VIH me dio el privilegio y el lujo de incomodar mentirosos. Me da mucha calma no ser querido por la gente instalada en el prejuicio.”  

En tiempos donde el activismo muchas veces se convierte en branding,para él hacer activismo es fracasar. “El odio avanza con acorazados de espinas y lenguas de fuego y el activista está parado frente a esto con una cartulina mal escrita.”  

Su mirada dialoga con la necesidad de volver al cuerpo, a lo cotidiano, a la vulnerabilidad como potencia política: la salud mental, la soledad, el deseo, la culpa, todo eso que rara vez entra en las consignas. Su intuición se para ahí, donde activar no puede ser performático.  

¿Cuál creés que debería ser el próximo paso en la lucha de las personas que vivimos con VIH+?

Es muy difícil pensar en un próximo paso cuando los pasos iniciales retrocedieron.

Cuando no hay definiciones, no hay visibilidad, falta medicación. Lo más queer, para mí, es pensar pasos simultáneos: hacia adelante, hacia atrás, hacia arriba, hacia abajo, hacia los costados. Porque todavía no conquistamos las necesidades básicas. Entonces, más que un “próximo paso”, hay una multiplicidad: dividirnos, encontrarnos, tejer alianzas para que vos te encargues de esto, yo de aquello; elles de lo otro. No hay un único paso, hay  multiplicidad.

Carta al puto que vendrá

Casi al finalizar el libro, Fauno escribe una carta: “Al puto niño y adolescente que nunca pude ser”. Una carta que también puede leerse como una carta a nosotres, a los que venimos después, a los que todavía seguimos intentando entender porque a veces todo es tan difícil. 

Ya me mataron varias veces, pero voy a seguir naciendo”, dice y abre una conversación con la propia historia, una invitación a seguir haciéndonos preguntas aunque parezca que ya tenemos todas las respuestas. 

Su libro, más que un ensayo, es también una excusa para una autopsia personal, afectiva, corporal y emocional, para hacer zoom a los miedos de la infancia, las cicatrices del deseo y plantear la importancia de una resurrección política del placer. 

 “Deben criticar nuestra gloria porque temen admitir lo mucho que admiran nuestra libertad”, dice Lucas y nos habla a nosotres, a quienes nos quiere dejar en claro que nuestros cuerpos puede ser muchas veces un campo de batalla, pero muchas otras nuestro propio escenario.