Mujercitas de terror VI: el horror es queer 

“¿Qué puede ser más terrorífico que la experiencia queer en el armario gigante que era el mundo en el siglo XIX?”, nos plantea Daniela Pasik en esta última edición de Mujercites de terror. Y como siempre, se atreve a más: el horror es queer, dice y despliega una cascada de ejemplos en los que vampirxs, lesbianas, gays y otrxs mostris desfilan en la literatura de terror por fuera de la heteronormatividad.

Ilustraciones: @Seelvana

La ley, en muchos países del mundo, prohíbe tu forma de estar en el mundo. Con penas de muerte, incluso. No, no es algo de la edad media, todavía sucede. Cuando la legislación no se mete, igual lo hace la sociedad. Ir de la mano con tu pareja por la calle puede ser peligroso. No tener el aspecto que supuestamente deberías tener, según el parámetro binario de femenino y masculino, te señala. Tu despertar sexual no tiene espejo mainstream en las novelas de la tele ni en las películas de los cines. Tampoco existís a la vista en la literatura. La expectativa de vida de una trava es 35 años. “Puto” y “torta” volvieron a ser, para muchos sectores de la juventud, incluso los que se consideran progresistas, un insulto. Hay un consenso general en el el rechazo, la discriminación o el prejuicio a personas como vos que está tan consensuado y silenciado que hasta le pusieron nombre de patología: homofobia.

La novedad es, tal vez, que el mercado (como reflejo utilitario, siempre, pero hay que agarrar todo, con fuerza) les terminó dando lugar, sin meter en el closet lo que están mostrando, a un puñado cada vez más floreciente de autorxs que exploran esos y otros miedos en la literatura y el cine. La entrada, igual, es un subgénero dentro de un género que el rayo normalizador tiende a considerar menor. Hay, como con todo, condiciones. Pruritos. No debería ser novedad, no lo es, porque el terror es nuestro: de las mujeres y las disidencias. Nos marca desde el inicio de la experiencia humana. 

La capacidad de evocar al miedo. Temas recurrentes como el aislamiento. Escenarios inquietantes. Un atractivo que pone en ese lugar que le incomoda al que se considera dentro de la norma. La capacidad voluntaria o no de confrontar a quien mira con sus ansiedades y sus dudas. La lista es muy larga, recortamos acá. ¿Cómo no va a ser escrito todo eso desde una mirada LGTBIQ+?

La diversidad sexual es parte de la literatura antes incluso de la Ilíada de Homero. Y existe el subgénero horror queer en literatura y cine que últimamente es trend, más que nada desde la década del 90. Pero los elementos subyacentes que exploran temáticas como la exclusión, la transformación y/o los deseos prohibidos, laten desde el inicio del gótico, que nació sin clóset ni binarismos. Es más, levantemos la apuesta: el terror todo, bien hecho, es íntima y esencialmente queer.

Este texto es un espejo, de alguna forma, que amplía la hipótesis del inicio de esta saga de ensayos (que termina, por el momento, acá). Por eso reescribo, acomodo, afino, un párrafo de Mujercitas de terror: las inventoras del miedo, para especificar la prueba empírica que hace a este cierre. El terror tiene una elasticidad de la que muchos otros géneros carecen y eso le permite moverse por circuitos diversos: desde los más marginales hasta los mainstream, pasando por el clásico, con la posibilidad extra de jugar con la ambigüedad y mixtura de herramientas de otros tipos de literatura. Nada es más horroroso para el ser humano que lo que no se deja encasillar y, a la hora de hacer una pieza de terror, esa labilidad juega a favor. Las mujeres somos expertas en eso, pero también las diversidades sexuales y de género hemos padecido eso, o a veces el mundo nos fuerza a ejercerlo.

Ilustración: @Seelvana

La representación, en todas las ramas del arte, de la diversidad sexual y de género fue marcada —y a la vez cambiando— por las evoluciones y retrocesos de las coyunturas a lo largo del tiempo. Hasta no hace tanto, gays, lesbianas y trans eran personajes paródicos en el general, y dentro del terror, los que ocupaban el rol de villanxs. El psicópata detrás de la máscara de “normalidad” siempre era el “diferente”.

En 1973, Anne Rice termina su obra magna, Entrevista con el vampiro, y se publica en Estados Unidos en 1976. La novela cuenta la historia de Louis de Pointe du Lac, un joven triste de Nueva Orleans que, en medio de una búsqueda de sentido a su existencia, angustiante y opresiva, a fines del siglo XIX, conoce al atractivo Lestat de Lioncourt, que lo transforma en uno de los suyos. Este monstruo-humano atraviesa los siglos entre la tirantez de una naturaleza que no se concilia con las normas y mandatos de ninguno de los mundos a los que perteneció o pertenece. Se trata, entre otras cosas, de la pérdida, y de las infinitas formas de tensión entre poder y sexualidad. También, y más que nada, de la exploración de la identidad.

El éxito instantáneo fue más de culto, pero alcanzó para instalarse, abrir puertas, brindar cierto espejo que le dio pie a la autora para seguir con un montón de secuelas, que suceden en distintas partes y épocas de la historia. Es una saga que en conjunto se llama Crónicas vampíricas. Son trece novelas, que a la vez están relacionadas con otras dos series, de dos o tres libros cada una. Es un multiverso de vampiros hermosos y protagonistas.

En 1994 se estrena la película Entrevista con el vampiro, basada en la novela de Rice,  dirigida por Neil Jordan. Tom Cruise es Lestat y Brad Pitt, Louis. Ahí aparece, ya en lo mainstream y sin disimulo, una representación que marca el tratamiento más moderno de las narrativas queer desde el género terror. Tiene, entre otros lujos abre-puertas, una unidad familiar con dos padres, del mismo género, que nunca antes había aparecido en la literatura o el cine.

Fue en ese momento cuando en la literatura de terror apareció, también en Nueva Orleans, Estados Unidos, Poppy Z. Britte, que ahora —después de su proceso de transición— es conocido como Billy Martin. Tenía 18 años cuando comenzó a publicar relatos góticos protagonizados por personajes homosexuales o de sexualidad fluida. Y en 1992 salió su primer libro, Lost Souls, una historia coral con personajes que también forman un multiverso en diversos relatos y otras novelas. Almas perdidas, gran título, tan cliché como descriptivo, que abrió la puerta a aventuras posmodernas, trágicas, peligrosas, repletas de hermosura y crueldad. Me atrevo a definir que refundó las bases de lo que hoy llamamos horror queer y apuesto todas mis hebillas a que a la Mariana Enriquez que escribió Bajar es lo peor le encantó.

¿Qué hizo de novedoso Billy Martin? En gran medida, volvió a las raíces. Podemos revisar muchas cosas con ojos nuevos y encontrar ya todo ahí, en el comienzo. Lo queer, como tema, contribuyó intrínsecamente a crear el género terror. En la primera entrega de esta saga de ensayos nos preguntamos qué puede ser más espeluznante que la experiencia de ser mujer en el mundo. Variemos, re-enfoquemos a: ¿qué es más aterrador que la experiencia de ser queer en el armario gigante que era el mundo en el siglo XIX?

Ilustración: @Seelvana

En el principio fue el gótico

Esto ya lo he dicho, pero lo reitero acá para ampliar el concepto, enfocado en esta revisión queer. Cuando aún no existía el género terror como tal, el británico Horace Walpole sacó a relucir sus garras sombrías con El castillo de Otranto, que se publicó en 1764. Es la primera novela gótica del mundo. Además, inauguró un estilo. Se presentó, en un principio, como una traducción que había estado basada en un texto impreso en Nápoles en 1529 y redescubierto recientemente en la biblioteca de una familia inglesa. El título completo original, de hecho, es The Castle of Otranto, A Story. Translated by William Marshal, Gent. From the Original Italian of Onuphrio Muralto, Canon of the Church of St. Nicholas at Otranto.

¿Qué hay ahí? Walpole, IV conde de Orford, nació en 1717 y murió en 1797. Fue, además de aristócrata, escritor, político y arquitecto innovador, una persona que traficó con inteligencia homoerotismo en la trama de su obra fundacional. Entre sus biógrafos aparece fuertemente la idea de que el autor era gay, debajo de su aparente perfil social casi asexual. Eso subyace en su escritura, como manifestación de sus tiranteces. Fue precursor, entonces, no sólo de la literatura gótica, ya está ahí en el inicio de todo el corazón del asunto queer.

Muchos personajes en las distintas historias que son parte de la gesta del género terror encarnan esa tensión inherente entre la identidad queer —que hay que esconder— y las normas sociales aceptadas por las sociedades y culturas moralizantes. A pesar de los relatos normativos, se sabe que Mary Shelley fue abiertamente bisexual. Y entonces, desde ese dato, se puede y debe releer su Frankenstein o El moderno Prometeo, publicado en 1818, con esta perspectiva. Ella marca el pulso, otra vez pionera, de lo que vendrá.

La autora armó su novela con los temores de la época como andamiaje. En la trama, la crisis existencial que generaba el avance de la ciencia. Y por debajo, los otros miedos: al castigo por ser diferente. Y es, también, o sobre todo, una historia sobre el deseo (queer) que no puede concretarse (y/o el miedo inherente a ese sentimiento). Víctor es un hombre que intenta crear vida, lo hace a partir de los cuerpos de otros hombres. Le sale algo que considera monstruoso. Eso a lo que le teme, no es más que una criatura solitaria, huérfana, que sólo busca amor. Es la repugnancia que le demuestran los otros lo que la mueve a la furia, que no es más que tristeza.

Ilustración: @Seelvana

Más de dos décadas antes de Drácula, en 1872, existió Carmilla, la novela del irlandés Sheridan Le Fanu, que no sólo es precursora de lo vampírico, sino de lo abiertamente lésbico en la trama. Es una historia de atracción ardiente entre dos mujeres, la vampira del título, que quiere conquistar a Laura, la narradora, que pasa de una aparente apatía plácida a descubrir su deseo y la tirantez que conlleva en su mundo. Un fragmento: “Me miraba a la cara con ojos lánguidos y ardientes y respiraba tan rápido que su vestido ascendía y descendía al compás de la agitación. Se parecía a la pasión de un enamorado; me perturbaba sobremanera; era odioso y, sin embargo, arrollador; y con ojos empañados me estrechaba contra ella y sus cálidos labios cubrían mis mejillas de besos”.

Y entonces sí, podemos volver a ver qué hizo el otro irlandés, Bram Stoker, que siguió los pasos de su coterráneo. En lo vampírico, y en lo lésbico. Las novias vampiras que viven en el castillo, que son más novias entre sí que del conde, son apenas la punta más evidente del iceberg queer de Drácula, publicada en 1897. Sí, se inspiró —más que nada en lo geográfico—, en la historia y el mito de Vlad Tepes, ex príncipe de Valaquia, que nació en Transilvania. ¿Pero qué más hay ahí?

Pensemos en el guapo, brillante y reprimido Stoker. Conoció a Oscar Wilde durante sus años en la universidad y se hicieron amigos íntimos, así, con la ambigüedad del término ante el mundo victoriano. Se distanciaron en 1878, cuando se casó con Florence Balcombe, antigua novia fallida del autor de El retrato de Dorian Gray. Comenzó a escribir su novela cuando su antiguo amante nunca declarado como tal fue a la cárcel, culpable de “indecencia grave” (actos homosexuales) en 1895. ¿Y qué más hay ahí, en Drácula?


Hay un trasfondo homoerótico en la historia inicial entre Jonathan Harker y el conde, que lo mantiene cautivo, hechizado, y lo deja ir después de su encuentro orgiastico con las vampiras. ¿Está celoso, Drácula? ¿De quién? ¿Desea conservar al joven para sí mismo, ir a buscarlo después?  Se puede leer esta novela también como una expresión ¿involuntaria? del miedo del autor a la homosexualidad. 

Ya en el siglo XX está Rebeca, una exquisitez gótica publicada en 1939, de la inglesa Daphne du Maurier, que merece un estudio aparte. La autora tuvo relaciones con hombres y mujeres, pero no se declaraba a sí misma como bisexual ni lesbiana. Estaba casada con un varón, viudo, y el contexto aterrador que subyace, además del personal en un juego de autoficción distorsionado, es el gran terror de época para la mitad del mundo: la imposibilidad del divorcio si eras mujer. Lo queer en esta novela late en la ambigüedad de la protagonista. También en el personaje de la ama de llaves, que representa sin mucha metafora el deseo sáfico reprimido, o prohibido.

A pesar de que se anunció en su momento como una novela romántica, la autora dijo que era más un “estudio sobre los celos”. También está la adaptación cinematográfica que dirigió Alfred Hitchcock en 1940 y ganó el Oscar a Mejor película. Se la encasilla como thriller psicológico, y lo es. Una joven se casa impulsivamente con un viudo y se muda a su mansión. Ahí se encuentra con el recuerdo vivo, o el fantasma, de la difunta primera esposa. También es sobre la fascinación, y la obsesión, y la imposibilidad de escapar.

Las cosas, igualmente, rara vez terminan bien para los personajes queer en la literatura gótica inicial, en donde la trama en sí misma apacigua lo monstruoso para volver, con cierre trágico o feliz, al statu quo, que prevalece. Si el terror como género es una respuesta a los espantos reales del mundo, el horror queer, como subgénero actual, se caracteriza por la exploración de la identidad sexual y de género desde una mirada no normativa, con un punto de vista crítico.

Un breve paneo, caprichoso, para ampliar bibliotecas. Primero, un clásico de culto: Libros de sangre (Books of Blood), que es una serie de seis libros que recopila relatos, a veces de terror más clásico, otras más góticos, en ocasiones cruzados por un humor cruel, del dramaturgo y cineasta inglés Clive Barker entre 1984 y 1985. Más cerca en el tiempo, en 2021 salió Dime que no valgo nada (Tell Me I’m Worthless), de la inglesa Alison Rumfitt, una suerte de Daphne du Maurier poética-bestial, gótica y cultora del thriller psicológico. Cacería de hombres (el título original es Manhunt), de la estadounidense Gretchen Felker-Martin, es una novela de 2022 que cuenta un apocalipsis en el que un virus convierte a cualquier persona con suficiente testosterona en una bestia salvaje. Hay, además, autorxs como el prolificx Joe Koch, transgénero no binario que se autopublica, desde 2015, y más cerca en el mapa, Dan Hache, artista visual y escritor de Jujuy, Argentina, que desde 2011 publica de forma autogestiva relatos y novelas.

Sea en sus raíces, en el devenir intermedio o en las variantes modernas, la fascinación por lo siniestro permite, y sobre todo habilita, una reflexión necesaria sobre la fluidez de la identidad sexual y de género. Es, podría ser en la coyuntura actual —en medio del auge conservador de un mundo violento y de ultraderecha—, un llamado urgente a no tenerle miedo al miedo, a abrir los ojos y la curiosidad para encontrar nuevas formas de ver. Y de ser. ¡Viva el horror queer!