Ilustraciones: Seelvana.
Es Demian, engendrado por el diablo en La profecía. También está Regan, poseída por Pazuzu en El exorcista. Cine o literatura, ahí está el miedo: ejercido o padecido por un niño o una niña. El Rey de ese procedimiento es Stephen King, valga la redundancia. Tiene al grupo de amigos y amigas en IT (novela y películas), además de los de El cuerpo (la nouvelle que tal vez recuerden de éxitos fílmicos como Cuenta conmigo), el bebé resucitado de Cementerio de animales o la nena de Ojos de fuego, entre algunos otros ejemplos al tun-tun. La infancia y pubertad son momentos aterradores. Crece el cuerpo, no se entiende cómo moverse en el mundo. La presencia es frágil-invencible y eso asusta, a propios y ajenos. ¿Quién crea algo hermoso, desde el horror, para esa atapa de la vida? ¿Por qué se suele evitar?
Por suerte esas preguntas fueron ya respondidas. En muchos casos, por Elsa Bornemann. La guerra, la muerte, la organización política frente a las injusticias, lo que implica el amor y el desamor, el valor de la libertad, pero también la poesía, los haikus y limericks, el juego de palabras y con la palabra. Todo está ahí, entre tapa y contratapa de sus libros. El tratamiento no infantilizado en la literatura para infancias, que habla de temas que no son supuestamente para chicos. Una autora que atravesó a todo el mundo con su literatura. No importa la edad. Ni el momento en que se haya nacido. ¿Quién no recitó-canturreó alguna vez “¡Ay, qué disparate, se mató un tomate!”?

Desde fines de los años 70 cada generación tiene a su Elsy personal. Para la X, de la que soy parte hasta el cliché absoluto, la infancia y el mundo se expandieron en 1981 cuando publicó No somos irrompibles (12 cuentos de chicos enamorados). Lo hermoso de lo horrible, la pena inmensa que acompaña y destaca nuestras felicidades llegaron en forma de relatos que fueron formativos y/o una antena de eso que seríamos-somos. Aun no éramos ni adolescentes, pero ya había un lugar en la literatura que nos hablaba confiando en lo que sabíamos y teníamos capacidad de entender. No lo obvio, eso otro. El lado B.
Un ejemplo caprichoso, de esa docena estelar: el relato Mil grullas, que es el primer llanto en la lectura con hojas mojadas de lágrimas de tanta gente. Es 1945 en Japón, estallan el sol del verano y la bomba Hiroshima, Toshiro Ueda pone su esperanza en el origami para salvar a su amiga Naomi Watanabe. Ambos creían que “el mundo era nuevo. Como todos los chicos. Porque ellos eran nuevos en el mundo”. El niño tiene que hacer todas esas artesanías metódicas en papel y quiere detener los efectos de la bomba con su amor y dedicación. Pierde la infancia en el proceso. Esa historia vuelve al corazón cada tanto, porque sí, a lo largo de la vida.
Los millennials entraron a la pubertad en 1987, al filo de la almohada, con ¡Socorro! (12 cuentos para caerse de miedo). Yo ya estaba terminando la secundaria cuando lo leí y no me sentí para nada infantil. Lo llevaba con orgullo, junto a los borcegos con los que iba a ver a los Ramones y mi gesto de desinterés sensible. Es verdaderamente aterrador, sin condescendencia, pero con conciencia. Puedo citar de memoria sin ir a chequear nada Manos, el relato en el que tres amigas se quedan solas en una casona de campo sin electricidad, porque es inolvidable. Cada vez que está oscuro, en algún punto pienso en ellas, en todo eso que hacen para superar el susto y he copiado sus rituales muchas veces.
A ese libro precioso, que le regalé a mi hijo centennial en cuanto supo leer (lo hablamos de igual a igual, desde sus seis años hasta mis treintaypocos), lo presenta la criatura que hizo en su laboratorio Víctor Frankenstein. O bueno, en realidad Mary Shelley. Aparece en su versión monstruo verde y cabezón de la Hammer y le roba el nombre a su creador. Es un juego de Elsa Bornemann, que toma el imaginario cultural popular, más accesible a las infancias, para anfitrionar la experiencia con el terror.
Entonces Frankenstein, en realidad Elsy, escribe el prólogo. Dice(n): “A pesar de su corta edad, al enterarse de la tremebunda historia de mi vida E. B. me compadeció y comprendió que lo que yo necesitaba —desesperadamente— era ser amado”. Yo, que ya había comenzado a crear la biblioteca enorme que acarreo hace décadas casa tras casa, fui corriendo a buscar esa novela original, guiada por el monstruo verde, que era en realidad Elsy. Bonus hermoso. ¡Socorro! —como tantos otros libros de esta autora-guía— viene con una página en blanco al final en la que propone anotar ideas y reflexiones. No sólo a leer, ella nos invitó a pensar. Y a escribir.
No somos irrompibles (un poco sí)
El 24 de mayo de 2013, cuando terminaba la tarde, la editorial Alfaguara —a donde publicaba desde hacía un par de décadas— informó que había muerto Elsa Bornemann. Elsy, para amigos, seres queridos y lectores. Fue un sacudón. Incluso para muchos perros, a quienes les dedicó libros. Seguro para tantas personas a las que inició en la lectura. Una década y monedas después de su muerte sigue presente en bibliotecas familiares y escolares.
Mucho antes de que Harry Potter fuera un suceso internacional, cuando JK Rowling aún estaba en la escuela primaria y no existía en el mundo el concepto de literatura infantil y juvenil como nicho de mercado, desde la Argentina y para toda América Latina, Estados Unidos, Europa, Israel y Japón, la rubia de flequillo prolijo y sonrisa luminosa alcanzaba cifras de venta sin precedentes. A la par de María Elena Walsh, inventaba un estilo y, sobre todo, abría un punto de fuga para proponer algo hasta entonces impensado: apelar y despertar la inteligencia de su público, personas en crecimiento, de cualquier edad.
El conjunto de su obra mega prolífica —empieza en 1971 con El espejo distraído, poemas, canciones y versicuentos, y llega hasta el póstumo Puro ojos, de 2014, la historia de Leonora, una nena ingeniosa y solitaria— es un abanico de emociones. Hace reír a carcajadas, sonreír con ternura o en estado de amor, llorar desgarradoramente; asusta mucho, inquieta, abre dudas, propone juegos, invita a repensar lo que se da por sentado. Y más. Los libros de Elsa Bornemann son un rito de pasaje que luego se convida a hijos, hijas, sobrinos, sobrinas. La fidelidad de lectura se renueva en cada generación. Por eso no es best seller, sino long seller. Siempre la estamos leyendo.

El libro que la hizo famosa fue Un elefante ocupa mucho espacio. Lo publicó en 1975 y lo censuró la dictadura cívico-militar tres años después. El 13 de octubre de 1977, mediante el decreto 3.155, el gobierno de facto lo sacó de circulación por contener una “finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica del accionar subversivo”. En la historia que da título al conjunto de cuentos los animales de un circo, liderados por el elefante Víctor, se declaran en huelga para combatir la explotación a la que los someten. Puño arriba para Elsy.
Prohibieron su lectura y pusieron a Elsa Bornemann en una lista negra. El año anterior, en 1976, ese mismo libro integró la Lista de Honor del premio internacional Hans Christian Andersen, otorgado por International Board on Books for Young People, con sede en Suiza, que es como un pequeño Nobel de la literatura infantil y juvenil. Con la vuelta de la democracia, también regresó el “pensamiento elefante” a las librerías argentinas. Y ahí fue cuando me lo leyó mi madre, Zully, una baby boomer inteligente y temeraria, felizmente obsesionada con pensar. Como Elsy.
Nuestra sol de noche
Elsa Bornemann nació el 15 de febrero de 1952. Porteña, oriunda de Parque Patricios, y determinada, hambrienta de mundo, hizo desde niña un montón de cosas. Buscó mucho. Se recibió de Maestra Normal; estudió inglés, alemán, italiano, latín, griego clásico y hebreo. Trabajó como azafata de aviones, renunció, hizo la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Escribió cuentos, poesía, novelas, canciones y piezas teatrales. Recorrió América Latina, Europa y Japón dictando talleres literarios. Casi la totalidad de su obra forma parte de lecturas recomendadas en la escuela primaria, manuales de literatura para distintos niveles y antologías argentinas y del exterior. Quería todo.
Publicó por primera vez a los 18 años. En 1977 salió otro que se hizo mito: El libro de los chicos enamorados, que son poemas sobre las sensaciones que produce el amor, incluidas la tristeza o el enojo. En 1979 salió la novela de género fantástico El último Mago o Bilembambudín, otro hit al corazón de niñas y niños de 0 a 99 años. Un clásico moderno, formativo y tenebroso también de su autoría es El niño envuelto, de 1981. Cuenta la historia de Andrés, un chico que inventa un código ultra secreto para dejar mensajes ocultos, crea sus propias malas palabras, se plantea los interrogantes del universo y narra, desde su punto de vista, el mundo adulto y las experiencias que van marcando su vida. Ese lo leí de prestado, era de mi hermana menor, que no quería soltarlo y no lo hizo. De hecho, ahora que hace rato tenemos la misma edad, sigue con aquel ejemplar, todo manoseado y descuajeringado, en su biblioteca.

Elsa Bornemann, además, ganó un montón de premios y reconocimientos. Disparatario, que es 1983, mezcla cuentos y poemas que fueron a la lista The White Ravens, distinción muy distinguida que otorga la Internationale Jugendbibliothek de Múnich, Alemania. Imposible consignar todo, Elsy. Algunos otros son, por ejemplo, además de los internacionales que están desparramados en este artículo, el local Konex de Platino en la Disciplina Literatura Juvenil. Se lo dieronen 1994 y otra vez 2004.
En 1990 publicó un grupo de canciones de cuna, nanas y canticuentos inspirados en el mundo de los sueños bajo el título de Sol de noche. En 1991 salió No somos irrompibles, relatos protagonizados niñas y niños que siempre, en el devenir de sus historias, descubren los sentimientos que se esconden en su corazón. Digamos que lo hizo 24 años antes que Intensa-mente (hay que avisar a Disney que no se peine para la foto). En 1994 llegó la continuación del libro presentado por Frankenstein, Socorro Diez (libro pesadillesco). Y ahí de alguna forma inauguró, antes de que se invente el concepto, las sagas. Son “misterios, apariciones increíbles y seres espeluznantes”, dice el nuevo presentador, que en este caso es Quasimodo, “el mismísimo Jorobado de Notre-Dame”, avisa.
En el año 2000 salió A la luna en punto, que es la continuación de Sol de noche. Un aplauso aparte, colateral, para todos sus juegos de palabras. Y siguió a casi un libro por año hasta que murió a los 61 años. En las notas de aquel momento no se dice el motivo. Al contrario de su estilo directo y sin pruritos con los que narró el miedo, el dato más revelador revela que tenía “problemas de salud”. Ella fue para mi generación, en la infancia, tan importante como Kurt Cobain en la adolescencia. Fue nuestro Nirvana literario, y la primera en publicar cuentos de terror para chicos y chicas en la Argentina.
¿Qué se puede esperar de la literatura, del consumo cultural en general? Que genere sentimientos, que abra la cabeza, que invite a pensar lejos de la comodidad, que inquiete. Eso lo brinda, de pé a pá y desde el inicio, el género terror. Elsa Bornemann abre esa puerta para que el desencanto y las ganas de romper todo pasen a ser fuerza creativa desde la infancia. Es una marca que queda, como el anticuerpo que deja la varicela, que hace ver todo de otra forma. Libros que te sacan del mundo para que estés de verdad en el mundo.