Foto de autorx: @agu.mey
El viejo culiado del Bermúdez fue el primero en dejar de morirse. Y digo así, con toda intención, dejar de morirse, porque iba camino directito al infierno el muy forro, y en el medio del asunto, se detuvo. No se murió. Yo ya estaba cortando papelitos para festejar en el entierro, porque era sabido que el Bermúdez tenía los días contados con los dedos de una mano. Cuatro bolsas de papelitos junté. La carnicería estaba cerrada hacía dos meses, y nadie hablaba de otra cosa. Cuando supe, me subió un veneno desde abajo hasta arriba, que casi me disuelve todas las partes de adentro. Cómo puede ser, si estaba acabado, le digo al Pita, acabadísimo estaba el viejo culiado, me dice el Pita, y ahí nomás le digo de nuevo cómo puede ser recontraculiado, y me dice es, culiado, es. Casi escupo ácido por la boca. Hubiera hecho un agujero en el piso de lo corrosivo que estaba por dentro. En medio de la muerte, se detuvo, dijo Maríaglady, se detuvo y ya no acabó de morirse. Viste cuando alguien te dice acaba de morirse Fulanito, bueno, ese día fue acaba de no morirse el Bermúdez. No acabó ahí la cosa, no. No acabó ahí. Ahí empezó, más bien.
Mientras doña Nora iba derechito a la tumba, estaban todos que el Bermúdez hizo un pacto con el diablo, que miralo al viejo, que cómo puede estar así si hace dos días se cagaba muriendo, que no nos están diciendo la verdad, que yerba mala nunca muere, que qué injusticia, la gente buena como la Nora se muere, y este sorete mal cagado va y se deja de morir en medio de la muerte. Así estaban todos, mientras en la casa de la Norita dele que dele llorar. Siempre había dos o tres visitas en la casa, y el hijo de la Norita recibiendo los Carlitos, qué pena, tan buenita tu mami. O los quién iba a decir, si la Norita parecía que nunca necesitaba nada, que siempre estaba bien. Y también los vos ya no vivías acá pero tu mami fue la que bla bla bla, y los vos te perdiste el momento en el que tu mami ta ta ta. El Carlos tragaba saliva y recibía en silencio a todo el mundo con unos sí, muchas gracias, y el lloro atravesado en la garganta veinticuatro siete. Se había hecho una colecta vecinal para el funeral y el cajón de la Nora, y se había organizado un acto para declararla ciudadana ilustre en la Municipalidad. Ya habían mandado a hacer la placa.
Entonces, cuando se estaba muriendo, la Nora se dejó de morir.
Culiado, la Nora se estaba muriendo y en el medio de la muerte se dejó de morir, viene y me dice el Pita en ese momento, habrán sido un par de semanas después de lo del Bermúdez, entonces le digo vos me estás jodiendo culiado, y me dice no culiado, no, te lo juro por Dios que no. Fuimos a la casa de la Norita igual que todo el mundo. En la puerta de la casa estaba el Carlos con cara de pasmado, y ahí no va que abre la puerta de la casa y la Norita sale a la vereda y saluda con la mano. Estaba medio achacada, toda envueltita con una pashmina, pero dentro de todo bien. Los de la Municipalidad esperaron un par de días y al final usaron la plata de la colecta para poner columpios en la plaza nueva.
Para esa altura de la cuestión, el viejo culiado del Bermúdez ya había reabierto la carnicería. El ojete que tuvo de que el hijo no la alcanzó a vender porque en eso estaba el pibito, ni lerdo ni perezoso. Yo estaba sentado en los columpios nuevos de la plaza que estaban bien de lujo, ni rechinaban, y viene el Pita así, con la cola entre las piernas y se me sienta al lado. Y le digo culiado que estás haciendo acá, todo el día al pedo vos. Y me dice callate recontraculiado. Y le digo dale culiado andá a laburar, hacele el favor a tu vieja. Y me dice cerrá el orto culiado, no ves que te vengo a contar que mi vieja está en el hospital. Le dio un infarto y parece que se muere nomás. Se me vino el mundo encima de repente. Me sentí la peor basura del mundo por hacerle chiste al Pita en ese momento, más que su vieja nos había criado un poco a los dos, porque bien que yo me pasaba toda la tarde después de la escuela en su casa, y que la vieja nos hacía la leche, y me obligaba a hacer la tarea.
No hermanito, si a tu mamá yo le debo haber terminado la escuela le digo al Pita cuando estábamos sentados en la puerta de la sala donde la tenían a la Rosa. Sí, mi hermanito, sí, me decía el culiado grandote chorreando moco. Tiene que haber algo que podamos hacer mi hermano, le digo. No hay hermano, no hay, me dice. Y entonces sale la enfermera a decir que si nos queremos despedir porque ya se está muriendo la Rosa, y lo dejo al Pita que entre solo para que tenga intimidad con su mami en sus últimos minutos de vida.
Entre que lo esperaba al Pita pensando qué chota iba a hacer ahora sin su mami, imaginándome la miseria que nos esperaba a todos, no va que sale mi hermano de la pieza del hospital con los ojos como dos discos de los de hacer pollo, y me mira y me dice culiado te juro por dios que se iba, se estaba yendo, te juro hermano, la vi morirse, y no se murió. Entonces se le empiezan a salir todas las lágrimas de los ojos, y llora como un bebé el mal parido, y yo que intentaba entender algo y le preguntaba ¿cómo decís? ¿que la Rosa no se murió? Y el cristiano hecho un desastre que me decía algo como t t tehuro culiá mmmñññ k k questaba así a a a aaasí casimuertaculiá mmmññññnn y nosemurió o o miernanotehuro nosemurió nosemurió. Incomprensible el culiado, pero decí que yo lo conozco de toda la vida y lo he visto en cada una, entonces voy a la pieza, abro la puerta, y la veo a la Rosa sentadita en la cama que me dice gracias por venir Juancito, decile al Cristian que se tranquilice un poco, que está haciendo un espectáculo.
A la hora, Maríaglady se había encargado de que lo supiera todo el pueblo. Del hospital nos dejaron ir, porque la revisaron a la Rosa y estaba impecable. Cuando salimos, en la puerta había una congregación de vecinos que la aplaudían y le regalaban flores. Hasta un canal de televisión había que justo va y lo agarra a mi hermano Pita para que salga en el noticiero, seguro que porque con la pinta que tenía daba más lástima, y la lástima garpa. Nos la llevamos a la Rosa a la casa nomás, y anduvimos atentos unos días, no vaya a ser que se nos acabara de morir la vieja. Pero no. No pasó más nada. Anduvo lo más bien de salud, y de ánimo también la doña.
Entre una casi muerte y la otra en el pueblo ya se decía de todo. La gente andaba que tenemos una bendición de los ángeles, que nos están usando para hacer un experimento, que debe haber algo raro en el agua, que esto es casualidad, estamos todos locos, que Dios nos eligió por nuestras buenas acciones. Ahí se caía a pedazos la teoría, porque yo no me voy a hacer acá el buena persona, pero si no se habrán cagado los unos a los otros en este pueblo envenenado. Como cuando el Bermúdez le cagó a mi viejo esa cantidad enorme de guita, y mi viejito ya no pudo repuntar más de la tristeza y se lo morfó el alcoholismo. Entonces a mí no me iban a venir con el cuento de que Dios nos eligió por las buenas acciones, porque somos todos unos buenos hijos de puta cuando es necesario para sobrevivir. Y después lo más bien que nos decimos feliz navidad vecino, feliz año nuevo, le compré un pan dulce como si nada, y chin chin vecina, chin chin vecino.
Por esos días, después de la casi muerte de su mami, vos lo tenías que ver al Pita. Mi hermano estaba cambiado, le había pegado re fuerte el suceso, andaba todo peinado, bien vestido, todo hecho de nuevo el culiado, y laburando que daba calambre. Y por si fuera poco se puso a hablar de Dios sin parar, era como que le habían dado cuerda al culiado, empezaba y ya no acababa más con la devoción recién estrenada que calzaba. Entre éste, todo devoto, y Maríaglady, que se sentía la protagonista del milagro, me tenían agotado. Yo no quería saber más nada del asunto. Cada vez que alguno de los dos me venía con el cuento, yo lo sacaba re cagando con un a mí el viejo se me murió y bien acabado de morirse estuvo, así que rajá de acá con esa historia. De toque podía sentir como me subía el ácido por dentro de la sensación de injusticia que traía encima.
Porque pasó de nuevo. Pasó tres veces más.
A la Mary la atropelló un camión de los que atraviesan la ruta en la entrada del pueblo, y quedó en pedacitos. El marido estaba sacado, echando mierda para todos lados en la puerta del hospital, haciendo escándalo con abogados porque tiene plata ese compadre, tremendo burako le iba a hacer al camionero, le iba a arruinar la vida, de seguro. En el peor momento, la Mary, a medio camino entre la vida y la muerte se dejó de morir, y no se murió. Quedó toda cosida nomás.
Después vino el Piter, el hijito del Negro Baigorria, el del mercadito Buena Fé. El wacho llevaba no sé cuánto ya peleándole a la leucemia. El Negro nos daba una pena a todos, tan buen tipo, comido por la depresión de que se le moría el hijo, teniendo que abrir el negocio todos los días igual, llueva o truene, para tener la plata para pagar los tratamientos, y la señora que se la pasaba yendo y viniendo entre el hospital y el almacén. El wachito estaba acabado también, y en sus últimos segundos de vida, no se acabó de morir.
La tercera fue la Julia Tobares que se quiso matar. La encontró el Pita mismo, tirada en la calle de madrugada, y se la cargó en el hombro hasta el hospital, como un héroe el culiado. Cuando llegó le dijeron que la había llevado tarde, que no había nada que hacer, que había tomado pastillas suficientes como para matar tres gorilas, y que ya casi no tenía signos vitales. Pero, para esa altura, todos en el pueblo le desconfiábamos al asunto de la muerte.
Teníamos razón, porque la Julia tampoco se acabó de morir. Maríaglady ya había viajado a la Capital para salir en el noticiero dos veces. Yo no me sentía bien. No me sentía para nada bien. El viejo recontraculiado del Bermúdez la levantaba en pala en la carnicería. La Norita se jubiló y el hijo se quedó a vivir con ella. La Rosa estaba encantada con el hijo recuperado que tenía de repente. La Mary y el marido se fueron de vacaciones a la costa. El Piter volvió a la escuela después de dos años de no poder ir. Y la Julia se puso a hacer couchin de laifstail, una gilada que le daba mucha plata fácil. Todos re vivitos estaban, y yo no me sentía nada bien con el asunto. El Pita estaba cada día más infumable, así que casi no nos veíamos ya. Yo no podía con la idea de que mi viejito se había acabado de morir bien muerto, y todos estos otros no. La digestión se me ponía venenosa, estaba tan ácido por dentro que creo que se me estaban disolviendo unos buenos pedazos. Soñaba con la muerte de mi papá una y otra vez, y en cada sueño no se acababa de morir, y yo después me despertaba alucinándolo vivo. En un rincón de la casa todavía tenía las bolsas de papelitos que había picado para festejar la muerte del Bermúdez. Estaban llenas de tierra, pero yo las quería conservar por si llegaba a suceder el milagro de tener la oportunidad de usarlas.
Lo peor fue pasar por la puerta de la carnicería del Bermúdez y verlo salir al Pita con unas bolsas de molida, como si nada. Agarro, lo encaro, y le digo qué pasó traica. El culiado todo desorientado recién me ve y se pone rojo. ¿Comprando la molida para el pastel?, lo agito. Se pone nervioso y me dice nada culiado, me mandó mi vieja que va a hacer empanadas para todos, dice que estás invitado para venir. Entonces yo dejo pasar un ángel antes de contestar, y estaba re incómodo el asunto. Vos eras mi hermano, culiado. Mirá que traidor resultaste, le tiro al final, y el chabón se pone re mal y me dice hermano, no seás así, no ves que mi vieja le prefiere la carne al Bermúdez, lo hice por ella hermano, además hay que perdonar en esta vida. Ese era el que había sido mi hermano mostrando su verdadero ser. Le digo decile a la Rosa que no, que muchas gracias, que no le acepto la invitación. Decile también que no me siento en la mesa con culiados mentirosos. Y me doy vuelta y me voy, dándole la espalda. Sin verlo me daba cuenta de que el culiado estaba llorando, otra vez, chorreando moco en la calle sin vergüenza, como si fuera una víctima. No me importaba, yo la había querido bardear a propósito, si hasta parece que estaba esperando que el Pita me diera una excusa. Y me la dio el culiado, me la dio.
Durante un tiempo no hubo casi muertes y la cosa estuvo más tranquila.
Yo dejé de soñar tan seguido con el viejo, aunque seguía cultivando el veneno de la bronca bien adentro de mi ser. Maríaglady volvió a sus cosas. La gente empezó a hablar también de las cosas normales, digamos, de los precios de los impuestos, de la comida, de la ola polar, y del casamiento de la Inesita sobre todo, que era el acontecimiento del año. Al Pita ni me lo había cruzado en una bocha de tiempo, y yo encantado, porque ni verlo quería al cristiano ese.
Pero al casamiento de la Inesita sí que fuimos todos.
Era 21 de julio, un frío de recagarse hacía. Lo hizo en el salón de la Unión Vecinal que estaba recién pintado, re lindo lo habían puesto para la ocasión. La Inesita había pegado romance con un petrolero, y como hacía 20 de trabajo por 15 de descanso, no le pedía a ella que se fuera del pueblo, se instalaron ahí nomás. Y el chabón ganaba bien, entre eso y la familia de ella clavaron alta fiesta. La Unión Vecinal estaba transformada, yo miraba intentando reconocer el lugar en el que había aprendido a jugar al básquet, el de los vestuarios con olor a pata, pero ni rastros, estaba todo prolijo, habían llenado de flores y de frascos con velitas encendidas. El mural con el logo del club, que se descascaraba que daba pena, lo habían tapado con un banner de los novios y un arco de flores. La gente se ponía ahí a sacarse fotos, al lado de los novios de mentira. Yo vestía un traje que había sido de mi viejito, que estaba diez puntos, y la había llevado a mi vieja, que nunca salía a ningún lado.
La Inesita se había encargado de repartir las invitaciones ella misma, para que nadie faltara. Yo estaba infumable, porque sabía que me iba a cruzar a todo el mundo, desde el Bermúdez, hasta el culiado del Pita. Un poco me hacía el que no me importaba, pero me echaba una copa de champán arriba de la otra, a ver si con eso podía apagar el fuego que tenía en la panza.
Lo tuve en la mira toda la noche a ese culiado traidor. Entre ceja y ceja mientras comíamos a tres mesas de distancia, entre ceja y ceja mientras bailábamos, él con la Julia haciéndose otra vez el héroe salvador, entre ceja y ceja cuando iba al baño o cuando salía afuera a fumar un pucho. En una de esas salidas me le voy atrás, de puro embalado.
Qué pasó Juancito, mi hermano me dice cuando me ve aparecer por la puerta. Yo no tengo hermanos, soy hijo único le digo, de toque, sin pensar, y me prendo un pucho también, como para hacer algo. Ahí pasan varios ángeles, como que nadie dice nada, y el silencio es re incómodo, y hace un frío tremendo. En un momento se ve que el chabón se ve obligado a romper el silencio, o algo así, y va y dice ya estuvo hermanito de hacerte el difícil y la recontracaga mucho más. Apenas lo escucho se me sube el ácido de toque hasta la garganta, y más encima con el pedo que me cargaba, y le empiezo a gritar que sos un desubicado chabón, vos no tenés ni un código culiado, no entendés nada, bien que tu mamá te lava los calzones porque no sabés ni hacer un huevo culiado, y así. Se ve que estábamos haciendo un escándalo porque el Pita empieza primero a mirar para los costados. Yo ni me percato ahí de que la gente que estaba afuera nos re miraba, no me percato o no me importa, pero sigo dándole, que sos la cara de la traición, que no se te murió tu vieja y te creés Dios, que me arrepiento de no haberte acomodado la cara el día que te vi en la carnicería del Bermúdez. Y él de toque, ni lerdo ni perezoso, me responde acomodame la cara si te la bancás, puto, y lo siguiente que me acuerdo es que estábamos en el piso rompiéndonos a trompadas.
Yo creo que ahí algo se apoderó de mí, o fue el escabio, o los meses de bronca acumulada. La cuestión es que en un momento pierdo la conciencia, y cuando la recupero le estoy estrolando la cabeza al Pita contra el piso, y tengo las manos llenas de sangre.
Ahí alguien me agarró del cuello de la camisa y me levantó en vilo. Me acuerdo que de costado la vi a mi vieja que lloraba, y a alguien, creo que la Inesita, que gritaba re sacada.
Al Pita se lo llevaron en ambulancia al hospital. A mí me subieron a un patrullero. Me acuerdo que mientras iba ahí, esposado, me veía la sangre en la camisa blanca, y como que el cerebro me jugaba una mala pasada, no entendía bien si la sangre era mía o de quién. Me acuerdo también como que iba recuperando la conciencia de a poco, de repente me daba cuenta de que venía del casamiento de la Inés, de repente me acordaba de la bronca y me llenaba de ácido, de repente me daba cuenta de que le había roto la cabeza al Pita y que se lo habían llevado a urgencias.
Lo bueno, pensaba yo, es que ese culiado no se va a morir. Se estaba muriendo pero no se va a morir. Y ya después de eso va a haber pagado su merecido el culiado traidor, y vamos a poder volver a lo de antes. Se va a dejar de morir en medio de la muerte, como su vieja, como la Julia, como el hijo del Negro, como la Mary, como la Norita, y como el hijo de remil puta del Bermúdez, y cuando se deje de morir en medio de la muerte y a mi me larguen se va a recomponer el orden de las cosas. Todo eso pensaba, mientras me llevaban todo desorientado a la comisaría.
La verdad es que nada de lo que yo pensaba pasó. No se recompuso el orden de las cosas. No pudimos volver a lo de antes. A mí no me largaron porque el Pita se cagó muriendo, no pudieron hacer nada en urgencias, estaba roto mi hermano. Yo lo había roto. Se empezó a morir y ni siquiera tuvo tiempo de llegar la Rosa para despedirse que ya se iba nomás.
Se fue. Se terminó de morir, como mi viejo.
A la Rosa no la pude volver a mirar a la cara nunca más. Ella me había alimentado cuando era un wacho, y yo le había matado al hijo. No existía peor traición que la mía, no había peor veneno. Lo que decreté en el casamiento de la Inesita resultó ser toda la verdad. Ya no tengo ningún hermano. Soy hijo único.
* Mar Vilchez Aruani es actriz, dramaturgx, iluminadorx, directorx de teatro. Profesorx en la Universidad Nacional de Cuyo. Recibió menciones y premios en concursos de escritura.