El agua afuera

¿Se perdió la certeza de que hay un lugar al que volver junto con la imaginación de un futuro feliz? En este ensayo, Vanina Escales reflexiona sobre el afuera, lo imprevisto, la errancia y lo colectivo.

Salir afuera parece tan redundante, a dónde más se puede salir. Escuché las dos palabras juntas al menos tres veces esta semana. Y a medida que la semana avanzó las palabras se me fueron retorciendo. Afuera se me cruzó con imágenes y dejé de pensar en la duplicación del sentido para cargar afuera con algo más que cruzar la puerta de algo en dirección al exterior. Afuera me pareció más lejano, donde no reconocemos caras, comercios, topografía, donde nos encontramos con árboles y sonidos distintos de los que registramos antes. Entendí afuera como un lugar donde somos visitantes, algo extranjeras, donde si nos miran es como extrañas, con curiosidad. 

Entonces salir más afuera implica medir cuánto de nosotres se banca lo imprevisible. En la misma semana recibí un video y una foto de dos arroyos. Un amigo me mandó el video de agua corriendo en uno de los tantos riachos de Córdoba y una amiga me mandó la foto de un canal que tiene ya quinientos años en Cieza. Junto con qué hermoso lugar, me pienso casi de inmediato ahí. Querría acampar ahí, mirar el cielo de noche, dormir con el sonido del agua, compartir con más personas, saber hacer todo lo que una prepper sabría. Mientras me entregaba a la fantasía, me interrumpieron las catástrofes: morir de hipotermia, por un ataque de alimañas. 

Pero más allá de exagerar, salir afuera es medirse con el miedo, con el peligro real o aparente, es un salir que transforma nuestra comprensión de nosotres mismes. Volver más vulnerable, más fuerte. Afuera es el lugar desconocido donde todavía es posible perderse. Digo perderse como algo bueno, como condición para descubrir un mundo que aún no se nos revela. Y en ese punto, buscar el camino para volver. ¿Anábasis? Creo que sí y creo que no. Anábasis es un movimiento, un errar que parte de perderse, de no saber dónde se está, pero que está atado a una voluntad de volver al lugar donde no se es más extrajero. En el medio la cosa no es fácil. Pero ese movimiento es dibujado en su errar por un grupo. Ese camino de vuelta puede tener épica, puede tener desesperación, puede tener un colectivo triunfalista, optimista, o herido y aún así abrazado. Tiene un nosotros. 

Me pregunto si tal vez ya no hay anábasis posible al mismo tiempo que me gustaría confiar en que vamos a hacer algo con nuestro camino. ¿Se perdió la certeza de que hay un lugar al que volver junto con la imaginación de un futuro feliz? Si en el afuera se puede ser también testigo de la transformación de los signos con los que nos entendíamos, qué fragmentado se dibuja cuando decimos nosotros, qué reducido. Nuestro grupo de amigues, de compañeres, ¿quiénes entran cuando decimos nosotres? ¿No será que insistimos en lo colectivo porque es lo que se retrae? ¿Cómo se trabaja en un nosotros en una época dominada por el signo de la relevancia social, la supervivencia y la sospecha sobre la diferencia?   

Afuera también es ese mundo disidente y tenso, amenazante, abierto a la transformación, esquivo. Salir afuera vale la pena exactamente por lo imprevisto y porque tal vez la errancia en el afuera nos dé un nosotros. Por negociar con el miedo, la inquietud, el cinismo, por el asombro. Porque nunca escuchamos dos veces el mismo río.