Fotos: Maira Purman
Olivia Gallo tiene el don, como todo gran escritor, de leer signos en todas partes. El cartel en un museo puede ser un mensaje oracular, una plegaria, un mantra: “Que no caigan en la bajada ni en la subida del camino. Que no encuentren obstáculos ni delante ni detrás de ellos. Ni cosa que los golpee. Concédeles buenos caminos, hermosos caminos planos”. Ese texto, tomado del Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas k’iche’s, se encuentra en la entrada del Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México. Para quienes suben y bajan piedras cuesta arriba una y otra vez de la montaña, el rezo es justo, es oportuno. Pero quienes habitamos la llanura pampeana sabemos, Martínez Estrada mediante, que los hermosos caminos planos, en su vacío y monotonía, también pueden ser brutales, enloquecedores. La tierra plana es lenta. Como la escritura.
Avanzar sobre la página en blanco es la conquista de un desierto en el que sin embargo habitan ya civilizaciones anteriores: lecturas, fantasmas, conversaciones, palabras robadas. Un desierto que no es, a pesar de la advertencia de Buzzati en el epígrafe del libro, el de los tártaros, pero sí un desierto bárbaro, en el amplio sentido del término. En Hermosos caminos planos Olivia Gallo avanza a paso certero abriendo camino sobre el desánimo contemporáneo y la insistencia terca de la vida.
Su escritura tiene un tono despojado que da la imagen de los largos viajes a la costa, cuando mirás por la ventana esos paisajes eternos y monocordes. Pero los paisajes acá no son un fondo o escenografía. “Las personas que amamos se convierten en paisajes”, dice. Y de nuevo, los paisajes condicionan. Ahí aparece la agudeza de Olivia para leer los vínculos familiares y esa capacidad de encontrar epifanías cotidianas en objetos desprovistos de afecto o en las rutinas que nos salvan o nos ponen al borde del abismo. Pero nunca en él. Al verdadero drama se le pasa por el costado, y no por eso es menos terrorífico.
En estos cuentos -ocho son los que componen el libro-, la tristeza, no es un pozo. Es una llanura, un camino liso donde las cosas simplemente pasan. Aunque en Hermosos caminos planos, la aparente llanura de los días es solo una puesta en escena, Olivia construye una fortaleza contra la obligación del sufrimiento. Su escritura se opone también a la prepotencia de la felicidad que aparece como esa euforia que a la mañana que te ataca por la espalda como una hiena histérica y te exige que estés bien, cuando sus personajes solo quieren armar la mochila de los chicos y arrancar el día. Olivia no adorna la miseria ni romantiza la melancolía. En sus relatos, la infelicidad no se manifiesta con grandes estruendos, sino con pequeños gestos domésticos: la mancha de yogur que se seca sobre la mesada de la cocina porque las náuseas llegaron antes que el desayuno, o el tatuaje de una telaraña en el antebrazo como el residuo mudo de un matrimonio que ya no existe.

Olivia escribe con una agudeza clínica, casi literal. Las protagonistas de sus historias miran lo que hay detrás, la costura: una línea del corazón bifurcada en la palma de un padre insoportable, la heladera que empieza a girar en un vórtice por el estrés del llanto de un hijo, o una metáfora que se borra de la pantalla del celular porque las emociones, a veces, nos resultan demasiado pesadas.
Los personajes de Hermosos caminos planos toman forma bajo la lupa de la mirada de Olivia. “Lupa” es también acá esa red social ficticia y ascética que, invención de la autora, no tiene “Me gusta”, la única interacción posible es un botón que dice “Te vi”. De eso se trata esta literatura: de mirar al otro a través de una pantalla, de inventarle una familia, de soñar con diluir los nombres de parentesco —las madres, los hijos, los amantes— para quedar limpios, suspendidos en el clima que entra por la ventana abierta.
¿En qué tradición se inscribe Olivia Gallo con este libro? ¿Qué coordenadas trazan los paralelos y meridianos de esta ruta?América Latina, sí, desde la frase imán del Popol Vuh. El llano, sí, pero el campo aquí es también urbano. Línea materna y línea paterna parecen echar una luz tenue sobre una voz que se pone en serie con otras autoras y linajes pero que a la vez es propia. Los relatos operan como una serie de radiografías urbanas. Cada uno es un corte transversal sobre vidas que parecen marchar sobre rieles previsibles, pero que están a un milímetro de descarrilar. Olivia no busca el golpe de efecto; se limita a registrar el instante exacto en que la llanura cotidiana se quiebra.
La escritura de Gallo muestra la tensión que puede existir por ejemplo en el silencio de una tarde perfecta de primavera. Olivia narra el desencanto, la geografía afectiva y el paso a la adultez con una distancia tan perspicaz como magnética. Su primer libro de cuentos, Las chicas no lloran (Tenemos las Máquinas, 2019), disecciona la crudeza del amor, la sutil violencia vincular y las contradicciones familiares. Durante la pandemia del 2020, produjo junto a Tamara Talesnik Intranquilas y venenosas (Odelia Editora, 2021), un epistolario nacido de un intercambio de mails en el que compartían ansiedades, fobias y a los que le sumaron bitácoras del encierro forzoso de otras autoras. En 2023 publicó su primera novela No son vacaciones (Blatt & Ríos), otro camino por las rutas argentinas, planas quizás pero toman caminos no tan llanos en lo afectivo.
Campo y urbe de un país, “el país de las maldiciones, de los mitos”, aunque los días se pueblen de dolores de cabeza dulces por el alcohol del fin de semana, de muelas de juicio mal extraídas, de un colectivo 44 que siempre frena unos metros antes de la parada. Entre tanta chatura y desencanto, la vida insiste. Aparece como una galletita de nuez en un velorio, robada de una bandeja de plástico, que de golpe se convierte en lo más rico que probaste en tu existencia. Una desubicada total, igual que la literatura.
Hermosos caminos planos puede leerse como una excursión a la fragilidad del presente. Este es un libro de una delicadeza intranquila. Olivia Gallo no ofrece respuestas ni consuelos edificantes. Hace algo mucho más honesto y perturbador: nos obliga a mirar el reverso de las cosas.