Cuando la pantalla mostró el tiempo de descuento, sonó una música que parecía anunciar que un luchador estaba por subir al ring. 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1: “¡Lula, guerrero del pueblo brasileño!”, exclamaron y repitieron al mismo tiempo miles de mujeres, lesbianas, travestis y trans que llegaron desde distintos puntos del país para participar del Acto Nacional Mujeres con Lula realizado en Belo Horizonte, capital del Estado de Minas Gerais. La elección de la sede no fue casual: se trata de un distrito clave de cara a las elecciones del próximo 4 de octubre. En esa contienda, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva buscará alcanzar su cuarto mandato.
Unas 15 horas antes, cuatro micros salen en caravana desde el centro de San Pablo, capital económica de Brasil y la ciudad más grande y poblada de América Latina. “Vamos a cerrar los ojos y a pedir a los ángeles, a nuestra señora Aparecida y a Dios que proteja nuestro micro. Y vamos a rezar un padre nuestro. Todo el mundo sabe rezar un padre nuestro, ¿cierto?”. Vera Lúcia Maurício de Lima es la encargada de dar la bendición a pedido de sus compañeras y una de las tres coordinadoras del micro que lleva a las mujeres de la Unión de Movimientos por la Vivienda (UMM) hasta la capital minera. Junto con ellas salen otros tres micros con militantes del Partido de los Trabajadores (PT), de la Marcha Mundial das Mulheres —un movimiento que reune a diversos colectivos feministas populares y autónomos de todo Brasil— y de Promotoras Públicas Legales-Feministas, una organización que lucha por la implementación plena de la Ley Maria da Penha, contra las violencias machistas, y el derecho al aborto legal.
“Que Dios proteja a nuestro presidente y que le dé fuerzas para reelegirse”, dice De Lima y se escucha un aplauso cerrado. El micro ya había emprendido su camino, cuando el chofer Willshow —apodado así por el grupo a propósito de su clave de WiFi homónima— anunció que el viaje demoraría unas nueve horas.
Como el trayecto es largo, pero el presupuesto es corto, las mujeres se organizaron para que la comida fuera compartida. Por eso, a pesar de que es un “bate e volta” (un ida y vuelta), todas van cargadas con mochilas, bolsas de las compras y heladeritas. Es la que hizo sanguchitos con paté y aceitunas, la del bizcochuelo, la que lleva mandarinas, la de las papitas fritas. Salen a la ruta cargadas, pero listas para conversar y picar algo a lo largo de los 569 kilómetros de la ruta Fernão Dias, uno de los principales corredores logísticos y económicos de Brasil.

Durante el viaje algunas eligen dormir o ver la novela, pero también están las que le siguen el pulso a Flávio Bolsonaro, senador por el Partido Liberal y principal contrincante de Lula en las elecciones presidenciales, que estará dando una entrevista en la cadena Globo. “Si estuviera en mi casa, saldría a cacerolear”, lanza una en medio del murmullo. Pasadas las nueve de la noche, cuando las luces del micro están apagadas, algunos celulares se encienden. Las interesadas escuchan atentas y refunfuñan ante las no respuestas del candidato de la ultraderecha.
“Lo peor es que hay pobres que lo votan. Nada más triste que un pobre favelado que lo vota”, dice una voz que llega desde el fondo del micro cuando termina la entrevista. El hijo mayor de Jair Bolsonaro —ex presidente condenado a 27 años y tres meses de prisión por el intento de golpe de Estado de 2023— evitó responder sobre casos de corrupción que lo circundan y relativizó el cambio climático. En el micro, su padre —y la familia entera— será definido como el “anticristo en la tierra”, “lo peor que le pasó al país” por haber legitimado una violencia que no es nueva en Brasil, pero que se profundizó durante sus años de gobierno.
Un silencio y tres horas después llega la primera parada. La hora de la cena colectiva: patitas de pollo con farofa —un plato tradicional a base de harina de mandioca o de maíz tostada—, sanguchitos, una pasada por el baño y algún que otro cigarrillo. Ya están acostumbradas a estos viajes por los que la militancia popular se ganó el mote de “farofera” en la época de Fernando Henrique Cardoso.
“Lo que nos mueve es la lucha para elegir a Lula. Sabemos que es el último mandato y tenemos que re-elegirlo con muchos votos. Necesitamos de él para dar continuidad a estas políticas”, dice De Lima a LATFEM y agrega: “A diferencia de Flávio, Lula no es un buen contador de historias, Lula es la historia. Él entiende al pobre porque estuvo de ese lado, da para el pueblo lo que él no tuvo”. La mujer, que forma parte de la Unión de Movimientos por la Vivienda (UMM) hace más de 30 años, muestra orgullosa una foto suya con un joven Lula, a quien acompaña desde mucho antes de que el ex líder metalúrgico fuera presidente. Fue en Diadema, distrito parte de la región industrial de las afueras de San Pablo. Allí De Lima está al frente de un proyecto para entregar 120 viviendas que esperan entrar en el programa Minha Casa Minha Vida.
Todas sus compañeras en el micro entraron a la Unión con el mismo propósito: poder alcanzar la casa propia, ese derecho básico que “es la puerta de entrada a todos los derechos”. Así definen tener un lugar donde vivir. Ocuparon, resistieron desalojos, lucharon y se movilizaron al mismo tiempo que se formaron para poder tener un techo en una ciudad profundamente desigual: en 2025, un estudio del Observatorio Brasileño de Políticas Públicas con la Población en Situación de Calle (OBPopRua) de la Universidad Federal de Minas Gerais estimó que en la capital financiera de Brasil hay más de cinco inmuebles desocupados por cada una de las 92 mil personas sin techo en San Pablo.
“La mayoría no tienen un compañero. Como yo, se casaron, tuvieron hijos, se separaron y criaron solas. Yo trabajaba en costura a la noche para militar durante el día y así también me gradué de asistente social. No bajé la cabeza. Entré al movimiento en busca de una casa y cuando la conseguí no quise parar. Hoy lucho para que otrxs puedan tener una vivienda”, dice Vera, una bahiana devenida en paulistana tras 48 años en la ciudad, con una una sonrisa que transmite orgullo.
La parada acaba con la primera foto colectiva cantando Lula lá, el famoso jingle de campaña que el líder del Partidos de los Trabajadores (PT) usa desde 1989.
Ellas en la disputa electoral
Ellas son uno de los campos de disputa en la elección presidencial en Brasil. Las colocó en el centro del debate la preocupación por la cifra de femicidios registrados en el último año (una cifra que asciende a 1.568 durante 2025, es decir, cuatro femicidios por día, según el Foro Brasileño de Seguridad Pública), pero también algunos detalles concretos de la conformación de la población brasilera: son más en el padrón electoral. Las mujeres representan el 51,5% de lxs habitantes del país y el 52,84% del electorado, según datos oficiales del censo de 2022 y del Tribunal Superior Electoral (TSE).

Ellas, también, son madres solas, jefas de hogar y las principales beneficiarias de la política pública y social del Estado —representan el 85% o más en programas como Bolsa Família o Minha Casa Minha Vida—. El poder matriarcal se puede identificar en distintos aspectos de la cultura local que no necesariamente se tradujo en un mayor acceso a derechos básicos.
La tensión en el aire
Simone Salles peina con sus dedos una generosa cabellera con rulos y canas. Habla fuerte y hace chistes. Ya en la pequeña localidad minera de Perdões que recibió a la centena de mujeres de San Pablo, Simone aprovecha para curiosear. Cuenta que su vida se divide entre Bertioga (una ciudad costera del litoral paulista) y la zona este de San Pablo, una región sobre la que pesan los mismos prejuicios que sobre el Conurbano bonaerense. Un lugar que muchxs no conocen, pero prefieren nunca jamás ir, donde vive gran parte de la masa pobre trabajadora. Dice que nació militando y que va a “morir luchando”, una frase que le robó al padre Julio Lancelotti, nada querido por el bolsonarismo y censurado por la propia institución católica por su alto perfil contra apoyadores y referentes del expresidente.
En su análisis de cara a las elecciones define, de alguna forma, que la polarización no está en la gente, sino en la súper estructura que pesa sobre las personas.
“Creo que hay mucha presión para el pueblo”, dice con una voz medio afónica y gruesa. Ella entiende que el capitalismo y la extrema derecha actúan de manera articulada ante los pueblos que buscan conquistar derechos. Y, dice, que la derecha fue tan “zarpada”, que se metió con “lo más sagrado del ser humano, que es la fe” y que muchxs que eran conscientes de su origen y clase social, ahora ya están lejos de eso. “Es como si hubiera una nube densa y muy pesada en el aire. Yo voy a morir luchando porque no admito ver todos los derechos de mi pueblo ser violados”.
La cabeza de Simone pareciera nunca parar. Es ella la que intentará convertir en lulista al desertor del voto y chofer del micro “Willshow” en cada instante que tenga y la que empuja las reflexiones en voz alta con sus compañeras: “Siento que la gente está muy indecisa. Bah no es indecisa, es que la política se convirtió en un circo”.
– Pan y circo, completa otra, y todas asintieron en silencio.
En las conversaciones aparece la palabra “miedo” cuando se baraja que Bolsonaro hijo gane las elecciones. Y la sensación es que no será fácil el último tramo de la campaña, como si el contrincante estuviera dispuesto a quebrar las reglas del juego democrático -una vez más- para ganar con fake news como principal herramienta y que, por eso, es mejor la victoria en primera vuelta.
La marea roja organizada
Minutos antes de las 8 de la mañana, los micros llegan a la Plaza de la Estación, en el centro de Belo Horizonte, a unos 300 metros del aserradero convertido en centro cultural que será escenario del Encuentro Nacional de Mujeres con Lula. Hace calor, pero el cafecito es necesario para despabilarse.
La militancia paulistana no está sola, llegan junto con ellas miles desde los distintos estados. En micro, en avión, combi o auto. Según la comunicación de la campaña, fueron unas cinco mil que se organizan en todo el territorio a partir de tres comités centrales: el Nacional de Mujeres, el de Madres y el de Mujeres del Campo con Lula, y buscan replicarlos en cada ciudad, organizar caravanas, charlas, caminatas y demás actividades con ellas al frente para conquistar más votos en el mes y poco que queda para el día de la contienda electoral.
Pertenecen a distintas organizaciones, como el histórico Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MTS) y su hermana urbana, Movimiento de Trabajadores Sin Techo (MTST), que luchan por la reforma agraria y urbana; o el más reciente Vida Além do Trabalho (Vida Más Allá del Trabajo) que lucha por la reducción de la jornada laboral; las sindicalistas de la Central Única de Trabajadores (CUT) y de los seis partidos que forman la coalición Brasil Pronto pra Mais (Brasil preparado para Más), que impulsan la candidatura de Lula junto con el PT: el Partido Verde, el Partido Comunista de Brasil (PCdoB), el Partido Socialista Brasileño (PSB) y Partido Democrático de los Trabajadores (PDT, según la sigla en portugués), Rede y Psol.
Por más mujeres en la política, por la vida de las mujeres, por aborto legal, rumbo al tetra o un provocativo “Make Lula President Again” son algunas de las banderas y consignas que aparecen en camisetas y gorras entre banderas y abanicos con los colores del orgullo.
La mayoría está de rojo, pero también aparecen el verde-violeta feminista y el verde-amarelo de la bandera de Brasil, que el bolsonarismo intentó apropiarse. Entre la multitud que va llegando, hay un grupo del Movimiento Afectados por las Represas (MAB, según la sigla en portugués) de la localidad de Governador Valadares ubicada al noroeste de Minas, casi llegando a Espírito Santo.


Esa ciudad fue una de las tantas afectadas cuando el embalse de la empresa Vale, en Mariana (MG), se rompió en 2015 y esparció contaminación a lo largo de 650 kilómetros del Rio Dulce. “Estamos acá porque desde la geopolítica entendemos que hay fuerzas que quieren quitarnos nuestra soberanía, que son empresas de afuera las que vienen y dejan sus desechos. Nosotrxs defendemos la explotación soberana de nuestros recursos”, apuntó Valquiria Nunes.
Para ella, la esperanza está en la juventud y en las diversidades, cuyos derechos son perseguidos por la extrema derecha y que tienen como respuesta “más conciencia”, que encuestas y medios tradicionales no llegan a ver.
El capital de un gigante
Belo Horizonte es la capital del segundo colegio electoral de Brasil. Son 16.377.659 personas las que están registradas para votar en este estado, 10,3% del total del electorado del país.
Y hay más. Sobre este territorio mediterráneo del sudeste brasileño pesa un mito: quien quiera ser presidente de Brasil, tiene que ganar en Minas Gerais. O, quizá, sea una estadística: todos lxs que llegaron al Planalto por voto popular desde el regreso a la democracia ganaron en MG.
La razón -no necesariamente científica- es que Minas funciona como espejo del país, contiene la diversidad que lo atraviesa en población y naturaleza. Tiene sierras, ríos y cascadas –que recuerdan a Córdoba, pero en versión gigante- con clima tropical semiárido. También alberga la caatinga -una región semiárida única en el mundo-, la sabana y el bosque tropical húmedo. Tiene explotación minera, una agroindustria potente y, también, la ocupación más grande de América Latina -Izidora, con nueve mil familias en diez kilómetros cuadrados-, quilombolas –descendientes de personas esclavizadas- en resistencia y un movimiento pujante que lucha por la agroecología como iniciativa para combatir la inseguridad alimentaria. Es la tierra del café y del pan de queso.
Linda con seis estados: San Pablo, Rio de Janeiro, Mato Grosso do Sul, Goiás, Bahia y Espírito Santo y cada región de Minas toma un poquito de cada uno de ellos en sus dinámicas sociales y políticas.
Voces del nordeste en tierras mineras
Dentro del centro cultural, hay un lugar especial con sillas para las personas mayores. Entre quienes todavía cargan juventud intentan ubicarse bien cerca del escenario Maya Eliz, Quezia Gomes y Lia Ferreira. Llegaron juntas de Fortaleza, Ceará, y son de la corriente Construindo um Novo Brasil (CNB) del PT, Ferreira, además, es la secretaria de Mujeres estadual. Sus tierras, se sabe, están pintadas de rojo. Aún así apuestan a ampliar todavía más la diferencia para hacer de contrapeso en lo que pueda llegar a pasar en otros estados: “Nuestra principal tarea es garantizar la victoria de nuestro presidente”, coinciden.
“Hacer este evento acá es una estrategia acertada de la campaña para impulsarnos, para incentivarnos a esforzarnos un poco más”, sostiene Gomes, que apunta que Lula está al frente de las encuestas en Minas y que eso, combinado con una buena elección en el nordeste, puede garantizar la victoria. Ferreira asiente y, aunque también insiste en ganar en primera vuelta, desentrama el peligro que acecha detrás de un posible balotaje: “Vemos que la mayoría de las otras candidaturas son de derecha o de extrema derecha, y que en una segunda vuelta se aliarían a Flávio Bolsonaro”, dice. Pero no deja que la advertencia quite el ánimo: “El PT tiene la fuerza de su coalición, de las mujeres, de todas las que estamos acá”.
Todas juntas en el ring
Eran pasadas las 10 de la mañana y ya había sonado una banda que tocaba los jingles de campaña con un estilo que mezclaba funk brasileño y batería de carnaval minero.
Una vez que el tiempo de descuento llegó a cero Lula no salió al escenario. En cambio, la locutora presentó a trece funcionarias, entre ministras, secretarias y referentas que disputan el Senado en esta contienda, entre ellas, Marília Campos (PT) y Manuela D’Ávila (Psol), que encabezan las encuestas en Minas y en Rio Grande do Sul; el candidato a gobernador, Patrus Ananias (PT), y a la primera dama Janja Lula da Silva. Una vez que todas subieron al escenario, al son del jingle “Brilla una estrella”, Lula salió de camisa blanca y sombrero de paja y el público estalló.

El acto fue extenso para los tiempos que se manejan en general, duró casi tres horas. La ministra de Cultura y cantante, Margareth Menezes, fue la encargada de entonar el himno de apertura. A diferencia de lo que se tenía previsto no tomó el micrófono Janja Lula da Silva, directora del Pacto contra los Feminicidios. Sólo se pasó un video en el que se resaltó el carácter productivo y fundamental de las mujeres en la sociedad.
Ese fue el hilo conductor de todos los discursos en los que destacaron con datos –que serán compartidos como material para hacer campaña- la búsqueda de autonomía, la conquista de la dignidad a través de diferentes programas impulsados por la gestión en salud, alimentación, vivienda, protección y oportunidades que fueron presentados como un piso para ir en búsqueda de la ampliación de esos derechos en el posible próximo gobierno de Lula. Invitaron así a imaginar el futuro posible para infancias, adolescencias, mujeres y LGBTQ+ sin violencias, en igualdad y en libertad para poder elegir sobre la propia vida con la premisa clave de que es necesario para todo eso también ocupar espacios de decisión.
El cierre, claro está, estuvo a cargo del mandatario que reconoció que era la primera vez en la que participaba de un acto en el que sólo había dos hombres. Primero, le habló a ellos, a quienes parece querían subir al escenario y no pudieron: “Nosotros necesitamos ser educados, es el momento de ellas”, le puso el freno.
Después, llegaron las palabras para ellas incentivándolas a la acción: “¿Ustedes ya pensaron que democracia es el ejercicio del voto, es el poder que emana del pueblo, en nombre del pueblo? Vean esta contradicción: ustedes son la mayoría, si las mujeres votaran a mujeres, serían mayoría en el Congreso, ¿por qué tienen que ser representadas por hombres? Estoy haciendo un llamado para ustedes, a la conciencia de las mujeres: Dios ya les dio la mayoría, ese es el derecho de ustedes. ¡Ejérzanlo! Ayuden a cambiar este país, no crean en esa historia de que la mujer es débil, la mujer es lo que ella quiera ser”, fue la arenga más aplaudida por el público femenino (y también feminista).

Lula también se comprometió a que al fin de su último mandato su país sea considerado entre los desarrollados y a que “ningún país extranjero meta el dedo”, en alusión a las intentonas injerencistas desde los Estados Unidos de Donald Trump. “Sepan que ustedes pueden definir el destino de esta nación”, cerró y el jingle de campaña en versión rap hizo bailar al escenario y al público al unísono.
La vuelta a casa con el mandato de conseguir votos
“Era un Silva más / con la estrella que brilla / él es brasileño, trabajador y familia”, dice el rap súper pegadizo que cuenta la historia del ex líder metalúrgico y que las compañeras de la Unión cantan mientras salen del predio para ir por el almuerzo compartido. A unos 400 metros, el Restaurante Mineirinho espera con platos típicos. El tiempo de descanso es sólo para comer y juntar fuerzas para volver a militar, algo que hacen al instante de terminar el plato. Mientras un grupo espera al resto terminar, otro mira las noticias del encuentro en el celular y critica el enfoque de la Folha de Sao Paulo –uno de los medios más importantes del país- que eligió resaltar un supuesto reclamo por recursos para la campaña de las mujeres en el distrito anfitrión.
Acto seguido, también discuten, pero no entre ellas, sino que con una mujer blanca de vestido azul y cabello corto que también estaba en el restaurante junto a la que parecía ser su hija adolescente y que las atacó gratuitamente llamándolas de “desgracia” por ser petistas. “Sí, soy bolsonarista”, les gritó ya en la puerta. Ellas le respondieron cantando “olé, olé, olá, Lulaaa, Lulaaa”, con los dedos índice y pulgar formando una L. Cuando se dan la vuelta para irse, Simone no aguanta las palabras en su boca: “Libérate del egocentrismo de tu madre”, le dice y murmura que todo bolsonarista es egocéntrico.
Simone, que horas antes había sentenciado que el capitalismo siempre vence, ahora baila y sonríe: ‘Esa chica va a crecer y nos va a elegir’. Hace así honor al tatuaje que lleva en el brazo donde tiene escrito la palabra “resistir”.