Brasil, el futuro del país y de la región (o Lula contra el mundo)

El próximo cuatro de octubre, el Brasil enfrenta una encrucijada crucial. A días de los comicios más decisivos de Latinoamérica, Lula da Silva busca la reelección frente al avance de Flavio Bolsonaro. En una región cercada por la extrema derecha y bajo la sombra de una fuerte injerencia de Estados Unidos, Brasil se juega el destino del último gran bastión progresista del sur.

El próximo cuatro de octubre tendrán lugar las elecciones más importantes de Sudamérica. A sus enérgicos ochenta años el presidente Lula da Silva tiene enormes desafíos por delante, entre ellos, vencer a otro Bolsonaro, lograr la reelección y, de alguna forma, sostener el bastión más grande del progresismo en el sur de una región atestada por la extrema derecha. 

Por Maru Waldhüter

En Brasil rechinan los números de las encuestas que pronostican una segunda vuelta. Lula se enfrentará a Flavio Bolsonaro, el hijo que viene en nombre del padre preso por haber coordinado un intento de golpe de Estado en 2023. Aún con este antecedente, el apellido Bolsonaro está detrás de Lula por unos pocos puntos en intención de voto. 

Esta polarización se vive en medio de un clima político frenético atravesado por denuncias de corrupción que salpica para todos lados, incluidos los jueces del Supremo Tribunal Federal y el propio Flavio Bolsonaro. El candidato es investigado por evasión de divisas, lavado de dinero y corrupción en el marco de la causa Dark Horse, título de la película biográfica sobre su padre Jair Bolsonaro, presuntamente financiada con dinero aportado por Daniel Vorcaro, dueño del Banco Máster, detenido por fraude financiero. 

Mientras tanto en la región, los alfiles latinoamericanos de Trump ganan elecciones entre denuncias de injerencia política, jurídica, económica y militar de Estados Unidos. Para identificar esto alcanza con recordar las elecciones en Honduras, Colombia, Perú o Argentina para encontrar alguno de estos elementos de degradación democrática. Resultados parejos que se definen por muy poco en balotaje, entre campañas de desinformación alimentadas por granjas de bots de ultraderecha que, por cierto, hoy tiene a Fernando Cerimedo, uno de sus principales estrategas detenido en Bolivia por intento de femicidio. 

“Este es nuestro hemisferio…”

“… Y el presidente Trump no permitirá que nuestra seguridad sea amenazada”, sentenció en un comunicado el Departamento de Estado después de cometer ejecuciones extrajudiciales contra 200 personas en aguas del Pacífico y el Caribe, y secuestrar al presidente venezolano Nicolás Maduro acusado de narcoterrorismo. 

Es claro que América Latina y el Caribe ocupa un lugar central en la política exterior de Washington, aunque esto no signifique una mejora para los países que integran la región, más bien, todo lo contrario. Los intereses sobre el continente se mueven al ritmo acelerado del tecnocapitalismo, el extractivismo y el poder coercitivo de Estados Unidos en disputa con China, su principal adversario comercial en la región que no está dispuesto a retirarse.

Desde su regreso al poder en 2025 Trump avanzó sin mayores obstáculos con un proyecto de dominación, sumisión y subordinación de América Latina y el Caribe plasmado en su actualización de la Doctrina Monroe. Estados Unidos busca extender su dominio y arrogarse la propiedad, ya no solo del viejo “patio trasero”, sino de todo el hemisferio con un interés geopolítico particular sobre América Latina y el Caribe debido a su riqueza en recursos naturales y el control oceánico tanto bélico como comercial. Por eso, Verónica Gago y William Callison caracterizaron a la región como un “patio delantero” en el que se despliega un laboratorio emergente de experimentación imperial y fascista.

Lula contra el mundo

En este corto pero acelerado año y medio países como México, Colombia y Brasil tuvieron que resistir al asedio estadounidense. En México resiste el progresismo, en Colombia volvió a la extrema derecha, y Lula tiene ahora una prueba de fuego en octubre. El bolsonarismo todavía es competitivo y además, opera en Estados Unidos y con sus aliados regionales, como el presidente argentino, Javier Milei. 

La presión de Estados Unidos sobre Brasil fue constante. En el plano económico, impuso sanciones comerciales con la suba de los aranceles a la importación de productos provenientes de Brasil. En temas judiciales, Trump cuestionó el fallo del Supremo Tribunal Federal que condenó al expresidente Jair Bolsonaro por conspirar el intento de golpe de estado de 2023. Un gestó de apoyo al bolsonarismo y en consecuencia, al golpe. La crisis diplomática entre ambos países se agudizó cuando Trump resolvió revocar la visa a la embajadora de Brasil en Washington adjudicando una demora en el reconocimiento como embajador de Estados Unidos al legislador republicano de Florida, Daniel Perez. Sin dudas, una medida inédita que sumada a las otras encendió las alarmas en el Palacio del Planalto. 

Sin lugar a duda, las elecciones en Brasil no definirán solamente el futuro del país, sino que la configuración geopolítica regional. Afirmó Carolina Pedroso, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal de São Paulo y advirtió que se trata de un proceso electoral altamente influenciado por las dinámicas internacionales, y  la manera con la cual Estados Unidos conduzca la Doctrina “Donroe” en la región. Además de ser el país más grande de América del Sur, históricamente Brasil juega un rol fundamental en la articulación política sudamericana, aunque en el presente mandato de Lula haya sido muy difícil mantener el alto nivel de liderazgo, tanto por la destrucción llevada a cabo por el bolsonarismo, como por la fragmentación regional que está relacionada con el ascenso de gobiernos de derecha y extrema derecha en las últimas elecciones. Siendo, pues, una potencia regional de proyección global en el sistema de las Naciones Unidas y en el BRICS, Brasil logra mantenerse como vocero de la resistencia a las constantes y distintas presiones de Estados Unidos hacia América Latina. Un cambio político radical tendrá consecuencias directas en el tablero geopolítico, en especial después de la capitulación de Venezuela, que hasta enero era el principal punto de atrito directo con la potencia estadounidense.

Como si fuera poco, y a menos de un mes de la elección, la Agencia Brasileña de Inteligencia (Abin), elevó un informe al gobierno, al Ministerio de Justicia y al Tribunal Superior Electoral en el que advertía que se elevó a “nivel crítico” la posibilidad de injerencia estadounidense en el marco electoral. El comunicado publicado inicialmente por Folha de São Paulo, señala que  el objetivo es “reducir la influencia de las potencias rivales de Estados Unidos en América Latina y negarles el acceso a activos estratégicos, recursos naturales e infraestructura en la región, en favor de su control directo o indirecto por parte del gobierno estadounidense o del capital privado estadounidense”.   

Para Juliana Peixoto, investigadora CONICET en el Área de Relaciones Internacionales de FLACSO, el giro que estamos viviendo en la región y el mundo impone muchos desafíos a Brasil y sus márgenes de maniobra a nivel internacional. Brasil es el foco por varios motivos, porque no es un gobierno alineado a los Estados Unidos y eso significa más resistencia a la injerencia en los asuntos del país, incluyendo la disposición sobre los recursos naturales, especialmente en tierras raras en el caso de Brasil, y mayor contrapeso con China, algo que la administración de Trump no tolera. Otro de los frentes está relacionado con las empresas tecnológicas, Brasil es el país más avanzado de la región en tema de gobernanza de datos, por eso puede existir un sistema de pago electrónico como PIX – creado y operado por el Banco Central de Brasil – que, por ejemplo, le hace perder mucho mercado a Visa y,  a su vez, permite una regulación estatal más eficiente a esas empresas. La guerra de aranceles forma parte de la embestida que, entre otras cosas, busca evitar el comercio preferencial entre Brasil y México.

La “guerra comercial” se juega en simultáneo una fuerte presencia militar en diferentes países de la región. El “Escudo de las Américas”, que incrementó adeptos como el reciente mandatario colombiano Della Espriella. A esto, se suma la “Coalición contra los cárteles de las Américas” y la declaración conferencia sobre la “Resurgencia del terrorismo político”. Tres instrumentos de militarización y control ideológico coordinados desde Estados Unidos ante presuntas amenazas de narcoterrorismo. En este escenario, aunque improbable, no se puede desconsiderar el escenario de utilización del aparato militar, en especial después de la clasificación de los grupos de crimen organizado, el Comando Vermelho y el Primer Comando de la Capital (PCC), como narcoterroristas, sea de manera indirecta con apoyo a gobiernos locales o, a través de los vecinos aliados de Trump. o, sea directamente con el despliegue de fuerzas aéreas o navales de Estados Unidos en territorio brasileño, sostuvo la especialista en Relaciones Internacionales, Carolina Pedroso. 

El historiador, docente universitario y coautor de “Brasil autofágico”, Fabio Barbosa dos Santos, sostiene que en el contexto latinoamericano las elecciones en Brasil son el último bastión del progresismo en la región y entiende que esto es una novedad porque los viejos progresismos de principio del siglo XXI todos reeligieron, al menos una vez o, eligieron a sus sucesores. Eso es un signo importante y Brasil en este contexto es como el último bastión, la última posibilidad de ofrecer algún respiro a esa política. Si lo analizamos a nivel más general Brasil ha sido un caso excepcional porque cuando pensamos a la derecha radical en términos globales, cuando logró llegar al poder tardó mucho en salir como ocurrió en Turquía, Hungría, India, o incluso El Salvador. Barbosa advierte dos excepciones, Estados Unidos donde Trump después de perder frente al demócrata Joe Biden logró regresar al poder en 2025, y Brasil donde Jair Bolsonaro no puede participar de las elecciones por estar detenido, pero su hijo Flavio es la representación más evidente de la misma política, incluso del golpe y es un candidato con mucho potencial de vencer.

En este sentido, Fabio Barbosa considera que un triunfo de Lula podría significar de manera inmediata una alta conflictividad en Brasil y recuerda que en las elecciones de 2022 el bolsonarismo no aceptó el resultado y hubo un intento de golpe. No progresó porque hubo un sector militar que no participó, y no lo hizo por principios y convicciones democráticas, sino por un análisis pragmático de las posibilidades de lograr un golpe con éxito. Un elemento fundamental en este cálculo fue la posición de Estados Unidos que, en aquel momento gobernado por Biden, exigió en todo momento que se respeten los resultados, incluso antes de las elecciones. No hace falta aclarar, hoy el contexto es distinto.

Para el autor de “Brasil autofágico”, el país vive una tregua que podría extenderse con una reelección de Lula, pero considera que la ultraderecha logró captar y capitalizar la dinámica misma de la reproducción social que produce miedo, odio e indiferencia a escala masiva y esa dinámica no se cambia con las elecciones. Políticas como las de Milei en Argentina, o Bolsonaro en Brasil navegan con esos vientos a favor, lo capitalizan. El drama de la época nos pone ante un tipo de horror que según Barbosa dos Santos, no alcanza con mitigarlo, porque de alguna forma se va a volver a reproducir. Por eso, en el contexto brasileño el monstruo no es Jair Bolsonaro, ni siquiera Flavio Bolsonaro. El monstruo es una sociedad que desea los bolsonaros, que desea esa política, una sociedad que podríamos quizá describir como fascista.

El regreso del bolsonarismo, tal como sostiene Pedroso, sería una gran victoria para el trumpismo y los objetivos históricos de Marco Rubio en América Latina, haciendo que uno de los últimos espacios de contención de los intereses estadounidenses se convierta en un aliado. El tablero regional de Sudamérica, con excepción de Uruguay, estaría totalmente alineado a Estados Unidos. Esto puede significar no sólo una presencia masiva del capital privado norteamericano en sectores estratégicos cómo el energético o de minerales críticos, sino también en los foros globales con apoyo en pautas como el conflicto entre Israel y Hamas, o con Irán y hasta mismo con el cerco económico contra Cuba.

Un triunfo de Lula, traerá una sensación de alivio, de una salvaguarda democrática, pero bajo constante amenaza. La tendencia es que Washington incremente otras estrategias de presión, incluso la posibilidad de no reconocer el resultado de las elecciones y, con ello, incentivar el espíritu golpista que todavía existe en la extrema derecha brasileña, sostiene Pedroso. Por eso, la profesora sostiene que un nuevo gobierno de Lula va a requerir una una red de alianzas y cooperaciones comerciales, estratégicas y políticas plurales. Es un activo importante en ese contexto, en el sentido de tener alternativas que permitan al país tener un margen más amplio de maniobra frente a las presiones crecientes de Estados Unidos. 

Las elecciones de octubre son cruciales, en un escenario tal vez más complejo que en 2022 porque ganarle a Bolsonaro, no implicó necesariamente terminar con el bolsonarismo. Por el contrario, las ultraderechas se extendieron como reguero de pólvora y captaron sensibilidades.  A sus ochenta años Lula condensa ese aliento ante la barbarie. Su reelección no nos salvará del fascismo, pero volver a derrotarlo será un desafío para el cual habrá que prepararse.