Cuidar en comunidad en América Latina

En México, un colectivo de mujeres trabaja para procurar agua para su comunidad. En Colombia, un grupo de mujeres brinda protección jurídica a mujeres víctimas de violencia. Una organización de mujeres afroindígenas de Brasil practica la “farmacia viva”: el cultivo colectivo de plantas curativas para uso de la comunidad. Las experiencias fueron recogidas en los encuentros del ciclo de diálogos “Cuidar en comunidad en América Latina”. En el Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, invitamos a poner la mirada en las compañeras que sostienen la vida en los territorios de todo el continente. 

Los cuidados comunitarios sostienen la vida en los territorios de múltiples maneras en todo el continente. Pero ¿qué tienen en común estas experiencias? ¿En qué se diferencian? ¿Coinciden en sus demandas y propósitos?

Existen muy pocos espacios donde esa diversidad de prácticas pueda encontrarse, intercambiar y proyectar objetivos comunes. El Ciclo de diálogos “Cuidar en Comunidad en América Latina”, organizado por la Asociación Lola Mora (ALM), se pensó con ese fin: el de poner en común estas experiencias distantes en el espacio y comenzar a transitar el camino hacia una agenda regional de los cuidados comunitarios. Con este fin, a lo largo de tres meses, reunió de manera virtual a más de 40 integrantes de organizaciones comunitarias, de la sociedad civil, investigadoras, representantes de gobiernos y de organismos internacionales de 14 países latinoamericanos, para intercambiar sobre temáticas como la organización social de los cuidados, los estereotipos de género, los vínculos de los cuidados comunitarios con el Estado o con la justicia climática.

Cuidados comunitarios: una forma de resistencia

En América Latina, una de las regiones más desiguales del mundo y ante la escasa cobertura de servicios por parte de Estados neoliberales, los cuidados recaen mayormente en las familias y, dentro de ellas, en las mujeres. “Esos contextos muchas veces activan acciones colectivas que se dan en el territorio, en el barrio o en la comuna”, explica Norma Sanchís, directora de ALM, en alusión a las prácticas de cuidados comunitarios, que pueden ser creadas por organizaciones, iglesias o Estados. “En nuestro caso, trabajamos sobre aquellas experiencias de acción colaborativa que surgen desde las bases por iniciativa de la propia comunidad”, agrega, en referencia al trabajo de fortalecimiento y reconocimiento de las trabajadoras comunitarias, que realiza ALM junto a las organizaciones.

Si bien el Ciclo de diálogos planteó desde un principio que los cuidados comunitarios “son un concepto en construcción”, las coincidencias aparecieron, a pesar de las distancias y contextos particulares.

No hay dudas de que estas prácticas contribuyen a la desprivatización de los cuidados (es decir, los sacan del entorno familiar o privado). La contracara de esto es que reproducen estereotipos de género, ya que se basan en el trabajo mal remunerado de las mujeres; más del 80% de lxs trabajadorxs son mujeres, y esta contradicción pesa fuerte en los feminismos. Pero, por otro lado, “contribuyen a la democratización de los cuidados (ya que muchas familias de sectores populares no podrían acceder a ellos) y aportan a la construcción de tejido social”, dice Sanchís. En esto coincide Georgia Nicolau, directora de Procomum, de Brasil, para quien el cuidado comunitario es lo que permite que los vínculos se mantengan más allá de las crisis y emergencias. “Por eso también los cuidados comunitarios son las fiestas, como las fiestas populares tradicionales, que abundan en América Latina; tan necesarias, justamente porque la vida no es buena.”

“Los cuidados comunitarios son una forma de resistencia”, aportan muchas de las participantes: al neoliberalismo, a la mercantilización, al individualismo, a la violencia.

Claudia “la Negra” Albornoz, referenta de La Poderosa, lo explica con la experiencia de su organización, nacida a principios de los años 2000 en Argentina, y que hoy se ha expandido a Panamá, Ecuador, Bolivia, Paraguay y México.

En 2020, ya avanzada la pandemia y tras la muerte de Ramona Medina, una compañera de un barrio popular que trabajaba en un comedor, “entendimos que lo que estábamos haciendo era un trabajo; que éramos trabajadoras de la triple jornada”: trabajaban en el mercado laboral informal, en sus hogares realizaban trabajo de cuidados no remunerado, y trabajaban para la comunidad. Crearon un Observatorio villero y midieron el uso del tiempo de las trabajadoras comunitarias, lo que resultó en 5 horas diarias dedicadas a las tareas comunitarias, además de otro tanto en sus hogares y un poco menos en el mercado laboral.

Por eso redactaron un proyecto de Ley de Salario para las cocineras comunitarias, que presentaron en el Congreso de la Nación, junto a la diputada cartonera Natalia Zaracho.

Pasados unos años, hoy el problema urgente es el avance del narcotráfico en los barrios populares de toda América Latina. Frente a un Estado que no da respuesta, también son las cuidadoras comunitarias las que cuidan a chicos y adolescentes que entran como “soldaditos” (a vender) y también caen en el consumo, mientras un círculo de violencia atrapa a sus familias en las redes del “transa” del barrio, que es quien les presta dinero para pagar el gas o la comida.

A lo largo de los encuentros, cuidadoras comunitarias de toda América Latina narran sus prácticas y le ponen voz a sus sentimientos.

Las mujeres al cuidado de los bienes comunes

Además del hambre y la violencia en los territorios, las organizaciones enfrentan también conflictos ambientales de distinto origen. También aquí “son las mujeres quienes están en la línea de frente de las luchas por los bienes comunes”, dice Graciela Rodríguez, del Instituto Eqüit de Brasil, y eso no es extraño: “La crisis de los cuidados y la ambiental están interrelacionadas; resulta imposible pensar en cuidar sin poner en los territorios esos cuidados”.

Fueron contribuciones del feminismo visibilizar y valorizar el trabajo de cuidado, así como también la lucha en defensa de los bienes naturales de uso común, como la tierra, el agua o el aire, las semillas criollas, y la lucha contra los venenos agrícolas.

En 2024, el instituto Eqüit realizó un estudio sobre los motivos de la gran inundación en el estado de Río Grande do Sul y los impactos en la vida de las mujeres (“Mulheres nas chuvas”), que reveló que las mujeres se organizaron de manera colectiva para hacer frente a la tragedia, buscando reparar pérdidas y daños, y sufrieron en mayor medida las consecuencias de los efectos climáticos concretos en sus trabajos y sus formas de vida.

La Colectiva MMUE (Mujeres Mexiquenses Unidas por Ecatepec) nació seis años atrás con el objetivo de rescatar espacios públicos para mejorar las condiciones de seguridad de las mujeres. Sus integrantes recuperaron un terreno abandonado, foco de basura y escenario de hechos de violencia, y crearon un espacio comunitario en Colonia Florida, Ecatepec, México. Se trata de un área verde comunitaria que hoy es cuidada principalmente por las vecinas.

Actualmente, la colectiva MMUE trabaja en un proyecto de provisión de agua para la comunidad, debido a la escasez y desabastecimiento. “El cuidar en comunidad también implica procurar que existan estas condiciones de bienestar ambiental”, dice Michel López Beltrán, de la Colectiva MMUE.

¿Y el Estado?

“Los cuidados comunitarios no son una extensión informal de las políticas públicas sino una forma específica de organización social del cuidado”, dice Norma Sanchís, contra lo que muchxs sostienen. Los vínculos entre ambos son, por supuesto, variables, según la orientación política del gobierno y de las políticas que lleve adelante. A veces existen diálogos o negociación, y otras, confrontación.

“Los estados no pueden producir cuidados comunitarios, pero sí pueden reconocerlos, participar, producir conocimiento y desarrollar nuevos arreglos institucionales público-comunitarios,” dice Georgia Nicolau, imaginando relaciones virtuosas entre Estados y prácticas colectivas territoriales.

Un ejemplo de esta sinergia es la experiencia del Sistema Nacional de Cuidados de Colombia, un programa creado durante el gobierno de Gustavo Petro. Natalia Moreno Salamanca fue la primera directora de Cuidados de Colombia en 2024. El primer objetivo del Programa se refería a los cuidados comunitarios y colectivos.

Se trata de un país donde, según explicó Moreno, el 86% de los municipios no cuenta con servicios de cuidado estatales ni privados, debido a que el país está inmerso en un conflicto armado. Por eso las que cuidan son las organizaciones y las comunidades que, en ese contexto, “constituyen prácticas de resistencia a la guerra”.

El programa buscaba fortalecer a organizaciones comunitarias (más de 40 mil a lo largo de 10 años) que realizaran prácticas tan diversas como el cuidado de personas gestantes y partería, alimentación, cuidado del territorio o el acompañamiento del duelo en los territorios de conflicto armado, entre muchos otros. El fortalecimiento se realizaba a través de programas de capacitación y profesionalización, intercambio de saberes y de dotación de activos. Contemplaba además, las cosmovisiones de los pueblos indígenas y afrocolombianos, como la incorporación del cuidado de la vida no humana, el cuidado cultural y espiritual ancestral. Para participar, las organizaciones debían estar mayoritariamente constituidas por mujeres. En la actualidad el programa se encuentra desfinanciado totalmente.

Existen otros ejemplos recientes en el continente de avance en materia de cuidados, como la Política Nacional de Cuidados aprobada por Brasil en diciembre de 2024, que incluye el Programa de Cocinas solidarias. También el Sistema Nacional de Cuidados y Apoyos, “Chile Cuida”, aprobado en enero de 2026, poco antes de finalizar el gobierno de Gabriel Boric. Aunque no contempla un financiamiento, el programa establece políticas específicas para los cuidados comunitarios, como la creación de un Registro de personas cuidadoras, con casi 250 000 personas inscriptas.

Sin embargo, el avance de las derechas en buena parte de América Latina ha significado el recorte de derechos y recursos, como sucedió en Colombia. En Argentina, en poco más de dos años, el gobierno de Javier Milei destruyó 48 de las 50 políticas de cuidados existentes (Ver La Cocina de los cuidados, Informe 7). En lo que respecta a los cuidados comunitarios, dejó de proveer alimentos a comedores, excepto a algunas pocas organizaciones elegidas a dedo, comenzó una política de persecución de las organizaciones sociocomunitarias y de sus trabajadoras, y eliminó lo que fue una gran conquista para el sector, el Salario Social Complementario del programa Potenciar Trabajo, que representaba un ingreso importante para muchas de las trabajadoras comunitarias.

“No queremos reemplazar al Estado”

“No queremos reemplazar al Estado”, dice Norma Morales, referenta de Barrios de Pie, de Argentina; “queremos un Estado presente, que reconozca la organización comunitaria, destine recursos y garantice políticas con continuidad.”

El autorreconocimiento como trabajadoras fue el punto de partida de una serie de acciones, como el proyecto de Ley de Cuidados Comunitarios o la Escuela Nacional de Cuidados Comunitarios. Norma Morales fue elegida secretaria adjunta de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP), que agremia a las cuidadoras comunitarias junto a trabajadorxs de otros sectores de la economía popular. Fue así que participó de la 113º reunión de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en junio de 2025.

“Nosotras no queremos que el trabajo sea un sacrificio. Queremos recuperar el deseo, la alegría, nuestros cuerpos, el descanso, el disfrute, el tiempo propio y nuestros proyectos de vida”, lo que Norma llama la erotización de los cuidados. Esto se vincula con el justo reclamo de una remuneración por el trabajo realizado, porque “el amor no reemplaza un salario y la solidaridad no puede justificar la precarización”.

Tejiendo redes

Los intercambios de experiencias de distintas partes del continente aportan historias, emociones, y la confirmación de que, allí donde una vaya, va a encontrar mujeres cuidando en comunidad.  Situaciones y problemas semejantes permiten entender que se trata de una cuestión política y debe ser afrontada como tal.

Como señaló Norma Sanchís, la vinculación con otras organizaciones hermanas, la formación de redes, amplía las geografías, permite tomar conciencia del rol social y de la potencia política transformadora de los cuidados comunitarios, incluyendo su capacidad de resistencia, por ejemplo, frente a políticas depredadoras.


El ciclo de diálogos “Cuidar en Comunidad en América Latina”, coordinado por Jazmín Bergel Varela, fue organizado por la Asociación Lola Mora y la Red de Género y Comercio, y contó con el apoyo de ONU Mujeres y la Alianza Global por los Cuidados.