Marcha del Orgullo en la Ciudad de Buenos Aires: las urgencias que hierven detrás del arcoíris

Con un frío hostil para noviembre, tensiones internas en la organización, la visita del Papa en la ciudad que modificó el recorrido tradicional, se realizó la 35° Marcha del Orgullo En Buenos Aires. La consigna que más peso tuvo fue “¡El orgullo al poder! ¡El odio al carajo!” y se agitó mientras sonaba Bailar o morir. La creatividad de las carrozas, el descontento y la furia.

Fotos: Niki Siciliano

Sabelo: arrancó raro. En principio, un frío y un viento homofóbicos configuraban malos augurios para el día dedicado a la Marcha del Orgullo. Algunas preocupaciones frívolas pero necesarias, como la ropa, ocuparon la cabeza de varios que ya se quejaban desde muy temprano, entre ellos quien escribe hoy aquí. Pero pronto esas preocupaciones se desvanecieron como una niebla breve de estupidez y fue necesario recordar que la primera marcha en Argentina fue en pleno invierno, que hay cosas más importantes. Frente a una ciudad gris, la llegada a la zona de la calle Cerrito parecía un desfile de colores, mostras, freaks y criaturas de orígenes diversos que buscaban un reencuentro genuino entre pares. Otra vez las banderas de nuestra comunidad, otra vez las personas con outfit que parecían diseñados para impactar y también molestar, sacar de su zona de confort a esas miradas pacatas y conservadoras. Otra vez esa caravana de engendros queer que son mucho más que su elección sexual, su estilo de vida o sus consumos culturales. Son el puñado de una identidad en disputa y ciudadanes que han tenido que dar explicaciones por el simple hecho de ser quienes son. 

No se puede decir nada de esta marcha sin mencionar antes el violento ataque de aproximadamente 200 varones a trabajadoras sexuales travestis en los bosques de Palermo durante la madrugada del 1 de noviembre pasado.

Un acontecimiento importante se nutre de muchos afluentes: los reclamos, la alegría, la indignación, el dolor, la lucha, el deseo popular, el sueño nervioso del cambio, el cinismo, el desgano, la esperanza y una eterna constelación de emociones que atraviesan la historia y la identidad de las personas. Este sábado 7 de noviembre se realizó la 35ª Marcha del Orgullo LGBTIQ+ en la ciudad de Buenos Aires, una movilización que reúne a miles de integrantes de la comunidad y que busca la reivindicación y el acceso a derechos fundamentales, los reclamos de justicia y la visibilización de crímenes contra el colectivo, la reparación histórica para con la comunidad travesti trans, entre otras urgencias que hierven más allá del arcoíris.

Un comienzo cruel

No se puede decir nada de esta marcha sin mencionar antes el violento ataque de aproximadamente 200 varones a trabajadoras sexuales travestis en los bosques de Palermo durante la madrugada del 1 de noviembre pasado. Semejante suceso generó un impacto mediático que permitió, otra vez, poner en primer plano la crueldad y la desidia que padecen las putas, las putas que además son travestis, las travestis que siempre terminan siendo el eslabón más débil en la guerra que impone el patriarcado contra lo distinto. Armados con palos, botellas, piedras y conos viales, los victimarios eran menores de edad reunidos en manada y desplegaron un odio fétido que tiñó todo de preocupación, impotencia y necesidad de reflexionar sobre el estado de situación actual del trabajo sexual y la seguridad de las compañeras trans.

El repudio colectivo a semejante escena transodiante parecía revelar un alto grado de empatía para con el colectivo travesti. Hubo colectas para las chicas involucradas, se recaudó un dinero considerable, el suceso se instaló en la agenda mediática, referentes mainstream como Flor de la V, Lali, Emilia Mernes, Nicki Nicole, La Joaqui, ofrecieron sentidos testimonios que llegaban a nuevos públicos y unos pocos varones famosos se pronunciaron sobre el tema en sus redes sociales. Pero cabe preguntarse qué sucede cuando la espuma de la fascinación y el morbo bajan. Cabe preguntarse por todas las putas que sufrieron algún tipo de violencia antes y cuyos casos no tuvieron tanta repercusión. Cabe preguntarse por qué las travestis deben ser sometidas a la sensibilidad selectiva de los heterosexuales o de los mismos miembros de la comunidad que cuentan con sólidos privilegios y que solo acceden a defenderlas cuando es políticamente correcto hacerlo. Estas son interrogantes que esta edición de la marcha del orgullo no responde, pero que aparecen como fantasmas entre los comentarios de los participantes. En conversación con LatFem, Agustina, lesbiana oriunda de Moreno comparte: “Yo no vine a festejar nada. Lo único que me importa es que hoy no se envenene con glitter lo que pasó con las travestis de Palermo o el triple lesbicidio de Barracas. Esas cosas me importan, no quiero bailar ni disfrazarme. Quiero reclamar justicia y decir que este gobierno nos está matando, nos mata con la viralización de su discurso violento y como prende fuerte en las juventudes. Ese otro crimen que no tiene solución”.

Foto: Niki Siciliano

La marcha disociada

Esta edición de la Marcha se vio envuelta en un conflictivo episodio de logística e intereses institucionales. Hace un mes, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires propuso cambiar la fecha y realizar el evento el 21 de noviembre, argumentando razones de seguridad que incluían tener liberada la zona de Plaza de Mayo a raíz de la llegada del papa León XIV. Para la Comisión Organizadora de la Marcha del Orgullo (COMO) y las diferentes organizaciones que la integran, la “sugerencia” fue leída como una provocación de Jorge Macri, jefe de Gobierno de la Ciudad. La excusa por parte de los referentes del Gobierno de la Ciudad fue un pedido del Gobierno nacional y una solicitud del Vaticano, que luego fue desmentida por organizaciones católicas LGBT+ que integran la comisión y que consultaron de forma directa al Arzobispado porteño, cuyos representantes confirmaron que no existió tal pedido.

Frente a este panorama, desde la comisión se llegó a un acuerdo con el Gobierno de la Ciudad para mantener la fecha pautada, pero ese pacto quedó sellado en una foto donde les integrantes de la comisión ensayan una sonrisa al unísono con Jorge Macri. La imagen, tan burocrática como perversa, exhibe esa impunidad que solo acontece en las mesas chicas, donde a veces quienes toman las decisiones son les mismes de siempre. Los días pasaron y no se sabía demasiado sobre la dinámica de la marcha, hasta que, un día antes, la COMO reveló que el clásico recorrido desde Plaza de Mayo hasta Congreso sería modificado. El punto de partida de la marcha principal fue en las inmediaciones de Lima y Avenida de Mayo, desde donde las columnas avanzaron por la avenida hasta llegar al Congreso Nacional. La COMO Línea Histórica convocó a reunirse en Lima y Belgrano, también con destino al Congreso. El resultado: una marcha en la vereda, sin sentido de un camino hacia donde ir, infestada de confusión y un tanto desorganizada, que parecía estar más al servicio del secreto que del florecimiento de la comunidad y la pomposidad del encuentro.

Esta edición de la Marcha se vio envuelta en un conflictivo episodio de logística e intereses institucionales. Hace un mes, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires propuso cambiar la fecha y realizar el evento el 21 de noviembre, argumentando razones de seguridad que incluían tener liberada la zona de Plaza de Mayo a raíz de la llegada del papa León XIV.

Todas las carrozas estaban reunidas en la calle Cerrito y, dependiendo de desde dónde llegara une, se encontraba con diversas organizaciones, personajes, personas y las clásicas actividades de la marcha. En este nuevo “paseo de la diversidad” todo era particularmente extraño. Como si se tratara de una primera vez ingresando en un museo, había algo de la desorientación corporal y de cierta torpeza digna de un turista, de no saber hacia dónde ir, de ocupar la calle con una pisada que emanaba sospecha y que pedía claridad o algún tipo de seguridad sobre el camino. Por momentos, se sintió como si les participantes nos hubiéramos transformado en extranjeres en nuestro propio territorio, como si alguien hubiera tocado algo que no tenía que tocar, un abuso simbólico al tejido social que se forma cuando la comunidad se une. Fue una marcha disociada de la información necesaria para poder tomar el espacio público. Disociada también de la idea de celebración y de la dimensión política, dos energías que para muches resultan ser antagónicas, pero que no parecían encontrar un cauce unificador.

“Este es el resultado de transar con Jorge Macri, una marcha al fondo a la derecha que nos roba nuestro clásico recorrido, justo lo que no había que tocar. Claramente esto no puede quedar impune y hay que pedir explicaciones a les integrantes de la Comisión”, dijo Germán, una marica de 23 años con un compromiso político esperanzador.

Las putas, las raras y las necesarias

Al final del camino, como si se tratara de una epifanía entre tanta locura, se encontraba la carroza de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), el sindicato de las putas. Fue hermoso ver cómo este colectivo de personas se unió en suculenta sincronía con la olla popular de la columna Mostri y la carroza de la fiesta LOCA. Esta tríada de raras, rares y raros parecía ser un verdadero bastión de batalla frente a la somnolencia de otros espacios que parecían no entender del todo lo que se ponía en juego. 

Georgina Orellano dialogó con LatFem: “El lugar que ocupamos acá es de protesta, reaccionaria inclusive. Estamos agotadas de estar siempre resistiendo, llegamos a esta marcha más rotas, más precarias, más endeudadas, más pobres, más violentadas. Con muchas compañeras menos que se quedaron en el camino, víctimas de femicidios, travesticidios, muertas por tuberculosis y en la calle. A nosotras nos parece que el orgullo nuestro es seguir protestando y decir que la clandestinidad mata. Hay que entender que el colectivo de la diversidad tiene que ser sí o sí con la clase trabajadora”.

La cumbia a todo volumen, las putas bailando con una gracia que no se puede imitar, las personas que no eran trabajadoras sexuales pero que se sumaban a la carroza para apoyar. Parecía un escenario idílico frente a un contexto donde los discursos del odio son promovidos desde el Gobierno nacional y el actual presidente, anexados a una onda expansiva de la derecha que replica su crueldad en todo el mundo. Pero no, no era un idilio, era una verdad que estaba ahí presente, sin adornos y dispuesta a ser tomada por quien quiera: nuestro presente nos reclama una alianza con esos sectores que siempre fueron vulnerados por este sistema heteropatriarcal.

Georgina Orellano y otras trabajadoras sexuales consideran que hay una responsabilidad colectiva entre les miembres de la comunidad en cómo los medios de comunicación solo les prestan atención a las putas cuando se viraliza un video, pero que los hechos de violencia sucedieron siempre y que las compañeras vienen denunciando desde hace rato: en los bosques de Palermo, en Constitución, en la ruta de Camino de Cintura, en Salta, en Jujuy, en Río Cuarto. Las chicas proponen una reflexión: “No puede ser que la sociedad se conmocione cuando aparece una de las nuestras muerta o violentada. Las putas queremos cambiar esa lógica mediática donde la sociedad solo se conmueve cuando las pobres están en el lugar de víctimas”.

En la carroza LOCA estaba la escritora, periodista y activista translesbiana Marta Dillon, con su extensa experiencia en la lucha de las comunidades disidentes. “No podemos no situar esta marcha en el contexto en el que se produjo, donde hay un evidente acuerdo con Jorge Macri para dejar liberada la avenida 9 de Julio, el tránsito y hacer de cuenta que no pasa nada. Es decir: adelgazar nuestra marcha. Siempre tenemos que estar acá, primero con las compañeras atacadas en Palermo. Nos agreden todo el tiempo, sobre todo a las personas más pobres. Estamos en una ciudad racista y nuestro orgullo no es solamente por la persona con la que cogés, ni siquiera por nuestra forma de vida. Es también por todas las personas oprimidas por este sistema de mierda”.

“El lugar que ocupamos acá es de protesta, reaccionaria inclusive. Estamos agotadas de estar siempre resistiendo, llegamos a esta marcha más rotas, más precarias, más endeudadas, más pobres, más violentadas. Con muchas compañeras menos que se quedaron en el camino, víctimas de femicidios, travesticidios, muertas por tuberculosis y en la calle.”

Georgina Orellano, Secretaria General de Ammar

Diana tiene 78 años. Es una jubilada que trabajó toda su vida como personal no docente en la UNA (Universidad Nacional de las Artes). Tiene los ojos afilados y el rostro de alguien que impone respeto y, a la vez, transmite una sensación de calma ajena: “Vengo acá porque todos somos parte de lo mismo, un pueblo al que están rompiendo poco a poco. Por políticas neoliberales que yo conozco muy bien y que no puedo creer que se estén repitiendo. Por el odio contra lo diferente, que siempre existió, pero que ahora está muy fuerte. Con este gobierno da miedo ser distinto, da miedo ser pueblo o una comunidad que piensa, que estudia. Ellos quieren destruir todo lo que genera amor y conocimiento”. 

Foto: Niki Siciliano

Marrón y negro, colores más allá de la piel

Desde hace unos años, la Marcha del Orgullo es un espacio para generar discusiones sobre racismo estructural y exponer algo que parece obvio, pero que todavía cuesta muchísimo entender: Argentina no es blanca. La comunidad afrodescendiente y diversos colectivos marrones y migrantes estuvieron presentes. Genera un poco de pena y mucha furia ver que estas carrozas no son tan visitadas como otras que responden a empresas o personalidades famosas. “Nuestro orgullo es anticolonial. No hay liberación cuir bajo el genocidio”, fue la consigna de la carroza afro. Una frase potente que hace eco en todas aquellas personas que se enfrentan día a día al rechazo, los agravios y la violencia de gente que considera que lo oscuro es sinónimo de algo malo, que ve en esas pieles a un ladrón, a alguien que necesita ser domesticado o, al menos, asimilado mediante el exotismo, cuando en realidad son las personas blancas las que históricamente representaron una verdadera amenaza contra esta comunidad. Simplemente basta con googlear la palabra esclavitud.

También estuvieron presentes les integrantes de Diversidad Boliviana en Argentina, junto a Las Norteñas Vn 31 la agrupación de Amigos Unidos por el Baile del barrio Mugica de la Villa 31. El brillo nómada de sus trajes elevó la temperatura de la noche. La potencia de la comparsa, en sintonía extrema con las bailarinas, construyó uno de los momentos más hermosos de toda la jornada. Un montón de personas bolivianas se unieron al jolgorio mientras otres les filmaban con sus celulares. La escena representó la fuerza descomunal que tienen les migrantes en nuestro país, más allá del racismo y la xenofobia que padecen día a día. En la Marcha pueden desplegar sus tradiciones, una venganza de la alegría. 

Foto: Niki Siciliano

Eduardo es boliviano y se autopercibe marrón: “En la narrativa hegemónica la marcha del orgullo es un montón de hombres peludos con abanicos y arneses. La marronitud es transversal a esa narrativa, pero la encuentro en las maricas que vienen de las provincias a montarse acá, en la primera marcha de muchos chiquitos marrones que no tienen que agachar la cabeza ni estar callados y pueden sentirse contenidos. Lo veo también en la marcha de las diversidades bolivianas, que todos los años incluyen cholitas drags bailando con una banda entera y donde la sexualidad no importa. Lo veo en los vendedores ambulantes vendiendo choripanes y bebidas, gente marrona que no tiene prejuicios. Ellos también son parte de la marcha, trabajando y ganando su plata. No hay que invisibilizarlos ni pasarles al lado como si no existieran. Son distintas maneras de habitar políticamente la marcha: haciendo tu emprendimiento, manejando un camión, siendo la seguridad que separa con una cuerda al público, los técnicos del escenario, inclusive los agentes del Gobierno de la Ciudad. Toda gente marrona”.

Iluminarse con otres

El recorrido de la marcha transcurrió lento, como si los minutos se estiraran por demás al ritmo de carrozas inmóviles. Muchas personas preguntaron cuándo arrancaba todo, temiendo que los camiones no se movieran de sus lugares asignados. Aun así, las personas recorrían, desfilaban o se deslizaban con la complicidad que sucede en los eventos masivos. Hubo espacio para las miradas, para las sonrisas socarronas, para esos mensajes encriptados que se mandan los putos cuando no quieren ver a un ex, a un chongo que pasó a mejor vida. 

Un dato: en la marcha sonó repetidas veces “Bailar o Morir”, el nuevo tema de Miranda! y Lali. La canción generó un revuelo en la comunidad, que pareció adoptarla rápida y sospechosamente como un himno de resistencia. Sería bueno hacer el ejercicio de cambiarle una palabra clave: bailar y vivir, porque eso queremos, ¿no? Existir, bailar, estar presentes en la fiesta y en la lucha, reconocernos en nuestras zonas oscuras y luminosas, en la muerte y en el placer, pero siempre en estado de existencia. Un último recuerdo: existir y vivir, bailar y vivir. Luchar y vivir.

“Nuestro orgullo es anticolonial. No hay liberación cuir bajo el genocidio”, fue la consigna de la carroza afro.

También se conjuró la alegría fresca cuando el grupo de amigues completaba su ensamble, cuando las personas se reencontraban con alguien a quien no veían hacía mucho. Diferentes escenas que, frente al contexto un tanto desolador, generaban pequeñas dosis de alegría, tan necesarias y tan negadas en esta época. Una madre con su hija, ambas con las caras pintadas como felinos, con los colores de la bandera trans. Las dos, de la mano y en silencio, pero sonriendo. Una niña, a espaldas de su padre, observaba con la boca abierta cómo une bailarine afro estaba arriba de un contenedor de basura bailando voguing. El padre recibía algunos piropos de unos twinks con musculosas blancas cortadas, este se reía y les histeriqueaba a modo de juego. También había adultas mayores sosteniendo un cartel que decía “el orgullo es con los jubilados”. Dos novios se daban un beso, dos chicas reclamaban justicia, una chica en silla de ruedas se armaba un fernet con un cigarrillo en la boca, un grupo de amigas recién salidas de la secundaria entraban a un mundo nuevo que ahora les correspondía habitar. Cataratas de estímulos como chispazos que hacen lo mejor que puede hacer: iluminarse con otres.