Del Río Grande a las urnas: las mujeres que hicieron historia en Estados Unidos

Las elecciones de medio término en Estados Unidos dejaron una serie de victorias históricas para mujeres, migrantes y representantes de minorías. Desde la primera gobernadora latina de Texas hasta la primera mujer negra en gobernar un Estado norteamericano, el avance demócrata también cambió el rostro del poder. Desde Nueva York, escribe Luciana Rosa.

Un río es lo que separa la América de los marrones de la América con mayúscula. Sus aguas traicioneras ya se tragaron muchas vidas. Cruzar el Río Grande, que separa México del sur de Texas, es un acto de coraje, pero también un acto de fe. ¿Qué mueve a quienes se arriesgan a atravesarlo? La desesperación por cambiar de vida.

Un deseo parecido movió a los texanos que apostaron por quien será la primera gobernadora latina de Texas, la demócrata Gina Hinojosa. Su victoria fue un terremoto político en un estado que llevaba más de tres décadas bajo control republicano. Hinojosa llegó a la carrera por la gobernación como una candidata con escasas posibilidades de derrotar a Greg Abbott, que buscaba su cuarto mandato consecutivo.

Pero la hija del Valle del Río Grande, una región fronteriza donde la cultura mexicana atraviesa la vida cotidiana, terminó haciendo historia. Hija de Gilberto Hinojosa y Crisanta Guerra Lozano, Gina creció en una familia de profundas raíces mexicanas, en una tierra donde la frontera es mucho más que una línea en el mapa.

“Soy una hija del Valle del Río Grande, donde la gente encarna la ética de trabajo y los valores de nuestro gran Estado, donde nadie hubiera imaginado que un día una nena de esta región estaría frente a ustedes como la próxima gobernadora del gran estado de Texas. Pero Dios tenía un plan y el pueblo de Texas, también”, declaró Hinojosa al celebrar su victoria.

La frase resume la dimensión simbólica de su triunfo. En un estado donde la inmigración se convirtió en una de las principales banderas de la derecha republicana, una mujer latina, descendiente de mexicanos, ocupará desde enero de 2027 el puesto de mayor poder político.

Hinojosa también representa una ruptura en otro terreno: el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos. La gobernadora electa habla abiertamente de un embarazo de alto riesgo que decidió llevar adelante durante nueve meses. Esa experiencia personal, lejos de acercarla a las posiciones conservadoras, reforzó su convicción de que ninguna mujer debería ser obligada por el Estado a tomar una decisión semejante. Para Hinojosa, el aborto no debería ser una imposición política, sino una decisión personal.

Su victoria llega a un Estado que fue pionero en restringir los derechos reproductivos incluso antes de que la Corte Suprema de Estados Unidos anulara, en junio de 2022, la protección constitucional del aborto establecida casi medio siglo antes por el fallo Roe v. Wade. En 2021, la administración de Greg Abbott impulsó una ley que prohibía la mayoría de los abortos una vez detectada actividad cardíaca embrionaria, generalmente alrededor de la sexta semana de gestación, cuando muchas mujeres todavía no saben que están embarazadas. La legislación no solo restringía el acceso al procedimiento: también permitía que particulares iniciaran demandas civiles contra quienes ayudaran a realizar abortos prohibidos y establecía indemnizaciones de al menos 10.000 dólares para los demandantes que ganaran esos juicios. Después de la decisión de la Corte Suprema, Texas puso en vigor una prohibición casi total del aborto, con excepciones médicas extremadamente limitadas. Ni una violación ni un embarazo producto de incesto constituyen, por sí solos, excepciones legales.

A partir de 2027, Texas tendrá una nueva oportunidad de escribir su historia. Por primera vez, una mujer latina estará al frente del estado. Su nombre completo es Regina Inez Hinojosa.

Pero su victoria, por sí sola, no alcanza para revertir las restricciones al aborto. Para modificar sustancialmente la legislación, la nueva gobernadora deberá enfrentar a un Congreso estatal donde también se disputa el futuro de los derechos reproductivos.

Una noche histórica para las mujeres

La victoria de Hinojosa no fue un hecho aislado. Las elecciones del 3 de noviembre dejaron una transformación sin precedentes en la representación femenina en la política estadounidense. Las mujeres fueron elegidas para gobernar en 17 estados, una cifra récord. Al mismo tiempo, las demócratas superaron por primera vez las 100 bancas en la Cámara de Representantes, consolidando una presencia que hace apenas una década parecía difícil de alcanzar.

Entre las victorias más sorprendentes estuvo la de Amy Acton, ex directora de Salud Pública de Ohio, que derrotó al empresario republicano Vivek Ramaswamy, respaldado por Donald Trump. Acton se convirtió en la primera mujer elegida gobernadora de Ohio y devolvió el control del estado a los demócratas después de dos décadas. Su campaña también expuso una de las caras más crueles de la política estadounidense. En las últimas semanas, el equipo de Ramaswamy difundió una publicidad protagonizada por la madre de Acton, de quien estaba distanciada desde la infancia, que la acusaba de mentir. La historia familiar detrás de ese ataque incluía denuncias de abuso sexual contra Acton durante su niñez y la pérdida de la custodia por parte de su madre cuando ella tenía apenas 12 años. La publicidad provocó críticas incluso entre dirigentes republicanos. Pero no impidió su victoria.

De una persona esclavizada a la primera gobernadora negra

En 1860, un hombre esclavizado llamado Sheppard Peek fue registrado entre las propiedades de William Peek. Su valor fue estimado en 1.400 dólares. Más de un siglo y medio después, una de sus descendientes, Keisha Lance Bottoms, fue elegida gobernadora de Georgia.

La historia de la familia Peek condensa una transformación que atraviesa generaciones: de una sociedad en la que una persona negra podía ser considerada una propiedad a otra en la que una mujer negra llega a dirigir uno de los estados del antiguo sur esclavista. Bottoms, exalcaldesa de Atlanta, se convirtió en la primera mujer negra elegida gobernadora en toda la historia de Estados Unidos. Su victoria también puso fin a más de dos décadas de gobiernos republicanos en Georgia, uno de los estados más disputados del país.

El contraste es todavía más poderoso si se recuerda que Georgia fue uno de los epicentros de la lucha por los derechos civiles y que, durante décadas, las leyes de segregación racial limitaron la participación política de la población afroamericana.

Antes de Bottoms, otra mujer negra había intentado romper esa barrera. Stacey Abrams fue candidata demócrata a la gobernación de Georgia en 2018 y 2022. En su primera campaña se convirtió en la primera mujer afroamericana nominada por uno de los grandes partidos para gobernar un estado. Perdió las dos elecciones, pero construyó una extensa red de movilización y defensa del derecho al voto, especialmente entre comunidades negras y sectores históricamente excluidos. La victoria de Bottoms no puede entenderse sin esa historia de organización política que la precedió.

Una mujer indígena llega al poder

En Nuevo México, la demócrata Deb Haaland también rompió una barrera histórica al convertirse en la primera mujer indígena elegida gobernadora de un estado estadounidense.

Integrante del pueblo Laguna Pueblo, Haaland ya había hecho historia como una de las primeras mujeres indígenas elegidas para el Congreso federal y, posteriormente, como la primera persona indígena en ocupar un puesto de secretaria en el gabinete presidencial de Estados Unidos.

Su elección tiene un significado particular en un país construido sobre territorios habitados por pueblos originarios mucho antes de su fundación.

La llegada de Haaland al poder representa un cambio en la relación entre esas comunidades y las instituciones que durante generaciones las excluyeron de las decisiones políticas.

Una palestina con hiyab en la Legislatura de Nueva York

La ola de victorias históricas también llegó a Nueva York.

Aber Kawas, una activista palestino-estadounidense, fue elegida para representar al Distrito 12 en el Senado estatal, con alrededor del 75% de los votos cuando se proyectó su triunfo.

Kawas se convirtió en la primera legisladora palestino-estadounidense que usa hiyab – el velo que usan muchas mujeres musulmanas para cubrirse el cabello y el cuello, generalmente como expresión de su fe e identidad religiosa – en ocupar una banca en la Legislatura de Nueva York.

“Hicimos historia”, escribió en las redes sociales después de conocerse los resultados.

Foto: Ali Imam (Campaña Aber For Senate)

Su campaña tuvo como lema “Financiar la dignidad, combatir la destrucción”, una consigna que combinó demandas locales, tales como vivienda accesible, transporte público y cobertura universal de salud, además de una posición contraria al financiamiento de las guerras.

Su elección también refleja la creciente participación política de una generación de activistas de origen árabe y musulmán que exige mayor representación en las instituciones estadounidenses.

Las barreras que empiezan a caer

Las elecciones también dejaron avances en la representación de la diversidad sexual.

En New Hampshire, el demócrata Chris Pappas, hasta ahora integrante de la Cámara de Representantes, fue elegido senador federal y se convirtió en el primer hombre abiertamente gay en llegar al Senado de Estados Unidos.

Durante la campaña, Pappas no hizo de su orientación sexual el eje central de su candidatura. Prefirió concentrarse en el costo de vida, la salud y la corrupción en Washington.

Su victoria, sin embargo, tiene un significado especial en un momento en que los derechos de la comunidad LGBTQ+ enfrentan nuevas restricciones en distintos estados del país.

“Creo que la gente, independientemente de su posición política, simplemente quiere que sus vecinos puedan ser quienes son”, dijo Pappas en una entrevista con The New York Times.

Las elecciones de medio término fueron, ante todo, un duro revés para Donald Trump y el Partido Republicano. Pero detrás de los resultados partidarios apareció otra historia: la de una transformación gradual, desigual y todavía incompleta de quiénes pueden ejercer el poder en Estados Unidos.