Foto de portada e interiores: Red de Directores de Institutos de Ciencia y Tecnología (@raicyt_ar)
“Argentina gastó plata en destruir el sistema científico” es la frase con la que la vicedecana de la Facultad de Ciencias Exactas, Valeria Levi, define un momento sin precedentes en la historia de la ciencia en nuestro país. Pasaron semanas desde la última movilización convocada en el Obelisco para defender la ciencia y la tecnología de un desfinanciamiento que ya es letal. El daño está hecho, de lo que se trata ahora mismo es de no seguir profundizando lo que quienes miden el riesgo llaman “cientificidio” y a esta altura sin eufemismos: personas idóneas y con preparación que se van del país, se pierden los lazos de la ciencia argentina con el mundo y se profundiza un retroceso difícil de dimensionar. “A diferencia de muchas áreas donde no hay inversión y queda congelado, en ciencia cuando no se invierte se va marcha atrás”, explica Levi y agrega: “Ir marcha atrás porque se perdieron los contactos con la comunidad internacional, porque no se puede viajar, porque no hay fondos para ir a congresos, porque es difícil hacer intercambio y porque no se pueden hacer trabajos experimentales”.
En 2025 la “estrella culona” —el apodo viral que se ganó una estrella de mar registrada por un robot submarino teledirigido a 3.900 metros de profundidad en el Cañón Submarino de Mar del Plata, durante la expedición oceanográfica del CONICET “Talud Continental IV” en 2025— se había convertido en símbolo de un momento en el que la ciencia argentina, transmitida en vivo desde el fondo del mar, logró una audibilidad inédita. Investigadores e investigadoras aprovecharon esa atención repentina para explicar, en tiempo real, la importancia de su trabajo.


Un año más tarde y con las políticas de ajuste a la ciencia y la técnica en su pico más alto, esa audibilidad apareció con la pasión mundialista: los jugadores de la Selección desplegaron la bandera de “las Malvinas son argentinas” como celebración tras la victoria ante Inglaterra, en un clima de reivindicación de la soberanía nacional que dejó mucha tela para cortar. En esas mismas coordenadas —y luego de la caída de los dos capítulos de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, que no logró pasar el Senado sin perder varios de los puntos que atentaban contra la soberanía nacional— el sector científico lanzó la convocatoria “Ponete la camiseta por la ciencia”, que derivó en la movilización al Obelisco el pasado 12 de agosto.
Andrea Gamarnik, referente en esta lucha y reconocida por sus investigaciones relacionadas con el VIH, la hepatitis B, y el virus del dengue, traza una analogía futbolera para describir la fuga de talentos: se destruyen los semilleros locales y, cuando los investigadores están listos para dar el salto, terminan formándose afuera. “Es una pérdida incalculable que, debido a la velocidad con que se mueve la ciencia moderna, no se podrá recuperar si no se logra revertir cuanto antes”, advierte.
El peor momento de la historia
En la película “No mires arriba” (Don’t Look Up, 2021) dos científicos descubren que un cometa va camino a destruir el planeta y consiguen contra todo pronóstico, una reunión urgente con la presidenta. La escena de la reunión es tal vez una de las muestras más crudas del desprecio a la ciencia por parte de un gobierno. Argentina no tiene un cometa a la vista, pero atraviesa una versión cotidiana de esa misma escena: la convicción, cada vez más instalada, en las decisiones de Gobierno nacional, de que la ciencia es una molestia que se puede posponer o ignorar cuando no rinde rédito inmediato. Desde principios de los 70´ la ciencia no estuvo nunca tan castigada como hasta ahora. La inversión en ciencia y tecnología se nombra en el presupuesto general como función ciencia y técnica, según un estudio del Centro Iberoamericano de Investigación, Ciencia, Tecnología e Innovación (CIICTI) esta función alcanzó el 0,212% del PBI en 2024, el valor alcanzado en 2025 fue del 0,173% respecto al PBI, lo que supuso alcanzar un mínimo en la serie presupuestaria que dio inicio en 1972, perforando incluso los mínimos anteriores de 2002 (0,177%) y 1976 (0,194%).

Según Levi la decisión no es solo presupuestaria sino también política, el ejemplo que da para dar cuenta es la situación que atraviesa la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, Desarrollo Tecnológico e Innovación, que en la jerga se conoce como “la agencia”. Creada en el año 1996 venía cumpliendo la función de financiar proyectos de investigación y desarrollo. El mecanismo, explica Levi, funcionaba mediante concursos públicos evaluados por jurados de pares especializados, que definían qué financiar según la trayectoria de cada equipo de investigación. Ese circuito, sostenido durante casi tres décadas, se interrumpió por completo: “Durante el 2024 y 2025 no se realizó ningún llamado”.
En el informe del CIICTI se detalla cómo el organismo perdió un 91,6% real desde 2007 y se deterioró un 95,2% desde su máximo en 2014: “Sufrimos periodos donde hubo menor presupuesto, donde hubo demoras de llamada a concurso, pero 3 años de paralización en lo que son este tipo de proyectos nunca hubo en la historia”, se lamenta la vicedecana.
Levi da un detalle significativo: en 2026 hubo una convocatoria con solo 50 cupos a nivel nacional. Los proyectos de “La Agencia” solían incluir tanto líneas de ciencia básica como programas orientados a vincular al sector científico con el productivo. Pero cuando el organismo finalmente reabrió su única convocatoria en tres años, el criterio cambió: “Está en el limbo, nadie sabe cómo se evalúa, tuvo una desprolijidad enorme”, describe Levi sobre un llamado que, con apenas 50 cupos, se orientó exclusivamente a colaboraciones con empresas privadas.
El conocimiento es soberanía
La sociedad permanece en estado de alerta en relación a esta situación, pero según Levi aún falta internalizar: “Hay un entendimiento de que la ciencia es importante. Lo que creo que falta todavía convencer es que no hay forma de desarrollo posible de un país si no es mediante la ciencia y la tecnología. Esa premisa no está tan instalada en Argentina”
Andrea Gamarnik viene acompañando las instancias organizativas y considera que se está atravesando un punto de inflexión porque distintos organismos de ciencia y técnica están trabajando en conjunto: “Esto es histórico, que investigadores del CONICET, INTA, INTI, CNEA y universidades estén coordinando los reclamos como un solo reclamo. Estamos viendo agonizar al sistema científico, este es el momento de unirnos. Tenemos mucho más que nos une que lo que nos separa”, dice.
La convocatoria al Obelisco se realizó pocos días después de que se conociera la baja de 374 becarios posdoctorales del CONICET, cuyos contratos vencieron el 31 de julio y no fueron renovados por decisión del Gobierno. Según la última radiografía laboral que elaboró el CIICTII desde el comienzo del gobierno de Javier Milei se destruyeron 6.400 empleos en el sector lo que equivale a que desde diciembre de 2023 7 científicxs se quedaron sin trabajo por día.


Mari es geóloga y estudia cómo se transforman los ambientes y ecosistemas marinos por la acción del oleaje y las corrientes de marea, para entender cómo esos procesos sedimentarios pueden impactar en la vida de las personas. Tenía una beca posdoctoral del CONICET y se había presentado a concurso para ingresar como investigadora del organismo, un paso que hasta ahora solía derivar en la renovación de la beca mientras se resolvía el proceso. El 31 de julio, sin embargo, no se la renovaron.
Mari calcula que, en el mejor de los casos, recién podría reintegrarse al sistema dentro de dos años, un tiempo en el que tendrá que cambiar de trabajo o irse del país. “Esta pérdida es enorme, porque se van a perder proyectos que hacen a conocer y mejorar nuestra salud, nuestras condiciones sociales y materiales, a partir de la generación de conocimiento generado en Argentina para nuestro pueblo”, dice.
Aun en ese escenario, encuentra en la organización colectiva una salida esperanzadora. Cuenta que empezaron a organizarse horizontal y federalmente apenas se hizo evidente que no les renovarían las becas: pidieron cartas de apoyo a sus institutos, contactaron medios para visibilizar la situación y protagonizaron protestas en centros científicos de todo el país, incluso frente a situaciones represivas. “Logramos que toda la comunidad del CONICET se enterara y apoyara nuestro reclamo, y que buena parte de la sociedad lo conozca también”, resume.


La organización permitió que se abrieran diálogos con universidades y organismos de investigación que parecieran dispuestos a incorporar y a garantizar la continuidad de trabajos de investigación como el de Mari: “Por este lado podría aparecer una solución para gran parte de lxs compañerxs que sostenemos la necesidad de permanecer en el sistema científico-tecnológico”.
Falta esa última convicción que señalaba Levi: entender que no hay desarrollo posible de un país si no es a través de la ciencia y la tecnología. Mientras esa premisa siga sin instalarse del todo, van a ser lxs investigadorxs quienes sigan armando la red que impida que el sistema termine de desaparecer.