Ilustración de portada: Seelvana.
“Todos los días me acuesto pensando cómo voy a pagar”, dice Soledad. Tiene 41 años y vive en Villa Ballester, en el conurbano bonaerense, con su madre, de 60 años, su hija, de 21, y su ex marido, quien volvió a la casa familiar porque no podían sostener el alquiler. Es una de las casi 20 millones de personas endeudadas en Argentina.
Según el Mapa de la Deuda, elaborado por la Fundación Friedrich-Ebert-Stiftung (FES) y el Centro de Estudios de la Ciudad (CEC) en base a datos del Banco Central de la República Argentina (BCRA), a junio de 2026, hay 19,7 millones de personas endeudadas en todo el país. De ellas, casi 5 millones están en mora, es decir, que no tienen capacidad de enfrentar sus deudas. En dos años, el número de deudores con retrasos pasó de 2,4 a 5,8 millones de personas mientras que la morosidad bancaria de las familias alcanzó el 12,8% en junio de 2026, según datos relevados por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA). Se trata del nivel más alto de los últimos 20 años y supera incluso al registrado durante la pandemia.
Soledad Gigena trabaja de lunes a lunes como cuidadora de adultos mayores y personas con discapacidad —como hizo toda la vida, dice— pero apenas araña unos 800 mil pesos mensuales. Desde hace un tiempo, empezó a vender ropa que ya no usa a través de Facebook para llegar a fin de mes. Pero tampoco alcanzó: primero, se endeudó con amigos, después con el almacén del barrio hasta que, finalmente, pidió un préstamo a traves de Mercado Pago. Lo que empezó como un crédito de 400 mil pesos para comprar alimentos, hoy se convirtió en una carga permanente que ya no sabe cómo manejar. “Pedí ese préstamo que era todo para comprar alimentos y no lo pude pagar porque realmente no me alcanza. Estoy endeudada con la vida. Voy pidiendo y tapando baches; pido préstamos a Mercado Pago, a Tarjeta Naranja, a amigos y voy pagando de a puchitos, como puedo”.
El de Soledad no es un caso aislado. Hoy los neobancos, como Ualá, Mercado Pago y otras billeteras virtuales, reúnen el mayor volumen de personas con deudas en Argentina con un ticket promedio de 1 millón de pesos, lo que da cuenta de que se trata de créditos que se toman para cubrir gastos cotidianos. Según datos del CEPA, en noviembre de 2024, la mora en familias con billeteras virtuales era de 7,3% y en mayo de 2026 subió a 29,6%. El crecimiento superó el récord de mayo de 2020, durante la pandemia, cuando la morosidad de ese sector fue de 27,1%. La gran preocupación en estos casos tiene que ver con los elevados costos financieros que cobran algunas billeteras a sus clientes, que van del 400% al 700%, y convierten esos créditos cotidianos en una enorme deuda que arrasa.
“Con mi trabajo cubro el alquiler y los servicios, pero es muy difícil comer todos los días y por eso pedí el crédito. Ya no comemos al mediodía y estoy cada vez peor. Esto no es vivir, es sobrevivir. Todos los días me acuesto pensando cómo voy a pagar”, dice Soledad.
Endeudarse para cuidar
El endeudamiento se convirtió cada vez más en una forma de supervivencia de los hogares de ingreso bajo, donde las mujeres y personas LGBTQ+ están sobrerrepresentadas. En el informe “Endeudarse para cuidar: género y desigualdad en la Argentina”, lxs investigadores Flora Partenio, Lucía Tumini, Soledad Villafañe y Ariel Wilkis analizan los crecientes procesos de endeudamiento de las mujeres y su articulación con la organización social del cuidado. “Lo que encontramos es que los hogares con mayor demanda de cuidados —aquellos que tienen a cargo adultxs mayores, niños, niñas y adolescentes o personas con discapacidad— son aquellos que tienen mayor exposición a la vulnerabilidad financiera, es decir, que deben necesariamente hacer mayores gestiones monetarias para cubrir los cuidados”, dice Partenio, doctora en Ciencias Sociales, investigadora de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la UNSAM (Universidad Nacional de San Martín) y una de las autoras del informe.
La activista feminista y especialista en sociología económica subraya la necesidad de visibilizar la gestión monetaria de los cuidados —”una dimensión generalmente invisible”— en tanto es la condición necesaria para garantizar el cuidado y que se distribuye de forma asimétrica. “Hablamos de todo ese tiempo, todos esos malabares que tienen que realizar esos hogares para garantizar el cuidado en un contexto de crisis. Y no son cualquier tipo de hogar: los más endeudados son los hogares monomarentales y con mayor carga de cuidados. Es ahí donde encontramos la expresión más aguda de la crisis del cuidado porque las mujeres que están a cargo de sus hogares destinan mayor tiempo no solamente para cuidar, sino también para gestionar monetaria y financieramente sus hogares para tratar de cubrir las necesidades básicas. Muchas de esas gestiones terminan redundando en circuitos de endeudamiento”, explica Partenio.
Cecilia Montenegro tiene 58 años y vive con Agusto, su hijo de 16 años con discapacidad, en el barrio porteño de Constitución, tras haber logrado salir de una situación de violencia. Cuando comenzó el gobierno de Javier Milei perdió la asignación universal por hijo (AUH) porque una auditoría determinó que el padre del niño —con quien está en juicio por alimentos— tenía un trabajo en blanco. Cecilia inició una acción legal y después de dos años logró recuperar la asignación, pero no sin antes tener que salir a buscar changas que le permitieran seguir cuidando a su hijo —desde la limpieza de su edificio al paseo de perros— y endeudarse con amigos y tarjetas de crédito.
“Cuando nos mudamos acá, empecé a buscar trabajo y fue imposible conseguir algo que me permitiera seguir cuidando a Agusto. Durante un tiempo, me sostuve con ahorros, pero llegó un momento en que ya no pude cubrir los servicios. Ahora estoy pagando un plan de pagos de agua; tengo una deuda con el gas y le debo plata que le pedí a amigos. Pero no estoy pagando el mes, o sea que cuando termine de pagar este plan, voy a volver a tener otra deuda de todo este tiempo que no estoy pagando, dice Cecilia que siente cómo esa deuda no para de crecer.
Hoy Cecilia sueña con liberarse de la deuda y poder anotar a su hijo en un taller de habilidades especiales, comprarle unos lindos botines y anotarlo en la escuela de River. “Nosotros somos fanáticos y su sueño siempre fue ir ahí, pero yo no se lo puedo pagar. Eso me da mucha bronca porque son cosas que cualquier madre quiere darle a su hijo. Yo no digo que el Estado me lo pague, pero sí que nos permita tener una mejor calidad de vida y no ajustarnos todo el tiempo: con el transporte, con las medicaciones, con las prestaciones. No te ponen un arma en la cabeza, pero te sacan todo y se hace cada vez más difícil. Ya no tengo de dónde ajustarme”.
No es un arma en la cabeza, es el modelo económico
En Argentina, casi 9 de cada 10 hogares “monoparentales” son, en realidad, monomarentales: es decir, hogares sostenidos por mujeres que crían, cuidan y gestionan en soledad. Apenas un tercio de ellas recibe algún aporte del padre de sus hijxs.
Vanesa Bittoco tiene 36 años y es mamá soltera. Vive en San Martín con Uriel, su hijo de 13 años, y Nicolás, de 7, ambos con diagnóstico de autismo. Trabaja como administrativa en salud y vende productos por catálogo, un changa que sumó en el último tiempo para tratar de llegar a fin de mes. El año pasado se endeudó con la tarjeta de crédito de un amigo para pagar alimentos y la factura de luz. “Inicialmente, era una deuda de 1 millón y pico, pero fue aumentando por los intereses. Cuando empecé con todo esto, los intereses eran de 20 mil pesos, pero terminé pagando 370 mil solo de intereses”, cuenta.
“Ya no sé lo que es llegar a fin de mes. Por suerte, no alquilo porque si no sería realmente imposible”, dice Vanesa que con un sueldo de 800 mil tiene que hacer malabares para saldar el plan de pagos de la luz —doce cuotas de 150 mil—, pagarle a la acompañante terapéutica de sus hijos y cubrir los gastos del día a día.
Pero el peso de la deuda no es solo económico. Se siente en el bolsillo, pero también en el cuerpo, en la cabeza, en la mandíbula que aprieta, en las noches sin poder dormir. Según un relevamiento del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), hay un impacto cada vez mayor de la economía en la salud mental. El estudio revela que el 35,7% de lxs participantes considera que está atravesando una crisis y, entre ellxs, el 55,74% mencionó la crisis económica (por ejemplo, por bajos ingresos y/o deudas) como uno de los motivos de su malestar emocional.
“Hace casi dos años empecé con un tratamiento psiquiátrico por depresión porque la verdad es que es una situación muy angustiante. Ahora estoy muchísimo mejor, estoy entera y puedo hablarlo, pero al principio fue devastador porque sentís que, no importa lo que hagas, no vas a llegar y que no le podes dar tiempo de calidad a tus hijos. Eso me fue comiendo la cabeza”, dice Vanesa.
Sin buscarlo, Vanesa se convirtió en una de las voceras de Endeudados Organizados, un colectivo que nuclea a personas con deudas y morosidad. “Es algo que se fue dando. Fui a medios a hablar de este tema y a raíz de eso la gente se fue acercando, a contarme que estaban en la misma situación, empezamos a hablar entre vecinos, amigos, compañeros del laburo, y así empezamos a juntarnos porque nos dimos cuenta que no era algo individual, es algo colectivo y que hay que buscarle una solución”, cuenta. Además de pensar estrategias comunes, Vanesa encontró en lo colectivo un alivio. “Dejé de sentir que era algo que me pasaba solo a mi. Es que como que todo ese peso que sentía en mis hombros, ahora lo llevamos entre todos”.
Desde Endeudados Organizados buscan visibilizar la crisis de endeudamiento que afecta a millones de familias en Argentina y reclaman que el Estado facilite opciones de pago. “Necesitamos cortar con ese círculo vicioso. Para eso, es primordial hacer la quita de intereses porque cualquier persona que toma una deuda la toma sabiendo que la va a poder pagar. Yo he escuchado al Presidente decir que tomamos deuda para especular con la inflación, pero nadie piensa en eso cuando se endeuda para comprar un paquete de fideos y pollo”.