Emilce Moler: “Hay que ayudar a lxs pibes a crear horizontes de futuro”

A 50 años de La Noche de los Lápices, Emilce Moler, sobreviviente de la dictadura y militante estudiantil en los años 70, reflexiona sobre las dificultades para transmitir la memoria a las nuevas generaciones. La escuela, la inteligencia artificial, la crisis de las palabras y la necesidad de volver a imaginar luchas colectivas, de entramar pasado y presente. “Nosotros teníamos la revolución. ¿Cuál es el horizonte hoy para un adolescente?”, se pregunta en esta entrevista.

Cuando Emilce Moler tenía 17 años y estaba en el quinto año de la secundaria militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). La noche del 16 de septiembre de 1976, una patota del Ejército Argentino entró a su casa en La Plata, donde vivía con su familia y la secuestró. 

La llevaron al Pozo de Arana, y después, la trasladaron al Pozo de Quilmes; durante la dictadura, Emilce estuvo desaparecida. En enero de 1977, la “blanquearon” como presa política en la cárcel de Villa Devoto hasta 1978, cuando cumplió 20 años. 

Su secuestro, junto con el de otros diez militantes de colegios secundarios de La Plata esa misma noche fue conocido, con el tiempo, como “La noche de los lápices”. Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia Miranda y ella sobrevivieron. Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Horacio Ungaro todavía están desaparecidos.

Las víctimas: las buenas, las malas, lxs héroes. 

“A mí la película La noche de los lápices no me representa. Podría ser otra historia, no la mía”, dice Emilce. “Yo no me acuerdo de la marcha por el boleto estudiantil. Porque seguramente después fuimos a una fábrica en lucha, a dar apoyo escolar a un barrio. Esa marcha fue una de tantas. No me acuerdo porque una estaba viviendo, no estaba siendo consciente que ese momento se iba a transformar en un hecho histórico”, agrega mientras dialoga con Sandra Raggio en una capacitación para docentes en la Comisión Provincial por la Memoria. “Hablamos del boleto porque no se podía decir que éramos militantes de la UES, no había escucha para eso. Eso también es parte de la construcción de la memoria”, dice.

El problema es, puede ser, la efeméride o el modo de abordar la lucha de lxs estudiantes secundarios. Todos los 16 de septiembre se conmemora en todo el país el Día de los Derechos de los Estudiantes Secundarios. En la provincia de Buenos Aires, la Ley Provincial N.º 10.671, sancionada en 1998, incorporó la fecha a los calendarios escolares. A nivel nacional, la Ley Nacional N.º 27.002, sancionada en 2014, estableció el 16 de septiembre como Día Nacional de la Juventud. Pero Emilce dice que las efemérides escolares ya no conmueven a lxs estudiantes. “Los estudiantes no sienten la democracia o la lucha como un bien a defender. Tenemos una mirada adulta muy aislada de la vida cotidiana de lxs pibes hoy”, reflexiona.

Un docente entiende su postura, pero quiere que vaya a dar su testimonio al aula, a su escuela.

–Pero estoy cansada– responde. 

Porque Emilce ya dio testimonio muchas veces. “Al principio contábamos para que nos crean. Después, para que se hicieran los juicios, para la Justicia. Y luego, a partir del 2003, construimos un montón de herramientas geniales de transmisión de la memoria. Pero las dejamos de recrear. Las palabras empezaron a deslucirse. Los símbolos dejaron de tener esa magnitud fuerte. Y nosotros nos indignamos, empezamos a decir cómo puede ser si lo enseñamos hace tres años. Indignados y sin poder hacer nada; no salimos de nuestro asombro. No supimos responder a la nueva realidad, donde las palabras no estaban teniendo el efecto que nosotros queríamos”, dice. 

“¿Qué se espera de un sobreviviente? ¿Que vuelva a hablar del padecimiento?”, pregunta Sandra Raggio, Magíster en Ciencias Sociales y Directora general de áreas de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) . “Así queda atrapada en la lógica del perpetrador. Emilce es mucho más que lo que le hicieron. Volver a contar siempre lo mismo es revictimizante para esa persona. Hay que poder encontrarle un sentido a esa exposición”. Cuando recuperó la libertad Emilce Moler se convirtió en doctora en Bioingeniería por la UNT, magíster en Epistemología, profesora en Matemática por la Universidad Nacional de Mar del Plata y hace poco presentó su libro La larga noche de los lápices, editado por Marea. 

Ella apuesta a recrear otras maneras de incorporar la memoria en el aula, al hablar con lxs jóvenes. Hacerlo de una manera transversal, que se pueda pensar durante  todo el ciclo lectivo, en todas las materias: contar los hechos de la dictadura de una manera audible. “Nos concentramos en transmitir información con un sentido unilateral y hubo voces que no se escucharon, que no permitimos que se escuchen. Pero teníamos que darles lugar en la escuela. Porque después pasaron dos cosas: nuestros procesos de transmisión se fueron gastando, y las voces que no incorporamos pasaron a ser gritos”, dice. 

Y ahí fue cuando el espacio de las palabras lo ganó la derecha. “Estamos a la defensiva y ahora hay que poder meterse en la discusión. Pero siento que lxs jóvenes no me entienden cuando hablo, ni me pueden escuchar durante 40 minutos. ¿Qué sentido tiene pararme frente a un aula, con el dolor a cuestas, frente a un grupo de estudiantes que no están preparados para escuchar? Lxs pibes se cansan de la efeméride. Todos los años escuchan lo mismo y dicen: estoy cansado de escuchar esto. Y no es inocuo que lxs pibes se cansen. Necesitamos que lxs pibes piensen, sean críticos, no que se cansen de lo que decimos”, agrega. 

“Tenemos poquitas madres, poquitas abuelas. Yo soy una de las detenidas desaparecidas más jóvenes y tengo six-seven”, dice, haciendo el gesto con las manos, pero tiene que repetir el chiste porque la gente no entiende la metáfora. Pero eso no es culpa de lxs chicxs, ni de la persona que habla. El problema es que la transmisión de información no permitió linkear con el presente. No permitió usar esa información para analizar lo que está pasando hoy. “Cuando se elige este gobierno, por ejemplo, no se vincula lo que significa perder derechos hoy con lo que significó perder derechos durante la dictadura: no poder expresarte, no poder hablar, no poder leer libros. Hoy, esa pérdida de derechos está envuelta bajo la consigna de la libertad. El concepto de libertad pasó de ser una idea de libertad social a una idea de libertad individual”.

Por eso hay que hacer pequeños ejercicios: preguntarnos cuándo empezó la deuda externa, cuándo y por qué tenemos aguinaldo, qué significa la lucha, qué significa un proceso. También preguntarnos por el centro de estudiantes: ¿desde cuándo existen los centros de estudiantes? ¿Y por qué hoy no pueden darles contenido? Son ejercicios que permiten recuperar herramientas para leer el presente y entender que los derechos no aparecieron de la nada, sino que son el resultado de luchas y conquistas colectivas. 

Hay un tema con las palabras, con cómo hablamos, nos hablamos y qué decimos. Un problema de estrategia. En la presentación de su libro, Emilce junto a Tamara Tenembaum intercambiaron miradas sobre esto: “Los chicos que sí escuchan, los que militan, están muy atravesados y hablan como un militante de los ‘70. No se les va a acercar nadie así; sus compañeros no entienden de lo que hablan, y eso tampoco incluye”, dijo en ese momento.

“Hay que poder mostrarle a lxs jóvenes nuestras vidas, lo que éramos. Con todos los grises. Nadie se puede ver reflejado en un héroe de 17 años que dice que hay que militar y dar la vida por la patria. ¿Quién se ve parecido a San Martín? Nadie”, reflexiona. 

Según ChatGPT, ¿cómo te verías en los ‘80s? 

Hace unos días se viralizó un reto de ChatGPT que transforma una imagen en una que dice cómo eras en los ‘80. “De repente todos teníamos brillitos, colas en el pelo y colores. Yo me acuerdo como era en los ‘80 y me acuerdo de varios que hicieron la foto con IA y no eran así”, dice Emilce. “La memoria también se manipula”, agrega, mientras ChatGPT entrena sus algoritmos con nuestras mejores fotos. 

—¿Está bien que le peguen palazos a las jubiladas todos los miércoles?

Emilce hizo esa pregunta a un grupo de jóvenes. 

—Es IA— le respondieron.

“Información nos sobra. Lo más difícil ahora es validarla. El tema es cómo validamos: ¿por qué me van a creer a mí y no a otra persona que tiene más seguidores? Y hay otra pregunta que tenemos que hacernos como adultos: ¿cómo nos bancamos nosotros escuchar lo que tenemos que escuchar de su realidad?”, dice Emilce. 

Y ella está convencida: los docentes tienen una gran posibilidad porque están un año, durante cuarenta minutos todas las semanas, con lxs jóvenes. “Tienen ese tiempo y ese espacio para trabajar en la construcción de criterios de validación, independientemente del tema. Criterios para razonar y argumentar. Ese es el objetivo pedagógico hoy”, sostiene.

“El otro día, un docente me acercó unos cuentos hermosos que habían escrito sus estudiantes. Lo que me llamaba la atención era que en esos cuentos aparecía mucho el ‘yo le aviso a mi mamá’ o ‘¿y tu mamá qué va a decir?’. Nosotros no hablábamos con nuestros padres de ninguna manera. Apenas sabían si pasábamos la noche en casa. Es tanta la distancia en términos de autonomía. Ahora lxs jóvenes no tienen autonomía. Era común que nadie supiera lo que hacíamos y eso no era madurez ni clandestinidad: era cómo funcionaba el mundo. Si los llevamos y traemos a la escuela, a cada actividad cotidiana, ¿dónde van a hacer la revolución?”, se pregunta. 

Tal vez lxs adultxs tienen que correrse un poco; dejar de ser protagonistas. “Si para organizar un campamento hay diez reuniones de padres para definir qué van a comer, ¿cómo hacen esos jóvenes para ser lo que pretendemos? La juventud viene a ser el depositario de las fantasías de los adultos. Tenemos visiones muy adultocráticas sobre lxs jóvenes: no les permitimos hacer determinadas cosas, pero queremos que busquen, que averigüen, que cambien el mundo. Después decimos que no les interesa nada, que son apáticos. No está bueno que les digamos todo eso. Bastante tienen con ser jóvenes en este momento. Quizás no les interesan las opciones que les damos. Ellxs tienen sus propios intereses y seguramente no los entendemos. Nuestros padres tampoco nos entendían a nosotros”, dice Emilce.

Vincular las luchas del pasado y del presente

“¿Cómo sabían que tenían una reunión si no tenías Whatsapp?”, le preguntó su nieta un día. Y esas preguntas descolocan pero también ubican. Porque lo que para nosotrxs es historia reciente, para lxs chicxs es historia lejana. Emilce tuvo que explicar. Y también tuvo que decirle a su nieta que la cárcel de Devoto donde ella había estado presa no era lo que se ve en El Marginal. 

“Dejamos de contar”, dice. Y en ese dejar de contar hay, según ella, un abandono de los legados históricos, de las cotidianidades de los años anteriores. Se dejó de hablar de lo que hacían los abuelos, de lo que habían vivido las familias. “Tu abuela hacía esto, tu mamá esto. Yo hacía tal cosa. Faltan esas narraciones que permiten ir armando contexto”, dice.

“Nosotros teníamos la historia de nuestros abuelos inmigrantes, que tenían la quinta atrás de la casa, que les gustaba amasar los domingos. No era política, era contexto. Y ese contexto también se construye con una multitud de voces: la dictadura no me pasó a mí, nos pasó a todos. Las familias tienen que poder contarlo, pero también los docentes. Hay que recuperar esas palabras, esas historias cotidianas, porque si dejamos de hablar, si dejamos de contar, perdemos también los legados históricos que nos permiten entender de dónde venimos”, agrega.

Emilce está convencida que somos nosotrxs quienes tenemos mucho por hacer: “Lo mejor que podemos hacer por lxs chicos es que lxs adultxs tengamos vidas dignas: vidas que puedan mirar y contrastar, vidas que puedan funcionar como referencia. Nosotros estamos acá no porque no nos secuestraron, sino por todo lo que hicimos después. Porque, a pesar del miedo, del terror, de la parálisis, de las pérdidas y de las tristezas, nos sobrepusimos y tratamos de seguir siendo alguien importante para esta sociedad”.

Por eso, los trabajos en torno a la memoria se tienen que inscribir en el tiempo presente. La memoria tiene que construir expectativas de democracia. “¿Cómo hacemos para vincular las luchas del pasado con las luchas del presente? ¿Cómo mostramos cómo se sostuvo la democracia, cómo se construyeron los derechos, cómo fueron las participaciones en las universidades, si no hay registros de esos procesos?”, se pregunta. 

Estas semanas cuando se debatió el nuevo Régimen Penal Juvenil, que pretende bajar la edad de punibilidad de lxs jóvenes de 16 a 14 años no hubo marchas de jóvenes. “¿Qué pasa? ¿Piensan que no les va a tocar? ¿No lo pueden evitar? En los barrios populares los maltratos policiales están ahí. ¿Por qué no hubo marchas de jóvenes? ¿Dónde están las referencias que les permiten pensar que las cosas pueden cambiar?”, insiste Moler. 

La cuestión social y los derechos humanos no son innatos: “Hay que enseñarlos: son una construcción cultural. No venimos con eso. Y cuando todos los días de tu vida están mal, ¿cómo pensás en el otro?”, se pregunta y vuelve sobre la pregunta inicial: “¿Cómo transmitimos que los derechos son el resultado de procesos, de luchas, de organización, que está bien luchar por algo y que las cosas pueden transformarse?”.

Emilce es clara: leer y enseñar están en crisis. “No podemos pensar que porque nosotrxs hablamos, la cosa se entiende. Tampoco podemos quedarnos impávidos, repetir recetas o ser nostálgicos. Tenemos que generar cosas nuevas: hechos nuevos, nuevas realidades, nuevos horizontes para lxs pibes. Nosotros antes teníamos la revolución. ¿Cuál es el horizonte hoy para un adolescente? ¿Dónde se ve reflejado? Es muy dura la realidad que tienen. Tenemos que ayudarlxs a pensar, a construir horizontes de futuro, no a decirles qué tienen que pensar”, finaliza.