Foto de portada: Paula Lobariñas
Que nació en cuna de milicos, que fue gorila, que el secuestro y desaparición de su segundo hijo, Alejandro, le dió vuelta la manera de entender el país y el mundo. Que nunca dejó de buscarlo, que en esa búsqueda abrazó a la de los 30.400. Que siempre tenía una sonrisa pintada, aunque tuviera que cagar a pedos a quien tuviera enfrente. Que no la frenó la tristeza, el paso de los años, el cansancio. Que su nombre se convirtió en sinónimo de lucha. Todo eso ya se dijo y ya se escribió tantas veces en las últimas horas que parece innecesario repetirlo. Parece, pero no porque, como escribieron desde la Línea fundadora de Madres de Plaza de Mayo, “las palabras no alcanzan, se nos quedan cortas, tan inmensa que no hay manera de contar” lo que fue Taty Almeida durante su vida, lo inmensa que seguirá siendo en la lucha por la memoria, la verdad y la justicia, por los derechos humanos desde el domingo, cuando falleció a sus casi 96 años.
Si leés el nombre “Lydia Stella Mercedes Miy Uranga de Almeida” seguro no te suena. Pero si leés Taty Almeida, seguro te aparece la imagen de esta morena alta de ojos miel, cara angulosa y voz cascada a quien –seguro, seguro– alguna vez en tu vida escuchaste arengar “30.000 compañeros detenidos desaparecidos ¡PRESENTES!” seguido de los tres “¡AHORA Y SIEMPRE!”. Tal era el nombre completo de la última y más reciente presidenta de la Línea Fundadora de Madres de Plaza de Mayo, el colectivo en el que le dio un sentido al dolor que derribó todas sus estructuras.

La vida dada vueltas
A Taty la vida comenzó a dársele vuelta en el 17 de junio de 1975, con la desaparición de su segundo hijo. Aquel fue el último día en el que vio a Alejandro Martín Almeida. “Mamá, ya vengo” le dijo el joven, de entonces 20 años, antes de cruzar la puerta. Al día siguiente se quedaría en la casa que compartía con ella y con su hermana menor, María Fabiana, porque tenía un examen de Medicina, le comentó a su familia. Nada de eso sucedió y Alejandro no apareció más.
“¿Quiénes eran los culpables de la desaparición de Alejandro con la mente de la Taty de antes? Los peronistas”, narró en el testimonio que ofreció al Programa de Derechos Humanos y Departamento de Comunicación de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Nacida y criada en cuna milica, Taty era un “gorila total” a la que le salían pelos por todos lados”, como ella misma definió. Nació el 28 de junio de 1930, en Buenos Aires. Su padre, Carlos Miy, era militar de Caballería; su hermano, coronel; sus hermanas, esposas de oficiales de Fuerza Aérea. “Me crié en un ambiente de antiperonismo total”, reconoció siempre.
Estudió magisterio y ejerció dentro de un aula durante tres años hasta que se casó con Jorge Almeida, compañero de trabajo, y comenzaron su familia. Antes de Alejandro y María Fabiana llegó Jorge, que hace muchos años vive en España donde tiene su familia y adonde Taty solía disfrutar de sus nietes y bisnietes. Este domingo, Jorge y María Fabiana la tomaron fuerte de la mano hasta que la Madre se fue tranquila, sin sufrimiento, dormida. Estaba internada en el Hospital Italiano de la ciudad de Buenos Aires.
Cuando Alejandro desapareció, Taty ya estaba divorciada hacía algunos años. Entonces, regresó al trabajo y continuó la crianza de sus hijos, que vivieron con ella hasta entrada la juventud. Alejandro tenía 20, estudiaba Medicina y trabajaba en el Instituto Geográfico Militar cuando fue secuestrado –antes había pasado por la agencia de noticias Télam–. Sabía que la ideología de su hijo no coincidía con la de ella –”esta gorilita de mierda, sin embargo la quiero”, recordaba siempre que podía que Alejandro le decía con amor–. Lo que no sabía Taty, entonces, era que militaba en el PRT-ERP. La anécdota de la estrella, una de las tantas que compartió la Madre de manera pública, ilustra fielmente aquel desconocimiento:
–Una vez, me acuerdo, que en una tabla de planchar veo una estrella dibujada con birome, y le digo: ´Alejandro, ¿es la estrella judía?´, y me dice: ¡Mamá!´. Era la del ERP. Alejandro militaba en el ERP, yo no tenía idea de nada.
Tampoco sabía que era poeta. Lo descubrió en una libreta telefónica que encontró entre sus cosas, buscando algún dato que la pudiera ayudar a recuperarlo. Décadas después, convirtió esos poemas que Alejandro dedicó a su compromiso, su solidaridad, su protesta, su amor, a los fusilados de Trelew e incluso una despedida a ella, su mamá, en un libro: “Alejandro por siempre amor”.
A las botas acudió cuando pasaron los días y no hallaba señal alguna de su hijo. “Señora, no podemos hacer nada, son los peronistas”, le respondió Albano Harguindeguy en el 75, cuando lo fue a ver para pedir ayuda acompañada de uno de sus cuñados. “¿Qué me iba a imaginar yo que esa cantidad de personajes que yo conocía y trataba socialmente iban a estar haciendo lo que ya se estaba haciendo?”, se preguntó en uno de sus testimonios que quedaron eternizados en la red. Leopoldo Galtieri y Orlando Agosti, futuros dictadores, también la oyeron contar que le faltaba Alejandro, acudir a ellos en busca de algún dato. Que, por supuesto, nunca obtuvo.
La madre tardía
Se convirtió en una de las últimas Madres en calzarse el pañuelo blanco y una de las últimas en abandonar este plano –detrás de Nora Cortiñas y Vera Jarach, que fallecieron en 2025, y Visitación de Loyola, integrante de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, que partió hace dos meses–.
“Cada una se acercó cuando su vida se lo permitió”, la recibió María Adela Gard de Antokoletz en la Casa las Madres de Plaza de Mayo, a fines de los 70. Llegó a esa oficina en la calle Uruguay al 600 acompañada de su hija menor. Destacó siempre el impacto que le provocó ver “la pared repleta de fotitos una al lado de otra” de pibes y pibas como Alejandro, buscados, extrañados, reclamados, arrebatados de las vidas de muchas como ella para siempre. “Hola, ¿a vos quién te falta?”, la recibió María Adela. Bastó aquello para que su vida hasta aquel momento se le desmoronara y, entonces, nació una nueva Taty: “Yo parí a tres hijos, pero Alejandro me parió a mí”, sostenía. No era una metáfora sentimental. Era una descripción bastante exacta de lo que había ocurrido.

Se sintió acomplejada, avergonzada –”Cómo pude ser tan tonta?”, se preguntó– y aliviada al mismo tiempo. La búsqueda, a partir de entonces, sería compartida. En el más amplio y amoroso de los sentidos. Taty reclamó y siguió buscando a su hijo, del que nunca tuvo más datos que su ausencia repentina –cada tanto, frente a un micrófono, deseaba al aire “que haya sido rápido, que no haya sufrido, mi amor”–, en un camino en el que sumó a los 30.400 detenides desaparecides durante el genocidio argentino. “Todos, todes –sumó el inclusivo en los últimos años de militancia– son nuestros, a todos, todes los buscamos, exigimos saber que nos digan dónde están”, insistía.
La militancia, la memoria, la sonrisa
Taty siempre jodía con su edad. “Tengo noventitantos (según correspondiera) y eso que soy de las más jóvenes”, decía . Hablaba de las de pañuelo blanco, de ese colectivo que le dio sentido a los últimos 50 años de su vida, que le permitió resignificar el dolor en lucha, de “las locas” como solía llamarlas/se, las Madres de Plaza de Mayo. “Las locas seguimos de pie”, advertía en una frase que, en los últimos años, le sirvió para colar la idea de trasvasamiento generacional. “Vamos pasando la posta, de a poco”, lo definía ella. Como aquella noche, un par de años atrás, de las pocas en la que se mostró sin pañuelo para participar de un encuentro de FA –esa tertulia cultural que organiza Mex Urtizberea– que en las últimas horas se volvió viral en redes sociales:


–A pesar de los bastones y las sillas de rueda, las locas seguimos de pie, pero estamos tranquilas porque tenemos una juventud maravillosa a quienes les estamos pasando la posta. Y la ponen en práctica con esa militancia y memoria que demuestran tener. No hay que tenerle miedo a la palabra militancia. Militancia es compromiso, compañerismo, ayudar al otro. Eso es militancia, eso es Alejandro y los 30 mil.
Taty puso el cuerpo hasta el final en esa militancia colectiva y abrazó con amor al kirchnerismo, eternamente agradecida a Néstor y Cristina Kirchner por haberla convertido en política de Estado tras años y años de impunidad e indiferencia. Junto a sus compañeras aportó su voz para que los 30.400 detenides desaparecides y la lucha que sostuvieron junto a quienes sobrevivieron del plan sistemático de tortura y exterminio distribuido en más de 800 centros clandestinos a lo largo y ancho del territorio nacional no cayera en el olvido: fue a cada entrevista, a cada presentación, a cada movilización, a cada escuela a la que pudo y fue invitada.
Los gobiernos de Mauricio Macri y, sobre todo, el de Javier Milei y Victoria Villarruel la oyeron en modo denuncia: frente al negacionismo y la reivindicación de los crímenes de la última dictadura interponia la memoria y la lucha: “A no bajar los brazos, no pasarán “, insistió siempre que pudo. Siempre con una sonrisa, siempre con el amor como herramienta de reconstrucción de memoria. Siempre con el respeto de cada espacio, de cada historia. “Generosa con la sobrevida de pocos, celebrando cada milagro de la memoria como propio. Con vos, por primera vez en mucho tiempo me sentí bienvenida”, la despidió Ana Soffiantini, sobreviviente de la ESMA, en un mensaje dirigido a compañeros.

Su último gran aporte fue para recomponer la unidad del campo popular de derechos humanos, algo que se había partido a principios de siglo “y por lo que ella y muchas otras madres, como Norita (Cortiñas) lucharon”, señaló Malena Silveyra, integrante de la Liga Argentina por los Derechos Humanos, quien insistió junto a ellas por el mismo objetivo.
“Las Madres entendieron muy temprano en la búsqueda de sus hijos que era en unidad o la lucha era imposible”, añadió y agradeció que el tiempo le haya alcanzado a Taty –al menos, Norita se fue antes– para ver esa marcha unitaria rebosante de este 24 de marzo –50 aniversario del Golpe, comienzo formal del genocidio– y llena de jóvenes, que era su preocupación central. Allí radica, según Silveyra, “el legado” de Taty y del resto de las Madres: “Seguir construyendo la unidad por sobre las diferencias, seguir priorizando la lucha y los objetivos en común, hacer a un lado los intereses mezquinos de cada uno”.
Aún retumba el “No nos han vencido” con el que cerraba cada intervención. Y así se fue, cansada, pero nunca vencida, para sobrevolar para siempre la memoria argentina y acompañar desde el viento la lucha por la memoria y la Justicia.