Foto de portada: Ana Medero
No para de llover, y somos muchas, cada vez más. Los colectivos hacen un recorrido que no es habitual, alejados del centro; improvisan paradas donde se bajan de a 20 o más mujeres. Vamos caminando juntas en medio de una lluvia finita y constante. El centro de la ciudad ha sido nuevamente tomado por el grito del Ni Una Menos. Desde lejos ya se ven muchos carteles con el nombre y rostro de Agostina Vega, también de Dulce Candia, Delicia Mamani y Vica Monteros.
Somos cada vez más y muchas vestidas de negro. Llegando a la icónica esquina de Cañada y Colón, una marea de paraguas. Por momentos, en algunas cuadras solo se escucha el sonido de los pies pisando los charcos de agua que deja la lluvia que no para. Empieza a verse la masividad y la pluralidad que va armando esta marcha. Cruzamos algunas palabras, con los ojos vidriosos y un constante nudo en la panza; muchas coincidimos en tener una sensación como en el 2015. Familias enteras, estudiantes, grupos autoconvocados, pibas jóvenes que hicieron sus carteles a mano. La movilización la encabeza la familia de Agostina, abrazados debajo de un paraguas y sostenidos por esta inmensa marcha. El abuelo dice en un móvil de televisión: “Hablen con la gente que está acá, hace once años que vienen marchando y no escuchan. Ahora están todos los medios porque estamos nosotros y no somos nadie, somos una familia que pedimos justicia”.
Mientras nos movilizamos, llegan registros de distintas partes del país: en cada pueblo y ciudad, las marchas son multitudinarias. Esta Córdoba que hoy nos duele, organizó la rabia en las calles. Esta Córdoba es la que recibirá a miles en el 39 Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersex y No Binaries.
La rabia que sentimos hace once años, cuando nos enteramos del femicidio de Chiara Páez —que también tenía 14 años—, nunca se fue. El hartazgo de ese momento detonó y empezó a canalizar y multiplicar un movimiento que se hizo marea. Desde ese primer Ni Una Menos a mayo de este año, según el Observatorio Mujeres, Disidencias, Derechos, se cometieron 3.096 femicidios en Argentina. En lo que va del 2026, el registro nacional de MuMaLá apuntó una muerte violenta cada 35 horas: 105 femicidios y 420 intentos de femicidio. Hoy, de nuevo, hay algo de eso que sentíamos en 2015, no solo en la espesura de la pena, sino en la disputa de sentido que proponíamos. Ese “darse cuenta” de lo que nos pasaba como sociedad, empezó a calar en todos los espacios: denunciamos, visibilizamos, hicimos pedagogía de la violencia machista y femicida como un problema social, político y estructural. Nos convocamos en un movimiento que persiste —algunos años somos menos, a veces nos agarra más fuertes, otras más cansadas y otras tristemente conmovidas, como ayer— y que desde hace once años, genera una grieta en la historia.


“¿Cómo no íbamos a venir y levantar la voz?”, dicen dos chicas de 15 años que están por primera vez en una marcha del 3J. Una de ellas tiene un cartel donde se lee: “¿Cuántas alertas hacen falta para escuchar? ¿Por qué tenemos que vivir con miedo?”. Por petición de la Junta Ejecutiva Provincial de la Unión de Educadores de la Provincia de Córdoba (UEPC), el Ministerio de Educación autorizó que estudiantes y docentes puedan retirarse de manera anticipada, a las 16, para participar de las movilizaciones sin que se les compute la inasistencia. Esta decisión, probablemente, contribuyó a que muchísimas jóvenes estén acá y recuerda lo necesario que estos acompañamientos institucionales. “Yo decidí venir a la marcha porque me pongo en el lugar de Agostina, tengo la misma edad, es muy feo lo que le pasó a ella y a muchas otras. Me hizo pensar que me puede pasar a mí o a mis hermanas”, dice una chica que está junto a sus compañeras de colegio y juntas sostienen un cartel, que escribieron antes de salir de clases: “No solo protejas a tu hija, educá a tu hijo”.
Ni Una Menos. Vivas nos queremos. La consigna insiste en carteles y gritos. Acá seguimos, ahora de cara a una agenda abiertamente anti-feminista ejecutada no solo desde la batalla cultural contra la “ideología de género”, sino concretada con políticas de desmantelamiento en todas las áreas vinculadas, tanto de prevención, asistencia como promoción. Estamos como en 2015, ante otra disputa de sentido, con el gobierno nacional tratándonos como enemigas. Si el jefe máximo de la Nación niega los femicidios, ¿por qué no lo haría el policía que debería tomarnos la denuncia o el fiscal que investiga?

Claudio Barrelier, único detenido e imputado por el femicidio de Agostina, probablemente tenga condena perpetua, pero ¿y su entorno? ¿Quién sabe algo y quiénes son los cómplices? Varios carteles tienen escrito un dato y un destino trágico para nosotras: “En Argentina, cada 31 horas un varón se convierte en femicida”.
Esta marcha tiene la particularidad de la participación de varones; grupos de amigos, compañeros de curso, padres, algunos novios, hijos. Durante muchos años, no quisimos que estuvieran en las marchas, sostuvimos un separatismo que necesitábamos, pero los procesos de autocrítica y reflexión se movieron, y este año hubo pedidos concretos que acompañen en la marcha, que suban un posteo, pero sobre todo que conversen, que se organicen, denuncien, que rompan los pactos de silencio. Una tela cuelga de una de las paredes de la Estancia Jesuítica en Alta Gracia y dice: “Varones dejen de mirar para otro lado; hablar de los femicidios también es responsabilidad suya. Que ser hombre no te vuelva machista”.
Lautaro marchó en Córdoba con sus amigas del colegio, tiene 16 años y dice: “Está muy feo lo que está pasando, vine a hacer el aguante”. Alan es de Barrio Patricios, conocía de vista a Agostina, está conmovido y tiene miedo que le pueda pasar algo así a su hermana. Fue con un amigo junto a tías y primas. Es la primera vez que están marchando un 3J, igual que Jorge, que tiene 41 años y quiso estar presente porque no quiere que haya otra Agostina nunca más. Como ellos, son muchos.


“Fuera Quinteros, fuera” es uno de los cantos que más se repite durante la movilización y que apunta al Ministro de Seguridad de la provincia. Muchos carteles también señalan al fiscal de la causa, Raúl Garzón. ¿Cuántas veces vimos tantos carteles criticando el accionar de un fiscal? El femicidio de Agostina Vega, de 14 años, dejó en evidencia a la corporación judicial y política. No es que no lo supiéramos, pero ahora se ve de una manera obscena y simple.
El fiscal Raúl Garzón es quien investigó la desaparición de Agostina. El sábado 30 de mayo brindó una vergonzosa conferencia de prensa donde, sin ninguna autocrítica, enalteció el trabajo de la Policía y los equipos técnicos y dijo que quien debía llevarse una medalla era el perro que encontró los restos de Agostina. En ningún momento, con su tono de desprecio y altanero, mencionó la palabra femicidio, ni habló sobre elementos para comprender un crimen de género. La legisladora del Frente de Izquierda, Noelia Agüero, junto a referentes de la Asamblea Ni Una Menos, presentaron un pedido de jury de enjuiciamiento para investigar su accionar. Al lado de Garzón, lado estaba Quinteros, que no hay que olvidar que, antes de integrar la cartera política llaryorista, Juan Pablo Quinteros fue la cabeza de Encuentro Vecinal Córdoba, un partido político conservador de derecha, antifeminista y ligado a sectores cristianos y que ha encabezado las luchas anti derechos.
Por su parte, el fiscal Iván Rodríguez había tenido una causa de Barrelier en 2025 por privación ilegítima de la libertad por una joven que logró escaparse, saliendo semidesnuda y maniatada de su casa, pidiendo ayuda. Luego de veinte días preso, Barrelier salió con fianza. Su abogado fue Ricardo Moreno, concejal oficialista, dirigente de las 62 organizaciones peronistas y yerno del otro abogado defensor de Barrelier, Jorge Sánchez del Bianco, quien renunció horas antes de que se encontrara el cuerpo de Agostina. El martes movieron de la banca a Moreno, antes de conseguir el quórum para su destitución.
Esta semana el fiscal general del Ministerio Público Fiscal, Carlos Lezcano, confirmó que Garzón seguirá en la causa. Cuando Lezcano asumió en abril de este año y frente a la pregunta de qué casos lo habían marcado en sus 22 años de carrera, eligió contar dos que él denominó como falsas denuncias en casos de abuso a las infancias. Mientras tanto, en el Senado de la Nación avanza el proyecto para endurecer las penas por falsas denuncias.



Lo dijo la abuela de Agostina, que hoy también encabeza la marcha. Hace referencia al derrotero que implicó radicar la denuncia en la Unidad Judicial 13: “No nos tomaron en serio, nos boludearon todo el fin de semana”. Esto da cuenta de un patrón que se repite en muchos casos: no toman las denuncias, demoran, desalientan las denuncias, no buscan a tiempo, no activan los protocolos necesarios, no activan el Alerta Sofia.
A las chicas desaparecidas las buscan la familia, las amigas, las docentes, los vecinos, las redes feministas y, al final, la policía, el fiscal. “Se podría haber ido con un amiguito”, dijo Garzón en la conferencia de prensa. Si eso lo dice con el desenlace fatal, imaginemos entonces qué piensan los encargados de tomar las denuncias. “No nos escucharon”, es una frase que se replica en cada familia que denuncia una desaparición. Esto no es nuevo, pero se agrava. María, la mamá de Delicia Mamani Mamani, una joven de 25 años que está desaparecida desde el 21 de noviembre de 2025, estuvo más de una semana dando vueltas por comisarías y despachos judiciales, pero nadie le tomó la denuncia hasta ocho días después. Recién a fines de mayo de este año se aceptó investigar como delito de trata con pruebas contundentes presentadas desde el inicio por la abogada de la familia. María marcha hoy con la foto de su hija, y pide que la sigan buscando.


Agostina Vega fue encontrada desmembrada en un campo a las afueras de la ciudad el sábado 30 de mayo, después de ocho días desaparecida. Con ella, son cuatro ya las víctimas de femicidio en la ciudad de Córdoba —junto con Anahí Bulnes, Brenda Torres y Camila Merlo—, que aparecieron descuartizadas, en bolsas, en descampados, tiradas a la basura. Un cuerpo como una cosa. ¿Qué cosecha una provincia que siembra cuerpos? Una marcha masiva, la sensibilidad de muchísimos sectores que no se callan esta vez y que salen a las calles.