14 de mayo de 1953. Estadio Monumental, Buenos Aires. Amistoso entre Argentina Inglaterra. Ernesto Grillo es autor del gol imposible, casi sin ángulo y dejando tres rivales atrás, convierte el empate transitorio para la Selección. Durante décadas, esta fecha fue conmemorada como el día del futbolista en nuestro país.
21 de agosto de 1971. Estadio Azteca, Ciudad de México. Mundial de fútbol femenino. Elba Selva y Betty García se abrazan. Las jugadoras argentinas empiezan a hacer historia. Argentina golea a Inglaterra 4 a 1. Esa fecha por ley nacional se constituye en el día de la futbolista en nuestro país.
22 de junio de 1986. Estadio Azteca. Diego Maradona convierte el gol del siglo, dejando atrás de él un tendal de ingleses y eludiendo al arquero, barrilete cósmico. Hace unos años, se cambia la fecha para que este día sea recordado como el día del futbolista.
Argentina-Inglaterra nunca es solamente un partido.
Y llega la ocasión. Llega la posibilidad. Llega ese encuentro mundialista que todas, todes y todos queremos presenciar.
Lo saben quienes tienen memoria suficiente para recordar dónde estaban cuando Diego convirtió aquellos dos goles que, todavía hoy, siguen explicando al mundo que el fútbol también puede hablar el idioma de la dignidad. Lo saben quienes crecimos con Malvinas como una herida abierta, con los nombres de los pibes enviados a una guerra criminal y con la certeza de que el colonialismo no pertenece al pasado.
Y también lo saben quienes nacieron muchos años después y heredaron esa historia convertida en canciones de cancha, en relatos familiares, en una bandera celeste y blanca que no necesita del odio para sostener la memoria.

Los feminismos nos enseñaron a desconfiar de las épicas construidas sobre la violencia, del machismo que durante décadas habitó las tribunas y de los discursos patrioteros que utilizaron los cuerpos de miles de jóvenes para la guerra. Pero también nos enseñaron otra cosa: que los pueblos construyen símbolos para tramitar el dolor, narrar las injusticias y seguir creyendo que la historia nunca está definitivamente escrita.
Por eso Argentina-Inglaterra es, antes que un acontecimiento deportivo, un acontecimiento emocional.
Lionel Scaloni, el gran constructor de esta selección inolvidable, lo dijo con la serenidad de quien entiende el peso de lo que viene: “es solamente un juego”. Los futbolistas deberán convencerse de que es apenas un partido de fútbol. Y está bien que así sea. Necesitan esa calma para jugar. Pero quienes estamos del otro lado sabemos que, para un pueblo, hay partidos que exceden largamente los noventa minutos.
Es el barrio que se reúne alrededor de una pantalla. Son las abuelas que todavía recuerdan a Diego. Son las infancias que aprenden los nombres de Messi, de Julián, de Enzo o de quien toque vestir la camiseta. Son las mujeres que hace décadas peleamos para que este deporte también fuera nuestro. Son las diversidades que conquistaron el derecho a vivir el fútbol sin esconder quiénes son. Es la pelota como territorio común, como lenguaje popular, como el lugar donde todavía es posible abrazarse con desconocidos.
Es también la voz de Víctor Hugo Morales que todavía llega desde las tribunas del Azteca, como el eco lejano del mar cuando apoyamos la oreja sobre un caracol.
Las canciones que bajan de las tribunas tampoco nacieron de un laboratorio. Son memoria colectiva. Algunas merecen ser revisadas desde una perspectiva de género porque reproducen violencias que queremos dejar atrás. Otras conservan una potencia histórica que recuerda que las Malvinas siguen siendo argentinas y que el colonialismo continúa existiendo bajo nuevas formas.
Hace unos días, el enorme artista popular César González dijo que un partido como éste puede abrir el cuerpo, la cabeza y el corazón de las nuevas generaciones hacia las islas que el colonialismo británico ocupa desde 1833. Hay una enorme verdad en esa idea. Los Mundiales también sirven para eso: para que la historia encuentre un camino distinto hacia la memoria. A veces no entra por un libro ni por un discurso. Entra por la emoción. Y pocas cosas consiguen eso como una pelota rodando.

Malvinizar también es eso: mantener viva la memoria de quienes combatieron, honrar a quienes nunca volvieron, acompañar a quienes sobrevivieron y seguir reclamando soberanía desde la democracia, el derecho internacional y la construcción de paz. No desde la guerra.
No vamos a recuperar las Malvinas porque la pelota entre una vez más en el arco inglés.
Pero durante noventa minutos ocurre algo profundamente humano: un pueblo entero imagina que puede derrotar, aunque sea en el plano simbólico, a una de las expresiones más persistentes del poder colonial.
Y esa ilusión no reemplaza la política ni la historia.
Las acompaña.
También por eso las mujeres y las diversidades no llegamos al fútbol únicamente para ocupar un lugar que nos había sido negado. Llegamos para transformar el modo de narrarlo. Para demostrar que la sensibilidad no debilita la pasión, que la memoria también puede ser feminista y que la épica popular no necesita reproducir las violencias del pasado para seguir conmoviéndonos.
Porque el fútbol argentino tiene esa rara capacidad de convertir una cancha en una conversación sobre quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos ser.

Cuando la pelota empiece a rodar no estará en juego la soberanía de las islas. Estará en juego otra cosa.
Estará en juego la posibilidad de volver a descubrir que los pueblos también piensan con la emoción. Que la memoria puede hacerse gambeta. Que Diego sigue apareciendo donde parece imposible. Que los barrios nunca dejaron de fabricar sueños colectivos. Y que, durante noventa minutos, millones de personas volverán a creer que ningún imperio es invencible cuando un pueblo conserva intacta su capacidad de imaginar la victoria.
Tal vez ése sea el mayor misterio de este juego. No explicar el mundo, sino ayudarnos a comprender quiénes somos cuando la emoción nos explica.