Mundial 2026: la Scaloneta y la potencia de construir entre muchos

La ex jugadora, directora técnica y militante feminista, Mónica Santino analiza por qué la selección de fútbol dirigida por Lionel Scaloni nos emociona tanto.

¿Por qué este equipo nos emociona tanto? Porque las mujeres que llevamos décadas construyendo fútbol en los barrios no vemos solamente once jugadores. Vemos una forma de organizarnos. Reconocemos los relevos, la confianza, los cuidados, la renuncia al lucimiento personal cuando el colectivo lo necesita. Reconocemos una inteligencia que no aparece en las estadísticas. La inteligencia de saber que nadie gana solo. Durante mucho tiempo nos dijeron que esa manera de hacer las cosas era una debilidad. La Scaloneta acaba de demostrarle al mundo que también puede ser la mayor de las fortalezas.

Nadie se salva solo. La frase volvió a recorrer la Argentina de la mano de El Eternauta, pero mucho antes de convertirse nuevamente en un fenómeno cultural ya habitaba nuestra historia. Tal vez porque las mayores conquistas de este país siempre fueron colectivas. La Independencia de 1816, las luchas obreras, la recuperación democrática, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, los organismos de derechos humanos, el matrimonio igualitario, la identidad de género, la marea verde. Ninguna de esas victorias tuvo un héroe único. Todas fueron posibles porque miles decidieron caminar en la misma dirección.

Por eso la Selección Argentina conmueve tanto.

No solamente porque juega bien al fútbol. No solamente porque disputó tres finales en los últimos cuatro mundiales. Ni siquiera porque volvió a instalar al país entre las grandes potencias deportivas del planeta.

Conmueve porque representa algo que la Argentina reconoce como propio: la potencia de construir entre muchos.

El subcampeonato mundial no disminuye ese legado. Por el contrario, lo vuelve todavía más evidente. Si millones de personas salieron otra vez a las calles sin una copa para levantar, entonces el verdadero triunfo estaba ocurriendo en otro lugar.

Lo que celebraba nuestro pueblo no era únicamente un resultado. Celebraba una manera de estar juntos, juntas, juntes.

Como ex futbolista, directora técnica y militante feminista, encuentro allí la enseñanza más importante que deja la Scaloneta. Mucho más profunda que cualquier medalla.

Durante décadas el fútbol nos contó la historia del héroe individual. Del diez que resolvía solo. Del salvador. Del distinto.

Sin embargo, este equipo eligió otro camino.

Lionel Messi, a sus 39 años, ya no representa únicamente al mejor futbolista de la historia. Representa una forma distinta de ejercer el liderazgo. La autoridad que no necesita imponerse. El prestigio que no humilla. El capitán que comprende que su grandeza crece cuando hace mejores a quienes lo rodean.

Lo mismo puede decirse de Lionel Scaloni. En tiempos donde el liderazgo suele confundirse con el personalismo, construyó exactamente lo contrario. Formó un cuerpo técnico que piensa colectivamente, un grupo donde el protagonismo circula, donde nadie parece indispensable y, justamente por eso, todos lo son.

Durante este Mundial vimos futbolistas disputar partidos lesionados, correr hasta el límite de sus posibilidades, aceptar salir cuando era necesario, ocupar lugares secundarios sin convertir esa decisión en un conflicto de egos.

No fue solamente sacrificio. Fue confianza. Fue pertenencia. Fue la certeza de que el objetivo común siempre estaba por encima del reconocimiento individual.

Quienes venimos de los feminismos populares reconocemos inmediatamente esa escena. No aprendimos esa verdad mirando fútbol. La aprendimos organizando la vida.

En los barrios populares, en los comedores, en las cooperativas, en las canchas donde el fútbol femenino encontró lugar mucho antes de que existieran contratos o cámaras de televisión, entendimos que la más talentosa tampoco puede sola.

Aprendimos que una compañera brillante nunca reemplaza a la organización. Que una red vale más que una estrella cuando aparecen las dificultades. Que el liderazgo no consiste en ocupar todo el espacio sino en abrirlo para las demás. Que el cuidado no es solamente una práctica afectiva: es una estrategia política.

Quizá por eso la Scaloneta emociona tanto.

Porque, sin proponérselo, hizo visible frente a millones algo que las mujeres vienen construyendo hace décadas casi siempre lejos del reconocimiento público: que el éxito colectivo no disminuye el brillo individual. Lo potencia.

Messi no deja de ser Messi porque sus compañeros corran con él. Es todavía más grande porque elige ser parte antes que excepción.

Esa enseñanza excede al fútbol, habla de una forma de imaginar la sociedad.

También por eso la bandera con la inscripción “Las Malvinas son argentinas”, sostenida por los jugadores, produjo una emoción tan intensa. No porque el fútbol reemplace a la política exterior ni porque resuelva conflictos diplomáticos que llevan más de un siglo.

Hace otra cosa: construye comunidad que se organiza a partir del reconocimiento de cada persona que la constituye.

Las causas nacionales necesitan argumentos jurídicos e históricos, pero también necesitan símbolos compartidos. Necesitan cuerpos que las representen. Necesitan emociones que vuelvan a reunir a un pueblo alrededor de una historia común.

El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria. Consigue que una bandera vuelva a ser una conversación colectiva. Consigue que una causa vuelva a sentirse propia. Consigue que millones de personas, diferentes en casi todo, compartan por un instante la misma emoción.

Quizá sea uno de los pocos lugares donde todavía nadie se pregunta a quién vota la persona que tiene al lado cuando la abraza. Durante algunas horas desaparecen las diferencias sociales, religiosas, generacionales o partidarias.

Queda solamente la certeza de pertenecer. Y esa experiencia no es menor.

En una época atravesada por discursos que promueven el individualismo extremo, la competencia permanente y la idea de que cada quien debe salvarse por su cuenta, la Selección Argentina ofrece exactamente la imagen contraria. Nos recuerda que nadie llega lejos sin los demás.

Que el talento necesita organización. Que el liderazgo puede ejercerse sin autoritarismo. Que el prestigio puede ponerse al servicio del grupo. Que cooperar no es un gesto ingenuo sino una enorme inteligencia colectiva. Hay quienes dirán que es solamente fútbol.

Tal vez olviden que, en Argentina, el fútbol nunca fue solamente fútbol. Es una de las pocas experiencias capaces de reunir en una misma calle a quienes difícilmente se encontrarían en otro escenario. Allí donde tantas veces la política llega fragmentada, el fútbol todavía consigue producir un “nosotros”.

No reemplaza a la política. Le recuerda cuál es, quizás, su tarea más difícil y más hermosa: construir comunidad.

Por eso creo que el mayor legado de la Scaloneta no son las tres finales disputadas en cuatro mundiales, por extraordinario que ese recorrido resulte. Su legado más profundo es haber vuelto deseable la cooperación. Haber demostrado que el éxito puede construirse compartiendo. Haber convertido la solidaridad en una fortaleza competitiva. Haber hecho del liderazgo una práctica de confianza y no de vanidad. Y haber recordado, en tiempos donde pareciera imponerse el “sálvese quien pueda”, que la felicidad más intensa sigue siendo aquella que se vive con otros.

Quizá esa sea la verdadera victoria de esta Selección: no enseñarnos cómo se gana una Copa del Mundo, sino recordarnos que los pueblos alcanzan sus mejores versiones cuando deciden jugar en equipo.

Porque la alegría, cuando de verdad transforma, siempre ocurre entre muchos.