Hay un mundial en el placard

¿Puede convivir la felicidad que produce la selección y el fútbol con la apatía de todo lo que lo envuelve al Mundial? ¿Cómo no renegar pero a la vez conmoverse con la bandera que cuelga del balcón? ¿Cómo mirar la porción de fiesta popular? En esta nota, Euge Murillo propone algunas reflexiones para tirar de los cordones del campeonato del mundo.

Foto deportada: Erick Valenzuela Bello (La Tinta)

El mundial del futuro ya llegó. Se juega en tres países que comparten fronteras y desde el estadio ubicado más al norte hasta el de más sur hay más de 4000 kilómetros de distancia ocupando cuatro husos horarios. Las camisetas de las 48 selecciones tienen tecnología de ventilación y termosellados ultralivianos para neutralizar las altas temperaturas de los estadios, algunos de ellos con un sistema de aire acondicionado capaz de mantener la cancha y la tribuna a 22 grados.  La pelota es por demás sofisticada: posee sensores que envían hasta 500 datos por segundo y además la bautizaron “trionda” porque hace alusión a los tres países anfitriones y a la buena vibra que desprende el torneo donde la mayoría de los partidos se juegan en uno de los países más ricos del mundo alineado con la institución que maneja las riendas del mercado del fútbol profesional.

Los árbitros tienen cámaras incorporadas al cuerpo que transmiten imágenes en tiempo real a través de software de inteligencia artificial que “limpia” la imagen de las vibraciones que produce el trote del juez. Todos los árbitros tienen relojes inteligentes que suenan cuando un jugador convierte un gol inmediatamente antes de la ovación de las hinchadas. Cada segundo del torneo genera una ganancia que se prevé la más lucrativa de la historia de los mundiales, sin embargo se calcula que todo el dinero que será generado en este mes es apenas el 5% de la fortuna de los multimillonarios que planifican la vida en Marte. 

En la sede principal del campeonato gobierna un fánatico racista que se identifica con las siglas MAGA (Make America Great Again) y que días antes del comienzo del evento ordena cerrar las fronteras a fans y a jugadores de países pobres. Un árbitro, considerado el más importante del continente africano, es deportado. La selección de un país que se niega a someterse al imperialismo es forzada a que sus jugadores duerman, después de cada partido, no en la sede central sino en la sede donde gobierna una mujer y es tierra de un comandante guerrillero y de ejércitos de mujeres indígenas que a pura enagua y fusil defienden la tierra y pelean por la liberación de los pueblos. Desde la selva anuncian que lo más importante del mundial sucederá afuera de los estadios: las movilizaciones y protestas se multiplican en varias ciudades de los tres países, donde docentes, migrantes, feministas, militantes por los derechos humanos, por la vivienda, ambientalistas y trabajadorxs que no llegan a fin de mes utilizan la difusión del acto deportivo para visibilizar la enorme desigualdad social instalada en el planeta. 

Por todos los medios y las redes sociales, circulan imágenes de gran carga emotiva producidas por marcas de todo tipo —sobre todo, casas de apuestas—; los jugadores de la selección Argentina son protagonistas de las publicidades, hay hasta hamburguesas que llevan sus nombres y se abstienen de opinar de política como si eso fuese posible en el año 2026.  El sport washing es el mecanismo que consiste en apelar al sentimiento popular que producen los mundiales para ocultar guerras, genocidios, ajustes, represiones, xenofobia y el extractivismo instalado en los países del sur global. Siempre sucedió pero en el mundial del futuro todo parece un poco más. Hay un contrapeso más o menos marginal que intenta producir una perspectiva crítica a este mecanismo, en general es menospreciada por ser considerada “aguafiestas”. La campaña “No ICE in the cup” impulsada por Horizons Project, un colectivo compuesto por movimientos y redes prodemocracia alrededor de EE.UU, difunde afiches contra la política inmigratoria y comprometen a las autoridades a que los agentes del control migratorio no tengan presencia durante el torneo. En la Ciudad de México se realizaron acciones impulsadas por colectivos y familias de personas desaparecidas que en ese país son más de 130 mil. Las familias buscadoras se organizan en más de 80 coordinaciones, con el lema “la pelota vuelve a casa, los desaparecidos no” para visibilizar y denunciar que en el país hay al menos 70 mil cuerpos sin identificar. En redes sociales también se ven campañas denunciando el genocidio en Palestina, la gentrificación y los desalojos. Por su parte, algunas campañas en redes buscan apelar a la inteligencia artificial para interpelar a quienes siguen el mundial:  un video que muestra a la policía antimigratoria del ICE deteniendo a las grandes figuras del torneo. Se lo ve a Messi y a Mbappé esposados y a Cristiano Ronaldo recibiendo golpes en el suelo,todos ellos con las camisetas de sus selecciones.

Mi madre vio la final del Mundial México 86´ en un televisor que estaba dentro de un placard en un departamento diminuto. Cada vez que tiene la oportunidad cuenta la anécdota y además de subrayar que sólo podía celebrar la victoria con la bebé que tenía en brazos, insiste en lo lindo que era ese fútbol del pasado, una especie de oda a que lo viejo funciona y esa forma de renegar con la tecnología que a esta altura es como querer barrer las olas del mar con un escobillón. Si una pelota de fútbol transmite 500 datos por segundo, ¿por donde es posible mirar la pasión del pueblo futbolero y que no venga ese vaho de fútbol hecho a base de IA y semillas transgénicas? Tanta biyuya y tanta sofisticación que la anécdota de mi madre es como un reliquia. Hace unos días, desde un escenario, la cantante de tango Julieta Laso, ante la advertencia de que podía equivocar la letra, dijo: “Dentro de poco un error humano va a ser un tesoro entre tanta inteligencia artificial”. 

¿Cómo mirar esa porción de fiesta popular que le cabe al mundial? ¿Cómo no renegar pero a la vez conmoverse con la bandera que cuelga del balcón y como suena cuando el viento la hace chocar contra el cemento? ¿Cómo hacerle cambiar a la pasión ese olor a naftalina y que de un momento a otro sea el aroma a la pasta de los domingos? ¿Cómo se hace para ponerle al futuro un poco de tierra seca y convertirla en potrero por un rato para que el sintético brille menos? ¿O cómo le ponemos al HD un poco de la lluvia de esa interferencia  que aparecía en la tele de 14 pulgadas a la hora de la siesta y en la mejor parte de la novela?

Tarde. El futuro llegó hace rato, la infaltable cita de estas semanas en tierra argenta que si miramos al pasado vemos a un grupo futbolistas trayendo la copa por “los pibes de Malvinas” y celebrando a puro viajero . Si miramos al futuro, vemos a ese mismo grupo ya de traje y corbata, dándole un buen apretón de manos al líder imperialista. No miremos para ese lado, miremos la gambeta, miremos el festejo en el Obelisco si llegamos a traer la cuarta. O mejor, mirémoslo a Maradona haciendo jueguito en el 89´ mientras en el estadio olímpico de Múnich suena ‘Life is Life’ de Opus. “Nanana, Life is Life”, con los cordones de los botines desatados y el buzo over size que más que un jugador de fútbol parecía un peluche. En los tiempos de las pantallas y las 80 pulgadas —que ya ni se pueden comprar porque el endeudamiento es total— es muy difícil no mirar y abrir una hendija con el desapego de una tradición tan impregnada ¿Puede convivir la felicidad que produce la selección y el fútbol con la apatía de todo lo que lo envuelve? Es la cáscara y la herida, que cuando se despegan duele y esos hilos que unen dan más impresión que otra cosa. 

¿Pero para dónde miramos entonces? ¿Atrás o adelante? ¿O bajamos la mirada y nos convencemos de que no pasa nada si vemos los partidos de Argentina y que tampoco es un pecado mortal si deseamos que pierda la selección? ¿O que gane y sea como esa última misa de despedida al Indio? Esa despedida en donde la mayoría tenía un “fuera Milei” atragantado en las vísceras, donde el desborde del duelo y la certeza de que no estamos solxs calienta un poco los músculos del ánimo y aparece la esperanza, como el sol de cada mañana o como esa jugada que nadie espera y de pronto ¡Gol! y a festejar porque si hay algo que podemos traficar de la alegría del fútbol es que el festejo es más lindo cuando te sorprende. Entonces ahí está, trafiquemos la alegría futbolera de todos los tiempos a las pasiones del futuro, saquemosle provecho a la sonrisa de les niñes que están perdiendo los dientes de leche y que estrenan la celeste y blanca, aprovechemos los minutos de hidratación para conversar sobre lo importante que es el agua, hackiemos la pausa publicitaria con la solidaridad del pase para hacer un gol entre todes,  desmintamos eso que dicen del futuro que es a pura individualidad y timba, si el mundial del futuro llegó hace rato recuperemos ese tesoro del error humano, ese que es riesgoso, inesperado. Tiremos de los cordones de cualquier resaca de alegría del pueblo como si fuera el mejor pase de la historia a la felicidad del presente.