Altihna: el cielo se juega en las playas de Río de Janeiro

Una ronda de mujeres, una pelota que no toca el suelo, una escuela al aire libre que desafía los límites del juego, la edad y el género. En las arenas de Río de Janeiro, la altinha es más que un deporte: es rito, pertenencia y disputa por el derecho a jugar sin miedo.

Desde las alturas, Copacabana parece una media luna creciente. Un arco de luz tapizado de arenas blancas abrazado por un azul océano que la recorre suave pero firme. A más de setecientos metros sobre el mar, con los brazos abiertos, el Cristo Redentor que todo lo ve. A diez metros de ese mar, en la arena, cuatro mujeres tumbadas en la arena se levantan lánguidamente. Ajustan a sus curvas los pliegues de sus biquinis, acomodan sus cabelleras y las pieles barnizadas se iluminan con cada movimiento. No hay viento. Avanzan hacia la orilla, escoltadas por una bruma veraniega de sal y protector solar, cuando una se detiene en la procesión y con la mano alejando al sol de su visión, consulta al resto si en ese lugar pueden hacerlo.

Las cinco protagonistas se preparan para el ritual. Cuatro son mujeres. La quinta, una pelota de cuero negra y blanca. El ritual tiene nombre, altinha, una práctica deportiva desprendida del fútbol y de la arena. La liturgia comienza con la pelota levantada por un golpe interno del pie derecho, que dibuja una parábola perfecta en dirección a su compañera del frente, quien la recibe con un golpe seco y certero en la mitad de su fémur mientras levanta su rodilla a la altura de su cadera. La pelota sube, gana vuelo en una diagonal curva trazada hacia la izquierda, dando espacio para que la tercera integrante del cuarteto se adelante con su frente incisiva y empuje la bola en línea recta hacia su par.  La receptora del ataque, retrocede dos pasos en la arena, y con un envidiable dominio del pie izquierdo, le quita velocidad y la sube de nuevo hacia su lateral.   

La misa es hipnótica, la destreza en el pie, la rodilla, la cabeza y hasta los hombros agraciados consiguen alzar esa pelota que no para de subir como un barrilete. Los ojos fijos en el punto móvil las mantiene en un estado de trance; el tiempo y el espacio se evaporan. La pelota, en el aire, inmaculada. Nada las distrae, ni los vendedores ambulantes que arrastran los carritos humeantes de choclo cocido, ni el helicóptero de la policía militar sobrevolando a pocos metros sobre el mar, ni los perros que se detienen a olfatear a sus pares entre agudos ladridos. Sin embargo, un sutil sonido frena el juego: un clic digital casi imperceptible, escondiendo una mirada masculina que desde un celular bobo intenta capturar la escena. El juego termina cuando alguien no se divierte: una de las mujeres le pide al hombre que deje de tomar fotos. Él se ríe y sigue haciéndolo. Ese día la ronda finaliza por un dedo apoyado en el disparador de un celular. En otros, el juego puede finiquitarse por un dedo inclinado en el gatillo de un arma.

Altinha, en carioqués se pronuncia “auchiña”, es la hija habilidosa del fútbol, nacida en la década del 60, en uno de los escenarios más idílicos de Brasil: las playas de Río de Janeiro. Heredera libre, tiene por objetivo mantener la pelota en el aire sin que toque el suelo ni usar las manos, desplegándose así como una práctica deportiva independiente.

Lorena Andrade Bichucher es una carioca da gema, como se conoce a quien proviene de madre y padre nacidos en el Estado de Río de Janeiro. Es profesora de educación física, atleta, madre e idealizadora de la primera escuela femenina de altinha de América Latina. Amante de la playa, fue criada en una familia de hinchas de Fluminense que la estimuló a practicar deportes desde su infancia. Lo remarca orgullosa y sonriendo, mientras muestra en la cara interna de su bíceps izquierdo el escudo de su equipo en tonos rojo y verde.

—En altinha no hay cuerpo a cuerpo como en el fútbol, no hay embestida de la pelota. Cuando la pelota baja hacia vos, ese es tu momento: el objetivo es el arte de mantener la pelota en alto, con gracia y sin competencia.

En 2019 da luz a su hijo y en febrero del 2022 nace Empoderalta. La escuela no tiene estructura. O sí. Tiene la más carioca posible: un espacio de treinta metros cuadrados de arena de la playa de Leme, custodiado por cuatro palmeras que cada tanto desprenden un coco verde. De un lado, bordea la pasarela mítica de la postal carioca, un empedrado de retazos blancos y negros que simulan un ondulado mar. Hacia al lado opuesto, y unos cuantos metros después de la franja extensa de arena caliente, el verdadero mar.

Lo primero que escucha cuando una alumna se acerca a probar una clase es una pregunta seguida de una aclaración. “¿Acá enseñan a alguien que no sabe nada de fútbol? Soy pésima, nunca toqué una pelota”. 

En la primera clase explica los fundamentos básicos y deja que las alumnas ya iniciadas colaboren con la amateur mientras observa los movimientos de la aspirante 

— A veces no saben que saben, quizás no tuvieron la oportunidad de tener contacto con una pelota. Confío en ellas. Sus cuerpos tienen memorias, no solo físicas, sino también culturales. 

Maíra escarba memorias placenteras de su infancia en familia, su favorita: preparar una buena comida y ver los partidos de Fluminense y de Corinthians. Maíra es una eterna aprendiz. Aprende a trenzar su melena oscura que le cae hasta la cintura, aprende y toca el trombón en un cortejo de calle del carnaval carioca, estudia e investiga en su doctorado las dinámicas de poder y el impacto social en los socios adherentes de los clubes de fútbol en Río. Cuando le preguntan por qué le gusta el fútbol y la altinha, responde que más que gustarle el fútbol, le gusta Río de Janeiro. 

—Cuando juego altinha, me siento mucho más conectada con mi ser carioca, altinha tiene ese lugar de identidad. Es un juego en equipo, donde todos ganamos, nadie es mejor que nadie.

En 2020, la práctica deportiva es nombrada como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de Río de Janeiro, entendiendo a la disciplina como conocimiento transmitido de generación en generación, aportando un sentimiento de identidad y condensando un puente presente que va mutando con el entorno, pero que aun así, se abre como pasaje entre el pasado y el futuro.

—Desde que tengo memoria, vi hombres jugar en las rondas y de alguna manera, deducía que no era algo para mí. No dudaba de mi capacidad de aprender algo nuevo, pero en alguna parte tenía vergüenza de exponerme. Cuando llegué a Empoderalta pensé ‘quiero aprender, pero debo ser muy mala’ y a medida que la clase avanzaba, mi cuerpo conseguía hacer algunos movimientos, sin saber cómo ni de dónde salían. Estaba aprendiendo jugando. Una mujer adulta, jugando.

Altinha, en carioqués se pronuncia “auchiña”, es la hija habilidosa del fútbol, nacida en la década del 60, en las playas de Río de Janeiro. Heredera libre, tiene por objetivo mantener la pelota en el aire sin que toque el suelo ni usar las manos.

Ellas juegan y un clic silencioso de obturador, persigue a los cuerpos en la orla carioca. La profesora se acerca a un hombre parado en la vereda de la Avenida Atlántica y le pide que pare de sacar fotos. Les grita:

— No estoy interesado en ustedes, son todas feas.

Los gritos en portugués y en inglés se sobreponen al clic. Un vecino pasea a su perro y sin necesidad de elevar la voz, le pide que pare de hacerlo. La voz de ese par, suena tan alta para el gringo que renuncia a la invasión y declara retirada. Siete mujeres y sus gargantas amazónicas, no fueron suficientes para derribar un celular.

Un grupo de hombres en sunga, que entrenan futvolei  a diez metros de la escuela, observan la escena. Ninguno fue capturado por el celular.

“Contamos con una desventaja en el tiempo, entramos en contacto con la pelota mucho más tarde, a veces después de los veinte, de los treinta o de los cuarenta años. Otro desafío es animarnos a jugar en bikini. Podemos elegir jugar con short o remera, pero es la playa, es Río de Janeiro y hace calor”, dice Maíra. Y agrega: “La vergüenza me dura unos segundos y cuando empiezo a jugar me olvido de todo lo que pasa alrededor, pero si paro a pensar me preocupa por donde andarán circulando las fotos que me sacan en un momento que atesoro, que sigue siendo mío”.

“Cuando juego altinha, me siento mucho más conectada con mi ser carioca, altinha tiene ese lugar de identidad. Es un juego en equipo, donde todos ganamos, nadie es mejor que nadie”. Maíra

El ritmo de la ciudad se acelera después de las seis de la tarde. El tiempo en Río de Janeiro samba en un compás propio, cadencioso y relajado como el primero de enero. La metrópolis carioca calza en los brazos del Cristo Redentor un tic tac particular. Ese tic se puede transformar en el disparador de una cámara. Ese tac, el gatillo de un arma. 

Una docena de mujeres sube una ladera empinada, esquivando motos que aceleran en contra de la gravedad. Cargan pelotas, agua, frutas, mochilas y algún que otro hijo. Escalan hasta una cancha ubicada en la favela de Babilonia donde la escuela de altinha gestionaba un espacio de juego y entrenamiento entre alumnas y vecinas de la comunidad. Se saludan y se abrazan bajo los reflectores, disputan por la mejor pelota para jugar con su cuarteto, se ríen, se colocan en el centro de la cancha. Desde afuera y colgados de la reja, cinco jóvenes espectadores las siguen con la mirada. Uno le dice a la profesora, firme y sin rodeos:

 —Hoy jugamos nosotros. Pueden ir saliendo. 

Con humildad de visitante e instinto de supervivencia, la profe explica que el proyecto funciona con días fijos hace unos tres meses y se encuentra reservado para ellas. Las pelotas siguen subiendo junto con el número de espectadores masculinos. Desde afuera de la cancha, les lanzan misiles hablados, cargados de desprecio hacia sus cuerpos, sus pocas o muchas habilidades. Algunas motos frenan para sumarse, aceleran, el ruido ensordecedor las acorrala; desde el exterior, una mano habilidosa provoca un apagón. La luz vuelve, pero el clima del juego es insostenible. Un torso desnudo detrás de la reja deja aparecer entre la cadera y el elástico de su bermuda, un arma opaca y fría. Si hay un arma no hay voces que puedan gritar más alto que ese tic o ese tac. 

— Queremos jugar — vuelven a increpar. 

El grupo femenino canta retirada y abandonan la cancha, empapadas de sudor y lágrimas. Los vencedores entran corriendo al centro y patean una pelota, las carcajadas retumban en las paredes. Final de juego otra vez.

Cinco días después, el sábado, se juntan nuevamente, pero esta vez en la arena de la playa de Leme. Ahí el sol es para todas.

Más de trescientas mujeres pasaron por las arenas de Empoderalta. Hasta el día de hoy, se autoconvocan en la playa y se cuidan entre ellas. Alguna que otra vez, denuncian un celular bobo. El pasaje por el centro de entrenamiento funciona como rito inicial en la religión circular de la pelota: la ronda con pares, las caras abiertas sonriéndole a una bola como si un pedazo de cielo les fuese permitido, el cuerpo que logra, aunque sea por instantes, soltarse de la tensión constante y se entrega a la ocupación más sublime y emancipadora: jugar.