Fotos: Jose Nicolini.
¿Cuánto trabajas para llegar a fin de mes? ¿Llegás? ¿Cómo llegás? En la Argentina, trabajar se volvió una prueba de resistencia: jornadas cada vez más largas, pluriempleo, informalidad, horas extras, cuentas que no cierran y un cansancio que se acumula en los cuerpos. Un malestar que se ve en las calles, en los rostros preocupados de una estación de tren, en la furia de quienes viajan en colectivos abarrotados.

“Estamos todos quemados. Se siente”, dice Romina que tiene 50 años y desde hace catorce trabaja en el peaje de la Autopista Autopista Buenos Aires-La Plata. Vive en zona oeste y todos los días combina entre dos y tres medios de transporte para llegar a su trabajo. Entre ida y vuelta, puede llegar a pasar 3 horas por día viajando. Antes se tomaba el rápido por autopista, pero el boleto aumentó a $4.600 así que ahora pasó a ser un gusto que se da cuando necesita descansar un poco más. Romina dice que la incertidumbre económica atraviesa su vida cotidiana, a pesar de tener garantizada la estabilidad laboral. “La situación no da para más. Tenés las paritarias planchadas con una inflación que no se condice con la realidad. Es como remar en dulce de leche. Por suerte, no tuve que agarrar otro trabajo porque tenemos un sindicato fuerte; eso hace la diferencia. Pero igual los ajustes son inevitables: no como tanta carne, busco ofertas todo el día, cambie las marcas de todo. Y ni hablar del precio del transporte como viene subiendo. Todo eso va haciendo mella en los trabajadores. Y va más allá de lo económico, lo sentís a nivel anímico”.
“Y además está el tema de la reforma laboral, que también implica una quita de derechos, sobre todo para las mujeres que seguimos viviendo en una sociedad desigual, con brechas por todos lados, y con el avance de las derechas se hace todo más cuesta arriba”, agrega Romina. Según datos oficiales, la brecha salarial entre varones y mujeres es del 27% en Argentina y aumenta al 40% en el trabajo informal. Eso significa, por ejemplo, que las mujeres tienen que trabajar 98 días más al año para igualar el salario de un varón.

Noelia tiene 46 años y empezó a trabajar de vendedora ambulante después de la pandemia. Vive en Adrogué y todos los días viaja una hora hasta la estación de tren de Constitución. Llega a las 5 de la mañana y, en general, trabaja hasta las 3 de la tarde. “Pero desde que asumió este presidente no se vende nada, así que muchas veces me quedo más horas trabajando para intentar llegar con la plata. Si las ventas están flojas, me quedo hasta las siete de la tarde. Vivo el día a día, no queda otra”, dice. En sus manos tiene pañuelos y encendedores, pero explica que los productos van cambiando según la temporada.
A la dificultad para juntar el mango, se suma la persecución —cada vez mayor— del gobierno porteño a los y las vendedoras ambulantes. “Es difícil estar acá. Desde que asumió este Gobierno, viene de Espacio Público y nos sacan a cada rato. Es Jorge Macri, pero también es la línea de este Gobierno porque antes trabajabamos lo más bien acá. Todos los días es una pelea con la policía, con los del tren, con Espacio Público. Pero no nos vamos, insistimos y nos quedamos, porque sino no podemos trabajar más. Tenes que insistir porque tenes que vivir”.
Según datos del INDEC, el salario real de los trabajadores registrados cayó un 8,9% desde la asunción de Javier Milei: 3,5% el sector privado y 18,3% el público. Además, las mujeres enfrentan mayores niveles de informalidad laboral: el 38% de las mujeres asalariadas en Argentina lo hace en la informalidad, mientras que en varones la cifra es del 35%.


“Trabajo ocho horas por día y, además, estudio. Viajo entre cuarenta minutos y una hora y veinte para llegar al trabajo. Eso si es que el tren anda bien, algo que últimamente no está sucediendo”, dice María Belén. Es enfermera, tiene 36 años, vive en Quilmes y hace poco consiguió trabajo en una residencia para personas mayores en el barrio de Constitución donde trabaja todos los días. Antes, Belén trabajaba como docente, pero decidió cambiar de rumbo: se recibió en la Cruz Roja y hoy ejerce, orgullosa, por primera vez como enfermera. Pero a Belén, como a muches, no le alcanza. “Tengo que trabajar mucho más que antes para llegar a fin de mes. Estoy muy cansada, siento que no me da el cuerpo. Ya ajusté en todo: vacaciones, descanso, trabajar feriados —que son mis días de descanso— y horas extra. Al ser personal de salud, el cuerpo te pasa factura, pero lo tengo que seguir haciendo igual”.
Las mujeres representan el 69,4% de los trabajos en servicios sociales y de salud, y el 71,8% en los de enseñanza. Son también dos de los sectores más precarizados del mercado laboral argentino. “Nuestro trabajo no está reconocido, no somos considerados profesionales, sino técnicos. Aún cuando somos quienes actuamos cuando hay una urgencia y no están los médicos. Creo que eso se debería valorar y en este Gobierno no lo estoy recibiendo esa valoración”.
Belén agradece que, por ahora, no tuvo que tomar otra trabajo y aprovecha el poco tiempo libre para continuar sus estudios. “Quiero seguir profesionalizándome porque siento que es una forma de devolverle algo a mi país”, dice.

En los últimos años, la cantidad de personas con más de un empleo aumentó de manera sostenida en Argentina. Hoy casi el 12% de quienes trabajan sostiene dos o más ocupaciones, un aumento cercano al 40% respecto de 2017. Detrás de esas cifras, hay trayectorias de vida fragmentadas entre distintos horarios, tareas, viajes de un trabajo al otro, y un cansancio que se va acumulando en los cuerpos. De la mano del pluriempleo, también se extienden las jornadas laborales. Cerca de tres de cada diez personas ocupadas trabajan más de 45 horas semanales, mientras se profundiza una lógica donde el tiempo libre se vuelve un bien cada vez más escaso.
Camila, espera el colectivo hace más de 15 minutos. Trabaja de niñera entre seis y ocho horas diarias, y viaja casi tres horas, entre ida y vuelta, desde su casa en González Catán. Hoy trabaja en una sola casa y, cuando lo cuenta, no puede evitar hacer un gesto de agradecimiento. Antes trabajaba haciendo limpieza en varias casas y las jornadas se le hacían aún más eternas viajando de un lado al otro. “Estoy muy cansada. Me cuesta mucho volver, sobre todo, la autopista ahora está en obra y a veces tardo dos horas en llegar a mi casa. Yo tomo tres transportes de ida y de vuelta, es un montón de tiempo”, dice mientras espera —y desespera— en una fila eterna sobre el andén del colectivo.

Hay trabajos que sostienen la vida y casi nunca aparecen en las estadísticas ni en los discursos oficiales. Están en los barrios, en los pasillos de los hospitales, detrás de un mostrador, en los viajes eternos, en los cuerpos que trabajan aun cuando el cansancio ya no entra en la agenda. Son trabajos atravesados por el género, por la informalidad, por la desigualdad. En Argentina, las mujeres siguen ocupando gran parte de los empleos peor pagos, más precarizados y menos reconocidos; otras identidades ni siquiera aparecen en las estadísticas que siguen siendo un recorte binario de la población laboralmente activa.
Mónica, tiene veinticuatro años, su turno de trabajo va de seis a siete horas por día en la panadería, con francos rotativos, sin embargo hace tres meses que empezó a trabajar horas extras y suma catorce horas diarias.“El tiempo de frío hace que suban las ventas. Pero venía muy baja las ventas, subieron los precios y no se estaba vendiendo. Yo tengo un salario fijo, ojalá fuera que aumentan los precios y aumenta el sueldo. No me alcanza el salario,e stoy haciendo horas extras y hago catorce horas por día. Ya son tres meses que vengo así, por suerte se pasa rápido porque es tranquilo. Yo alquilo, estoy esperando un hijo, estoy de cuatro meses entonces más que nunca necesito trabajar juntar plata, las horas que pueda, porque después no sé cómo voy a hacer, con tanto tiempo sin trabajar”.


Según el último informe la Cocina de los cuidados, último informe, a brecha salarial en términos de género está tocando techos máximos, ya que los sectores más feminizados son los que más ingresos reales vienen perdiendo. Entre las más jóvenes, una cuarta parte (22%) no consigue tener ingresos propios, mientras que entre los varones jóvenes el problema es del 16% (PAMPA, 2025).
En momentos de alta apreciación cambiaria y muy bajos salarios, crece el pluriempleo y la sobreocupación. Los ocupados que demandan más empleo están creciendo, pasaron de representar el 16,2% en 2023 al 17,1% en 2025 -valor que no alcanzaban desde la pandemia-. La cantidad de personas empleadas con más de una ocupación es 1,5 puntos porcentuales más alta que al inicio de la gestión de Milei y el porcentaje de mujeres en esta condición es estructuralmente más alto (7 p.p. promedio de diferencia).
Muches sostienen tareas vinculadas al cuidado, la salud, la educación, el comercio barrial y el trabajo informal o las economías populares. Son quienes amortiguan la crisis cotidiana: ajustan gastos, recortan descanso, multiplican jornadas, suman horas de viaje, estiran ingresos que no alcanzan. La informalidad laboral impacta especialmente en mujeres y personas mayores, que muchas veces continúan trabajando más allá de la edad jubilatoria para sostener ingresos, además el salario real perdió poder adquisitivo en los últimos años y muchas personas necesitan más de un empleo o extender horas laborales para cubrir gastos básicos.
Santusa tiene 70 años y trabaja hace más de tres décadas en una verdulería de Constitución. Viaja todos los días desde Quilmes junto a su marido, donde compran la mercadería antes de abrir el local sobre la calle Brasil. Llegó desde Jujuy a los 16 años y empezó a trabajar siendo muy chica. No terminó la escuela secundaria. Sus hijas crecieron en el barrio y sus clientas la conocen desde hace años. “Antes vendía y vendía bien. Compraba en el Mercado Central y a veces tenía que ir a buscar más cosas. Ahora la gente compra poquito, de a menos cantidad. En casa nos ajustamos porque hay muchas cuentas y el alquiler subió mucho. Mi marido me dice que dejemos el negocio, pero yo no quiero. Estoy acostumbrada a trabajar. ¿En mi casa qué voy a hacer? Acá hablamos con las clientas. Me conocen desde hace años. Son como una familia.”

El trabajo no empieza ni termina cuando se ficha horario. Continúa en la casa, en los traslados, en las tareas invisibles que no figuran en recibos de sueldo ni en convenios laborales. La economía cotidiana depende de esas mujeres que venden, limpian, cuidan, enseñan, cocinan, curan y organizan.
“Trabajo doce horas, de nueve a ocho de la noche. Tengo tres horas de viaje porque vivo en Pilar. Salgo a las cinco de la mañana y llego a las ocho, ocho cuarenta siempre depende el tránsito. Trabajo todos los días, tengo dos veces por semana francos rotativos. Depende la fecha la gente compra, del primero al diez quince de cada mes se vende. A veces se me cruza por la cabeza buscar otros empleos, pero lo que me queda es trabajar en casa de familia, es lo que consigo por donde vivo pero no me gusta. Lo que mas me gusta de trabajar acá es hablar con la gente”, dice Mónica.


Mabel vive en Claypole tiene 60 años, está jubilada y sigue trabajando. “Tengo dos horas de viaje, se viaja horrible porque los colectivos no funcionan bien el tren es lo peor que puede haber, es sucio, oloroso, viajamos peor que animales. Vengo a la Ciudad porque trabajo limpiando casas. Tengo varias casas en la capital. Acá hay más trabajo, en provincia no consigo. Siempre trabajé en esto. Trabajo entre seis y ocho horas, depende el día, le tengo que sumar las dos horas de ida y de vuelta, también la espera del transporte. La plata no alcanza, la situación está mal, en provincia es peor yo lo veo en la dificultad para sacar turnos médicos en la salud pública”

Historias mínimas que hablan de algo más grande: la transformación del trabajo, el deterioro del salario, el crecimiento de la economía informal y la dificultad creciente de sostener una vida digna. En cada imagen hay una escena del presente. En cada testimonio, una voz que resuena en nuestras propias trayectorias. En este contexto el trabajo deja de organizar la vida para empezar a ocuparla por completo.