Hungría: ¿qué significa la caída de Víktor Orbán?

El país europeo  era, para muchos, el laboratorio europeo de la derecha radical. Su líder, Viktor Orbán, una figura de exportación de los populismos de derecha. Será por eso que su derrota en estas últimas elecciones, tras 16 años en el poder, abre la puerta para hacernos algunas preguntas, entre ellas ¿qué cambia para la ultraderecha global la derrota? ¿implica esto el fin de una era?¿generará su caída un efecto dominó?

El 12 de abril el país se convirtió en una fiesta. Miles de jóvenes salieron a las calles de Hungría después de que el primer ministro Viktor Orbán pronunciara estas palabras: “Los resultados electorales, son claros y comprensibles; para nosotros son dolorosos pero inequívocos. No se nos ha confiado la responsabilidad ni la oportunidad de gobernar”.

Los ojos del mundo estaban puestos allí. No es casual, tampoco algo frecuente para ese país. Pero los malos augurios anticipaban el fin de una era y había en el aire una sensación de que estaba por ocurrir algo histórico. Más de una década y media de un hombre en el poder cambió el rumbo no sólo de Hungría sino de Europa toda – y más allá.

Probablemente lo más llamativo sea que el golpe no vino desde la izquierda, el progresismo o los sectores más perjudicados por sus políticas. Nació de entre sus propias filas hasta convertirse en lo que algunos hoy califican como centroderecha, de la mano de Péter Magyar.

Magyar y su partido Tisza se llevaron 141 escaños de los 199 que conforman el Parlamento húngaro, la mayoría más amplia en la historia reciente del país. Mientras tanto, el partido de Orbán, Fidesz, controlará apenas 52 escaños. Antes de las elecciones tenía 135.

Esta derrota no pasó inadvertida entre  los líderes de derecha y ultraderecha  del mundo.. Es un golpe contundente para quien supo tender fuertes lazos con otros mandatarios de agenda compartida, incluido Javier Milei. Se conocieron en una de las reuniones de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) y el acercamiento entre ambos quedó evidenciado con la visita del dirigente húngaro al país para la asunción presidencial del libertario aquel 10 de diciembre de 2023.

Es tentador el análisis en clave de efecto dominó: imaginar que la caída de Orbán es la primera ficha que determinará el destino de otras latitudes. ¿Será?

El caudillo húngaro

Cuando otros empezaban a levantar la cabeza, Víktor Orbán fue y volvió. 

Los discursos que llegaron al mainstream tienen algo de lo que el húngaro venía ensayando hace años. No por nada se convirtió en un modelo para la ultraderecha a nivel global.

Su idea de Estado iliberal fue el norte que eligió para Hungría: un sistema que, según sus propias palabras, “no rechaza los principios fundamentales del liberalismo, como la libertad, pero no convierte a esta ideología en el elemento central de la organización del Estado”.

Orbán fue, ante todo, un conservador hecho y derecho. Construyó un discurso firme contra la inmigración, especialmente durante la llamada “crisis de refugiados” allá por el 2015, y lo tradujo en políticas concretas.

Probablemente la más resonante haya sido la construcción de una valla de más de 175 kilómetros en la frontera con Serbia para frenar el ingreso de personas migrantes a través de la ruta de los Balcanes. Esta medida convirtió a Hungría en una de las primeras puertas de acceso “blindadas” de la Unión Europea.

A eso se sumó la aprobación de leyes que endurecieron el sistema de asilo, aceleraron las devoluciones de las y los solicitantes a Serbia y criminalizaron el ingreso irregular al país penándolo hasta con 3 años de cárcel, medida que organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional consideran “desproporcionadas” frente a lo que debería tratarse como una infracción administrativa.

Pero la caída de una figura como Orbán demuestra que ningún proceso es infalible, que todo se termina, las ultraderechas también.

Durante su gobierno le declaró también la guerra a la comunidad LGBTIQ+. Intentó incluso prohibir las marchas del Orgullo bajo el argumento de una ley de “protección infantil” que restringe contenidos que, según el oficialismo, “promueven la homosexualidad”. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea determinó que estas políticas violan el derecho europeo y “estigmatizan y marginan a las personas gays y trans”.

El gobierno llegó a anunciar “consecuencias legales” para quienes organizaran o asistieran a la marcha.

Pero la ofensiva tuvo una respuesta directa en las calles. En Budapest, unas 200 mil personas desafiaron las restricciones y marcharon igualmente en el Orgullo, en una de las movilizaciones más grandes de los últimos años. La protesta se convirtió en un gesto de resistencia frente al avance del gobierno y su intento de instalar una política basada en el miedo.

Y es que la tensión con la comunidad LGBTIQ+ se inscribe en un escenario más amplio de polarización política en Hungría. El conflicto por el Orgullo y las políticas de restricción han sido quizá uno de los ejes de disputa más visibles. Por eso la marcha no solo reunió a activistas locales: contó también con la presencia de delegaciones internacionales y representantes políticos de otros países europeos, que viajaron a la capital húngara para respaldar la movilización.

Este avance fue posible porque Orbán fue consolidando el control de las instituciones: nombró jueces afines, presionó a medios, universidades y organizaciones sociales.

Esto fue tensando su relación con la Unión Europea. En ese clima, su cercanía con Vladimir Putin, lo llevó a intentar obstaculizar sanciones contra Rusia y la ayuda militar a Ucrania. Budapest pasó a ser un actor incómodo en Bruselas.

Aunque algunos sectores llegaron a calificarlo como “dictador”, lo cierto es que el mandatario húngaro supo leer los temores de la sociedad y conectar con la opinión pública. De otro modo, no habría logrado encadenar los amplios triunfos electorales de 2010, 2014, 2018 y 2022. La oposición nunca pudo construir algo igual.

Pero esta vez, algo cambió.

Como en otros contextos, la economía volvió a ser clave. Mientras los bolsillos estaban bien, la deriva autocrática de Orbán no pareció generar grandes resistencias. Pero el mundo que sobrevino a la pandemia trajo inflación, estancamiento, deterioro de los servicios públicos. Fue un caldo de cultivo del que el gobierno no logró volver.

Está claro que la Unión Europea quiere ver reformas y no solo promesas. El espectro es amplio: va desde la investigación de delitos de corrupción hasta compromisos para proteger los derechos de las personas LGBTIQ+ y de quienes buscan asilo.

Y entonces llegaron los escándalos de corrupción. Mientras la población viajaba en trenes venidos a menos, el círculo de Orbán parecía enriquecerse. Uno de los casos más resonantes involucró al Banco Nacional de Hungría, cuyo entonces presidente, György Matolcsy – aliado de Orbán-, quedó bajo investigación en 2023 por el manejo de fondos públicos transferidos a fundaciones privadas. Según denunció  Péter Magyar, estos mecanismos habrían permitido desviar miles de millones de euros del Estado. Ya había denuncias sobre la adjudicación de contratos públicos a empresarios cercanos y familiares de Orbán. Un ejemplo emblemático fue el caso de la empresa Elios vinculada a su yerno István Tiborcz, que entre 2011 y 2015 obtuvo millonarios contratos de alumbrado público financiados con fondos europeos.

Ni qué hablar del control del ecosistema mediático alimentado con pauta oficial, que desde el 2010 fue quedando progresivamente bajo influencia de estructuras afines a Fidesz. La creación de la fundación KESMA en 2018 permitió concentrar a casi 500 medios húngaros para crear una estructura alineada con el oficialismo que hoy controla casi el 80% de los medios.

Péter Magyar y las dos Hungrías

“Los que robaron el país tienen que afrontar las consecuencias”, afirmó Magyar tras conocerse su victoria en las elecciones pasadas. 

Las denuncias de corrupción fueron uno de los pilares de su campaña.

Péter Magyar tiene 45 años. Nació en una familia de la alta burguesía de Budapest vinculada a la política. Su abuelo fue magistrado del Tribunal Constitucional húngaro y su padrino, presidente de Hungría entre 2000 y 2005.

Fue en sus tiempos de estudiante que Magyar escuchó por primera vez a Orbán. Quedó cautivado. Unos años más tarde se afilió a su partido, el Fidesz. Aunque llegó a ocupar varios cargos en su nombre, en el 2024 algo se rompió.

Aunque algunos sectores llegaron a calificarlo como “dictador”, lo cierto es que el mandatario húngaro supo leer los temores de la sociedad y conectar con la opinión pública.

Magyar comenzó a criticar la corrupción y el control de las instituciones. Hubo un episodio que marcó un punto de inflexión: el indulto a un hombre condenado por encubrir abusos sexuales a menores. El escándalo provocó la renuncia de la presidenta Katalin Novák y de la ministra de Justicia, Judit Varga, ex esposa de Magyar.

En ese contexto, Péter Magyar emergió como una voz que denunciaba públicamente los hechos desde adentro, que no tenía miedo ni siquiera de involucrar a su propia pareja cuando de los destinos del país se trataba. Después de todo, Viktor Orbán había construido gran parte de su plataforma sobre la narrativa de los “valores de la familia tradicional”. Se alejó del oficialismo y fundó su propio espacio: Tisza – en español, Respeto y Libertad-.

Eso que había comenzado como un conjunto de publicaciones incendiarias en Facebook terminó por convertirse en la principal amenaza del Fidesz.

Sin embargo, Magyar no se presentó como un antagonista ideológico completo de Orbán. No cuestionó el núcleo conservador del discurso. Apeló a valores como patria y tradición, pero asociados a una Hungría en deterioro.

Durante la campaña – y transmitiendo en directo para redes sociales – recorrió hospitales, escuelas y residencias de ancianos, mostrando el estado de los servicios públicos.

“Reconstruiremos este país juntos, ladrillo a ladrillo”, prometía.

Y es allí donde introdujo una de sus cartas más poderosas.

La Unión Europea había congelado 18.000 millones de euros en fondos en medio de las tensiones con el gobierno de Orbán. En la práctica, esto ha contribuido al desgaste de la situación económica. Péter Magyar lo sabe y por eso se presentó como el líder capaz de devolverle a la nación su carácter democrático, recomponer el vínculo con Europa y destrabar esos recursos.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo resumió en redes: “Hungría ha elegido Europa. Europa siempre ha elegido Hungría”.

Aunque quedará por verse si Magyar logra hacer las reformas que se le exigen, esa promesa de estabilidad y apertura le permitió articular apoyos de distintos sectores de la sociedad húngara. Desde jóvenes de las ciudades que se oponían al aislamiento del país en Europa, hasta gente de zonas rurales golpeados por la crisis: las dos Hungrías. 

¿Qué nos dice la caída de la oveja negra de Europa?

“El pueblo húngaro no votó por un simple cambio de gobierno, sino por un cambio completo de régimen”, dijo Magyar cuando ganó.

Con una participación cercana al 80%, un máximo histórico, el nuevo liderazgo parece contar con la legitimidad necesaria para avanzar en esa dirección. En los días posteriores a las elecciones, ya instó a dimitir a algunos de los principales funcionarios estatales, incluido el presidente.

Está claro que la Unión Europea quiere ver reformas y no solo promesas. El espectro es amplio: va desde la investigación de delitos de corrupción hasta compromisos para proteger los derechos de las personas LGBTIQ+ y de quienes buscan asilo. Es todavía una incógnita si Magyar moderará la línea dura, sobre todo en relación con estas comunidades. Después de todo, pertenece a un espacio de centroderecha donde algunos ven un conservadurismo más pulido que el de Viktor Orbán, pero conservadurismo al fin. El tiempo dirá si realmente está dispuesto a transformar la Hungría que heredó.

Tiene los números para hacerlo. Con más de 133 parlamentarios, Magyar y su partido podrían incluso impulsar reformas constitucionales si así lo quisieran.

Pero su triunfo trasciende a Hungría. Le ofrece a la Unión Europea el alivio de no tener que lidiar con un socio incómodo, un disidente interno que durante años obstaculizó la toma de decisiones. Eso podría ser una buena noticia para Ucrania, que necesita del apoyo europeo. Para países como Estados Unidos, Israel o Rusia, en cambio, implicaría -en teoría- la pérdida de un aliado.

Mientras los bolsillos estaban bien, la deriva autocrática de Orbán no pareció generar grandes resistencias. Pero el mundo que sobrevino a la pandemia trajo inflación, estancamiento, deterioro de los servicios públicos. Fue un caldo de cultivo del que el gobierno no logró volver.

Cabe, en estos contextos, ser prudentes. Nada permite afirmar que este sea, en efecto, el fin de la era Orbán. Su regreso no es inimaginable -ya ocurrió en el pasado-. Tampoco será sencillo desarticular una estructura de poder construida a lo largo de años y que excede los cargos electivos. Pero su caída es profundamente simbólica. El hecho de que el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, haya viajado a Hungría durante la campaña para respaldarlo da cuenta de hasta qué punto existía interés en sostenerlo.

Viktor Orbán ha sido durante años una referencia para movimientos conservadores en distintas partes del mundo, desde la base MAGA en Estados Unidos hasta líderes como Javier Milei. Después de una larga acumulación de victorias, esta derrota irrumpe en esa narrativa triunfalista.

Hay, en muchos de nuestros países, una necesidad urgente de sentir que hay luz al final del túnel. ¿Puede la caída de la oveja negra de Europa decirnos algo sobre el avance -o retroceso- de las derechas radicales? ¿Puede el caso húngaro leerse como una pista?

Trasladar escenarios a otros contextos rara vez funciona. Y, sin embargo, nunca está de más prestar atención. Péter Magyar supo leer el cansancio del pueblo y, en poco tiempo, arrasar con la hegemonía de un partido histórico. Lo hizo convirtiendo el desgaste económico en una oportunidad política. Lo hizo con la ambigüedad suficiente para interpelar a sectores diversos.

No sabemos qué le depara el futuro a Hungría ni a estos movimientos. Pero la caída de una figura como Orbán demuestra que ningún proceso es infalible, que todo se termina, las ultraderechas también.