Con el tiempo aprendí a querer los diálogos interrumpidos. Dieron una vuelta: pasaron de producirme frustración a ser una fuente inagotable de conjeturas, disparates y conversaciones imaginarias. Sobre todo, aquellos que quedaron suspendidos con personas que no voy a volver a ver. Lejos de ser un corte definitivo, esas conversaciones inconclusas abren algo más amplio: un espacio de fantasía.
En esos diálogos truncos queda, además de lo que se dijo, todo lo que no llegó a decirse. Eso también ocupa un lugar. Ahí se despliega un campo de posibilidades: todas las conversaciones que podrían haber seguido, sus posibles resoluciones, las cadencias que habrían tomado, los tonos que habrían adquirido a medida que nuevas informaciones entraban en juego, los momentos para tenerlas. La interrupción no clausura: multiplica. Dos o más veces por semana sueño con mi papá. Anoche soñé que encontraba una foto de él con los brazos estirados y se estaba riendo. Tenía alrededor de 30 años. Nunca vi una foto así. Ahora sumé una nueva imagen en mi álbum de recuerdos.
Pero esas conversaciones fantasiosas no quedan únicamente en el terreno de la imaginación. Tienen ayuda en los restos materiales. En los papeles encontrados, en las fotos, en los subrayados de un libro, en las anotaciones al margen, en los objetos que alguien tocó, usó o dejó. En los objetos favoritos. Hay una continuidad entre lo dicho y esas huellas, como si algo de la conversación se pudiera desplazar hacia esas superficies. Muchas veces me encuentro sacando de su lugar ornamental las cámaras de fotos de mi papá y vuelvo a pensarlo en momentos que me hacen conocerlo más. Aún ahora. Esa persona que conozco en sus cosas tal vez no tenga nada que ver con quién era, pero realmente la precisión no tiene importancia.

La última vez que viajé al lugar donde mi padre vivió fui a la biblioteca popular de la que era socio. Cuando murió hace algunos años había dejado en su mesa de luz una antología de cuentos policiales compilada por Ricardo Piglia y así supe que había cambiado su biblioteca de referencia. En ese momento, devolví el libro y me fui. No recuerdo haber hablado. Ahora volví para conocer su ficha de lector. Había tenido un momento intenso con Liliana Bodoc y con Jean M. Auel, y había vuelto a la senda del policial best seller. Supe que había propuesto comprar algo de Elmore Leonard, recomendación que le hice después de leer Brillo. Quiere decir que le interesó.
Leer esos restos tiene algo de trabajo pericial. Como si se tratara de reconstruir una escena a partir de fragmentos. A diferencia de las pericias, no importa llegar a ninguna verdad, sino trazar una figura posible: cómo pensaba, qué le importaba, de qué modo se desplegaba en el mundo. Sobre todo, hacer presente. Es irrelevante si lo hace de manera extraña y retorcida. Cada marca es un indicio.
Tal vez por eso los diálogos interrumpidos no son una pérdida total. Son, más bien, un archivo incompleto pero fértil. Un conjunto de rastros, un rompecabezas que invita a sumar otras piezas para seguir la charla. Y en ese juego, lo que no fue dicho toma una forma, una densidad y una persistencia que a veces desborda la conversación que efectivamente ocurrió. Bienvenida la charla con fantasmas.