Fotos: Natalia Favre.
Desde La Habana.
“Tienes que matarte el día entero para poder comprar la comida diaria”, dice Daylén, madre de dos, mientras calienta algo de comida para sus hijos en el patio de su casa: un poco de arroz y picadillo, dentro de una olla chamuscada, sobre un montoncito de leña que arde. “Se fue la corriente a las 11 de la mañana —explica— pero estos niños tienen que almorzar, porque ni desayuno tuvieron, que el poquito de pan que dan ahora no alcanza para nada”.
Daylén vive en Regla, un municipio de La Habana al que se llega con una lanchita desde el casco antiguo de la ciudad. La lancha, medio de transporte cotidiano para muchos de los vecinos, ha reducido su frecuencia a raíz de la crisis energética que se ha agudizado en Cuba desde el 3 de enero, cuando Donald Trump intervino Venezuela y limitó, por todas las vías posibles, el suministro de petróleo a la Isla. La casa de Daylén está frente al embarcadero. “El otro día hubo bronca porque la lancha no daba abasto; “aquí, después de las 6 de la tarde, no hay transporte y no hay nada; el que tenga una necesidad, es por gusto”, cuenta.

Cuba atraviesa una situación extremadamente compleja, que si bien se ha agravado en los últimos tres meses, no es nueva: la ya habitual falta de productos básicos, medicamentos e insumos se acentuó en la pandemia de coronavirus, y desde entonces el país no ha remontado. Los apagones diarios –de varias horas– impiden el funcionamiento normal de la vida en los hogares y en los equipamientos públicos como escuelas y hospitales, y la poca industria que queda en pie opera con enormes dificultades, así como el sector primario, que también sufre las consecuencias de la escasez de petróleo. El turismo, que solía ser una gran fuente de ingresos para el país, también ha decaído. Mayorca, de 40 años, trabaja en una tienda de souvenirs en La Habana Vieja, a metros de la aclamada Bodeguita del Medio. Está repasando lo que ha ganado en el día de hoy: 7 dólares. Con la calculadora, lo convierte a pesos cubanos, y le da 3430. “Si le resto los 2800 que me costó la leche, me quedan 630; con eso compro una bolsa de pan, que me sale 350… pues me quedan 280 pesos”, dice. O sea, 0,5 dólares después de una jornada completa.


“Esto está complicado hace años, ahora está peor, pero no es nuevo, venimos mal hace rato”, sostiene. Mayorca dice no tener mucha esperanza en ningún dirigente cubano, ni en una intervención militar de Estados Unidos, pero a pesar de todo intenta mantener un espíritu positivo. “¿Qué le vamos a hacer? Hoy es un día bonito y yo no puedo caerme, tengo dos hijos, y hay que estar así, sobreviviendo”, dice. En realidad, lo que le gusta a Mayorca es cantar, y de hecho formó parte de bandas que tocaban en bares turísticos como el Floridita o la propia Bodeguita, que son propiedad del Estado. “Aunque siempre se llenaban de gente, nos pagaban a los músicos el equivalente a 12 dólares mensuales”, dice, negando con la cabeza. Por eso, se pasó al sector privado pero ahora ni con eso le alcanza. De momento, el sueño de la música ha quedado a un lado.
Los apagones diarios impiden el funcionamiento normal de la vida en los hogares y en los equipamientos públicos como escuelas y hospitales.
Cuando cae la tarde, el Malecón habanero sigue siendo un punto de encuentro para muchos, donde tomar aire de las tensiones del día a día. El olor del agua salada y las olas rompiendo contra el muro son el escenario de atardeceres todavía tranquilos, todavía románticos, todavía tristes. Al otro lado del mar, a solo 90 millas, está Miami, Florida, o ‘la otra Cuba’. “Este país es extraterrestre —comenta Yoan, pescador de 48 años, mirando al horizonte— nos hemos encerrado en una burbuja y lo que necesitamos es abrirnos al mundo”. Su amigo, también pescador, le hace una señal para que no hable de más. “No estoy diciendo nada, solo le estoy contando”, responde él. “Se ha prohibido demasiado en este país, y las prohibiciones lo único que traen son carencias”, sigue. Yoan teme que Cuba vaya a la deriva y que ningún país quiera o pueda ayudarla a salir de esta crisis, por ejemplo, con la reparación o la renovación de las centrales termoeléctricas, que son grandes obras de infraestructura que el Estado cubano hoy está lejos de poder costear.


Esa presunción no está mal enfocada, según Juan Alejandro Triana, economista del Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC), quien asegura que las relaciones bilaterales entre Cuba y las potencias aliadas China y Rusia “pasan por una especie de pragmatismo del siglo XXI”. Triana dice: “Nuestros socios saben distinguir muy bien lo que es la asistencia y la solidaridad de lo que son las relaciones comerciales”. Cuba, hoy, no parece ser un socio fiable a ojos de nadie. “Hemos sido un país que ha tenido problemas para cumplir con lo que nos hemos comprometido, e incluso para hacer un uso eficiente de las líneas de crédito de las que hemos disfrutado, así que esos países se abstienen de involucrarse más”, reflexiona. Además, Cuba sufre desde 1962 un bloqueo económico y comercial por parte de Estados Unidos, que ya en la primera gestión de Trump acentuó sus medidas contra la Isla, por ejemplo, cerrando las oficinas de Western Union, donde muchos cubanos recibían dólares de sus familiares en el extranjero. “Fue uno de los blancos de ataque de la política del bloqueo”, dice Triana, y resalta que esto dificulta aún más la vida cotidiana de las personas en la Isla.


Además de todo eso, Cuba vive el mayor éxodo de su historia: se calcula que más de un millón de personas han abandonado el país desde 2021.Esto ha provocado una disminución en la productividad y una importante crisis demográfica, caracterizada por una caída constante de la natalidad y por el hecho de que más del 25% de la población supera los 60 años. La realidad de muchos ancianos hoy en Cuba es compleja: mientras ven a sus hijos irse del país –a menudo en procesos migratorios complejos y peligrosos–, quedan solos, con una atención médica y social precaria, y en ocasiones haciéndose cargo de sus nietos. Algunos llegan a contemplar la opción de migrar, a pesar de la edad, como Milagros, de 81, que está haciendo los trámites para irse con su hija y con su nieto, Rolando, de 27, a República Dominicana, donde les espera un tío. Milagros no tiene ganas de irse, ni ganas de hablar. Su hija Mariela intercede por ella, y explica que Cuba es su hogar y que le cuesta la idea de abandonarla, porque ella sí vio los frutos de la Revolución, pero ahora ya no sabe ni cómo se siente. Rolando es el que se irá primero: “Que suceda lo que tenga que suceder, a mí ya me da igual”. En las últimas semanas, ha visto aterrizar en La Habana a decenas de periodistas internacionales, así como a la flotilla humanitaria, con activistas y políticos de la izquierda mundial. Sin embargo, después de eso, “todo sigue igual, y ahora ya no somos noticia”, dice.


También hay jóvenes que se quedan. La mayoría, porque no tienen otra opción, pero otros, como David, de 27, porque eligen quedarse. Su familia entera, su novia y la mayoría de sus amigos viven entre Estados Unidos y España. David podría migrar fácilmente, pero asegura que quiere ser “parte del cambio que venga”. En la antigua casa familiar, una casona colonial en el barrio del Vedado, ha construido una especie de centro cultural, donde de jueves a domingo se proyectan películas en el portal, y donde más de un centenar de jóvenes han encontrado un lugar donde reunirse, conversar, jugar al dominó y divertirse en las oscuras noches habaneras. Aunque no es un espacio político ni partidario, todos allí tienen interés y una opinión sobre el presente y el futuro de su país. “Yo quisiera que hubiera una sociedad donde todo pensamiento político fuera incluído y aceptado”, dice David, y añade: “no siento odio por estos dirigentes, porque creo que la persona que alberga el odio es la persona que sufre… y yo no voy a darles a ellos ese placer”.