Fotos: Paz Langlais / Gentileza Random House
A Samanta Schweblin le dieron un premio de un millón de euros por su último libro y comenzó el hormigueo en la redes. En la ceremonia de entrega, entre otras cosas, dijo: “Siempre quise tener un sueldo”. Explotó entonces la cosa virtual. Que no vale, porque Aena es una empresa del rubro aeroportuario y su galardón es nuevo, primera edición, así que no tiene prestigio. En el Museu Marítim de Barcelona, España, la argentina que vive en Berlín, Alemania, desde 2012 aprovechó para hablar de la “muy castigada, descuidada y abandonada universidad pública y gratuita de Buenos Aires”. Y se descontrolaron los trolls —autogestivos, no bots— en un clamor enardecido reclamando que done la plata.
Un ratito después se anoticiaron los diarios. En España, de donde es el premio, la mayoría de los títulos fueron sobrios, pero con el foco puesto en el millón de euros. Los argentinos agregaron el adjetivo al paso, y mayormente fueron variaciones de “el polémico premio”. A esa altura, la charla en redes escalaba maniqueamente a velocidad crucero. A favor y en contra. Se lo merece o no. Defensa y felicitación versus ataque y recriminación. Desde el barro, surgieron también supuestos defensores de la Literatura con mayúscula, con argumentos emperifollados y de largo aliento que podrían resumirse en “no es para tanto”, informados de un subtexto que se lee simple y claro: envidia.
Con sólo unas semanas de por medio y las aguas más calmadas, se pueden recalcar dos cosas. La primera: la genialidad colateral de este premio es que resultó un gran detecta-rancios. Y segundo: la discusión y chicana distrae del tema central, es tiempo de tomar la oportunidad para hablar de literatura.
“El buen mal, de Samanta Schweblin, gana el primer Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana”. Así tituló la Fundación Gabo, aliada junto a la Cátedra Vargas Llosa “para asegurar la calidad y proyección” del super estímulo y reconocimiento que comenzaron a entregar este año. ¿Si ganaba Enrique Vila-Matas — uno de los cinco finalistas— los titulares en general y la discusión en redes habrían cuestionado si se merecía o no el millón de euros?

La respuesta es sencilla. Molesta, bastante, que una mujer ocupe un lugar de prestigio mundial y, mucho más aún, que gane (mucha, muchísima) plata con eso. Hace rato que Schweblin goza de gran reconocimiento en el mundo. Es una autora argentina que se lee en muchos idiomas y tiene gran legitimación de escritoras y escritores como Sadie Smith o Joyce Carol Oates, por poner dos ejemplos recientes. Antes, venían hablando bien de ella también Lorrie Moore y Siri Hustvedt, por nombrar dos más. Y hasta ahí bueno, venía zafando del hate que se gesta en lo virtual y explota en lo analógico.
Pero ahora tiene un millón. Así que BOOM. Con sólo unas semanas de por medio y las aguas más calmadas, se pueden recalcar dos cosas. La primera: la genialidad colateral de este premio es que resultó un gran detecta-rancios. Y segundo: la discusión y chicana distrae del tema central, es tiempo de tomar la oportunidad para hablar de literatura. ¿No?
El buen mal (Random House, 2025) es un libro de seis relatos. Nada más. Se tratan de muchas cosas diferentes, pero todos ponen en juego —desde distintos ángulos laterales— algo relacionado al cuidado. De una misma, de otra persona, de alguien cercano o de desconocidos. Pero no es solo eso. Es más. Un punto máximo de lo que la autora venía probando con eficiencia desde el inicio de su carrera auspiciosa. Sin premio millonario de por medio ya eran una consagración.
Ahí, en esos seis relatos, está todo. A su prosa contenida, directa, se le puede atribuir un estilo carveriano, pero ya es hora de hablar de ella por ella. En toda su obra está presente lo schwebliniano, que podría resumirse así: siempre hay algo terrible por suceder, que en muchos casos incluso no sucede. Lo terrible, en su estilo, es eso que hace con lo cotidiano, cómo pone en juego: trabaja con lo incómodo de un modo directo, visual, concreto y a la vez expandido con una hermosa sensorialidad poética.

El buen mal es un libro al que recorre algo más inquietante que cualquier monstruo o fantasma: los sentimientos humanos que no se suelen mostrar. Hay protagonistas diferentes, de distintas edades, con vidas alejadas, en instancias disímiles. Tienen en común la tensión en sus historias, la belleza en las imágenes crueles y el trasfondo existencial repleto de temores trascendentales. Rosa Montero, parte del jurado que premió el libro, destacó la capacidad de Schweblin de “plasmar nuevos mundos turbadores” con una prosa “que sitúa el cuento en su punto más alto”.
La historia comienza en 2002, cuando la joven que había estudiado Diseño de Imagen y Sonido que participaba de talleres literarios publicó El núcleo del disturbio. Con esa docena de cuentos en los que usa el terror para indagar en temas profundamente realistas logró —además del primer premio del Fondo Nacional de las Artes y el Concurso de Cuento Haroldo Conti para Jóvenes Narradores 2001 por el relato “Hacia la alegre civilización de la Capital”— el inicio de su séquito de adeptos. Pasó de ser un secreto a voces a ocupar el estatus de ”de culto”. Hasta que finalmente, sobre todo desde 2009 con Pájaros en la boca —traducido a más de una decena de idiomas, galardonado por Casa de las Américas y nominado al Man Booker International—, se constituyó como boom editorial mundial. Fue perfeccionando libro a libro sus atmósferas impredecibles, magnéticas y extrañas naturalmente.
Aunque es maestra del relato —algunos de sus cuentos también fueron publicados en revistas como The Paris Review, The New Yorker o Harper’s Magazine—, es eficiente en todos los formatos. Su primera novela, Distancia de rescate, de 2014, ganó premios como el Tigre Juan, el Shirley Jackson y Tournament of Books; fue finalista del Booker International (en traducción de McDowell) y en 2021 se estrenó la versión cinematográfica, con producción de Netflix, dirigida por la peruana Claudia Llosa, co-guionada por la directora y Schweblin.

Desde 2018, con su novela Kentukis —seleccionada por The New York Times como uno de los diez mejores títulos de ficción del año, entre otros reconocimientos—, no había libro nuevo de Schweblin. Más aún. Desde 2015 con Siete casas vacías —IV Premio de Narrativa Breve Rivera del Duero, el Juan Rulfo por su cuento Un hombre sin suerte y en 2022 ganador del National Book Award en la categoría de literatura traducida (por Megan McDowell)— que no había uno de relatos.
El buen mal es un libro al que recorre algo más inquietante que cualquier monstruo o fantasma: los sentimientos humanos que no se suelen mostrar.
La década en pausa valió la espera. Con casi 200 páginas, en 2025 llegó El buen mal, que tiene la mitad de los relatos que su primer libro y es una síntesis de más de 20 años puliendo un estilo, horadando su propia piedra núcleo de disturbio en donde no pierde nada, solo gana y afina y se encumbra. “Lo raro siempre es más cierto”, es la cita a Silvina Ocampo que elige Schweblin como epígrafe inicial. Media docena de cuentos puede parecer poco, pero en este caso no lo es. Cada uno es un pequeño cosmos. No tienen relación formal entre sí, aunque a la vez están ligados y, juntos, crean un segundo espacio que funciona como catálogo de desconsuelos. El libro es hipnótico. Un halo de terror, misterio, incertidumbre, sobrevuela todo. Es un mundo realista que palpita al borde de lo irreal.
El buen mal, además, está repleto de intimidad. La de esos personajes y sus historias, pero también la de la autora. Aunque toda obra se escribe con la experiencia propia en juego, acá salpica pequeñas pistas en el apéndice que titula “Sobre los cuentos”. Y ahí muestra un poco lo que hay detrás del telón. El primer relato, sin spoilers, comienza con una madre agobiada que se ata un yunque, se tira al lago y vuelve a la superficie. Entonces va a su casa para preparar la cena. “Escribí «Bienvenida a la comunidad» pensando en mi amiga Martina, que falleció hace ya unos años”, apunta la autora. Es la apertura, un relato en el que indaga, con belleza estética, tensión y hasta humor negro, la fragilidad ante la presión de sostener una familia tipo y la posibilidad del suicidio como escape.

“Vi el caballo de «Un animal fabuloso» en Hurlingham, el barrio en el que crecí”, avisa también. El cuento, que se bambolea entre la posibilidad o necesidad de lo mágico ante lo trágico-indecible, es una puñalada de nostalgias. El tercer relato es de amor y pérdida. La autora pincha el morbo: “«William en la ventana» sí sucedió. Quizá es el cuento más autobiográfico que he escrito”. Ahí está la escritora, la ficcional, en un retiro literario en China, como estuvo la autora real. Ese es sólo el marco, lo que importa en la trama es el tema de las distancias, y lo espantosa que puede ser la vulnerabilidad del amor, que pone en pugna la existencia, apenas sostenida por el cordel de un vínculo importante, que puede desvanecerse como la marca de la palma de una mano sobre un azulejo.
“Aunque no hay nada autobiográfico en «El ojo en la garganta», quiero dedicar esta historia a mi sobrino Logan, que sufrió un accidente parecido a esa misma edad”, engaña y provoca. A quienes les gusta el género terror desde la incomodidad física, acá gritarán “BRAVO” y/o “BASTA”. El cuento es el más aterrador del conjunto y no es porque hay un niño en riesgo, un padre culpable, una madre angustiada. El quid, como siempre con esta autora, está en el cómo. En una entrevista que le hice cuando salió el libro, que ahora rescato en un fragmento, dijo: “Vi a esos padres atravesando el desierto pampeano con la ausencia de su hijo pequeño en el asiento trasero del auto, y la extrañeza, casi el imposible, de que sea el mismo niño el que los esté narrando. ¿Cómo puede un personaje narrar con precisión una escena en la que en realidad no está presente? A veces lo que me pone a escribir no es tanto lo que soy capaz de ver; sí lo que aún no termino de entender del todo”.
“«La mujer de la Atlántida» lo escribí pensando en mi hermana Pamela y mis primas Deborah y Estefanía, compañeras de la infancia con las que tantas veces incursionamos en jardines ajenos”, recuerda en ese apéndice que juega al chisme y, otra vez, muestra un filo personal que sostiene la historia aunque, claro, tuerce la anécdota por su buen mal. En este caso es la intención noble de ayudar versus el resultado catastrófico. El último de los relatos está atravesado por un sinsentido existencial. “Conocí al hombre de «El superior hace una visita» en una larga estancia en Barcelona”, vuelve a provocar a la curiosidad, para después llevar a quien lee a una ficción que genera ese efecto irreal de ser posible y, a la vez, no.
En realidad, no importa saber qué es verdad. Es solo un pequeño juego extra. Una capa más de sentido, tramposa, como el buen mecanismo que pone a funcionar en cada relato. El buen mal es una pieza de ingeniería literaria que se trata, de principio a fin, de diversas formas de llegar a puntos de quiebre. En lo humano, en lo racional. Una tensión adictiva que mantiene todo en ascuas. Un ejercicio prodigioso de mecanismos que arman el truco de magia.
En una charla abierta en la Feria del Libro de Buenos Aires en 2019, casi premonitoriamente, Schweblin había dicho: “Ganarse la vida haciendo lo que te gusta es un privilegio absoluto. Muchos años viví la escritura con culpa por no estar trabajando para ganar dinero”. Aunque ya podía “vivir de escribir”, seguía conectada con aquel sentimiento de estar en ascuas. “Tengo amigos, grandes escritores, que se la pasan trabajando para pagar la luz. Y cuando hablamos, yo estuve toda la semana escribiendo, y me parece una enorme injusticia que la Argentina les haga eso”, reflexionaba.
“Siempre quise tener un sueldo”, dijo en la ceremonia de la primera edición del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, dotado con un millón de euros. Y el mundo hizo plop. Graciosa, sencilla, cotidiana, incomodante: un parlamento absolutamente schwebliniano.