Alejandra Pizarnik: la noche, sus versos y la risa

A 90 años de su nacimiento, la obra de Alejandra Pizarnik trasciende el mito de la “infanta suicida” para revelar una vitalidad fogosa, un humor asombroso y una búsqueda constante de crear una realidad independiente a través de la poesía. Este perfil recorre sus múltiples facetas, desde sus inicios en Avellaneda hasta sus noches en Buenos Aires, rescatando sus versos y su prosa como presencias vitales. Un recorrido por las lecturas trasnochadas, los nombres ocultos y esa vocación feroz de habitar la poesía.

Imagen de portada: Archivo Pizarnik. 

Fue en el mítico ciclo de lectura, ahí, en Maldita Ginebra en el corazón del Abasto dónde escuché por primera vez la variación humorística y un poquito obscena de su nombre. Esa impresión sonora se quedó conmigo en forma de interrogante ¿era una falta de respeto? ¿de alguna manera mancillábamos el sagrado nombre de nuestra poeta maldita? ¿qué jaula abríamos en la madrugada para nombrarla así, sucia y sexual en la noche porteña? No sabía aún las vueltas que iba a dar en mí su imagen de infanta eterna y suicida. No sabía aún que el encuentro con su prosa me iba a deparar una relectura total de su obra.

Noy conoció a Alejandra cuando tocó el timbre de su casa luego de haber descubierto su teléfono en una dedicatoria que ella había hecho a otra persona. La llamó y acordaron verse. Cuando Alejandra le abrió la puerta, Noy le dijo: “parecés un Rolling Stone” y ella le respondió: “ y vos, una prostituta”. Risas.

Como todas, sí como todas, apenas leí los primeros versos del Árbol de Diana: He dado el salto de mí al alba/ he dejado mi cuerpo junto a la luz/ y he cantado la tristeza de lo que nace, quedé amarrada a algo que no se sabe bien qué es pero que insiste de formas inesperadas. Pizarnik se transformó en una constante de las lecturas trasnochadas. En el año 2000, en mi segundo año de la carrera de Letras en Lomas de Zamora, los viernes, después de cursar no recuerdo si Gramática o Latinoamericana, salíamos a las 22 y nos íbamos a un departamento frente a la plaza de Monte Grande, en el que de forma casi ritual, abríamos la ronda de lectura de poesía con los versos de Pizarnik: ahora/ en esta hora inocente/ yo y la que fui nos sentamos/ en el umbral de mi mirada. Las y los poetas se iban superponiendo en lecturas hasta que amanecía y nuevamente recitábamos cada uno de los presentes versos de Alejandra. Yo siempre terminaba con estas: explicar con palabras de este mundo/ que partió de mí un barco llevándome.

Imagen: Buma, así llamaban a Alejandra cuando era pequeña. Acá a los cuatro años junto a otras niñas. Myriam, hermana de A.P., es la tercera de izquierda a derecha. Archivo familiar.

La noche se instaló en mi vida y en mi imaginario de primera juventud junto a la voz de Alejandra que abría y cerraba ese portal en el que aprendí a beber y a charlar, la forma en que pensé que la vida era posible. Nunca pensaba en la muerte leyendo a Alejandra, sino en la intensidad íntima de la vida que se enciende en la madrugada. Fueron otras madrugadas también en las que Pizarnik se hizo otra, las noches en las que escuché de cerca, bien de cerca, a quién tenía toda la obra de Alejandra en la cabeza: Tom Lupo. El poeta Fernando Noy, amigo astral de Pizarnik suele repetir: Tom Lupo y yo tenemos la obra de Alejandra de memoria, en la cabeza. Y es y era así. Con Tom Lupo y Mosquito Sancineto conduje durante muchas madrugadas un programa en Radio Nacional que se llamaba Trasnoche nacional y en el que entre risas y derivas, aparecían los versos de Alejandra en la voz de Tom, que aún escucho: Extraño desacostumbrarme/ de la hora en que nací./Extraño no ejercer más oficio de recién llegada

Este año se cumplen 90 años de su nacimiento y como decía su amigo Juan José Hernández, sólo desde la hondura del cariño y nuestro desconsuelo olvidamos que los muertos no tienen cumpleaños.

La noche, sus versos y la risa. Noy conoció a Alejandra cuando tocó el timbre de su casa luego de haber descubierto su teléfono en una dedicatoria que ella había hecho a otra persona. La llamó y acordaron verse. Cuando Alejandra le abrió la puerta, Noy le dijo: “parecés un Rolling Stone” y ella le respondió: “ y vos, una prostituta”. Risas. Límite pasional de las palabras que rozan su sentido y lo enfrentan, lo presionan hasta transformarlas en otra cosa: poesía. Pizarnik tenía un sentido del humor asombroso que mostró en su prosa y cultivó en su poesía. Puso a las palabras a ejercer un silencio lila para que explotaran en una sed, en una luz. Noche abierta/Noche presencia, dice el último verso de “Los pasos perdidos”  poema de su libro de 1965, Los trabajos y las noches. 

Este año se cumplen 90 años de su nacimiento y como decía su amigo Juan José Hernández, sólo desde la hondura del cariño y nuestro desconsuelo olvidamos que los muertos no tienen cumpleaños,  y nos entregamos a recordarla este 29 de abril. Su obra que impactó en toda la poesía latinoamericana trae el aire del arrabal donde creció, en Avellaneda, en el hospital Fiorito. Era la segunda de dos hermanas de la familia que conformaban junto a sus padres, Elías y Rosa, dos inmigrantes que vinieron a la Argentina, buscando un futuro. Su padre fue un comerciante que primero tuvo  una pequeña joyería y después trabajó a domicilio. Alejandra vivirá en sus 36 años en pocos lugares: Barracas, París, Microcentro. Muchos críticos sucumbieron a la tentación de rastrear en su infancia elementos traumáticos para explicar su final y no encontraron más que unos padres que estimularon en su hija la profesión de escritora. Es que la búsqueda de un escritor nunca debe comenzar en su vida personal sino en sus escritos y de allí dilucidar esa fotocopia invertida que es la literatura.  

Buma para ellos, Flora primero, Alejandra para nosotros, Sasha para sus últimos cómplices, el nombre de Alejandra se presenta como problema no a resolver sino a habitar ¿Se llamaba realmente Flora Alejandra Pizarnik? En el Museo de Arte Contemporáneo de la ciudad de Bs As. (Macba) se exhibe, dentro de una muestra dedicada a pintoras surrealistas argentinas, una pequeña obra de Flora Pizarnik de 1955, año en que publicó su primer libro que firmó como Flora Alejandra Pizarnik. ¿Cómo se llamaba Alejandra? La pregunta ya es tramposa o poética. Hay quiénes afirman que el Alejandra es un agregado de ella (el cuadro lo corroboraría) que crea cuando empieza a publicar. Alejandra, alejandra debajo estoy yo, son versos famosos en los que la evocación del propio nombre no es menor. No ya la invención, sino ese llamado a un nombre creado es coherente con la forma en que entendía la creación poética: “La poesía, no como sustitución, sino como creación de una realidad independiente -dentro de lo posible- de la realidad a que estoy acostumbrada.”

Alejandra o Flora, termina la secundaria, y como cualquiera de nosotras, chicas de clase media con inquietudes artísticas, sabía que se iba a dedicar a algo relacionado con el arte o la escritura.  A los  18 años entra en una escuela de periodismo en la que conoce a Juan Jacobo Bajarlía quien sería el acceso a un mundo de lecturas y relaciones. Cursa con él como profesor, la materia Literatura Moderna en la que descubre las vanguardias de 1920-1930. También empieza a tomar clases de pintura en el taller de Batlle Planas. Las noches de Pizarnik se empiezan a plagar de nombres: los invoca, los lee, los estudia, los hace suyos.

Buma para ellos, Flora primero, Alejandra para nosotros, Sasha para sus últimos cómplices, el nombre de Alejandra se presenta como problema no a resolver sino a habitar.

La vitalidad de esos años enciende en ella un amor a la poesía que no abandonará nunca. Se suele caer en el lugar común de decir que Pizarnik quería unir vida y literatura, es decir, hacer de su vida literatura. Leo, en cambio en su obra y en sus diarios, una pasión arrolladora, una vitalidad fogosa que la vida no logra apaciguar: “Siento en mi pecho todos los esfuerzos humanos: desde el hambre del Buda hasta el de César Vallejo. Desde la curiosidad de Eva hasta el cántico de la ciega. Desde el ruego de Raquel hasta mi orgasmo oculto. Desde la barba de Aristóteles a los hombres que esperan turno en el Tortoni. Desde las poesías de Safo al emblanquecimiento vertiginoso de los cabellos de María Antonieta”. La lectura de Safo, por ejemplo, le provoca una curiosidad tan grande en sus primeros años de estudio que fantasea con escribir un ensayo sobre su obra. Esa curiosidad terminará derivando en su gran escrito, mezcla de ensayo, relato y estudio: La condesa sangrienta. Retoma Alejandra la biografía de una surrealista, Valentine Penrose, para contar la historia de la condesa Bathory, asesina cruel de 650 jóvenes vírgenes, con el objetivo de extraer su sangre y bañarse en ella para prolongarse joven y hermosa. Safo era más esquiva como figura parece. 

Poesía y prosa en el viaje pizarnikiano retroalimentándose. Experimentación y estudio. La leyenda de su muerte, ese 25 de septiembre de 1972, cuando tenía 36 años, a veces apagó la vitalidad carnavalesca de su imaginación que subvierte, traiciona y comanda ejércitos en cada lector, para que enfrentemos la oscuridad de la vida con ritmo poético e imaginación literaria. Uno de mis textos favoritos es un diálogo pequeño en que Madame Lamort se encuentra en París con Madame Lamort esperando las dos un tren que no existía. El desdoblamiento, el silencio, y el humor que late en el silencio de lo no dicho es una clave de lectura para olvidarnos que no solo los muertos no tienen cumpleaños sino que las poetas viven como presencias vitales en una vida en la que las palabras, por más que nos mostremos furiosas, no dicen lo que dicen.