El feminismo partidizado

Mientras cientos de miles de personas volvieron a movilizarse en toda la Argentina al cumplirse once años de Ni Una Menos, la conversación política toma nota de las percepciones ciudadanas sobre la violencia de género. En un contexto de reconfiguración del escenario público, las alianzas que durante la última década acercaron a distintos sectores políticos con las demandas feministas muestran señales de transformación, tensión e incertidumbre.

Hay una relación entre la agenda feminista y posiciones políticas más amplias. Como se dice comúnmente, el feminismo está politizado. Eso es muy evidente hoy en los discursos públicos de referentes de las derechas radicales y las izquierdas, que hacen del género un tema central de sus agendas. La derecha fomentando el antifeminismo, distinguiendo buenas de malas feministas; y la izquierda considerando al movimiento de mujeres su base. La quejosa politización es además sospechada de partidización: “feminista” devino un término correlacionado con el peronismo (particularmente el kirchnerismo) y con las izquierdas.

Sin embargo, esa partidización parecería operar en un nivel que no tiene tanto impacto en la consideración general de la población sobre la gravedad de la violencia por razones de género. Rápidamente: que el feminismo sea kuka o zurdo, no ha hecho que los votantes de derecha se alejen de las causas que el feminismo promueve.

Una encuesta que acaba de publicar la consultora trespuntocero informa que el 82,5 % de la muestra considera la violencia de género un tema muy grave o grave. En términos de género, las mujeres superan por un 10% a los hombres en esta percepción; y las y los mayores de 30 en un 15% a los menores de 30 años. Son datos significativos pero la brecha más amplia no se da en términos de género o etarios, sino en la correlación con el comportamiento votante en las elecciones de 2023.

Quienes consideran que la violencia de género es un tema muy grave o grave representan el 96,5 de los votantes de Sergio Massa, el 77,7% de los votantes de Javier Milei y el 74,8% de los votantes de Patricia Bullrich. Casi un 20% de diferencia entre los votantes filoperonistas y los votantes de la derecha radical y la derecha tradicional. 

Estos datos nos indican dos cosas: que el tema es transversalmente importante (82,5%), por un lado; y que para los votantes del centro hacia la izquierda, especialmente para los votantes del peronismo, es un tema central (96,5%). Lamentablemente esta encuesta no mide la percepción de los votantes de Myriam Bregman, pero podemos sospechar que la percepción también será un porcentaje mayoritario.

Estos datos pueden orientar decisiones políticas y comunicacionales tanto del movimiento feminista organizado como de las fuerzas políticas. Quien parece haber tomado nota de las inclinaciones pseudofeministas de sus votantes es Patricia Bullrich, quien en un mensaje publicado mientras ocurría la movilización Ni Una Menos se refirió a “nuestro feminismo”. Esa variante feminista estaría definida en base a la persecución penal de los criminales, y se distingue de otro feminismo que “encubre y libera violadores” y “necesita un ministerio ideológico”.

La agenda de género funciona para Bullrich como una línea roja que distingue a esta excandidata presidencial —y posiblemente futura candidata en 2027— de la posición de Javier Milei, quien a pesar de que su electorado no rechaza la gravedad de la violencia de género, sostiene su antifeminismo, en sintonía con las narrativas de otros referentes globales de la derecha radical. Bullrich se distingue de Milei y al mismo tiempo va a pescar en un río donde el peronismo no está tan seguro de querer seguir pescando (otra vez, a pesar de que sus votantes consideran el asunto importantísimo).

Si leemos la conversación pública digital —un ámbito propicio para el binarismo y la simplificación conceptual— de los últimos 10 años, vemos que en términos de la agenda de género se produjo una amalgama entre feminismo, progresismo y kirchnerismo. Zurda, kuka, abortera son términos casi intercambiables en determinados contextos. El feminismo está asociado al progresismo, la izquierda y el kirchnerismo, es en este sentido que en el forismo de internet, el reclamo se “politizó” y se “partidizó”. 

De donde sale este solapamiento de identidades políticas es materia de constante debate. Por un lado, es producto de una estrategia global de la derecha radical por la cual el género es un pegamento simbólico de su nebulosa intelectual. Una estrategia que, además, en la búsqueda de optimizar recursos (matarlos a todos con una misma bala), ha colocado en la misma fila a todos sus enemigos: comunistas, socialdemócratas, progresistas, nacionalistas populares, movimiento LGBTiQ+, ambientalistas, indigenistas, antirracistas, etc. 

Pero también el solapamiento de identidades, que simplifica la contienda en términos de identidades políticas, es producto de un doble movimiento que se produce en Argentina en la última década: el kirchnerismo se feministó y el feminismo se peronizó. Esa estrategia de pinza fue muy exitosa y virtuosa para el feminismo. Por momentos atentó contra su masividad pero significó en términos políticos un corrimiento de sus límites. Decimos que esta alianza fue y es virtuosa porque ese capital político que ostentó el feminismo en las grandes movilizaciones que comenzaron en 2015 podría haber sido fagocitado por la derecha macrista, que vio en el deseo de punición y reclamos secutitarios del feminismo un punto de coincidencia con su agenda de mano dura. La captura del feminismo por parte del Pro no fue posible porque el feminismo argentino organizado definió presentarse como antineoliberal y anticapitalista.

El proceso de captura feminista por derecha que casi ocurre en 2015 en los inicios del movimiento Ni Una Menos fue suspendido en un momento de mucha fruición política al interior del movimiento. De ese proceso se salió con una alianza con el kirchnerismo, además de la alianza ya existente con las izquierdas. Que ocurrió durante esos 10 años es otro asunto que explica cómo llegamos hasta acá.

Hoy, ese escenario que tuvimos como seguro en los últimos años parece estar temblando. La aparición de los discursos de Bullrich son un elemento a tener en cuenta, un “nuestro feminismo” por derecha tiene asidero en sus votantes. Pero también ese escenario está temblando (o al menos poniendo en duda su estabilidad), porque los referentes y las bases de sustentación del peronismo aliado han tomado como cierto que el feminismo es un asunto simbólico, minoritario, piantavotos, woke. Han comprado para sí el discurso de la derecha global. 

Así como existe un antifeminismo global representado por figuras disímiles pero coincidentes en el rechazo al feminismo, en Argentina esa aversión al feminismo se ha combinado con el histórico conflicto nacional y es notoriamente antiperonista. Hay un antifemiismo subsidiario del antiperonismo. En la alquimia digital feminismo es equivalente kirchnerismo zurdo. Y eso nada tiene que ver con la constatación empírica de que existen gorilas feministas, progresistas antiperonistas, feministas antiprogresistas o peronistas patriarcales.

Lo paradójico es que mientras los libertarios se percatan de la alianza entre filoperonismo y feminismo y le dan un uso político, no ocurre lo mismo con el peronismo, que continúa encerrado en su cueva, sin valorar ni la potencia política del feminismo, ni las referentas feministas, ni la verdad universal que radica en el planteo feminista por la justicia social.

Otra vez hay una moneda en el aire, somos nosotras, ¿y si esta vez cae para la derecha?