Mundial 2026: El negocio del odio y la amistad política como salida

El Mundial se ha convertido en uno de los mayores laboratorios de producción industrial de afectos políticos. En los últimos días la conversación digital sobre el racismo en Argentina terminó atribuyendo a una identidad nacional entera los rasgos del proyecto político que hoy intenta apropiarse de ella, o del proyecto que intentó fabricar la identidad nacional en el pasado. Frente a la rivalidad monetizada y vuelta odio, proponemos la amistad política de los pueblos.

Foto de portada: Gentileza La Nación

Lo que ocurre en la cancha importa, pero también lo que sucede en las plataformas digitales, donde algoritmos, mercados de apuestas y economías de la atención transforman el deporte en una disputa geopolítica por nuestras emociones. La desinformación, las campañas de desprestigio y la circulación masiva de estereotipos son parte de su modelo de negocios.

En ese escenario, la hostilidad que rodeó a la selección argentina fue in crescendo a medida que avanzaba el mundial y las demás selecciones latinoamericanas iban quedando afuera. Este fenómeno nos interesa porque revela un problema político: la facilidad con la que los pueblos latinoamericanos somos inducidos a mirarnos desde el prejuicio antes que desde una historia compartida.

Resulta especialmente preocupante que discursos nacidos de las luchas antirracistas y anticoloniales sean, en ocasiones, capturados para reducir sociedades enteras a identidades homogéneas, identificando a la Argentina con el proyecto político de su actual gobierno o atribuyendo a toda una comunidad nacional rasgos esenciales como el racismo o el sionismo. Esa operación no solo desconoce las profundas disputas que atraviesan la sociedad argentina y las particularidades de su historia; también debilita la posibilidad de construir una conversación latinoamericana basada en el conocimiento mutuo y no en los estereotipos.

Reducir el racismo argentino a la pregunta por la ausencia de afrodescendientes es, en sí mismo, una simplificación que oculta su forma más cotidiana y masiva de operar: la clase.

Cuando la crítica legítima al racismo se convierte en un señalamiento genérico contra “los argentinos”, el gesto empieza a parecerse peligrosamente a la xenofobia que dice combatir. Incitar al odio hacia un país entero aunque se lo haga en nombre del antirracismo no es lo mismo que denunciar el racismo estructural real, y confundir ambas cosas termina alimentando exactamente la lógica de fragmentación que las plataformas necesitan para lucrar.

Si las plataformas obtienen ganancias de nuestra fragmentación y nuestras emociones fuertes, quizás la tarea política de este tiempo consista en hacer exactamente lo contrario: recuperar una imaginación latinoamericana capaz de discutir nuestras diferencias sin convertirlas en acusaciones cruzadas y posiciones irreductibles. Porque ningún algoritmo, ninguna campaña de odio y ningún gobierno deberían tener la última palabra sobre la posibilidad de reconocernos como parte de un mismo horizonte regional.

Lisandro Martínez y el “Cuti” Romero, los jugadores de Argentina.

El racismo argentino realmente existente

La cuestión del racismo argentino aparece en la conversación cada vez que se constata en un mundial que en la selección nacional, a diferencia de otros equipos latinoamericanos, no se observan rostros de personas visiblemente afrodescendientes. Pero este alegato sobre el racismo argentino no permite pensar en otras aristas del proyecto racista que se viven en el país día a día y desde la colonia.

Para comprender por qué la Argentina ocupa un lugar tan singular en las discusiones globales sobre racismo es necesario volver sobre la forma en la que imaginó su propia nación. En la época colonial un sistema de castas ubicaba a los indígenas y africanos esclavizados en lo más bajo de la pirámide. El proceso independentista dio un salto en esta lógica y en la Asamblea del Año XIII (un congreso soberano convocado por el Segundo Triunvirato que sesionó en Buenos Aires entre 1813 y 1815) impulsó medidas abolicionistas como la libertad de vientres y la prohibición de la trata esclavista, lo que marcó un hito en la región. Sin embargo, algunas décadas después, las élites políticas construyeron un proyecto nacional que estableció para siempre una gramática política que funciona como marco cognitivo: civilización (blanca) o barbarie (pobre, negra e indígena). A lo largo del siglo XVII y XIX, sea de manera formal o informal, la pigmentocracia continuó.

Un momento decisivo fue el proyecto nacional de la Generación del 80 (La “Generación del 80” fue la élite gobernante e intelectual argentina que dominó la escena política entre 1880 y 1916). El ideal de “orden y progreso” fue un programa económico y, también, una política de producción de identidad. La inmigración europea fue promovida como fundamento de la nación moderna, mientras “la Campaña del Desierto” (entre 1878 y 1885) consolidaba el despojo y el exterminio de los pueblos indígenas en el territorio profundo. Al mismo tiempo, la presencia afroargentina era progresivamente borrada.

En la memoria colectiva conviven la vergüenza del niño indígena que apenas habla español en la escuela normalizadora con estrategias literales de blanqueamiento (como ponerse talco en la cara). Así, con violencia y vergüenza, se fue consolidando un relato que todavía hoy sobrevive en frases de la cultura como “los argentinos descendemos de los barcos” o “en Argentina no hay negros, y por lo tanto no hay racismo”.

Los jugadores negros de esas selecciones son, en muchos casos, hijos y nietos de esas mismas historias de colonización y migración forzada por el subdesarrollo que sus propios países provocaron. Llamar a esos equipos “selecciones antirracistas” porque son racialmente diversas, sin nombrar que son también selecciones coloniales, es una lectura despolitizada que confunde representación visual con justicia material.

Reducir el racismo argentino a la pregunta por la ausencia de afrodescendientes es, en sí mismo, una simplificación que oculta su forma más cotidiana y masiva de operar: la clase. En la Argentina el dispositivo racial teje raza y clase en una misma categoría social. La figura del “cabecita negra” —acuñada para estigmatizar a los migrantes internos del interior del país, morenos y pobres, que llegaban a Buenos Aires en la primera mitad del siglo XX— es el ejemplo más nítido: no describe un color de piel específico sino una posición social (baja) racializada. Esa expresión, utilizada durante décadas para estigmatizar a los sectores populares, y reivindicada por ciertos sectores políticos, evidencia la presencia del dispositivo de raza en el medio de la conversación pública.

Esa misma matriz se proyecta hoy sobre los migrantes de países limítrofes. El insulto cotidiano contra paraguayos y bolivianos —naturalizado en el lenguaje coloquial, en el humor, en la política migratoria y en la distribución desigual del trabajo precario— es probablemente la forma de racismo más extendida y menos discutida en la Argentina contemporánea, más presente en la vida diaria que cualquier discusión sobre la selección nacional. Ignorar esta dimensión de clase para quedarse solo con la pregunta “¿por qué no hay negros en el equipo?” termina, paradójicamente, invisibilizando el racismo que la mayoría de los argentinos y argentinas efectivamente ejercen o padecen todos los días. Lo que no contamos es la Argentina marrón.

El fútbol condensa esas tensiones. No se perciben rostros o apellidos asociados a la diáspora africana en el equipo nacional, pero eso no significa que la herencia africana esté ausente de la historia de esos cuerpos ni de la historia argentina. Al mismo tiempo, en esos cuerpos futbolísticos también puede leerse la Argentina indígena y marrón que persiste en los rasgos, los gestos y las genealogías familiares, aunque rara vez sea nombrada. 

Allí aparece otra paradoja: muchos de esos cuerpos no se autorreconocen descendientes de pueblos indígenas, incluso cuando sus trayectorias familiares remiten a esa historia. Tampoco se pronuncian públicamente sobre el racismo, el genocidio o cualquier injusticia social. Ese silencio colectivo termina opacando a quienes sí ejercen lo político públicamente. El contraste llega, sin embargo, de la mano de alguna excepción: un jugador que sí toma la palabra y se expresa sobre el aborto, las tareas del cuidado, y el horror de golpear jubilados, corriendo el eje de lo que el resto del plantel prefiere no decir.

Lautaro Martínez, otro jugador argentino. Foto: Gentileza AFP.

El Censo Nacional de 2022 ofrece una imagen elocuente de esa tensión. Apenas alrededor del 2,9 % de las personas se reconoció indígena o descendiente de pueblos indígenas, mientras que solo 0,7 % se identificó como afrodescendiente o con antepasados negros o africanos. Estas cifras hablan menos de la composición étnica de la sociedad argentina que de la persistencia de un relato nacional que durante generaciones promovió el ideal de una Argentina blanca y europea, desalentando el reconocimiento de otras pertenencias.

La comunidad afroargentina sobrevivió al proyecto de blanqueamiento, aunque el Estado y la cultura dominante se esforzaron durante generaciones en volverla invisible o atraparla en el pasado. A esa comunidad histórica se sumó, sobre todo desde fines del siglo XX, una nueva afrodescendencia migrante: senegaleses, caboverdianos, nigerianos y otros migrantes africanos que hoy trabajan y viven en distintas ciudades argentinas, y que suelen enfrentar una combinación particularmente dura de racismo y xenofobia, al ser tanto negros como extranjeros en un país que se piensa a sí mismo blanco.

Y a pesar de la invisibilización estadística, el activismo afroargentino tiene una historia y una organización concreta que rara vez llega a la conversación pública sobre el Mundial. África Vive, fundada por Miriam Gomes, es una de las organizaciones históricas del movimiento; Agrupación Xangó, presidida por la docente Marcela Lorenzo, trabaja la afrodescendencia desde el aula; el Bloque Antirracista de Rosario, con Natacha Giusto Laureano, logró que ese municipio adhiriera a la Ley 26.852 e integra el Área de Género 8N, organización federal feminista y antirracista que forma parte de la comisión que organiza cada 8 de noviembre el Día de las Personas Afroargentinas y de la Cultura Afro; y dentro de la CGT, la Comisión Afrodescendiente y Antirracista de la Asociación de Personal Legislativo, impulsada por Tamara Barbará —afroargentina descendiente de personas esclavizadas en el siglo XVIII en territorio argentino—, construyó un observatorio contra el racismo para denunciar casos concretos desde el propio movimiento sindical. Como suele resumir la activista Miriam Gomes, la mayoría de las instituciones negras del país fueron creadas por mujeres y diversidades: sostener y visibilizar ese trabajo, antes que repetir “Argentina es racista” como eslogan, es la tarea política pendiente.

Colonialidad del poder: el espejismo de las selecciones “diversas”

Hay otro punto ciego en la conversación sobre racismo y Mundial, y aparece cuando se compara —casi siempre de manera implícita— a la selección argentina con selecciones europeas que exhiben plantillas con muchos jugadores negros e hijos de inmigrantes, como Francia, Inglaterra o España. La lectura rápida es: esos países ya resolvieron su racismo, mientras que Argentina sigue “blanca” y por lo tanto atrasada. Esa lectura es un espejismo, y para desarmarlo proponemos recuperar la categoría de colonialidad del poder que propuso el sociólogo peruano Aníbal Quijano.

Quijano sostiene que la raza no es un dato biológico sino una clasificación social inventada junto con la conquista de América, que organizó desde entonces la división internacional del trabajo y la distribución global de la riqueza: unos pueblos quedaron destinados a proveer materias primas y mano de obra barata, otros a apropiarse del valor producido. Esa estructura —la colonialidad del poder— no terminó con las independencias formales ni con la descolonización del siglo XX: se reproduce hoy en las jerarquías económicas y culturales entre el norte y el sur global.

Desde esa perspectiva, que una selección europea tenga jugadores negros no dice mucho sobre si esa sociedad superó el racismo; dice, sobre todo, que esos países fueron y en gran medida siguen siendo metrópolis coloniales. Francia, Inglaterra y España concentraron durante siglos el saqueo de territorios en África, Asia, el Caribe y América; varias de ellas todavía conservan territorios de ultramar y ejercen relaciones de dependencia económica con sus antiguas colonias. Los jugadores negros de esas selecciones son, en muchos casos, hijos y nietos de esas mismas historias de colonización y migración forzada por el subdesarrollo que sus propios países provocaron. Llamar a esos equipos “selecciones antirracistas” porque son racialmente diversas, sin nombrar que son también selecciones coloniales, es una lectura despolitizada que confunde representación visual con justicia material.

El jugador francés Mbappé y el argentino Messi durante la final del Mundial 2022.

No se trata de negar que exista racismo cotidiano y violento dentro de esas sociedades europeas —lo hay, y es real—, sino de no perder de vista que la comparación con Argentina, un país del sur, parte de posiciones geopolíticas e históricas completamente distintas. Sin esta perspectiva decolonial y materialista, el progresismo latinoamericano corre el riesgo de aplaudir la diversidad racial de las potencias que más se beneficiaron —y se siguen beneficiando— del orden colonial, mientras juzga con más dureza a un país empobrecido del propio continente.

Las semifinales del Mundial nos van a regalar una escena cargada de información geopolítica. Mientras Argentina —único pais del sur, colonizado, dependiente y gobernado por una derecha racista— jugará con una plantilla que expone toda la complejidad racial de la historia nacional pero a los ojos del mundo se lee como “blanca”; “las selecciones europeas, que hasta hace pocas décadas eran casi enteramente blancas —escribe Carol Althaller— llegaron a 2026 con protagonismo de futbolistas negros e hijos de inmigrantes, al mismo tiempo que se fortalecen las políticas antiinmigración en esos países”. Esa contradicción —equipos diversos que representan a naciones que endurecen sus fronteras— es precisamente la que la lectura despolitizada de la diversidad racial tiende a pasar por alto.

Una prueba de una campaña organizada para difundir sospechas sobre la transparencia del certamen en favor de Argentina.

En el fútbol, juego que apasiona a todo el mundo y con especial intensidad a países hermanos pero rivales como Brasil o Argentina, persisten cantos, bromas y formas de sociabilidad que reproducen imaginarios racistas, machistas y homofóbicos y que no pueden ser desestimados como mero folclore. Debemos condenarlos y señalarlos sin apelar a la construcción de una imagen igualmente simplificadora: la de una Argentina esencialmente blanca, racista y homogénea. Esa reducción también despolitiza: la historia desaparece y la conflictividad interna queda borrada. Se termina atribuyendo a una identidad nacional entera los rasgos del proyecto político que hoy intenta apropiarse de ella, o del proyecto que intentó fabricar la identidad nacional en el pasado.

Desde esa perspectiva, que una selección europea tenga jugadores negros no dice mucho sobre si esa sociedad superó el racismo; dice, sobre todo, que esos países fueron y en gran medida siguen siendo metrópolis coloniales.

Esa simplificación no contribuye a una crítica antirracista más profunda. Por el contrario, alimenta nuevos esencialismos y dificulta una conversación latinoamericana capaz de reconocer que nuestras historias de racialización fueron diferentes, aunque compartan un mismo origen colonial. Si el desafío es desmontar las herencias del racismo en la región, necesitaremos menos caricaturas nacionales y mucha más historia compartida.

El DT de la selección argentina, Lionel Scaloni dijo que el partido entre Inglaterra y Argentina “es solo un partido de fútbol”; pero para los y las argentinas, en ese partido se juega una memoria que liga el recuerdo fresco de la Guerra de Malvinas con el deseo de reeditar el famoso gol con la mano de Diego Maradona —la mano de Dios— en el 86′ en el primer partido de Messi contra el país británico. Se juega la patria grande, y la posibilidad de que aunque sea en un juego, la resistencia latinoamericana logre vencer al imperio.

Diego Maradona, en el legendario partido del 86.

Hacer amistad, no rivalidad

Hace unos días, en medio de la vorágine mundialista, un joven afrobrasileño publicó un video con una consigna inesperada: “Hacete un amigo argentino”. Podría haber dicho también: hacete una amiga brasileña, un amigo mexicano, una amiga colombiana, un amigo boliviano, una amiga chilena. La invitación no era a suspender las diferencias ni a dejar de discutir nuestros racismos, nuestras desigualdades o nuestras historias nacionales. Era algo mucho más radical, dejar de conocernos a través de los algoritmos y volver a conocernos a través de nuestros pueblos: la comida, la música, la lengua, el juego.

La integración latinoamericana nunca fue solamente un proyecto económico o diplomático. También fue, y sigue siendo, un proyecto afectivo. Consiste en reconocernos como pueblos atravesados por historias distintas pero enlazadas por una misma experiencia colonial, por desigualdades compartidas y por un horizonte común de justicia. Eso exige impedir que otros conviertan nuestros conflictos en un negocio.

Tal vez el gesto más subversivo, en tiempos de algoritmos que monetizan el odio, sea precisamente ese: hacerse amigo de un argentino. De una brasileña. De un mexicano. De una colombiana. Descubrir que detrás de las caricaturas nacionales hay personas, historias, luchas y contradicciones mucho más complejas que las que caben en un meme o en un hilo de X. La lucha antirracista latinoamericana podría fortalecerse mirando y apoyando a los movimientos de derechos humanos, transfeministas y antirracistas que ya existen en cada país, en lugar de dedicar la energía a determinar cuál sociedad merece más el estigma.

Porque la verdadera disputa de este Mundial no es solamente por una copa. Es ejercitar nuestra capacidad de imaginar un nosotros latinoamericano antes de que el mercado termine de convencernos de que el vecino es nuestro enemigo.