Foto de portafa: Pablo Lecaros (Tiempo Argentino)
Una pareja se abraza y se funde en el beso más apasionado y urgente. Un beso que dura toda “El infierno está encantador esta noche”. Juntos, con los dedos entrelazados, sujetan un cartel hecho sobre un cartón. Escrito con marcador, dice: “Mi genio amor”. Unos metros más allá suena, marcial –pero marcial de una revolución irredenta–, “El pibe de los astilleros”, y se elevan y vuelan banderas, buzos, remeras. En el centro de la Plaza, justo entre las fuentes, un parlante de celular exprimido al máximo rezonga “Juguetes perdidos”, y la emoción se hace carne en todas las voces que la cantan a voz en cuello, con ojos rojos de dolor y furia y emoción y desasosiego. Entrando por Diagonal Sur, “Jijiji” se extiende como un manto vibrante y ardiente sobre la multitud.
Se murió el Indio Solari y un pueblo lo llora en Plaza de Mayo. Porque las despedidas son esos dolores dulces. Y cuando un pueblo llora, ya lo dijo Raúl González Tuñón: nadie haga nada, porque está todo dicho.
Los griegos antiguos distinguían tres tipos de amor: eros, el amor pasional, el del deseo, el amor romántico, el que se entrevera con el sexo; philia, el amor filial, el amor fraternal, el que despiertan la familia y los amigos, y agape, el amor universal, desinteresado, un amor más grande que uno, y por algo más grande que uno. La misma esquemática clasificación podría aplicarse a los duelos: el dolor de un amor que se termina es un dolor por algo que no está más, pero puede eventualmente volver a ocurrir, el duelo consiste en atravesar ese momento de pérdida, reconstruirse hasta encontrarse de nuevo en condiciones de pensar en volver a empezar. El dolor por la muerte de un familiar o un amigo es el dolor que provoca una vida que ya no está, el duelo consiste en aprender a continuar la propia con ese vacío. Cuando muere un ídolo popular ese cabo que lo une a cada una de las personas a las que le cambió la vida queda suelto, la sensación de orfandad sólo puede ser morigerada en el abrazo colectivo de un duelo compartido con miles y miles.

Un duelo agape por el Indio. Una procesión espontánea, fanfarriesca y psicodélica. ¿Cómo no sentirse así?
Es difícil articular una despedida, aunque pasaron horas, días, y se supone que el pensamiento tuvo tiempo de asentarse, que algo de la sorpresa y la amargura se aplacó y hay lugar para algún tipo de reflexión un poco más profunda. Pero no: porque la herida se vuelve a abrir con cada historia que aparece en la tele, en el teléfono, en la calle, en el recuerdo. En cada canción que invoca y alerta: el Indio está muerto. El Indio se fue. Es un funeral expandido por todos los rincones: te llama tu madre, tus amigos te mandan mensajes, te abrazás en el trabajo, mirás con la complicidad de la tristeza a una chica igual de compungida que vos en el subte. Llorás, reís, escuchás esas canciones otra vez. Y pumba, ¡pero cómo se va a morir el Indio!
No importa que hace unos años ya supieras que estaba enfermo. No importa que hace años ya no se subiera al escenario. No importa que su último disco haya sido crepuscular, casi una despedida. El tipo estaba. Le había tomado el gustito a reaparecer cada tanto: estrenar algún tema nuevo, responder algún comentario en redes sociales, leer relatos para un programa de radio, salir a contraluz como una sombra –su propio espectro– en alguna entrevista en un stream. El tipo estaba. Se iba yendo pero estaba. Porque siempre siempre siempre fue fiel a eso que lo movía, que era una voluntad artística que era mucho más fuerte que cualquier enfermedad. El tipo estaba, como un convidado permanente a nuestras vidas. Siempre intentando dar un aporte desde la más absoluta confianza en la recepción de aquéllo que compartía.
Confiar. Confiar en las personas. No tratarlas como rebaño, como seguidores. Confiar en los jóvenes, esos chicos y chicas, esas bombas pequeñitas que, cuando los Redondos pasaron definitivamente a la masividad, tenían edad para ser sus hijos. ¿Qué papá o mamá los iba a tratar así? Un músico, ¡tu ídolo!, decía “no, loco, el nervio, el futuro está en ellos, hay que mirarlos a ellos para aprender, ¡no me miren a mí!”. Por favor: ¿qué era esa entrega, ese acto de fe? Eso fue lo que lo convirtió en la persona que despedimos desde viernes 5 de junio: un músico, sí, pero sobre todas las cosas el encargado de aportarle dignidad y enjundia a una juventud que venía (viene) perdiendo el partido.


El tipo en sus letras traficaba literatura y revolución, lecturas místicas y míticas, psicodelia y poesía. Mailer, Ginsberg, la Biblia, los mitos. Simbología del surrealismo y del existencialismo. Oscar Wilde. Los románticos, los modernos. Keats, Shakespeare. Bioy Casares, Kerouac. Sin explicaciones, sin subestimaciones, sin bajadas de línea. Y ahí iban las hordas, tendiendo esa semiosis infinita, generando sus propios mitos y locuras, ejercitando la imaginación, porque eso es lo que en definitiva ofreció: una salida lateral a fuerza de lenguaje en una época en la que cualquier tipo de vuelo poético era masacrado por una realidad cada vez más asfixiante. El tipo les dijo a las masas ustedes pueden, ustedes deben, los estoy mirando y estoy aprendiendo.
Un tipo común, criado en una familia de clase media en La Plata. Un tipo con un carácter excepcional, dispuesto a cambiar, no a la sociedad: ¡al hombre! Un comprometido con la libertad, pero la libertad de verdad, la que te da saberte escuchado, tener una voz propia, no la de pacotilla que te venden para que vivas contento en esa prisión que por fin te va a gustar. Un tipo empeñado con un modo de hacer las cosas hasta el último día: una independencia innegociable que, como la anomalía que fue todo en su carrera, logró filtrarse entre los engranajes de la maquinaria y volverlo masivo. Usando la poesía como arma, las palabras como munición, la música como canalizador y catalizador del espíritu de una época.
Un hippie, un rocker, un artista de mil batallas. Siempre decía que el escenario era el lugar en el que se sentía más cómodo, que era imposible que nada saliera mal ahí, porque era el espacio al que accedía gracias al permiso que le concedía la gente cada vez que pagaba la entrada a sus shows. Era una responsabilidad enorme la que sentía por su público. Y era verdadera. Se reían cuando el Indio decía que su público no sabía lo que era el sold out, pero era la verdad. Tuvo que ir inventando lugares donde poder tocar porque él entendía lo que generaba y lo honraba. Un tipo que no estaba acostumbrado a dar concesiones, pero al único que le daba concesiones era a su público. Un público que de un tiempo a esta parte DE CRE TÓ que todos los recitales tenían que cerrar con la misma canción. Esa entrega, entonces, era mutua. Yo les doy todo y ustedes me dan todo.
El Indio sabía lo que su música generaba, pero no era la música nada más: era él y ese magnetismo de tipo común pero tan extraordinario. Cada faceta de su persona fue tan singular y extravagante en su simplicidad. Vean los videos de los primeros años: un señor que parecía un oficinista, con pelada, bigotes y barba crecida, con las camisas más imperdonables metidas adentro del jean. Un look que con el tiempo no es que fuera volviéndose más ¿adecuado? a su estrellato: su marca fue siempre ese aspecto de hombre común. Ese sujeto, así como lo veías, llegó a conducir la feligresía más variopinta. Al Indio lo seguían adolescentes de familias progres de Belgrano (yo) y laburantes de los barrios más postergados. Su música, su lírica y su mirada podía posarse en cualquiera, porque la poesía lo que tiene es eso: abre mundos, no los obtura. Y sus canciones eran un flechazo que atravesaban edades, géneros, procedencias, pedigríes. El secreto era impulsar el encuentro con lo abstracto, mostrar veladamente para que cada uno pudiera inventarse qué había detrás de esa cortina. Una lírica esmerilada, de vidrios rajados llenos de humo y grasa, de noches transpiradas y larguísimas y muy rocanroleadas, que de ninguna manera configura un dogma o un evangelio.
“El pionero tendría que rechazar toda tentación de ser un líder. Debería percibir el peligro de convertirse en un mero objeto de salvación. El pionero debería dar el primer paso tomando a la gente seriamente y dejándola que se salve a sí misma”, instigaba desde un fragmento de El asesinato de Cristo, de Wilhelm Reich, en su sección “El Míster nos lee”, del programa que tenía hace unos años Marcelo Figueras en FM La Patriada.

Su fe en el público fue lo que generó el misticismo en torno a su figura. Es como si el milagro Solari operara como la fe cristiana, pero en el otro sentido: el tipo creía en su público y en esa fe residía la redención que cada uno de los que hoy lo lloran vivió en su contacto con esa música. “Creo en ustedes”, les dijo con sus canciones. Yo creo en ustedes. Y fueron miles los que sintieron eso, quizás por primera vez. Y esa fe en ellos es la que los levantó, los transformó, los hizo verse de otro modo, imaginarse en otros lugares diferentes a los que parecían condenados. Por eso el amor y por eso el dolor de estos días: porque lo que se murió no fueron las canciones, esa obra va a quedar siempre, lo que se murió fue el hombre que creyó en otros y en ese gesto les cambió la vida para siempre.