Salir de la pantalla: elogio del silencio

En un mundo hiperconectado, en el que las pantallas capturan nuestra atención 24×7 y cada notificación puede provocar un pequeño pico de estrés, salir de la pantalla es un privilegio pero, sobre todo, una necesidad. En este ensayo, Mariana Mariasch propone terminar con la pandemia del scroll para recuperar el silencio y el encuentro colectivo.

Fotos: Jose Nicolini.

Es domingo temprano a la mañana. Afuera, el cielo no tiene resolución. Se aploma para llover como lo viene haciendo toda la semana. Tengo más suerte que otres que están con el agua al cuello. Estoy metida en la cama con mis damas de compañía, la taza de café caliente y la pantalla, dos incondicionales, dos tóxicas que me quieren siempre. Mientras scrolleo, entra el mensaje de unas amigas, compañeras de LATFEM, de las que no puedo decir que sean menos adictas a las noticias que yo. Están afuera, al aire libre, pasean en bicicleta contra viento y avisos de tormenta. ¿Cómo lo hicieron? ¿Cómo lograron salir del líquido amniótico de la virtualidad en este día de otoño profundo?

El brillo de la pantalla es un imán. Captura la mirada como la luz a las polillas, coloniza el deseo, es una trampa de seducción. El resplandor azul nos sumerge en un presente continuo de dopamina y pixeles. En la incandescencia, lo que parece ser una ventana al mundo funciona en realidad como un polo magnético que nos desconecta del entorno físico. Entramos en un tiempo de flotación, una propofest para la mente en babia. Pero a la vez existe un transformador que te consume lo mejor que tenés: es el llamado permanente de las apps, y cada notificación puede provocar un pequeño pico de estrés.

En más de un sentido, salir de la pantalla es un privilegio. El domingo puede ser un día propicio, está hecho para descansar y por un rato podemos hacer caso omiso a la tiranía de la conectividad y encontrar un oasis de silencio en medio del caos de los algoritmos. Recuperar nuestra propia agencia sobre el tiempo. Tomar una copita del manjar del silencio. El espacio tangible es un derecho soberano. Cuando corremos la mirada de la pantalla podemos quizás escapar a la lógica de la productividad constante. Pero para eso hay que poder permitirse el lujo de “no estar disponible” y volver al resplandor de lo analógico, con su olor a pis y sus raspones de realidad, con su música y sus ruidos, con sus espacios en blanco y su oscuridad.

No diría volver a la realidad, porque la pantalla hoy es también parte de nuestra realidad. Pero hay algo del mundo analógico que, incluso con la cantidad de estímulos que ofrece, no empata la cantidad de pantallas, ventanas emergentes y opciones instantáneas que ofrece la web sin más que mover un dedo. El algoritmo odia el vacío. Frente a eso, la vida afuera se puede percibir como un vacío, Pero nosotros necesitamos el vacío para que aparezca el deseo. Necesitamos un silencio, ese gran tema que John Biguenet disecciona como si fuera una pieza de relojería que dejó de funcionar y que no es la ausencia de ruido. Es más bien una pausa. En un mundo hiperconectado, el silencio es un bien de lujo, un spa en el microcentro o una playa en el Mediterráneo. Biguenet dice que el silencio es una dignidad primordial.

Escribo mientras mi mirada rebota contra el plástico. Me imagino en el silencio de una casa sin conexión, sin ruido, sin demandas. Un silencio que alivia o desespera. Anne Carson, en sus Variaciones sobre el derecho a guardar silencio, habla de lo intraducible. Hay algo enloquecedoramente atractivo en la palabra que se queda callada en el pasaje de una lengua a otra. La traducción, dice Carson, es un tercer espacio. Salir de la pantalla es, también, una forma de traducción: pasar de la imagen de una manzana luminosa, perfecta, sin olor a la manzana real que se oxida en el frutero. Lo analógico es lo que se pudre. Y también lo que florece, lo que brota, lo que se transforma.

Es domingo a la mañana otra vez y las redes están inundadas por imágenes del cura Guilherme Peixoto y su música. El cura DJ y su misa electrónica llenaron las calles del microcentro la noche del sábado mezclando gente que viajó desde distintos puntos del país, con los que solo se tomaron el subte, les que se montaron para una rave con las familias, los parroquianos, boy y girl scouts con chicos y chicas trans. Una verdadera fiesta popular. Mientras en los parlantes suena Bad Bunny en comunión con Dios, y las frases hermosas del Papa Francisco. En las redes y los medios brotan los juicios y los análisis del fenómeno. A todas luces —estroboscópicas y de colores— la sed por juntarse es mucha. Una sed que se calma cantando y bailando sobre el asfalto. Parecía una marcha, dicen muchxs, la del 24 de marzo, dicen otrxs. Sobre todo cuando se cantó Sólo le pido a Dios. Aunque la guerra no nos sea indiferente.

Entre la pandemia del scroll, algunxs vuelven a las cámaras de rollo y los vinilos. No parece ser nostalgia. No se puede tener nostalgia de algo que no se vivió. Parece más bien necesidad de presencia, de tocar el grano de la imagen, de escuchar el ruido de la púa, lo impredecible, lo imperfecto. El vacío del silencio puede ser una tortura para quien no puede estar solo. La pantalla funciona como analgésico. Afuera, el mundo nos golpea con su falta de edición. En el mundo analógico no hay flechita para deshacer. Si tirás el café sobre el cuaderno, la mancha se queda. Esa mancha es una verdad.

Caminar por la calle sin GPS es una forma de apertura. Porque cuando te perdés, el mundo vuelve a ser grande y matizado. Aparecen la temperatura, el olor a humedad, la forma en que el otro mueve los pies cuando duda. La pantalla achica todo al tamaño del pulgar. Hoy, salir de las pantallas puede pensarse como una elección política que busca recuperar la soberanía sobre nuestra atención.

Según las tendencias, hoy hay una vuelta a los teléfonos poco inteligentes: sin internet, solo permiten mensajes y llamadas. Como ese que teníamos todxs donde la mayor distracción posible era jugar un rato a la viborita. Hay hoteles y lugares de vacaciones que ofrecen detox digital. En algunos países se avanza en la creación de leyes que garanticen el derecho a no contestar mensajes fuera del horario laboral —incluso en Argentina, aunque esto luego fue derogado por la mal llamada Ley de Modernización Laboral—. Los estudios Understanding young news audiences at a time of rapid change (algo así como Entendiendo las nuevas audiencias jóvenes en tiempos de cambios veloces) y What Is the Effect of Political Influencers on TikTok? Early Results From a Field Experiment With Young Adults (en español, Cuál es el efecto de los influencers políticos en TikTok: resultados preliminares de un trabajo de campo con jóvenes adultos) citados por el docente y politólogo argentino Mario Riorda, hablan de los modos y los medios en los que lxs jóvenes se informan. No es que no lo hagan, dice. Lo hacen por otras vías y la IA simplifica el contenido. No es objetable. Bailan, como todxs, la coreografía de la supervivencia. Esa en la que el tiempo es dinero y ya no hay manera de que el dinero alcance.

Ya en Fenomenología del fin, el escritor y filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi nos dice que vivimos en el semiocapitalismo, un sistema donde la mercancía es el signo y nuestra atención es el combustible. El cerebro humano, sin embargo, tiene un límite. La infósfera, esa corriente continua de datos, corre mucho más rápido que nuestra capacidad de procesarla y eso genera un estado de pánico y depresión. A la vez, nos absorbe en un sistema de distracción masiva. Pero en los bordes del sistema, podemos buscar nuestros propios medios de distracción, la grieta por donde respira el error de la perfección algorítmica. Ahí, el error no es un fallo del sistema, es la prueba de que somos humanos.

Es domingo otra vez y hubo un cambio de viento. Pero no de políticas económicas y ahora, al cierre de fábricas y despidos, falta de insumos en hospitales y escuelas, el paro universitario por el incumplimiento de la ley y otras tantas avanzadas, se le suma más gente viviendo en las veredas, ahora bajo el frío del otoño. Salir de las pantallas es también ver eso sin mirar para otro lado. Hacer algo. Hoy hay sol y la gente se junta de nuevo en la calle. El gobierno de la Ciudad convoca a un desfile de Fórmula 1. Si, el mismo gobierno que barre a la gente en situación de calle y le roba las paltas a un vendedor ambulante en la estación. Para las tarimas, cobran entradas que no bajan de los $80.000. Y sin embargo, hay un montón de personas que viajan en trenes lentos, viejos y llenos, en colectivos con baja frecuencia, para ver al argentino que triunfó afuera, Franco Colapinto. Viajan con el mate, la casaca del 10 y la bandera.

Unas ganas de juntarse en espacios comunes y gratuitos que desborda las clases sociales toma las calles. Parece haber ganas —¿y necesidad?— de alegrarse colectivamente por algo, de estar dispuestxs a lo incierto, a no tener la respuesta inmediata. De treparse a las rejas, de moverse y cantar juntxs. De dejar por un rato al menos la dependencia digital que —ya nos dimos cuenta— nos tiene esclavizadxs y aceptar la materia, esa que se equivoca, se emociona, piensa, siente, sufre, se gasta, esa que tiene memoria emotiva, afectiva y política. Y que, justamente por eso, vale.