El día después de Messi

Durante 21 años, mientras todo cambiamba, él permaneció. Messi no es solo un futbolista, es una manera de ordenar el tiempo. La periodista deportiva Delfina Corti ensaya una manera de despedir al capitán, tras el anuncio de su retiro de la selección argentina.

En 2007, todavía no sabía que iba a extrañar a ese pibe. Él tenía 20 años y jugaba contra Bolivia en el Monumental. Yo estaba en la cancha, fue la primera vez que lo vi en vivo. Argentina ganaría 3 a 0, pero mi recuerdo no es el resultado, nunca tuve buena memoria para eso, sino lo que me dijo el padre de un amigo en la previa del tercer gol: “Después de gambetear a todos, que se la toque a Román”. Es lo que hizo minutos después.

Tuve que buscar en internet la repetición para recordar la jugada completa. Me llamó la atención algo que, lógicamente, no había percibido en la cancha: la voz de Alfio Basile, entonces entrenador de la Selección argentina. “Pedila, pedila”, se escuchaba desde algún lugar de la transmisión, con esa voz ronca, casi como si estuviera retándolo.

Messi no es solamente un futbolista. Es una manera de ordenar el tiempo.

Messi la pidió. La recibió detrás de mitad de cancha, sobre la banda derecha. La misma banda donde todo empezó y donde todo terminó en el Mundial 2026. Dejó en el camino a un par de jugadores, hizo la diagonal hacia el medio y, cuando todos pensamos lo mismo, se la abrió a Riquelme quien abrió el pie derecho y la acarició al segundo palo. Gol.

No sé qué pensé en ese momento. Seguramente nada demasiado trascendente. Messi era Messi, sí, pero todavía no era Messi. No era el jugador al que después le pediríamos que solucionara los partidos, el que nos obligaría a discutir durante años si era o no el mejor de todos, el que un día iba a levantar la Copa del Mundo, el que a los 39 años se cargaría en su zurda la remontada frente a Inglaterra.

Era un pibe, como nosotros. Y quizás lo más raro de despedirse de Messi sea eso: saber que durante 21 años vimos crecer a alguien al mismo tiempo que crecíamos nosotros.

Hay algo bastante injusto en hacerse grande. Uno inevitablemente empieza a pensar que lo de antes era mejor, sobre todo si de fútbol se trata: ver a la Reserva en la previa de la Primera, las dos hinchadas, el diseño de las camisetas, los jugadores…Y, sobre todo, el misterio que antes existía. Aparecía un pibe, existían rumores, pero no un sinfín de videos que los revalidaran. 

No sabíamos qué hacía un futbolista cuando terminaba el partido. No sabíamos dónde estaba, qué había comido, con quién se había peleado, qué pensaba del entrenador, qué había posteado a las tres de la mañana. Había que esperar al domingo.

El fútbol, en el fondo, es una forma sofisticada de seguir creyendo en cosas que sabemos que no tienen sentido. Messi siempre entendió eso.

Quizás por eso, cuando uno crece, empieza a sospechar que ya no va a volver a sorprenderse de la misma manera. Y ahí también hay otra parte del duelo: la época de las cosas extraordinarias quedó atrás.

Yo no sabía que estaba viviendo una época extraordinaria cuando vi a Messi contra Bolivia. Después vinieron las eliminatorias, los Mundiales, un gol, después cientos más, la Copa en Qatar. 

En la previa de la final de 2022, escribí sobre una alegría que no se parecía a ninguna otra. No sabía entonces que estaba escribiendo también sobre una generación. La que se volvía, con un poco de suerte, en los cuartos de final de cada Mundial. La que conoció muy de cerca a Diego Maradona, pero no lo disfrutó dentro de una cancha. La que encontró a sus ídolos futbolísticos en los equipos de cada domingo, pero no con la camiseta de la Selección Argentina. La generación que se ilusionó con Lionel Messi, pero que creció con el convencimiento de que la épica maradoniana sería difícil de repetir.

Y sin embargo, llegó primero la Copa América que ganamos en Brasil, en plena pandemia. Tres amigos y yo inventamos una rutina que se transformó en cábala durante cada partido. Pedíamos las mismas tres empanadas cada uno, mirábamos el videoclip de Waiting on a Friend de los Rolling Stones. Siempre nos quedábamos hipnotizados con la misma parte: Charlie Watts sentado a lo lejos en el bar, mientras el resto canta en primer plano estrofas de la canción. 

Lo hacíamos cada partido. Y cuando Argentina ganó, lógicamente, nos convencimos de que habíamos tenido algo que ver. Las cábalas funcionan así. Lo maravilloso no es creer que funcionan, sino necesitar que funcionen. Messi salió campeón porque Charlie Watts decidió sentarse en un bar a esperar a un amigo. Y nadie podrá convencerme de lo contrario.

Y quizás lo más raro de despedirse de Messi sea eso: saber que durante 21 años vimos crecer a alguien al mismo tiempo que crecíamos nosotros.

También las cábalas sirven para perder, para justificar el dolor. El fútbol, en el fondo, es eso: una forma sofisticada de seguir creyendo en cosas que sabemos que no tienen sentido. Messi siempre entendió eso. Y quizás por eso lo queremos tanto.

Mi abuela era creyente. Tenía un altar con varias estampitas de santos. Cada vez que alguno le pedía algo, prendía una vela. Prendió varias los últimos años de la Selección argentina. No sé si alguna llegó a destino. Me gusta pensar que, en algún lugar, entre tantas cosas absurdas que hicimos para que Argentina ganara, hubo también una vela de mi abuela.

Por eso Messi no es solamente un futbolista. Es una manera de ordenar el tiempo. Yo puedo no recordar el desarrollo preciso de un partido, pero sí dónde estaba y con quién. Y seguramente dentro de unos años me acuerde de cuando leí su carta de despedida escrita a mano y lloré porque sabía certeramente que una época se había terminado.

Hace unos años escribí, cuando murió Maradona, que Messi no lo había homenajeado ni como capitán de la Selección ni como jugador del Barcelona. Lo había homenajeado como argentino. Se puso la camiseta de Newell´s porque recordó que lo ama desde 1993, cuando se puso la de la Lepra, y se lo hizo saber. No le importaron ni los protocolos del fútbol, ni los contratos comerciales. Ese era su Maradona. Y así como cada generación tiene su Maradona, ahora nosotros tenemos nuestro Messi.

Durante 21 años, mientras todo cambiaba, hubo algo que permaneció y fue él. Y nosotros ahí. Mirándolo, como aquella noche de 2007 cuando Basile gritó “pedila”. Y Messi la pidió.

Me cuesta pensar en lo que viene. Como escribió Andres Burgo, ahora mismo es un tiempo de orfandad y agradecimiento. En una esquina de Buenos Aires, apareció un teléfono rojo sobre una mesa con un cartel que decía: “¿Qué le dirías a Messi?”. Un señor se detuvo, descolgó el teléfono y habló: “Tengo 86 años y me has dado las mayores alegrías de mi vida. Estarás en mi corazón hasta el día de mi muerte”.

Sus compañeros también lo despidieron, quedan las palabras de Nico Paz y Enzo Fernández, quienes le confesaron que hacían cuentas cuando eran niños para ver si algún día tendrían la posibilidad de jugar junto a él. También queda la despedida de otro campeón con la Selección argentina, como Jorge Valdano: “Talento que asombró desde el primer día, pero que se hizo mayúsculo al final, cuando nos enseñó, en cámara lenta, cómo es la esencia del fútbol. Caminando. Vagando por la cancha como si le perteneciera, manejando los tiempos como un reloj y la pelota como un objeto sagrado. Se lleva consigo una época y nos quedará la sensación de haber visto algo irrepetible. Quizás sea el momento de entender la dimensión de ese privilegio”. 

Me gusta pensar que dentro de unos años, cuando aparezca otro diez, otro zurdo, otro jugador que nos haga levantarnos del sillón y gritar, alguien diga: “¿Te hace acordar a Messi?”. Y nosotros sonriamos porque sabemos que no, que nadie se va a parecer y que nadie tiene que parecerse. Habrá otros, pero hubo uno que convirtió lo extraordinario en rutina. Uno que caminó por la cancha durante 21 años mientras nosotros corríamos detrás. Uno al que le prendimos velas, que lo esperamos como se hace con un amigo, por el que lloramos, por el que nos abrazamos.

Uno que estuvo presente en una parte enorme de nuestras vidas y quizás esa sea la única manera que tengo de despedirlo. No diciendo que fue el mejor, sino agradeciendo algo mucho más difícil de medir: durante 21 años, mientras todo cambiaba, hubo algo que permaneció y fue él. Y nosotros ahí. Mirándolo, como aquella noche de 2007 cuando Basile gritó “pedila”. Y Messi la pidió.