Imagen de portada: Blade Runner
Vivimos de relatos. Pertenecer a la humanidad es construir relatos para habitar el mundo, para saber quiénes somos, para darle sentido a la existencia, para enseñarnos a amar, a cuidar, a elegir y a rechazar. Contamos historias para recordar lo que pasó, evitar los peligros, y también para hacer existir lo que todavía no existe. Nos reunimos a soñar en voz alta, hacemos política, porque imaginamos una vida que deseamos, podemos casi verla.
Y en eso estamos cuando unos tecnócratas que nadie eligió para nada nos amenazan. Porque ¿qué otra cosa sino amenazas son que una elite anuncie muerte y destrucción proveniente de tecnologías en las que no deja de invertir? ¿Y si repetir esa profecía tiene otra función?
Qué hacer con las narrativas de mierda, esa es la cuestión. Unos tipejos milmillonarios están ocupando mucho de su tiempo en instalar narrativas fascistas que dicen: algunos van a sobrevivir, pero otros no; la inteligencia artificial contiene un peligro letal; el futuro es sacrificial; habrá guerras del hambre; habrá predictibilidad y no cuidados; reinará la meritocracia. Anuncian una selección que hará su tecnología luego de apropiarse de nuestros bienes comunes.
Ned Ludd no lo pensaba dos veces, aunque ¿el problema son las máquinas o son los fascistas? ¿Sueñan los centros de datos con Marte mientras arde la Tierra? No sueñan los centros de datos, sueñan las personas. Los hijos del capital, los todos tipos, todos blancos, los Peter Thiel, los Alex Karp, los Sam Altman están preocupados por lo común solo como territorio de captura y sacrificio, propagan nuevos cuentos para robarnos los sueños. Alimentan una hiperstición madmaxiana, en donde el mundo futuro se parece bastante a lo que les conviene: privatizado, jerárquico, vigilado, obediente, donde cada movimiento es convertido en dato; cada necesidad, en mercado; cada vínculo, en transacción. No hay que creerles, hay que romperlos.
No son íncubos sino otro tipo de persona. La que se presenta al mismo tiempo como creadora del monstruo, intérprete y candidata a conducirnos durante la emergencia. Hay algo extraordinario en esa operación. Primero buscan asfixiar los sueños y la capacidad de producir futuro y después socializan el miedo.
¿Qué otra cosa sino una forma de fascismo es conseguir que millones de personas imaginen el porvenir con las imágenes que una minoría que se apropió de la renta del mundo eligió para ellas? ¿Por qué les creemos? ¿Por qué aceptamos que el miedo que proponen sea nuestro realismo? ¿En qué momento confundimos poder económico con capacidad profética? Sobre todo: ¿por qué los dejamos robar nuestros sueños?
Estas narrativas de mierda tienen un núcleo político, convierten las decisiones humanas en destinos tecnológicos.
Solo en el lenguaje habita el futuro. El pasado tiene historias, experiencias, archivos, cicatrices. El presente tiene cuerpos, sueños y deseos. El futuro, en cambio, existe antes como relato, promesa, ensoñación. Por eso no ceder en las palabras no es una pelea banal. A medida que dejamos que estos tecnobros lo capturen, lo incuben, lo tiñan con su maledicencia, el lenguaje deja de ser para nosotres. Empezamos a hablar de riesgo existencial, supervivencia, obsolescencia, inevitabilidad. Romperlos es no aceptar su vocabulario. Es hablar del futuro que queremos, con quienes queremos, como lo queremos.
A los tecnofascistas tal vez haya que darles la espalda, como se hace ante el rostro de la Medusa. O tal vez haya que invocar una carcajada dionisíaca, iconoclasta, que los deje ridículos y vacíos. No ir a escucharlos, sino ocuparnos de organizar nuestra imaginación, darle cauce a los deseos de más emancipación.
No tenemos por qué vivir dentro de sus pesadillas. El futuro no es algo que ellos saben y nosotres ignoramos. Es un territorio político. Una construcción colectiva. Una pelea abierta. El futuro es lo que hacemos con él desde hoy.